El Viaje de Felicia (Felicia's Journey)

Soledad y vulnerabilidad

Por Emiliano Fernández

El cineasta canadiense Atom Egoyan, nacido en El Cairo, Egipto, de ascendencia armenia, formó parte de aquella Nueva Ola de Toronto que duró más o menos una década porque en términos simbólicos arranca con He Oído Cantar a las Sirenas (I’ve Heard the Mermaids Singing, 1987), de Patricia Rozema, y finiquita de la mano de Lirios (Lilies, 1996), la obra más recordada de John Greyson, representantes de un grupo que también incluyó a Jeremy Podeswa, David Wellington, Peter Mettler, Holly Dale, Ron Mann, Srinivas Krishna, Bruce McDonald y Don McKellar. El movimiento, cuyo padre espiritual indudablemente fue un David Cronenberg que siempre abogó por la independencia, los presupuestos limitados y la misión de jamás renunciar a la idiosincrasia canadiense ante las fauces de Hollywood y/ o yanquilandia en general, asimismo ofició de contrapeso cultural del cine de Quebec, la pata francófona del país con una tradición un poco más larga que en las últimas décadas -desde los años 80, de hecho- tiene como representantes fundamentales a Denys Arcand, Philippe Falardeau, Robert Morin, Denis Villeneuve, Kim Nguyen y Xavier Dolan, entre muchos otros artistas de importante incidencia. A escala de la prensa y del público internacional Egoyan fue y sigue siendo el ejemplo por antonomasia de esa Nueva Ola de Toronto de los 80 y 90 sobre todo por sus cinco primeras películas antes de que saltase al primer plano del candelero global a mediados de la década del 90, hablamos de Lazos Familiares (Next of Kin, 1984), La Vida en Video (Family Viewing, 1987), Partes Habladas (Speaking Parts, 1989), El Liquidador (The Adjuster, 1991) y Calendario (Calendar, 1993), trabajos en los que ya aparecían de manera muy evidente fetiches temáticos como la familia, la hipocresía comunal, la alienación, la identidad, el hastío, los enigmas de larga data y por supuesto las relaciones -o fijaciones- sexuales siempre porfiadas e intermitentemente bizarras, amén del berretín para con los saltos en el tiempo modelo flashbacks y flashforwards y los vínculos entrecruzados de los protagonistas en sintonía con unos laberintos concienzudos y gélidos.

 

Mientras que en muchas carreras los films más populares no son precisamente los mejores porque todo gusto masivo tiende a las mesetas y las zonas de confort, en el caso de Egoyan los dos terrenos están alineados por completo porque Exótica (1994), El Dulce Porvenir (The Sweet Hereafter, 1997) y El Viaje de Felicia (Felicia’s Journey, 1999) efectivamente constituyen lo más rescatable del susodicho, la primera un drama psicológico de influjo erótico, la segunda un estudio sobre el duelo colectivo luego de una debacle y la tercera una semblanza tragicómica sobre la soledad y la vulnerabilidad. Todo cambia en la trayectoria del canadiense con el estreno de Ararat (2002), primera película verdaderamente fallida del señor que no sólo recuperaba un popurrí de sus latiguillos formales y temáticos sino que además se proponía jugar con el engranaje metadiscursivo -cine dentro del cine- e incluso incorporaba un costado lejanamente autobiográfico por su idea de explorar el Genocidio Armenio (1915-1923), aquella matanza de civiles armenios por parte del Imperio Otomano, y el Sitio de Van del año 1915, uno de los pocos episodios en los que los victimizados se defendieron en serio de sus verdugos. Con la excepción de Ciudadela (Citadel, 2006), un documental símil “apuntes de viaje” por Beirut a cargo de Egoyan y su esposa, la actriz libanesa y colaboradora insistente Arsinée Khanjian, gran parte de la producción artística posterior del director y guionista no pasa de su condición de obras rutinarias o deslucidas que aburren con las premisas de siempre y para colmo retoman alguna variante del thriller globalizado del montón, pensemos en Donde Está la Verdad (Where the Truth Lies, 2005), Adoración (Adoration, 2008), Chloe (2009), El Nudo del Diablo (Devil’s Knot, 2013), Cautiva (The Captive, 2014) y Recuerdos Secretos (Remember, 2015), esquema del que no lograron salvarnos sus dos intentos -demasiado tardíos, vale aclarar, porque ya a casi nadie le importa- de regreso a opus más valiosos y concisos como los de las postrimerías del siglo pasado, léase Invitado de Honor (Guest of Honour, 2019) y Siete Velos (Seven Veils, 2023).

