Si hay algo que nadie esperaba es que Snoop Dogg, nacido Calvin Cordozar Broadus Jr. hace 53 años, en el último tiempo aparentemente experimentase un aluvión de nostalgia y se decidiese no sólo a comprar la prácticamente extinta Death Row Records con toda su biblioteca musical, léase el sello discográfico que supo cobijarlo en el comienzo de su carrera allá a principios de la década del 90, sino también a regresar a sus raíces en el G-funk con su productor primigenio, Andre Romell Young alias Dr. Dre, en nada menos que su disco número veinte con un arte de tapa estupendo símil preservativo, Missionary (2024), álbum que de hecho conecta pasado y presente porque pretende ser una secuela sin medias tintas de sus dos trabajos iniciales, tanto el debut de Dr. Dre, The Chronic (1992), como su ópera prima discográfica propiamente dicha o acreditada a su persona sin eufemismos, Doggystyle (1993), dos placas que junto a All Eyez on Me (1996), el cuarto y último opus de Tupac Shakur, patentaron a ojos públicos las características principales del G-funk, subgénero del gangsta rap en su acepción de la Costa Oeste de los Estados Unidos que suele homologarse a la inventiva de Dre, su hermanastro Warren G y Cold 187um, del grupo Above the Law, y que unifica rasgos heterogéneos como una fuerte presencia de sintetizadores y bajos, coros femeninos, densidad sónica setentosa, grooves de lo más narcóticos, samples y/ o instrumentación en vivo que duplican lo hecho por George Clinton en Parliament y Funkadelic y efectivamente voces o estilos de canto/ recitado/ rapeo similares a los latiguillos de Snoop Dogg, siempre semi susurrando los versos desde una tranquilidad funkeada que en su época contrastó fuertemente con respecto al hardcore hip hop a lo Run-DMC, Ice-T y Public Enemy y en parte anticipó desarrollos futuros como el hip hop progresivo, el hip hop futurista y en especial el hip hop alternativo del nuevo milenio. Uno de los últimos exponentes en surgir durante la Era Dorada del Hip Hop, etapa que abarca desde mediados de los años 80 hasta mediados de la década siguiente, categoría que por supuesto asimismo puede extenderse a Dr. Dre y su legendaria banda, N.W.A. o Niggaz Wit Attitudes, colectivo completado por Ice Cube, Eazy-E, DJ Yella, MC Ren y Arabian Prince, Snoop a lo largo de su carrera y su vida ha experimentado una infinidad de cambios gatopardistas que en esencia empezaron en la asimilación de su imagen a la de un gangster para después disfrazarse de una caricatura de un proxeneta, “pimp” en inglés.
Así como el señor pasó de ser una amenaza pública -una y otra vez relacionado al narcisismo, la marihuana, la misoginia, los autos, el alcohol, las armas, el dinero, el coito y la violencia callejera polirubro- a convertirse en una celebridad televisiva, cinematográfica y empresaria símil “marca registrada” en el contexto del Siglo XXI, del mismo modo el amigo Snoop arrancó en el terreno más o menos previsible del G-funk de las postrimerías de la centuria previa para a posteriori diversificar hasta el infinito los géneros abarcados, los proyectos que lo tuvieron como protagonista y su rango de colaboradores durante las décadas por venir, esquizofrenia que incluye por un lado la limpieza comercialoide de su persona para un público masivo bobalicón o no melómano, paradoja de por medio porque sus primeros álbumes del gangsta rap vendieron millones de unidades mientras que la apertura estilística y su imagen higienizada redujeron muchísimo sus ingresos estrictamente musicales, y por el otro lado las sucesivas metamorfosis a escala espiritual, lo que exacerbó la caricatura de su persona y el vaciamiento discursivo de sus hilarantes letras porque pasó de ser bautista a sumarse primero a la Nación del Islam y después al Movimiento Rastafari, sin olvidarnos de la