Imaginal Disk, de Magdalena Bay

El electropop preciosista

Por Emiliano Fernández

El pop en el Siglo XXI se ha transformado en el rubro por antonomasia del mainstream musical en el que predomina la chatarra insustancial e intercambiable, suerte de correlato de las frustraciones que dejó con los años aquella promesa de la globalización en torno a una democratización de los contenidos vía Internet que efectivamente a la postre no trajo más que uniformización en producción y una mayor concentración en distribución, ahora con los servicios de streaming reemplazando a los viejos titanes oligopólicos de la industria cultural de masas de la centuria previa, en este caso las compañías discográficas. Ese pop, otrora reservado a producciones millonarias con estudios de lujo y productores a tono, mutó en “made in home” mediante la miniaturización tecnológica, los relativos bajos costos del equipamiento y los softwares mágicos en general de grabación, edición y masterización, no obstante -como tantas veces sucede- este progreso de la mecánica compositiva y etapas posteriores no repercutió en pasos hacia adelante significativos en términos estilísticos sino más bien todo lo contrario, hablamos de una sucesión de retrovanguardias en donde refritar esta o aquella vertiente de décadas previas -sobre todo los 70, 80 y 90- se volvió tan común que ya nadie se sorprende ante la triple pretensión de casi todos los productos poperos de hoy en día, léase pista de baile, accesibilidad/ llegada inmediata y una producción por capas apiladas infinitas que resulte entre prolija y redundante tontuela. Por suerte no todos los artistas del nuevo milenio son iguales y todavía existen algunos que le escapan al molde prefabricado de la insustancialidad y la falta completa de ideas novedosas o siquiera bien ejecutadas, sin caer en la sacarina o en la hipocresía o en la ridiculez autoindulgente o en la franca y llana mediocridad que exaspera, así recientemente ha aparecido un dúo bautizado Magdalena Bay, de hecho compuesto por la cantante Mica Tenenbaum y el ingeniero/ mezclador Matthew Lewin, que ha sabido reintroducir meticulosidad y encanto dentro del pop sincero y con corazoncito alternativo, siempre vinculado al rock progresivo porque ese fue el primer interés de ambos en ocasión de su banda primigenia, Tabula Rasa.

 

Tenenbaum, nacida en Buenos Aires, capital de la República Argentina, aunque criada en Estados Unidos, y Lewin, norteamericano pero también de ascendencia argentina por línea paterna, en suma ofrecen una variante del electropop con base en Miami, Florida, que incluye un sinfín de detalles de otros géneros como el indie, la música disco, el rhythm and blues, el synth-pop, el shoegaze, el dance, la new wave, el dream pop, el ambient, el ya mencionado rock progresivo e incluso ese hyperpop un tanto mucho trash, kitsch o quizás un poquitín cínico. Mercurial World (2021), el debut de la dupla, le escapaba al facilismo del mainstream de hoy en día en materia de achatar el sonido para hacerlo en simultáneo empalagoso, repetitivo y vendible para los oídos no entrenados del grueso de los consumidores culturales del Siglo XXI, en este sentido el melómano curtido puede descubrir una banda que se preocupa por reconciliar la efervescencia y energía del rock, por un lado, algo que se nota en los devaneos y floreos más agitados de anclaje electrónico/ hiphopero/ progresivo, y cierta ambición formal minimalista vinculada al bedroom pop aunque inflada desde el arsenal de artilugios/ esteroides sonoros a disposición, por el otro lado, paradoja que pinta de pies a cabeza a nuestro presente y su fetiche para con Giorgio Moroder destilado por aquel Random Access Memories (2013), cuarto y último álbum de Daft Punk o principal responsable de todos estos combos vintage de funk, música disco y soft rock bailable, amén de algunos chispazos de pop progresivo sesentoso de cadencia alucinógena o psicodélica. El costado más inconformista de Magdalena Bay, ese hermanado al collage de noise pop, house, britpop, dark wave, sophisti-pop y cierto rock industrial leve que ya estaba insinuado en la primera placa, se expande considerablemente en el segundo disco, Imaginal Disk (2024), trabajo que acapara nuestra atención porque pule la fórmula de fondo y enfatiza la comodidad de Lewin y Tenenbaum para saltar de las melodías pegadizas, los arreglos astutos y una producción elegante y obsesiva a arrebatos disonantes o esa típica autoinmolación/ deconstrucción de la electrónica modelo noventosa posmoderna, aquí más cercana al trance y el big beat que a la quietud paradigmática del trip hop y regiones aledañas como el lounge, el pop barroco o el downtempo.

