Mohammad Rasoulof, cineasta perteneciente a la tercera camada del denominado Nuevo Cine Iraní, aquella correspondiente al nuevo milenio que sucedió a las dos previas de las décadas del 60 y 70, por un lado, y los años 80 y 90, por el otro lado, sinceramente no se ubica entre lo mejor del movimiento en cuestión, léase Jafar Panahi, Asghar Farhadi y el primer Bahman Ghobadi, y en todo caso forma parte del popurrí errático de realizadores conformado por Maziar Miri, Parviz Shahbazi, Hossein Shahabi, Samira Makhmalbaf y Mani Haghighi, entre otros, panorama que abarca una primera etapa entre floja y despareja, aquella de El Crepúsculo (Gagooman, 2002), La Isla de Hierro (Jazireh Ahani, 2005), Los Prados Blancos (Keshtzar Haye Sepid, 2009) y Adiós (Be Omid-e Didar, 2011), y una segunda fase profesional ya más astuta, más políticamente cargada y de mayor repercusión/ reconocimiento mundial, hablamos de Los Manuscritos no se Queman (Dast-neveshtehaa Nemisoosand, 2013), Un Hombre Íntegro (Lerd, 2017), La Maldad no Existe (Sheytan Vojood Nadarad, 2020) y la flamante La Semilla de la Higuera Sagrada (Dâne-ye Anjîr-e Ma’âbed, 2024), amén de un par de documentales de denuncia antiinstitucional, Viento en Contra (Baad-e-daboor, 2008) y Crimen Intencional (Jenayat-e Amdi, 2022). Rasoulof, junto con Hossein Rajabian y el citado Panahi, este último sin duda el más martirizado del lote, ha sido objeto de una cíclica persecución por parte de las autoridades de la República Islámica de Irán, gran potencia en Medio Oriente fundada precisamente en 1979 mediante esa Revolución Iraní que instauró un régimen teocrático, nacionalista y antioccidental al mando del Ayatolá Ruhollah Jomeini después de eliminar a la cruel y extremadamente autoritaria Dinastía Pahlaví (1925-1979), a su vez un gobierno monárquico prooccidental con muchos ingredientes de “Estado títere” neocolonial en manos de aquel Sha Mohammad Reza Pahlaví que se consolidó en el poder a través de la infame Operación Ajax de 1953, un Golpe de Estado orquestado por los Estados Unidos y el Reino Unido para detener la nacionalización de los recursos petrolíferos encarada por el Primer Ministro Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente en 1951 y gozando de un enorme respaldo popular.
Es precisamente en el período de su despertar como realizador político pleno, entre Adiós y Los Manuscritos no se Queman, que Rasoulof comienza a ser sometido a sucesivos actos de censura, arrestos, confiscaciones de su pasaporte, prohibiciones de abandonar el país, filmar o participar de actividades comunales o políticas y por supuesto condenas a reclusión efectiva cada vez peores que en general terminan siendo reducidas o condonadas, todo bajo acusaciones de propaganda en contra del régimen y atentados contra la seguridad nacional debido a la inclusión de sus películas en la competencia de festivales internacionales. La gota que rebasó el vaso curiosamente no fue La Maldad no Existe, antología de dos horas y media con cuatro historias que denunciaban el uso más que extendido de la pena de muerte en Irán, sino La Semilla de la Higuera Sagrada, odisea de 167 minutos que incluye mucho material audiovisual de redes sociales sobre las protestas de los años 2022 y 2023 contra el uso compulsivo en público del hiyab por parte de las mujeres, manifestaciones que habían empezado con el homicidio de Mahsa Amini, muchacha de 22 años asesinada a golpes por la llamada Policía de la Moral, y que derivaron en miles de heridos y arrestados y en 551 muertos, además de un relativo relajamiento de esta obsesión del gobierno con el hiyab que se debe no tanto al fundamentalismo musulmán en sí sino a su condición de símbolo de la resistencia islámica prerrevolucionaria, de hecho en tiempos de una Dinastía Pahlaví que desalentó, prohibió y/ o persiguió su uso al extremo de convertirlo en un emblema de la lealtad al Islam politizado. La Semilla de la Higuera Sagrada fue rodada en secreto a lo largo de poco más de dos meses con dinerillo francés y germano y contrabandeada hacia Hamburgo para que pudiese ser editada por el británico Andrew Bird, destino que -palabras más, palabras menos- padeció el propio director ya que Rasoulof, justo luego del anuncio de la inclusión del film en la competencia del Festival de Cannes, donde ganaría el Premio Especial del Jurado, recibió en ese mismo 2024 una condena de ocho años de cárcel más flagelación, una multa y la confiscación de sus bienes, optando por escapar de inmediato hacia Alemania mediante un periplo clandestino y pesadillesco de 28 días sin documentos.
