Para todos aquellos que alguna vez nos hemos preguntado cómo sería un film centrado únicamente en un extenso e ininterrumpido tiroteo, uno de esos en los que se mezclan las cuestiones personales y el campo de los “negocios”, ahora Ben Wheatley nos acerca la respuesta: el británico, sin lugar a dudas uno de los pocos realizadores y guionistas de la actualidad que sabe combinar experimentación formal y delirio a borbotones, en Free Fire (2016) lleva al extremo ese viejo “qué tal si…” de la historia del cine, una premisa interesante que en el pasado ya había sido dilatada a secuencias larguísimas pero no a toda una película como en esta ocasión, una obra que para colmo está reducida a un solo ámbito en el que los personajes interactúan vía palabras y disparos a la par. Estamos ante un retrato muy hilarante de la resistencia del cuerpo humano y la aleatoriedad obtusa de la violencia.
La trama es sencilla a más no poder y nos sitúa en un depósito semi abandonado en Boston, en una noche de fines de la década del 70, donde se dan cita dos facciones para una simpática transacción comercial: por un lado tenemos a unos muchachos que pertenecen al IRA y desean comprar rifles de asalto, y por el otro lado están los traficantes de armas de turno. El primer bando está encabezado por Chris (Cillian Murphy) y Frank (Michael Smiley), quienes tienen como subalternos a Stevo (Sam Riley) y Bernie (Enzo Cilenti). En la vereda opuesta se encuentran el representante de los dealers, Ord (Armie Hammer), los jefes Vernon (Sharlto Copley) y Martin (Babou Ceesay), y -por supuesto- sus respectivos subordinados, Harry (Jack Reynor) y Gordon (Noah Taylor). Como si fuera poco, también debemos sumar a la negociadora entre ambos grupos, la ambivalente Justine (Brie Larson).
Ahora bien, lo que debería ser un intercambio rápido de un maletín lleno de dinero por unas cajas con rifles se transforma en primera instancia en un pequeño problema cuando comienzan las indirectas porque los traficantes pretenden entregar AR70 y no los M16 que pidieron los irlandeses, y luego en un gran problema cuando Harry reconoce a Stevo como el hombre que la otra noche le partió una botella en la cabeza a su prima porque la señorita de 17 años no quiso practicarle sexo oral, lo que le dejó cicatrices en su rostro de por vida. El muy astuto guión de Amy Jump y el propio Wheatley utiliza dicho catalizador como excusa para que vuele la primera bala -esa que Harry le dedica a Stevo- con vistas a que se desate un torbellino caótico de disparos hacia todas direcciones, circunstancia que pone entre la espada y la pared a personajes cada vez más estropeados y lindantes con la muerte.
Dicho de otro modo, la película se basa en una suerte de duelo a la mexicana en donde la presencia de tantos tiradores obliga a un resguardo/ inercia permanente por la desventaja táctica superpuesta que todo el asunto implica para cada uno de los participantes (el preocuparse por un contrincante trae consigo el inconveniente de descuidar a otro y así sucesivamente), a lo que hay que agregar la estupidez intrínseca de los protagonistas y su catálogo de amenazas tracción a un argot suburbial de lo más colorido (el realismo sucio que propone Wheatley nunca llega a la parodia o el ridículo porque el cineasta está más interesado en un desarrollo de personajes oblicuo, sustentado en la codicia, el cinismo y un machismo exacerbado que los lleva una y otra vez a demostrar su valía -o vengar los daños sufridos- con más y más descargas de sus armas, en un ciclo de reveses e insultos mortales).
Si bien el desempeño de todo el elenco es maravilloso, los que se ganan las palmas son Copley, aquí entregando otra de sus criaturas sudafricanas y bizarras “marca registrada”, Hammer, en esta oportunidad ofreciendo el mejor trabajo de su carrera, y Murphy, un intérprete extraordinario que siempre se las ingenia para superar las expectativas. Considerando que el único gran reto que se les plantea a los protagonistas es llegar a un teléfono para pedir refuerzos, Free Fire se abre camino como una epopeya minimalista y extremadamente eficaz que apenas si se vale de cuerpos ensangrentados que se arrastran, traiciones entrecruzadas y la sorpresa generada por la intervención de un tercer grupo, integrado por dos misteriosos francotiradores, para construir un suspenso que coquetea con la comedia lacerante a lo largo del metraje, cual detalle lúdico destinado a sazonar el relato.
Hay que aclarar que Wheatley ya había hecho algo parecido en diversos tramos de sus opus previos, las demenciales Down Terrace (2009), Kill List (2011), Sightseers (2012), A Field in England (2013) y High-Rise (2015), no obstante ahora logra concebir la que quizás sea la obra más redonda de toda su trayectoria, alcanzando en el trajín aquel nivel de excelencia de Kill List y Sightseers. En el cine del inglés jamás dice presente el cancherismo hueco de buena parte del Hollywood contemporáneo, ese moldeado alrededor de artificios y caricaturas sin alma, ya que el director es un experto en el arte de apuntalar personajes freaks, sádicos, adorables y aparatosos que dan la sensación de haber sido freaks, sádicos, adorables y aparatosos desde el principio de los tiempos. Esta ausencia de máscaras y el sustrato experimental del convite en sí constituyen los pilares de tanto talento en éxtasis…
Free Fire (Reino Unido/ Francia, 2016)
Dirección: Ben Wheatley. Guión: Ben Wheatley y Amy Jump. Elenco: Sharlto Copley, Armie Hammer, Cillian Murphy, Michael Smiley, Babou Ceesay, Sam Riley, Jack Reynor, Brie Larson, Enzo Cilenti, Noah Taylor. Producción: Andrew Starke. Duración: 90 minutos.