En la década del 70 se acumularon muchas películas de tono nihilista por aquella primera reconversión social desde las utopías de cambio de los años 60 hacia el cinismo derrotista de nuestra contemporaneidad, en los 70 todavía enmarcado en una militancia violenta de izquierda y derecha que se ganó la mucho más brutal contraofensiva conservadora represiva de casi todos los gobiernos del planeta y su obsesión con mantener sin modificaciones el Estado capitalista burgués. La Caza (La Traque, 1975), de Serge Leroy, constituye un caso bastante raro dentro del acervo artístico del período porque el film a primera vista parece una combinación de dos formatos narrativos de moda, hablamos de la versión bucólica del esquema de la cacería humana y aquel exploitation de violación y venganza o “rape and revenge”, no obstante le debe mucho más a otro linaje de películas que en alguna escena o todo su desarrollo dramático se sirven de la metáfora del grupito de tontos y/ o violentos con dinero asesinando a animales indefensos para ofrecer una serie de comentarios sociales alrededor, precisamente, de la impunidad de los sectores acomodados de la sociedad, la estratificación injusta en el capitalismo, las miserias, decadencia o mediocridad que afloran en las reuniones supuestamente destinadas a la “diversión” y la cobardía en general del mismo acto de matar animales ayudado por un popurrí de vehículos, perros rastreadores, un baqueano semi esclavizado experto en la zona y desde ya una colección de armas de largo alcance y con una capacidad generosa de destrucción o daño. El formato aludido en cierta medida nace con la recordada secuencia de la cacería de La Regla del Juego (La Règle du Jeu, 1939), odisea de Jean Renoir, y se extiende hasta realizaciones más recientes como por ejemplo La Caza (1966), de Carlos Saura, y esa Despertar en el Infierno (Wake in Fright, 1971), un trabajo de Ted Kotcheff que denunciaba la brutalidad de la Australia profunda del mismo modo que las obras cruciales de Renoir y Saura lo hacían con Francia y España.
Las anomalías se profundizan cuando uno considera la trayectoria de Leroy, un director hoy olvidado por la redundancia de sus epopeyas y debido a que siempre arrastraron problemas de derechos de autor que las hicieron bastante difíciles de hallar en el mercado hogareño, en este sentido La Caza resulta por lejos su mejor propuesta -o la única memorable en serio- ya que el susodicho no logró descollar en casi ninguna comarca en particular, ni en el polar o film noir francés de Chantaje para el Crimen (Le Mataf, 1973) y El Informante (L’Indic, 1983), la faena de vigilantes neuróticos de Legítima Violencia (Légitime Violence, 1982), el andamiaje de “señoritas en prisión” de Acoso a una Mujer (Contrainte par Corps, 1988), el drama de niños psicópatas de Inocencia Peligrosa (Attention, les Enfants Regardent, 1978), la fábula sobre el rol del periodismo de El Cuarto Poder (Le Quatrième Pouvoir, 1985) o el thriller de carretera de Los Pasajeros (Les Passagers, 1977), claro rip-off a la gala de Reto a Muerte (Duel, 1971), de Steven Spielberg. Por supuesto que los comentarios sociales del trabajo que nos ocupa no invalidan la evidente meta de fondo de Leroy, eso de construir una mixtura de Amarga Pesadilla (Deliverance, 1972), de John Boorman, y Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, dos joyas que se condicen respectivamente con el acecho contra seres humanos convertidos en presa, pensemos en El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), convite pionero de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, La Presa Desnuda (The Naked Prey, 1965), de Cornel Wilde, esa genial La Partida de Caza (The Hunting Party, 1971), de Don Medford, y Comodidad Sureña (Southern Comfort, 1981), de Walter Hill, y con las violaciones y sus corolarios de opus semejantes, gremio en el que se destacan obras de la época como La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), de Wes Craven, El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), de Michael Winner, y Escupo sobre tu Tumba (I Spit on Your Grave, 1978), trasheada de Meir Zarchi.