Si bien queda claro desde el vamos que la propuesta es una gigantesca excusa para exhibir el material documental/ verídico sobre la brutalidad de la represión con motivo de aquellas protestas por el fallecimiento de Amini a raíz de una hemorragia cerebral y la golpiza que le propinaron los esbirros dementes del Estado por osar contradecir las circunstancias de su arresto frente a su familia, nos referimos a “pantalones ajustados” y el “uso inadecuado” del pañuelo o velo en la cabeza, óbito que para colmo después se pretendió minimizar diciendo que la chica murió de un infarto repentino en la comisaría sin paliza de por medio, Rasoulof sí construye una historia con peso retórico propio que tiene por telón de fondo todos estos acontecimientos en sintonía con un canibalismo punitivo externo que se va internalizando de a poco en una parentela del montón, planteo propio de un drama intimista y testimonial basado en el desarrollo de personajes que en el último acto se convierte en un thriller con una trama más tradicional: Imán (Missagh Zareh) es un burócrata que lleva dos décadas desempeñándose en el Tribunal Revolucionario Islámico de Teherán y celebra su repentino ascenso a juez de instrucción, el encargado de la investigación inicial de los procesos, no obstante los puntos a favor del asunto, como un salario más jugoso, un departamento más grande y una renovada reputación que en un futuro puede llevarlo a convertirse en juez a secas, se contraponen a la lúgubre realidad del ascenso, en esencia porque su predecesor se negó a firmar las condenas que determina el fiscal contra cualquier opositor político o simple manifestante, lo que por supuesto supone infinitas sentencias de muerte sin pruebas ni pesquisa alguna. Mientras Imán se sumerge más y más en la complicidad para con el régimen y cae en la paranoia, ya que se le otorga una pistola para defensa personal y no se siente cómodo en un aparato represivo judicial que lo obliga a permanecer en el anonimato, su esposa Najmeh (Soheila Golestani), tan devota como él a la unidad eterna del Islam y el gobierno, trata de mantener a raya los arranques feministas o anti-hiyab de las dos hijas del matrimonio, la mayor Rezvan (Mahsa Rostami) y la menor Sana (Setareh Maleki), bonito polvorín que eventualmente estalla cuando el arma del progenitor desaparece súbitamente.
Echando mano de apenas dos latiguillos narrativos, efectivamente la pistola perdida por arte de magia, falta castigada con seis meses a tres años de prisión, y la llegada a Teherán desde el interior del país de una amiga de Rezvan para empezar estudios universitarios, Sadaf (Niousha Akhshi), quien participa de las protestas y termina con un disparo de escopeta en el rostro que la deja ciega del ojo izquierdo sólo por corear eslóganes como “mujer, vida, libertad” o “abajo la teocracia”, La Semilla de la Higuera Sagrada trabaja muy bien la sensación de impotencia ante tanta violencia gubernamental, enfatiza el rol benéfico de la comunidad virtual en los regímenes más castradores de Medio Oriente -a diferencia del sustrato mayormente tóxico y oligopólico de las redes sociales en Occidente- y analiza con suma astucia el mutuo desconocimiento en el seno del hogar entre primero el patriarca, una paradoja antropomorfizada ya que afirma sentirse asqueado por las sentencias desproporcionadas que le llegan desde las cúpulas pero las convalida e incluso le entrega su parentela a un interrogador/ torturador del Estado para que determine quién tomó su arma, Alireza (Mohammad Kamal Alavi), y segundo nuestra colección de hembras, la sumisa y conciliadora Najmeh, la siempre radicalizada Rezvan y esa Sana que con el tiempo resulta la más peligrosa o ambivalente del grupo por su ingenuidad. Con un título que alude a una variedad parasitaria de la higuera que estrangula y envuelve a otros árboles justo como la tutela musulmana limita la autonomía de su pueblo, el film se hace un festín con un clan en el que chocan la resistencia política, la conciencia de culpabilidad represiva, el instinto de supervivencia, el pancismo u oportunismo, la fe de vieja cepa y la rauda competencia por no ceder posiciones cual contienda ideológica estándar, por ello en este contexto paranoico la pistola muta intermitentemente en un trofeo o en una “herramienta” que puede servir tanto a la derecha en el poder como a la izquierda opositora/ contrarrevolucionaria. Quizás la propuesta por momentos resulta demasiado larga, se siente algo redundante o abusa un poco del preciosismo seudo lírico, hoy francamente vetusto, sin embargo logra destacarse gracias a actuaciones magistrales y a la variedad y riqueza de las temáticas tratadas, sobre todo la confianza entre semejantes, la ortodoxia religiosa, la virulencia comunal, el peso de la familia, la corrupción estatal, la eliminación de enemigos políticos, la existencia rosa en el islamismo, las frustraciones laborales, el ascenso de esta burguesía acomodaticia, los desastres generados por la pena capital, el margen de protesta en dictadura, los laberintos burocráticos kafkianos, la adolescencia en modalidad rebeldía, la represión fascistoide de siempre, la manipulación massmediática, la cultura del miedo y la delación, el secretismo institucional extremo, las preocupaciones maternas, el rol heterogéneo de las redes sociales en nuestros días, la complicidad popular silente, el psicologismo barato de base ventajista y finalmente la solidaridad ante la debacle, la censura, los atropellos o la triste proscripción…
La Semilla de la Higuera Sagrada (Dâne-ye Anjîr-e Ma’âbed, Francia/ Alemania, 2024)
Dirección y Guión: Mohammad Rasoulof. Elenco: Mahsa Rostami, Setareh Maleki, Missagh Zareh, Soheila Golestani, Niousha Akhshi, Mohammad Kamal Alavi, Reza Akhlaghirad, Shiva Ordooie, Amineh Mazrouie Arani, Parisa Mohyedini. Producción: Mohammad Rasoulof, Amin Sadraei, Jean-Christophe Simon, Mani Tilgner y Rozita Hendijanian. Duración: 167 minutos.