 

She Looked Like Me!, el primer tema de Imaginal Disk, arranca y cierra con un ímpetu rockero cercano al noise pop e incluye un curioso segmento intermedio que se mueve con paisajes propios de un trance psicodélico en cámara lenta o tal vez en miniatura, todo en el contexto de una letra de Mica en la que se burla tanto de las costumbres vinculadas a la familia y el amor como de la fascinación de Estados Unidos con las armas. Entre el soft rock y la música disco, Killing Time parece una canción apacible sobre la deriva romántica, las frustraciones y el hedonismo siempre vacuo del nuevo milenio pero en su última parte muta en un recitado rhythm and blues algo tétrico, cercano al Prince circa Lovesexy (1988) y The Black Album (grabado en 1987, editado recién en 1994), y acompañado por distintas capas de guitarras y teclados disruptivos. Luego de True Blue Interlude, otro ejemplo de spoken word/ palabra hablada aunque ahora acerca de la memoria y la identidad cual excusa para una mixtura entre el acervo ochentoso de Madonna o Kate Bush y el dream pop de Cocteau Twins o Galaxie 500, llega el momento de Image, un intento de reflexión sobre la autoconfianza y un lindo exponente electropop de marco hiper setentoso bailable que termina de confirmar que el fuerte del dúo no son precisamente las letras porque las buenas intenciones suelen derrapar en el olvido instantáneo o cierta cursilería demodé que está apenas por encima de la catarata de basura de hoy en día, semejante a lo que puede llegar a escribir un estudiante de escuela secundaria que se piensa con la capacidad de decir algo profundo o valioso. Construida alrededor de un pianito intoxicante y un muy buen estribillo que subraya la ligazón de los amantes y el hecho de que nada resulta justo en lo que atañe a los dominios de la parca y el corazón, Death & Romance es una nueva cruza de synth-pop, música disco e indie shoegazeado para las masas, dando por resultado una de las mejores composiciones del lote. Fear, Sex comienza con un ejercicio ambient rutinario para eventualmente transformarse en una simpática amalgama de dark wave y sophisti-pop en medio de unos versos que insinúan el quiebre de un vínculo romántico y una depresión con señal de socorro incluida, amén de una coda alucinada símil big beat.

 

Vampire in the Corner, asimismo, se presenta como otro tema híbrido con una primera parte cercana al indie y el bedroom pop, sustentada en una base de hip hop futurista en sintonía con Missy Elliott, Timbaland, Outkast o The Neptunes, y una segunda mitad ya coqueteando con el rock industrial y enfatizando la idea de fondo, eso de homologar al exceso de cariño en cualquier ámbito con el rechazo. Los días de Tabula Rasa se cuelan con todo en Watching T.V., sorprendente arrebato de rock progresivo con ropaje de electropop y floreos varios de rap noventoso que desembocan en la explosión lisérgica/ apocalíptica/ spectorizada de Lewin durante los segundos finales, todo mientras Tenenbaum emparda a la televisión con la putrefacción psicológica y cultural e invita al destinatario en cuestión a reconectarse con el ser amado y afrontar sin miedo a los monstruos que lo circundan. Tunnel Vision vuelve a remarcar las contradicciones idiosincrásicas de Magdalena Bay y lo bien que la banda las administra en la mundanidad de las canciones concretas, aquí combinando el hyperpop más kitsch con la furia del rock alternativo o hasta el glam para llegar a otro desenlace desquiciado amigo de una suerte de implosión que corre en consonancia con la letra de Mica, según la cual la introspección es sinónimo tanto de liberación como de encierro y una cuasi locura en términos de la vida del sujeto. Love Is Everywhere, himno a la omnipresencia de la dinámica del corazón y en sí una incursión en el funk más amigable y en aquel europop modelo ABBA, le sirve de pretexto a la cantante para calzarse los zapatos de Gwen Stefani, de No Doubt, y volver a armonizar su estilo dreampopero de canto y ese gustito por el recitado esporádico a lo Heart and Soul de T’Pau, joya perteneciente al exitoso debut Bridge of Spies (1987).

