Manchas Solares (Macchie Solari)

No se juega con los cadáveres

Por Emiliano Fernández

Al igual que tantos profesionales variopintos de su época, artesanos que supieron adaptarse a las exigencias del mercado sin comprometer excesivamente la calidad de su producción artística promedio, Armando Crispino comenzó su carrera en el séptimo arte como asistente de dirección de gente como Luigi Comencini, Pietro Germi, Mario Camerini y sobre todo Antonio Pietrangeli, suerte de mentor, y a posteriori saltó a la realización de largometrajes paseándose por diversos géneros a lo largo de ocho propuestas y apenas una década, en términos prácticos dejándonos con la antología de Noches Placenteras (Le Piacevoli Notti, 1966), film ómnibus codirigido junto a Luciano Lucignani, el spaghetti western de John, el Bastardo (John, il Bastardo, 1967), la epopeya bélica de Comandos (Commandos, 1968), la comedia de Cara de Bofetada (Faccia da Schiaffi, 1969), el giallo de El Etrusco Mata de Nuevo (L’Etrusco Uccide Ancora, 1972) y Manchas Solares (Macchie Solari, 1975), ese nunsploitation de La Abadesa de Castro (La Badessa di Castro, 1974) y el más que curioso sexploitation de terror de Frankenstein a la Italiana (Frankenstein all’Italiana, 1975), amén del hecho de haber escrito algunos guiones para terceros entre los que se destacan aquellos de Requiescant (1967), spaghetti de Carlo Lizzani, y Un Hombre de Piel Dura (Un Uomo dalla Pelle Dura, 1972), poliziottesco de Francesco Prosperi con Robert Blake, Catherine Spaak y Ernest Borgnine. La mayoría de la trayectoria del señor hoy está semi o totalmente desaparecida y lo que sobrevive, como siempre ocurre en el caso de la memoria popular y las metamorfosis de los gustos masivos, es una amalgama de lo mejorcito de su factoría y las películas que más se adaptan al paladar contemporáneo del amante del cine de género alternativo con respecto a la basura hollywoodense, hablamos primero de Comandos, gesta trash simpática de bajo presupuesto con Lee Van Cleef y centrada en la Segunda Guerra Mundial, y segundo de los dos thrillers bizarros de Crispino, en esencia una cruza de terror sobrenatural, suspenso de falso culpable y misterio modelo whodunit aunque por supuesto dentro de la arquitectura retórica del giallo de entonces, de por sí un tanto mucho lunático.

 

Efectivamente El Etrusco Mata de Nuevo y Manchas Solares rankean en punta como dos de los films más excéntricos del período de auge del maravilloso cine industrial de género en Italia, entre los años 60 y los 80, esta última la década en la que Hollywood aprovecha la globalización o victoria de yanquilandia en la Guerra Fría para suprimir la competencia en los mercados regionales, extravagancia que se explica no sólo por las características de la propia película vinculadas al delirio, la imprevisibilidad y la confusión, sin que quede claro si la movida fue involuntaria o consciente, sino también por las típicas decisiones ridículas de aquel tiempo en materia de distribución local e internacional, con los títulos acaparando todas las miradas, por ello mientras que El Etrusco Mata de Nuevo parece anticipar un exponente del péplum o cine de espada y sandalia y su nombre en inglés, The Dead Are Alive/ Los Muertos Están Vivos, nos reenvía a los zombies, por su parte Manchas Solares insinúa algún producto de ciencia ficción y su título para el mercado anglosajón, Autopsy/ Autopsia, parece vendernos un thriller médico. Dejando de lado los desvaríos en cuestión, como decíamos antes un ladrillo más en la estampa de obras de culto de ambas, lo cierto es que la primera estaba consagrada a retratar los problemas de un falso culpable alcohólico, violento y desmemoriado, el arqueólogo Jason Porter (Alex Cord), mientras se sucedían una serie de homicidios o ataques a golpes contra parejitas cachondas con una sonda para fotografías subterráneas, triángulo de por medio con un director de orquesta bien paranoico, Nikos Samarakis (John Marley), y una señorita hermosa, Myra Shelton (Samantha Eggar), y Manchas Solares analiza el derrotero en Roma de una patóloga que trabaja en la morgue vernácula, Simona Sanna (Mimsy Farmer), quien por el estrés y el calor suele alucinar con los cadáveres levantándose, teniendo sexo entre ellos e incluso invitándola a sumarse a la orgía macabra, además de una retahíla de muertes que parecen suicidio pero no lo son y de un doble acoso sexual que viene de parte de un asistente inmundo, Ivo (Ernesto Colli), y de un novio ricachón que suele denigrarla y burlarse de ella, Edgar Riccardo (Ray Lovelock).