infaltable vuelta tardía al cristianismo evangélico. En lo que atañe a su producción artística luego de la innegable y jamás superada obra maestra, Doggystyle y sus referencias obvias a Atomic Dog (1982), de Clinton solista, la carreta del californiano puede dividirse en tres fases muy concretas, una de G-funk un tanto estereotipada aunque aun digna que abarca Tha Doggfather (1996), Da Game Is to Be Sold, Not to Be Told (1998), No Limit Top Dogg (1999) y Tha Last Meal (2000), una segunda etapa caracterizada por su amistad con Pharrell Williams, de The Neptunes, y una verdadera y a veces interesante ampliación de su acervo compositivo hacia el pop, esa de Paid tha Cost to Be da Boss (2002), R&G (Rhythm & Gangsta): The Masterpiece (2004), Tha Blue Carpet Treatment (2006) y Ego Trippin’ (2008), y finalmente un período de franca decadencia en el que primaron trabajos olvidables, inofensivos o redundantes con demasiados tracks de relleno y algunos singles atractivos, pensemos en Malice n Wonderland (2009), Doggumentary (2011), Reincarnated (2013), Bush (2015), Coolaid (2016), Neva Left (2017), Bible of Love (2018), I Wanna Thank Me (2019), From tha Streets 2 tha Suites (2021) y BODR (2022), seguidilla que también enfatiza su sustrato prolífico e imprevisible.
Missionary, primera colaboración en todos los temas desde Doggystyle con Dr. Dre -vía Aftermath Entertainment- en su rol de productor, no sólo pule la melancolía noventosa de BODR y recupera la arquitectura paradigmática del G-funk, ya sin la “lavada de cara” de muy pocas ideas nuevas del segundo lustro de los años 90, sino que subraya el hecho de que el rapero ha superado tanto sus coqueteos con el hip hop futurista y progresivo, aquel de genios de la talla de Missy Elliott, Timbaland, Kanye West, Outkast y The Neptunes, el dúo de Pharrell y Chad Hugo, como los ocasionales delirios intrascendentes en sintonía con su álbum de reggae de pretensiones rastafaris, Reincarnated, o ese disco doble de góspel en consonancia con su renacimiento farsesco como cristiano, Bible of Love. Fore Play, con una participación del soulero BJ the Chicago Kid y un sample de People Make the World Go Round (1971), de The Stylistics, abre la placa en forma de intro y desde una modalidad hiper G-funk para traer a colación el culto a la fama y el dinero e incluso citar la canción homónima del recordado Straight Outta Compton (1988), revolucionario debut de N.W.A. Shangri-La, con Stalone en voz y un sample de Swahililand (1974), de Ahmad Jamal, respeta la brevedad del track previo para ya escuchar a Snoop rapeando sobre traiciones, drogas, metamorfosis, delitos varios y carreras de coches a partir de una base rítmica clasicista de Dre, con capas y capas de teclados y una advertencia final para que los “maricones” que se ofenden fácilmente abandonen la sala así el resto puede consagrarse al sexo vía la posición del misionero. Outta da Blue, ahora con Dr. Dre al micrófono y la cantante de pop y R&B Alus, samples de Watermelon Fantasy (2018), de Daylight Studio, Saturday Night (1986), de Schoolly D, y Scratchin’ (1975), de The Magic Disco Machine, e interpolaciones/ regrabaciones de Paper Planes (2007), joya de M.I.A., y All Around the World (1989), de Lisa Stansfield, es una gran composición con un beat fascinante que nos retrotrae a los días de Doggystyle pero también de Tha Doggfather y Da Game Is to Be Sold, Not to Be Told aunque con aires de hip hop modelo old-school, aquí una vez más dedicándole versos al alcohol, las furcias, la marihuana, el mesianismo, las peleas callejeras, el rap globalizado, los culos y las vaginas, algún asalto del montón, la diversión nocturna, la querida banda de garage rock The Sonics y los pros y contras de la comunidad negra y su cultura, a veces solidaria y en otras ocasiones competitiva recalcitrante.
