Elton John: Never Too Late

La cima es un lugar solitario

Por Emiliano Fernández

Elton John, parte de la tercera generación rockera luego de los fundadores estadounidenses de los años 50 y la ecléctica Invasión Británica de la década siguiente, es una de las figuras fundamentales del glam y sin duda alguna la más exitosa por lo menos en el período de mayor preeminencia comercial del rubro, léase el primer lustro de los 70, cuando compartió el gusto por el rock clásico y por el vestuario y la puesta en escena rimbombantes con otros colegas anglosajones de la talla de David Bowie, T. Rex, Roxy Music, Queen, Sweet, Alice Cooper, New York Dolls, Mud, Sparks, Mott the Hoople, Kiss y Slade, entre otros. John despierta distintos recuerdos o asociaciones según el segmento considerado, por ello se puede afirmar que los melómanos lo relacionan con una trilogía maravillosa de álbumes de su período dorado, aquella de Honky Château (1972), el doble Goodbye Yellow Brick Road (1973) y el autobiográfico Captain Fantastic and the Brown Dirt Cowboy (1975), todos por supuesto con letras de su colaborador histórico, Bernie Taupin, y producción del legendario Gus Dudgeon, otro socio crucial de los comienzos junto con el arreglador intermitente Paul Buckmaster, panorama en el que debemos incluir trabajos interesantes aunque secundarios como por ejemplo Elton John (1970), Tumbleweed Connection (1970), Madman Across the Water (1971) y Don’t Shoot Me, I’m Only the Piano Player (1973), una racha suprema que entraría en la paulatina decadencia que significó la aparición de Caribou (1974), Rock of the Westies (1975) y Blue Moves (1976), otra epopeya doble, hasta llegar al declive nada sutil de A Single Man (1978), donde efectivamente reemplaza a Taupin por Gary Osborne y a Dudgeon por Clive Franks, sus flamantes colaboradores durante un puñado de años. El público rockero y popero en general vincula al amigo Elton con los hits de aquellos inicios y sobre todo con sus canciones más populares de los años 80 y 90, en esencia englobadas en placas de regreso de diversa envergadura artística en línea con Too Low for Zero (1983), Sleeping with the Past (1989), The One (1992) y Made in England (1995), cuatro discos que ofrecieron una madurez suntuosa y dejaron en el olvido diferentes álbumes descartables que en su momento pusieron en primer plano cierta tendencia comercialoide bastante cutre, gran enemiga del señor junto con un masoquismo vinculado a su persistente introspección.

 

Ahora bien, queda más que claro que para el resto de los consumidores culturales John resulta un sinónimo de por un lado su fórmula musical de base, nos referimos a las baladas gigantescas y el rock hermanado al góspel, el blues y el soul, y por el otro lado su catálogo de padecimientos, desde la cocaína, el alcohol, la depresión, la marihuana, la bulimia y la adicción al sexo, pasando por la violencia y/ o desprecio emocional de sus padres y de su primer manager y pareja, John Reid, hasta llegar a esos intentos de suicidio con valiums, sobredosis de cocaína o ahogándose en una piscina, amén de dimensiones adicionales como su colosal fortuna, su militancia LGBTQ y a favor del matrimonio gay, la composición para películas de Disney y algunos shows teatrales musicales, su polémica idea de no cancelar recitales por motivos políticos en ninguna nación, la amistad con la familia real británica y especialmente con Diana Frances Spencer alias Lady Di, la multiplicidad de colaboraciones que encaró a lo largo de su trayectoria -muchas con artistas de menor calibre, vale aclarar- y sus enormes logros en materia de concientizar a la población sobre el SIDA y recaudar fondos para la lucha contra la enfermedad. Durante los últimos años Elton, admirador de pianistas muy pirotécnicos como Little Richard, Winifred Atwell y Jerry Lee Lewis, se ha dedicado a despedirse en cámara lenta con diferentes gestos más o menos explícitos que apuntan a eventualmente replegarse a una vida familiar con su pareja desde 1993, David Furnish, y sus dos hijos vía gestación subrogada, Zachary y Elijah, así nos hemos topado con un larguísimo tour de despedida entre 2018 y 2023, Farewell Yellow Brick Road, con una autobiografía en realidad escrita por el periodista Alexis Petridis, Me (2019), con una biopic digna aunque despareja que abusaba del recurso hollywoodense de los números musicales histéricos o algo mucho ridículos, Rocketman (2019), film de Dexter Fletcher con Taron Egerton como el protagonista, Jamie Bell en el rol de Taupin y Richard Madden como el villano de turno, Reid, e incluso con la insólita edición de Regimental Sgt. Zippo (2021), disco que fuera grabado entre 1967 y 1968 pero sin ver la luz porque Dick James, el editor musical de Elton y Bernie, consideró que era demasiado psicodélico y por ello los impulsó a lanzar en cambio Empty Sky (1969), de hecho aquel deslucido debut de la dupla.