 

Después de Feeling Diskinserted?, otra aventura muy breve como True Blue Interlude pero en esta oportunidad en línea con el ambient new age, en simultáneo retomando el latiguillo musical de She Looked Like Me! y anunciando el arribo de un ángel a bordo de un satélite, That’s My Floor nos regala una tanda de psicodelia madchestereana matizada por britpop, rock industrial y noise mientras que los versos nos pasean por fiestas que abren mentes y por ascensores que ascienden en medio de un incendio, de hecho abrazando al peligro y a la vertiginosidad más lúdica como el leitmotiv temático. Cry for Me es algo así como una versión ominosa de la música disco en la acepción de Moroder y Chic, más chispazos de new wave y soul semi clasicista, en función de lo que parece una despedida en forma de soliloquio ante el destino, entidad que atestigua cómo la narradora es tragada por la parca de manera indirecta sirviéndose de las arenas del tiempo y sus decepciones. Confirmando las palabras de Feeling Diskinserted?, Angel on a Satellite, además una vuelta explícita de los pianitos espectrales o melancólicos de Death & Romance, rankea en punta como otra de las mejores epopeyas sonoras setentosas de la dupla porque aquí ambos logran unificar la accesibilidad pop barroca/ softrockera del estribillo y un optimismo baladístico etéreo en el que la presencia de la pareja y de la misma música todavía deja espacio para las sonrisas. El cierre del disco, The Ballad of Matt & Mica, funciona como la relectura del grupo de la new wave de la década del 80, por supuesto sin privarse de excentricidades como citar a Killing Time y la recurrente She Looked Like Me!, incluir una coda del infaltable rock progresivo e intentar reflexionar sobre la naciente fama que los acompaña y la idea de un reviente masoquista rockero estereotipado vinculado al suicidio sin sentido o quizás a esa colorida autodestrucción de impronta nihilista.

 

Sin ser brillante ni sinceramente soportar una infinidad de reescuchas por el cansancio que despierta la voz de Tenenbaum, una cantante relativamente eficaz y siempre ubicada en un rango demencial que va desde Caroline Polachek, Kylie Minogue, Carol Decker de T’Pau, Minnie Riperton y Grimes hasta Britney Spears, Elizabeth Fraser de Cocteau Twins, Charli XCX y aquella Debbie Harry de Heart of Glass, temazo de Blondie que fue incluido en su tercer trabajo de estudio, Parallel Lines (1978), Imaginal Disk de todos modos es una placa entrañable que supera por mucho a Mercurial World y se sostiene gracias a los arreglos imaginativos y la producción altisonante de Lewin, el cual -fiel a las oposiciones que atesora la banda en su interior/ exterior- por un lado aporta el detalle justo a cada paso y por el otro lado nunca llega a exprimir del todo la potencialidad de las composiciones, como si la falta de paciencia al momento del “in crescendo” de la intensidad anímica o musical, por cierto un gran mal de nuestra época, terminase saboteando lo que podría haber sido odiseas gloriosas y estoicas de unos diez minutos de duración cada una, planteo que a su vez implica que al álbum le sobra un puñado de canciones de relleno que bien podrían haber reducido estos excesivos quince tracks a la decena tradicional del formato que el dúo definitivamente siempre tiene en mente, el rockero clásico y sus LPs conceptuales de los años 60 en adelante. El electropop de Magdalena Bay, de dejo tan preciosista como artístico rebuscado, sin duda está entre lo mejorcito que hayan ofrecido los panoramas mainstream e indie del nuevo milenio en su tercera década, en primer lugar devolviéndole la dignidad a chatarra como la música disco y el teen pop de los 90 e inicios del Siglo XXI, ecosistemas sonoros que últimamente se han venido sobreutilizando desde el gesto retro baladí, y en segunda instancia afianzando la reconversión reciente del indie hacia las comarcas hermanadas del alt-pop y el pop progresivo de larga data, jugada que por suerte suma inconformismo a la escena rockera y nos aleja de la modorra de la música descerebrada infumable y con pretensiones masivas que nos rodea en la actualidad.

 

Imaginal Disk, de Magdalena Bay (2024)

Tracks:

  1. She Looked Like Me!
  2. Killing Time
  3. True Blue Interlude
  4. Image
  5. Death & Romance
  6. Fear, Sex
  7. Vampire in the Corner
  8. Watching T.V.
  9. Tunnel Vision
  10. Love Is Everywhere
  11. Feeling Diskinserted?
  12. That’s My Floor
  13. Cry for Me
  14. Angel on a Satellite
  15. The Ballad of Matt & Mica