La figura de María Callas (1923-1977), una soprano de ascendencia griega pero nacida en Estados Unidos y sin duda la cantante de ópera más famosa del Siglo XX, muchas veces se suele utilizar como sinónimo de una infancia y adolescencia humildes, de un largo ascenso hacia la cúspide de su profesión, de una personalidad avasallante y ciclotímica, de diversos encontronazos con el público y sus colegas, de rescatar del olvido/ ninguneo una serie de personajes y óperas que habían caído en desgracia dentro del clásico elitismo del rubro, de una relación en su momento sumamente escandalosa con el magnate naviero Aristóteles Onassis -ambos estaban casados, ella con Giovanni Battista Meneghini y el oligarca con Athina Livanos- y de un declive prematuro y demasiado pronunciado que de a poco la llevó al retiro definitivo y a una reclusión que se transformaría en legendaria, en esencia debido a las exigencias extremas de su repertorio, a la rauda pérdida de 36 kilos entre 1953 y 1954, para Medea (1797), de Luigi Cherubini y François-Benoît Hoffman, y a su depresión por la negativa de Onassis a casarse con ella y eso de optar por Jacqueline Kennedy, la viuda del asesinado John Fitzgerald Kennedy, amén del resurgimiento del llamado “bel canto”, un estilo vocal que tuvo su auge entre los Siglos XVIII y XIX y se caracterizó, precisamente, por la heterogeneidad de los floreos de la voz y su belleza dentro de la obra de turno, todo orientado hacia una interpretación virtuosa que incluya adornos como los agudos, el fiato, la coloratura y el trino y en buena medida niegue el recitado sobrio del verismo de finales del Siglo XIX e inicios del Siglo XX, restituyendo de esta manera la vitalidad multicolor de los motivos temáticos del pasado vinculados a la mitología o el mismísimo Romanticismo.
María (2024), de hecho una biopic alrededor de la última semana de vida de Callas antes de su fallecimiento el 16 de septiembre de 1977, es la nueva película del realizador chileno Pablo Larraín que viene a cerrar su trilogía sobre la reclusión femenina en las cúpulas del capitalismo de la centuria pasada, esa que se completa con Jackie (2016), debut anglosajón acerca de Jacqueline Kennedy (Natalie Portman) luego del homicidio de su por entonces esposo en 1963, y Spencer (2021), retrato de Diana Frances Spencer alias Princesa de Gales alias Lady Di (Kristen Stewart) durante la Navidad de 1991, sutil punto de inflexión en el matrimonio con el Príncipe de Gales, Carlos (Jack Farthing), a raíz de incompatibilidades, infidelidades mutuas y hartazgo para con la pompa monárquica. El guión del desparejo pero siempre interesante Steven Knight, aquel de Spencer, nos presenta a una María (Angelina Jolie) tan bella e hipnótica como petrificada o impotente frente al paso del tiempo y la acumulación de frustraciones, ahora recluida en su lujoso departamento de París, ingiriendo una enorme colección de pastillas, sufriendo de un hígado y un corazón en estado terminal, manteniendo contactos entre distantes y cuasi cálidos con su personal doméstico, la criada siempre obediente Bruna (Alba Rohrwacher) y el mayordomo con problemas de espalda Ferruccio (Pierfrancesco Favino), y cayendo en una retahíla de fantasías, alucinaciones o simples flashbacks alrededor de ese presidente asesinado, JFK (Caspar Phillipson), su gran amor, Onassis (Haluk Bilginer), y un documentalista/ entrevistador que se llama igual que su droga favorita, Mandrax (Kodi Smit-McPhee), además de encuentros con su hermana, Yakinthi (Valeria Golino), y su médico, un tal Doctor Fontainebleau (Vincent Macaigne).