 

Elton John: Never Too Late (2024), entrañable documental de R.J. Cutler y el omnipresente Furnish para el servicio de streaming Disney+, constituye el más reciente agregado a la lista de proyectos tardíos dentro de la carrera de un John que definitivamente se siente bastante vulnerable en términos anímicos y de salud a sus 77 años de edad, de allí se explica este frenesí nostálgico cual preocupación obsesiva por el hecho de controlar su legado/ memoria cultural, en este sentido el trabajo combina dos estereotipos infaltables de los documentales sobre artistas avezados, primero el catalizador narrativo de la preparación para un recital de marco melancólico, aquí una seguidilla de tres shows en noviembre de 2022 en el Dodger Stadium, en la ciudad de Los Ángeles, que obedecen al cierre de la pata norteamericana del Farewell Yellow Brick Road y vienen a celebrar un recital de 1975 en el mismo estadio que ofició de consagración simbólica o pico más alto de popularidad de Elton en suelo yanqui, y segundo esa estructura retórica en forma de racconto, efectivamente empezando por la fama exorbitante para a posteriori saltar al presente, contexto de una tercera edad que dice querer jubilarse aunque sigue y sigue en movimiento, y eventualmente retroceder al pasado más remoto, ese del inicio de la vida/ carrera/ profesión, naciendo en 1947 como Reginald Kenneth Dwight. El opus de Furnish, un ejecutivo publicitario de Canadá que fundó junto a John la productora Rocket Pictures, y Cutler, un realizador y productor estadounidense conocido por sus astutos retratos de Bill Clinton en The War Room (1993), Oliver North en A Perfect Candidate (1996), Anna Wintour en The September Issue (2009), Marlon Brando en Listen to Me Marlon (2015), Imelda Marcos en The Kingmaker (2019), John Belushi en Belushi (2020), Billie Eilish en The World’s a Little Blurry (2021) y Martha Stewart en Martha (2024), apuesta por toda la efervescencia que uno podría esperar de una propuesta vinculada al talentoso músico inglés, así las cosas en pantalla se utilizan con inteligencia sus anotaciones de agenda símil diario íntimo, el enorme volumen de material fotográfico y cinematográfico inédito en torno a los recitales y las grabaciones de discos y un popurrí de animaciones que ocupan el típico lugar reservado a las muchas recreaciones del docudrama, hoy complementos como el metraje de Rocket Hour, su programa radial para Apple Music.

 

En vez de la colección de cabezas parlantes del documental expositivo más clásico y una edición posmoderna vertiginosa orientada a evitar el aburrimiento del espectador tontito promedio del nuevo milenio, con un déficit de atención catastrófico, los realizadores optan en cambio por un enfoque por un lado bastante más tranquilo, casi siempre recurriendo a filmaciones hogareñas o de backstage del John septuagenario y a las entrevistas en audio con Petridis para Me símil narración en primera persona, y por el otro lado hilarantemente demagógico o crowd-pleaser aunque en versión rockera culta, jugada que por cierto en el ecosistema eltoneano grandilocuente resulta muy buena ya que el documental se centra sin ningún eufemismo en aquella fase de oro de 1970-1975 y por supuesto en esa especie de “reafirmación de la vida” que condensan tanto los shows en el Dodger Stadium como el tour de conciertos de despedida, Farewell Yellow Brick Road. Siempre enfatizando las dos premisas de fondo que guían a escala discursiva semejante repaso histórico, léase la cima es un lugar solitario y el dinero no compra felicidad, Elton John: Never Too Late se hace un festín en simultáneo con los detalles negativos del periplo, como los maltratos cíclicos de sus progenitores y del manager, su adicción a la cocaína, la propia sobreexigencia laboral y aquel intento de suicidio de 1975 previo al recital ante 110.000 personas, y con los aspectos positivos de toda esta montaña rusa conceptual, dimensión en la que hallamos primero la música en sí, sin los cortes abruptos por ignorancia del mainstream marketinero y hoy muy bien editada como cabría esperar de un “proyecto oficial” de esta naturaleza, y segundo la relación con Taupin, serendipia y amigo de toda la vida, y con John Lennon, eje del mejor segmento del documental porque se cubre en detalle su colaboración para Whatever Gets You thru the Night, temazo de Walls and Bridges (1974), y para un show de ese mismo año en el Madison Square Garden, a la postre el último recital que daría Lennon antes de su homicidio en 1980. Si bien al trabajo se lo puede acusar de descuidar el repertorio de los 80 y 90 y las facetas posteriores, como su filantropía, la lucha contra el SIDA y sus contactos con muchos mandatarios de centro izquierda de todo el planeta, el film cumple su objetivo de celebrar el querido glam de los 70 y el devenir apacible en familia del John veterano…

 

Elton John: Never Too Late (Reino Unido/ Estados Unidos, 2024)

Dirección y Guión: R.J. Cutler y David Furnish. Elenco: Elton John, Bernie Taupin, John Lennon, Alexis Petridis, David Furnish, Gus Dudgeon, John Reid, Paul Buckmaster, Allison Ponthier, Andrew Watt. Producción: R.J. Cutler, David Furnish y Trevor Smith. Duración: 102 minutos.