Hard Knocks, tracción a un insólito sample de Mujer, Gracias por tu Llanto (1971), del grupo argentino de jazz rock Alma y Vida, y una interpolación de Another Brick in the Wall (1979), mega cliché de Pink Floyd, propone un G-funk más tradicional para viabilizar una de las típicas cataratas de recuerdos veinteañeros de Snoop, hoy arrancando en los trabajos mediocres del capitalismo por el sueldo mínimo, pasando por policías corruptos, proxenetismo, armas sobre la cama y aquellos Gin and Juice de Doggystyle, hasta llegar a su arresto en 1993 por el asesinato de Philip Woldermariam, miembro de una pandilla rival, episodio del cual sería absuelto en 1996 porque el aparente tirador fue su guardaespaldas, McKinley Lee alias Malik, también con el transcurso del tiempo sobreseído. Gorgeous, con la participación de Jhené Aiko, una vocalista de neo soul y rhythm and blues, en el ecosistema artístico de Snoop es el equivalente a un tema pop semi ochentoso que con la producción meticulosa y elegante de Dr. Dre trepa exponencialmente hacia la cima del disco que nos compete, amén del gracioso chauvinismo masculino del rapero estrella y su efusividad a la hora de vender humo verbal acerca de su destreza amatoria y/ o para los negocios, que en el hip hop equivalen a ganar millones de dólares con una lengua filosa o tragicómica. Last Dance with Mary Jane, con la intervención de Jelly Roll, exponente reciente del country rap, y un sample más que grosero de Mary Jane’s Last Dance (1993), temazo de Tom Petty and the Heartbreakers que fue a parar al compilado Greatest Hits (1993) en calidad de canción nueva, funciona como otra de las decenas de odas de Snoop al cannabis, una no particularmente inspirada pero agradable y curiosa en su pretensión de combinar el G-funk y toda la parafernalia que los yanquis suelen englobar bajo el rótulo de “americana”, de hecho de la que tanto bebía Petty en su momento desde el rock sureño, el blues, la balada, el country y el heartland rock en general. Thank You, una vez más con un sample poco sutil de Thank You (Falettinme Be Mice Elf Agin) (1969), de Sly and the Family Stone, y una interpolación de The Watcher (1999), tema de Dr. Dre correspondiente a su segunda placa de estudio, el también excelente 2001 (1999), constituye un regreso enérgico y muy interesante a los días del gangsta rap ya que el señor apuesta a reflexionar, siempre en el estilo un tanto intuitivo y lúdico que lo caracteriza, en torno a la diferencia entre la sinceridad de sus comienzos en la música y el crimen, por un lado, y la hipocresía y falta total de dignidad de los nuevos gangsters y “niggas” que hacen lo que sea con tal de ser famosos o alcanzar el éxito económico, por el otro lado, precisamente enfatizando que hoy dejó el delito atrás y está cómodo en los laureles lejos de los afroamericanos jóvenes del Siglo XXI, quienes resultan mucho más peligrosos, ricos y desvergonzados que antes.