 

Luego de una introducción verdaderamente magistral que no tiene nada que envidiarle a las palizas masculinas/ femeninas y aquella explosión en la cueva de Milán Calibre 9 (Milano Calibro 9, 1972), del héroe del poliziottesco mafioso Fernando Di Leo, ahora de la mano de las manchas solares del título y su supuesta influencia en una serie de pobres diablos que se autoinmolan, como una mujer que se corta las muñecas en su baño, un hombre que se arroja al Río Tíber con una bolsa en su cabeza, otro que hace estallar su automóvil y un padre que mata a sus dos hijos pequeños con una ametralladora antes de reventarse a tiros, la trama comienza con los espejismos necrofílicos de Sanna y el descubrimiento del primer cadáver, Betty Lennox (Gaby Wagner), la cual se supone se suicidó de un disparo en una playa y de inmediato desencadena la investigación de su hermano, Paul Lenox (Barry Primus), un sacerdote que posa sus ojos sobre el padre de Simona, Gianni (Massimo Serato), anticuario de Florencia que trabaja con su hermano, Lello (Carlo Cataneo), y suele encontrarse con sus diferentes amantes en la capital italiana, precisamente siendo una de ellas la occisa. El segundo en morir es el portero desagradable del edificio donde vive la protagonista y donde su progenitor posee ese departamento usado de “nidito de amor”, un personaje sin nombre interpretado por Leonardo Severini que estaba separado de Eleonora (Eleonora Morana) y termina ahorcado con su cinturón en otro aparente suicidio, y finalmente Gianni salta desde lo alto para quedar tetrapléjico al tocar el suelo justo cuando deseaba casarse con Betty o quizás con una tal Danielle (Angela Goodwin), mandamás de un museo criminal espantoso. Entre un intento de violación de Ivo contra Sanna, otro de asesinato a los tiros contra Edgar, una insólita secuencia con Gianni tratando de comunicarse vía una máquina para deletrear con los ojos y la infaltable sociedad entre Simona y el cura neurótico en lo que atañe a la pesquisa, amor platónico incluido ya que la tensión erótica está a la orden del día, todo a su vez porque el Comisario Silvestri (Antonio Casale) resulta ser un inútil, el film literalmente funciona como uno de los giallos más sobrecargados y locos de la historia del cine italiano.

 

Manchas Solares, por cierto con la excelente música de Ennio Morricone y un muy buen nivel de gore y sensualidad femenina, por un lado aprovecha la gloriosa presencia escénica de la actriz estadounidense Farmer, toda una scream queen de su tiempo que se especializó en el mercado italiano como lo demuestran 4 Moscas sobre Terciopelo Gris (4 Mosche di Velluto Grigio, 1971), de Dario Argento, El Perfume de la Dama de Negro (Il Profumo della Signora in Nero, 1974), de Francesco Barilli, El Gato Negro (Gatto Nero, 1981), de Lucio Fulci, y Campamento del Terror (Camping del Terrore, 1986), de Ruggero Deodato, y por el otro lado, gracias a un guión caótico aunque atrapante de Crispino y su socio de siempre Lucio Battistrada, sabe balancear la payasada conceptual de fondo, eso de que el sol opera sobre la psiquis de nuestra inmunda humanidad para que actúe con virulencia, y el enigma alrededor de los incidentes violentos vinculados al entorno de Simona, por supuesto apenas un pretexto para que el director se entretenga regalándonos una colección por demás estrafalaria de personajes que incluye al sexópata y necrófilo de Ivo, al padre playboy de la protagonista y su gustito por las pelucas rojizas, a ese sacerdote que fue piloto en Le Mans y mató a muchos espectadores en un accidente, a la criatura coja, voyerista y fascistoide en la piel de Severini, a la lúgubre y pelirroja apócrifa de Danielle, a la tía sorda de Riccardo, Elvira (Maria Pia Attanasio), al noviecito fotógrafo e hiper sádico de Sanna, de hecho el adepto a escenificar los suicidios y jugar con cuerpos con o sin vida, y a la propia Simona, obsesionada con las manchas solares y viendo gente muerta por todos lados, una metáfora del calor implacable y enajenante de Roma en verano y de aquel latiguillo narrativo de “me quieren volver loca” símil Luz de Gas (Gaslight, 1940), de Thorold Dickinson, o Rebeca, una Mujer Inolvidable (Rebecca, 1940), de Alfred Hitchcock. En línea con las truculencias y el claro anticatolicismo de Fulci, la película retoma la misoginia y la represión sexual del psicópata de El Etrusco Mata de Nuevo, Igor Samarakis (Carlo De Mejo), mediante toda la fauna masculina concupiscente y la histeria de una protagonista amiga del titubeo erótico…

 

Manchas Solares (Macchie Solari, Italia, 1975)

Dirección: Armando Crispino. Guión: Armando Crispino y Lucio Battistrada. Elenco: Mimsy Farmer, Barry Primus, Ray Lovelock, Gaby Wagner, Massimo Serato, Carlo Cataneo, Angela Goodwin, Ernesto Colli, Leonardo Severini, Antonio Casale. Producción: Leo Pescarolo. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 8