Larraín, un experto en biografías como lo demuestran trabajos adicionales inconformistas como Neruda (2016), sobre el querido poeta Pablo Neruda (Luis Gnecco), y El Conde (2023), comedia negra en la que el psicópata de Augusto Pinochet (Jaime Vadell) se nos aparece como un vampiro de 250 años, ambas a su vez formando parte de su ciclo sobre la derecha fascista chilena, ese de El Club (2015) y su trilogía en torno a la dictadura genocida pinochetista, Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y No (2012), en esta oportunidad sinceramente no ofrece nada que no se haya visto en muchos otros lienzos sobre el ocaso de artistas y/ o figuras públicas o en las mismas propuestas de las últimas décadas acerca de María, como por ejemplo Master Class (1995), la archiconocida obra de teatro de Terrence McNally, Callas por Siempre (Callas Forever, 2002), opus ficcional de Franco Zeffirelli con Fanny Ardant como la soprano, y María por Callas (Maria by Callas, 2017), excelente documental de Tom Volf que recuperó mucho material inédito de archivo al extremo de estar narrado por la cantante, quien nos presentaba su vida, carrera y múltiples demonios masoquistas. Sin embargo el cineasta chileno, él mismo un discípulo de los socios de Callas aunque por supuesto más cerca de Luchino Visconti y Pier Paolo Pasolini que de Zeffirelli, impone su maestría filmando cómo se filmaba el cine independiente y arty del pasado, con paciencia, dedicación y sensatez, suerte de antídoto contra la pobreza e idiotez atolondrada del mainstream hollywoodense, en este sentido la decadencia de María está representada a través de una senilidad tácita que desdibuja el límite entre realidad e ilusión porque para la mujer el escenario tendía a confundirse con la vida privada por su fortísima autoexigencia.
Es esta incesante búsqueda de perfección, porque “el público espera milagros” como afirma al comienzo del film, la que contrasta con la fragilidad del cuerpo y el temperamento de la Callas de apenas 53 años, su edad al fallecer de un infarto que bien podría haber sido un suicidio con pastillas, por ello en pantalla también resulta fundamental el contrapunto entre los delirios de la diva -o de los profesionales de la cultura en general- y la perspectiva más prosaica/ pragmática/ urgente de todos los trabajadores o seres mundanos a su alrededor, sean reales o imaginarios (criada, mayordomo, matasanos, el documentalista, su hermana o personajes adicionales como un camarógrafo, un pianista, un técnico de iluminación, el dueño de un café parisino, un admirador pasajero y un periodista que la atosiga con temas incómodos, entre otros). Optando por el blanco y negro para los flashbacks, el Súper 8 para el reportaje de Mandrax y el color tradicional para esa praxis cotidiana que se mezcla con el ensueño, la realización juega con la autorreferencialidad de tipo declamativa y satiriza por lo bajo los engranajes de la biopic contemporánea y de esa ficción superficial o posmoderna yanqui que tiene a la música como ingrediente accesorio, como si la obsesión otoñal con un renacimiento ya imposible se autoinmolase a nivel idiosincrásico por la doble locura de fondo, la de la protagonista y la experimental/ fragmentaria/ lúdica del film. Sirviéndose de una estupenda actuación de la sorprendente y muy medida Jolie, Larraín y Knight analizan tópicos delicados como la nostalgia, la autoindulgencia, la tendencia suicida, el aislamiento, la jactancia elegante y la idea de que el arte nace del dolor y no de la felicidad, así el pasado idealizado esclaviza al presente y a la hipotética paz de la aceptación en primera persona…
María (Chile/ Italia/ Alemania/ Estados Unidos, 2024)
Dirección: Pablo Larraín. Guión: Steven Knight. Elenco: Angelina Jolie, Kodi Smit-McPhee, Pierfrancesco Favino, Alba Rohrwacher, Haluk Bilginer, Valeria Golino, Caspar Phillipson, Vincent Macaigne, Stephen Ashfield, Lydia Koniordou. Producción: Pablo Larraín, Maren Ade, Jonas Dornbach, Simone Gattoni, Janine Jackowski, Juan de Dios Larraín y Lorenzo Mieli. Duración: 123 minutos.