Pressure, con Dre y Brandon Perry alias K.A.A.N., un chopper o rapero veloz, más samples de The Champ (1968), de The Mohawks, y Spider and Fly (1975), del especialista en soundtracks Luchi De Jesús, constituye otro de esos collages supremos de Dre de capas sonoras superpuestas que sirven a la perfección para el fraseo despreocupado o deliciosamente holgazán de Snoop, aquí enumerando los ingredientes fundamentales de la vida de un narcotraficante de los 90 como por ejemplo una pistola, un bolsillo lleno de dinero, un auto de lujo, esas hembras hermosas y cachondas, un anillo de diamantes, muchos porros, el producto en sí, la cocaína, algunos clientes un tanto reventados -el Dopeman ambiguo de Straight Outta Compton, ese que vende pero también consume- y un ojo siempre abierto para adelantarse a la llegada de la policía, con el homicidio de cada uniformado en un eventual tiroteo representando un enorme orgullo en la comunidad. Another Part of Me, con nada menos que Sting en guitarra y bajo y una interpolación reglamentaria de Message in a Bottle (1979), clásico de The Police perteneciente a Reggatta de Blanc (1979), es algo así como la versión de Dre del Kanye West circa 808s & Heartbreak (2008), con toneladas de vocoder y Auto-Tune, aunque a su vez filtrado por los pasajes más amigables de The Marshall Mathers LP (2000) y The Eminem Show (2002), ambos de Eminem, dando por resultado una letra improvisada símil freestyle alrededor del hedonismo en la ciudad de Los Ángeles y el hecho de que a nuestro MC le importa un comino lo que el resto diga de él o de su música y sus viñetas. Skyscrapers, con Smitty y Method Man, del célebre colectivo Wu-Tang Clan, más samples de A Donde Quiera (1974), del mexicano Marco Antonio Muñiz, y Ain’t Gonna Happen (1969), de Ten Wheel Drive, constituye otra de las cúspides de Missionary porque el G-funk más intoxicante se amalgama con una andanada de bravuconadas que incluyen el dejo autoparódico del dueño de casa, en esta oportunidad homenajeando a Cypress Hill y jugando con un surrealismo magistral de violencia urbana psicodélica, más las reflexiones sobre cómo trepar en el mainstream musical de Smitty y el inefable estilo humorístico/ cáustico/ bizarro de Method Man, por cierto ya patentado en los días formativos de Enter the Wu-Tang (36 Chambers) (1993), el legendario primer álbum de Wu-Tang Clan.
Fire, con la ignota vocalista Cocoa Sarai y un sample de Come My Love (1980), de Ihsan Al-Munzer, empieza con un episodio macabro, en el que alguien prende fuego a un sujeto maniatado y luego lo revienta a tiros, para a posteriori consagrarse a un reggae que supera por mucho lo hecho en Reincarnated mientras la canción nos pasea por el flujo carcelario, las tribulaciones de MC Ren y algunas alusiones sorprendentes a Cat People (Putting Out Fire) (1982), de David Bowie, y Happiness Is a Warm Gun (1968), composición de John Lennon para The Beatles. Gunz n Smoke, ahora con la asistencia de Eminem y 50 Cent, otros dos protegidos/ discípulos de Dr. Dre pero de principios del Siglo XXI, y samples de Say You Love Me (1975), de D.J. Rogers, y una trilogía de canciones del malogrado The Notorious B.I.G., Who Shot Ya? (1995), Notorious Thugs (1997) y la póstuma Dead Wrong (1999), nos propone un simposio gangsta tácito que no deja demasiado en la memoria más allá de los clichés de siempre de los tres protagonistas egocéntricos, con 50 Cent luciéndose en el rubro de la velocidad homicida, Snoop ventilando su narcisismo o autoindulgencia de suburbio -más alguna referencia jocosa a Mötley Crüe- y Eminem autopsicoanalizándose por millonésima vez, tratando de entender su ciclotimia y por supuesto quejándose de la falta de privacidad que vino con la celebridad/ el estrellato y los muchos billetes que ganó cuando comenzada su trayectoria. Sticcy Situation, con las voces de los reincidentes K.A.A.N. y Cocoa Sarai, un sample de Don’t Get Caught (1968), de Mable John, y una interpolación de Tom’s Diner (1987), aquella canción a cappella de Suzanne Vega, rankea en punta con lo mejor del disco gracias a un Dre que vuelve a su marca registrada de antaño en materia de ir metamorfoseando el beat y los arreglos con inteligencia símil N.W.A. a medida que se acumulan las distintas partes de la composición, otro retrato acerca de la intersección entre violencia, vanidad, lenocinio y una prepotencia autoconsciente y risueña que no deja pasar la chance de citar a Ludacris, Hugh Hefner y Warren G.