En plan de sabotear todas las expectativas posibles, como decíamos con anterioridad el guión de André G. Brunelin -a partir de una idea original del propio director- coquetea con la violación y venganza pero no ofrece venganza alguna, se tira de cabeza a la cacería de bípedos aunque obviando aquel recurso compensatorio del empoderamiento de la víctima, suerte de válvula de escape de la tensión y el peligro, y para colmo le dedica más tiempo de metraje a los verdugos que a la presa de turno, una bella profesora universitaria británica, Helen Wells (Mimsy Farmer), que pretende alquilar una casona en Villeherviers, una zona boscosa del centro de Francia. La complicidad en manada aquí está representada por una caterva de burgueses inmundos dispuestos a cazar conejos y un enorme jabalí encabezada por David Sutter (Michael Lonsdale), propietario de vastas tierras y de una construcción precaria donde vive una pareja de empleados, la cocinera Fernande (Béatrice Costantini) y el pajuerano y cuidador Maurois (Gérard Darrieu), a su vez los encargados de satisfacer las necesidades de los amigos del oligarca, léase el Capitán Nimier (Michel Constantin), un veterano de guerra, Chamond (Michel Robin), tarado con anteojos, Rollin (Paul Crauchet), notario y ex borrachín, Philippe Mansart (Jean-Luc Bideau), amante de la esposa de Sutter, Françoise (Françoise Brion), y finalmente los hermanos Albert (Jean-Pierre Marielle) y Paul Danville (Philippe Léotard), dúo de hedonistas lelos y enajenados que dentro del rubro automovilístico se dedican a la chapa y la pintura. Cuando se proponían interceptar al jabalí con la ayuda de Maurois y ya divididos en subgrupos, los Danville se topan con Wells y la violan ante la mirada pasiva de Chamond, quien encima se olvida en la escena del crimen su escopeta y por ello cuando Paul regresa por el arma eventualmente recibe un disparo en el estómago por parte de la chica, desde ese momento objeto de la cruel cacería de todos los hombres con el objetivo de esquivar el escándalo y de no terminar arrestados por la policía.
La película no sólo evita transformar en heroína automática o ángel de la revancha a Helen, hoy una señorita de muy pocas palabras que lee con rapidez el machismo troglodita de la comitiva en cuestión, sino que incluso apuesta por un retrato crudo de personajes centrado tanto en ingredientes paradigmáticos del vulgo en situaciones de angustia, en sintonía con el pancismo, la autoindulgencia, la pusilanimidad, el darwinismo y las ansías de controlar al prójimo, como en los lazos concretos que unen a estos varones y por cierto generan una falsa solidaridad frente a la debacle que tiene mucho de mafia defensiva psicopática, así las cosas Rollin y Sutter le deben un favor a los Danville porque estos últimos ayudaron a tapar el fallecimiento de un ciclista en la ruta cuando el alcohólico lo atropelló por accidente, a lo que se suma el corporativismo castrense de Nimier, la debilidad de carácter de Chamond, ese sustrato de “buen esclavo” de Maurois y toda la hipocresía moral de Philippe, quien había conseguido charlar a solas con la ninfa antes de la cacería y se muestra asqueado por el comportamiento de sus colegas pero rápidamente se pliega al plan de Albert y David de hallar y/ o suprimir sin demora alguna a la mujer, todo porque Sutter amenaza con contarle a Jeanne, su esposa, del affaire con Françoise, algo que podría dejarlo sin un franco porque los padres de Jeanne son ricachones que tienen a Philippe de subalterno. Leroy por un lado aprovecha al máximo el elenco de estrellas a su disposición y la presencia de la carismática Farmer, gran actriz estadounidense en el exilio aquí sin duda entregando su mejor película francesa junto con El Camino a Salina (La Route de Salina, 1970), de Georges Lautner, y Dos contra la Ciudad (Deux Hommes dans la Ville, 1973), de José Giovanni, y por el otro lado se despacha en insultos apenas vedados contra toda la fauna burguesa actual, de hecho acusándolos de corruptos, adúlteros, pederastas, energúmenos, especuladores, soberbios, egoístas, violentos, asesinos, paranoicos, violadores y ventajistas de marco muy abyecto…
La Caza (La Traque, Francia/ Italia, 1975)
Dirección: Serge Leroy. Guión: André G. Brunelin. Elenco: Mimsy Farmer, Philippe Léotard, Jean-Pierre Marielle, Paul Crauchet, Michael Lonsdale, Gérard Darrieu, Jean-Luc Bideau, Michel Constantin, Béatrice Costantini, Michel Robin. Producción: Edouard Garrouste y Claire Duval. Duración: 97 minutos.