La cuarta faena de Robert Eggers, Nosferatu (2024), era esperada con gran entusiasmo por la fauna cinéfila debido a la magnitud de la misión de fondo, reimaginar en el Siglo XXI un par de clásicos del cine de horror con mayúsculas y del séptimo arte en términos macros, Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922), de F.W. Murnau, y Nosferatu, el Vampiro (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), de Werner Herzog, a lo que se agregaba la reputación del talentoso director y guionista como una de las voces fundamentales de ese “terror elevado”, junto con Jordan Peele y Ari Aster, que en un único movimiento terminó de enterrar el espanto mayormente grasiento e infantiloide de los años 80 y 90 y una buena parte de la cansadora fiebre hollywoodense con los zombies modelo George A. Romero y los fantasmas robados del J-Horror. Nosferatu es un trabajo sutilmente decepcionante desde distintos puntos de vista ya que en primera instancia no agrega nada significativo en serio con respecto a las lecturas de Murnau y Herzog, la primera un ejemplo brillante del curioso expresionismo naturalista del cineasta y la segunda un opus onírico/ surrealista/ hipnótico hasta la médula, y en segundo lugar cae muy por debajo de aquellas y tampoco llega al nivel de calidad de las tres obras previas del propio Eggers, hablamos de las magistrales La Bruja (The Witch: A New-England Folktale, 2015), El Faro (The Lighthouse, 2019) y El Hombre del Norte (The Northman, 2022), un esquema que no es del todo malo ni mucho menos porque el film no se sostiene al compararlo con semejantes titanes pero al mismo tiempo sobrepasa prácticamente cualquier película del nuevo milenio de terror o cualquier otro género, muchísimas de las cuales son incapaces de entregar el glorioso nivel de detalle o meticulosidad en fotografía, edición, música y diseño de producción en general que el realizador despliega en su interpretación de Drácula (1897), archiconocida novela de Bram Stoker que se ubicaba de manera no oficial en el corazón narrativo de la epopeya de 1922 porque aquel estudio de turno, Prana Film, no había procurado los derechos de adaptación.
Eggers, también guionista en solitario, en esta ocasión retrotrae todos los nombres de los personajes a los de la lectura de Murnau porque efectivamente su brújula artística está más volcada a dicha película, consagrada a la introducción de lo tenebroso en lo cotidiano, que a la obra lírica de Herzog, quien había decidido recuperar los apelativos del libro de Stoker, amén del hecho de que el estadounidense sí rescata del segundo opus un personaje crucial que no estaba en el film mudo de los 20, la figura del cazavampiros por antonomasia, el Profesor Abraham Van Helsing: en la Wisborg de 1838, metrópoli de Alemania, Thomas Hutter (Nicholas Hoult) es un empleado/ aprendiz de una firma inmobiliaria propiedad de Knock (Simon McBurney), quien justo luego de su casamiento con Ellen Hutter (Lily-Rose Depp) lo envía a una pequeña comarca gitana al este de Bohemia y aislada por los Montes Cárpatos, en Transilvania, Rumania, para que un tal Conde Orlok (ese Bill Skarsgård no tan monstruoso pero irreconocible) firme los documentos correspondientes a la compra de una mansión derruida de Wisborg, Grünewald, encargo que deriva en una trampa porque Knock es fiel súbdito de un Orlok vampírico con siglos de edad y la rauda intención de desposar a Ellen, de la que parece estar enamorado desde que siendo adolescente la señorita una noche convocase a los ángeles o espíritus de cualquier esfera celestial para que la acompañasen y le diesen amor, por ello el flamante marido eventualmente termina encerrado en el castillo ruinoso del conde mientras el dueño de casa marcha a la Wisborg decimonónica desatando la peste en forma de ratas y apareciéndose en la habitación de la ninfa para concederle tres noches de reflexión hasta que se entregue a él por motu proprio, unas jornadas en la que se entretiene atormentando a la familia del mejor amigo de Thomas, Friedrich Harding (Aaron Taylor-Johnson), jerarca en un astillero, padre de dos nenas con Anna (Emma Corrin) y eterno negador del pensamiento mágico del Doctor Wilhelm Sievers (Ralph Ineson) y su mentor, el Profesor Albin Eberhart Von Franz (Willem Dafoe), el Van Helsing del relato.