Now or Never, otra excusa para que retomen el micrófono Dr. Dre y BJ the Chicago Kid, toma la forma de una mixtura soulera de G-funk, The Neptunes y ese West modelo su exquisita trilogía inicial, léase The College Dropout (2004), Late Registration (2005) y Graduation (2007), aquí en suma de la mano de primero Snoop bromeando sobre su amistad con Martha Stewart, con quien desarrolló recetas, publicidades e incluso un variety show en VH1, Martha & Snoop’s Potluck Dinner Party (2016-2020), y segundo la canción en sí explorando la envidia entre los negros, el perfeccionismo de Dre y las injusticias sociales en el capitalismo del hambre y la represión del nuevo milenio. Gangsta Pose, “featuring” de por medio que incluye al grupete compuesto por Dem Jointz, Fat Money y la reaparecida Stalone, es un nuevo collage del productor aunque ahora no tan inspirado o memorable y jugando tanto con el sadomasoquismo y los simulacros de superioridad callejera del gangsta rap, siempre a un paso del darwinismo social y la automitologización libidinosa en la tradición de James Brown, como con la funktronica a lo Prince y unos floreos heterogéneos extraídos de 808s & Heartbreak y el hip hop progresivo/ alternativo de las últimas décadas. The Negotiator, con un sample de Can’t Stop Loving You (1976), de Soul Dog, cierra el álbum a pura corrección y poco más gracias a una base G-funk esquemática que no agrega nada a lo ya escuchado y nos devuelve a las fanfarronadas de la “posición consolidada” del rapero residente y lo mucho que supera a su competencia en todo, desde el legado artístico/ comercial y la capacidad de sobrevivir hasta el talento para rimar, un amor propio bombástico y ese ficticio y desopilante lugar en el Paseo de la Fama de Hollywood junto a Lenny Kravitz, además de unas palabras en honor a Wiz Khalifa.
Considerando que Snoop Dogg viene haciendo espiritualmente lo mismo desde hace tres largas décadas y monedas, lo único que le queda a los fans melómanos adeptos al hip hop es exigirle que lo haga bien y en este sentido Missionary ofrece una experiencia sonora disfrutable porque sin llegar ni remotamente al súmmum de The Chronic y Doggystyle, por lo menos logra reproducir algo de aquella magia en un puñado de tracks que también tienen mucho que ver con el otro mega proyecto nostálgico en torno a Dr. Dre, hablamos desde ya de su tercer disco solista, Compton (2015), un trabajo decididamente más ambicioso que la placa número veinte de Snoop aunque igual de caótico y desparejo, por un lado construido bajo el paraguas del G-funk, una etiqueta petrificada que ya no permite ninguna variación o novedad luego de las mil vueltas que encaró el mismo Broadus durante su carrera, y por el otro lado efectivamente derrapando en lo demencial debido al generoso volumen de artistas invitados, algunos funcionando de maravillas, otros decepcionando a cada paso y la mayoría oficiando de relleno del mismo modo que Compton, álbum inspirado en la muy exitosa biopic de F. Gary Gray acerca de N.W.A., Straight Outta Compton (2015), saltaba de un tema glorioso a odiseas tan infladas como rutinarias dentro del mundillo otrora vital o vanguardista del gangsta rap. Como afirmábamos con anterioridad, Snoop cayó en la caricatura por distintos factores como su carácter prolífico, la repetición de los mismos tópicos en sus letras, el encanto sui generis detrás de su técnica de autobombo hiperbólico en cámara lenta, un cúmulo de colaboraciones innecesarias que bordearon el ridículo -más propias de los descerebrados del marketing de las compañías discográficas y los algoritmos de los servicios de streaming que de la sinceridad artística- y por supuesto la ubicuidad de su persona en la cultura hiphopera estadounidense, desde hace tanto tiempo transformado en una marca comercial indeleble dentro y fuera del mainstream audiovisual de alcance planetario. Dentro de este panorama pomposo o quizás claustrofóbico su discografía, incluso con inconsistencias de todo tipo, termina resguardando las verdaderas y últimas razones por las que será recordado a futuro, por ello Missionary resulta un opus grato que encauza al veterano del micrófono hacia la dirección correcta, a mitad de camino entre el entusiasmo y la sátira corrosiva del comediante en primera persona y ese G-funk de rostro adusto que depreca un respeto de “vieja escuela” intra escena hiphopera hoy casi extinto.
Missionary, de Snoop Dogg (2024)
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