Como toda traslación cinematográfica de Drácula que se precie de tal, a esta Nosferatu de Eggers hay que juzgarla por lo que hace con la segunda mitad de una trama que ha sido refritada en innumerables ocasiones más allá de aquellas cuatro adaptaciones oficiales más famosas, nos referimos a los films de Tod Browning de 1931, de Terence Fisher de 1958, de John Badham de 1979 y de Francis Ford Coppola de 1992, panorama que tiene que ver con el hecho de que el primer acto es siempre exactamente el mismo mediante la figura del extranjero, llámese Thomas Hutter o Jonathan Harker, siendo prevenido del peligro por los locales y arribando de todos modos a la propiedad del conde chupasangre, en este sentido el director norteamericano construye una segunda mitad demasiado errática que nunca disipa el interés del todo aunque termina un poco atiborrada de recursos simpáticos -y asimismo harto utilizados en el pasado en el rubro vampírico- como los ataques de histeria de Ellen adelantando la llegada de su amante, los discursos autoexplicativos del especialista en las fuerzas de lo sobrenatural, Von Franz, el devenir del secuaz por antonomasia del aristócrata de estricta vida nocturna, ese Knock que ocupa el lugar del “come alimañas” de siempre llamado Renfield, el sustrato de relleno del psiquiatra respetuoso que trata a Ellen, Sievers, y desde ya el escepticismo de un Harding que está hastiado de los problemas que le genera la pareja de Hutter, suerte de capitalista altivo cuya testarudez desaparece cuando el conde por fin aplica el “golpe de gracia” para lograr que Ellen acepte negar el matrimonio previo y casarse con él, eso de reventar a Anna y sus dos crías. Las novedades fundamentales que introduce la propuesta que nos compete pasan por el look del conde, ahora con bigote y sin los dientes grotescos de roedor, las tres noches que le confiere a su amada, lo que exacerba con inteligencia todo el trasfondo de cuento de hadas para adultos, y finalmente cierto foco general sobre Ellen, algo un tanto contraproducente porque Depp, hija de Johnny y Vanessa Paradis, está muy bien aunque la ciclotimia de su criatura por momentos molesta bastante.
Más un ejercicio de estilo minucioso de Eggers que una remake realmente necesaria, y más una obra terrorífica tradicional que alucinada o etérea como las dos acepciones previas no oficiales del libro de Stoker, Nosferatu deja en buena medida de lado la fascinación del realizador con la antropología, el folklore y la historia, salvo por la reglamentaria escena con los gitanos de la primera mitad, y vuelca sus esfuerzos hacia un gótico realista de una belleza verdaderamente suprema, en suma -como decíamos con anterioridad- sostenido en recursos muy caros al cineasta como una fotografía esplendorosa repleta de travellings, diálogos floridos marca registrada, un muy buen nivel de gore y desnudos y por supuesto una carga alegórica erudita que no tiene parangón en el mainstream para espectadores descerebrados, conservadores y castrados de hoy en día, pensemos en la obsesión del opus con la dialéctica del control, la represión sexual y la lucha entre ciencia y ocultismo/ magia/ religión/ creencia, además de una vuelta a la figura de la mujer histérica prosaica, negación de la caricatura empoderada de las últimas décadas, y del convencimiento del film de que las dolencias de la mente se originan en un territorio difuso entre la soledad del sujeto y el condicionamiento asfixiante del exterior social, aquí tomando la forma de un parasitismo burgués en el que “la sangre es la vida”. Eggers, en última instancia, no consigue igualar la imagen imborrable del conde cargando su propio ataúd a través de calles de pesadilla pero garantiza una calidad más que aceptable y un gran desempeño por parte del elenco mientras nos pasea por todas las lecturas del vampirismo, en pantalla homologado a la muerte, la naturaleza, los tiranos, las obligaciones, la blasfemia, el coito, la cultura residual/ añeja, la oscuridad, el miedo, la caza, lo desconocido, el engaño cruel, la cárcel, la inmortalidad, lo animalístico, la esclavitud, la amenaza, aquel poder absoluto, la desesperación, el placer, la locura, el anhelo insatisfecho, la adultez, el paganismo, la tortura, la irrealidad, los secretos, la plaga, el apetito, la inmunidad, la seducción y especialmente una melancolía pomposa…
Nosferatu (Estados Unidos/ Reino Unido/ Hungría, 2024)
Dirección y Guión: Robert Eggers. Elenco: Lily-Rose Depp, Bill Skarsgård, Nicholas Hoult, Aaron Taylor-Johnson, Willem Dafoe, Emma Corrin, Ralph Ineson, Simon McBurney, Adéla Hesová, Milena Konstantinova. Producción: Robert Eggers, Eleanor Columbus, Jeff Robinov, John Graham y Chris Columbus. Duración: 132 minutos.