 

Si tenemos presente que Exótica no envejeció del todo bien, cortesía de aquella dinámica sadomasoquista emocional noventosa, y El Dulce Porvenir de hecho se engolosina un poco demasiado con el latiguillo depresivo, el fallecimiento de 14 mocosos por un accidente de tránsito, queda claro que la obra maestra del canadiense es El Viaje de Felicia, una película diminuta que combina recursos de la comedia negra hitchcockiana, el drama de madre soltera, el cuento de hadas para adultos, el thriller psicológico/ claustrofóbico, la parodia de índole política y social, la fábula religiosa sobre el aborto y el terror de asesino en serie. La trama, narrada desde el típico corsé preciosista de Egoyan repleto de elipsis, metáforas y recuerdos o analepsis dentro de un marco relativamente cronológico, se centra en el vínculo entre por un lado Felicia (Elaine Cassidy), una hermosa joven irlandesa que se traslada con un ferry hasta Birmingham, en la Isla de Gran Bretaña, para localizar al novio endiosado que la embarazó, un tal Johnny Lysaght (Peter McDonald) que no le dejó dirección alguna para cartas y del que sólo sabe que trabaja en una fábrica de repuestos para cortadoras de césped de esa ciudad de Inglaterra, y por el otro lado Joe Hilditch (Bob Hoskins), gerente del salón comedor de una empresa metalúrgica de Birmingham que es tan temido por sus colegas como fue menospreciado/ ninguneado por su madre aparentemente fallecida, Gala (Khanjian), chef francesa ridícula que lo crió siendo soltera y décadas atrás construyó un pequeño imperio culinario a través de un programa televisivo, libros varios de recetas y la venta de batidoras bastante cutres. Felicia, quien robó dinero de su bisabuela senil (Marie Stafford) y fue expulsada del hogar familiar por su padre (Gerard McSorley), todo debido al rumor de que el también irlandés Lysaght se unió a las fuerzas de choque de los odiados ingleses, el Ejército Británico, precisamente entra en contacto por pura casualidad con Joe, el cual se ofrece a ayudarla a encontrar a Johnny diciendo estar casado con una agonizante Ada, colosal patraña porque es un hombre solitario y nada menos que un asesino en serie.

 

Basada en la novela homónima de 1994 de William Trevor, irlandés que evidentemente se inspiró en Caperucita Roja, célebre cuento de hadas de transmisión oral inmortalizado en 1697 por Charles Perrault y en 1812 por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, la película respeta al pie de la letra el libro de Trevor, apenas modificando el orden de los hechos en lo que atañe al último acto y especialmente el desenlace, y se hace un festín analizando tanto una de las obsesiones del cineasta canadiense, la falta de certeza en el mundo que nos rodea o sustrato entre aleatorio y semi causal de los acontecimientos, como las dos versiones por antonomasia del paternalismo, léase el bienintencionado aunque implacable, en pantalla ese representado por el personaje de McSorley mediante una colección de flashbacks, y aquel otro cargado de malicia, crueldad o maquiavelismo sirviéndose de la vulnerabilidad de la protagonista embarazada y abandonada, nos referimos desde ya a Hilditch y su tendencia a identificar y manipular jóvenes desamparadas cual intentona en pos de olvidarse por un rato de su carácter huraño, así las cosas cuando las muchachas deciden que es hora de partir el gerente no se toma bien el asunto y las entierra vivas/ dormidas en su jardín. A pesar de que no cuesta mucho reconocer en el metraje una serie de inconvenientes del autor que en los años venideros no dejarían de crecer, como una duración excesiva, diálogos ambivalentes o confusos, algunos baches narrativos y un tono etéreo o surrealista más errático que eficaz al cien por ciento, Egoyan maneja muy bien los saltos en el tiempo y el grotesco del relato, en línea con el fetiche para con los alimentos, el Complejo de Edipo, la memoria, el aborto, la inocencia que se extingue y el amor igualmente maltrecho, y logra actuaciones supremas de parte de Hoskins y Cassidy pero también de Khanjian, McSorley y Claire Benedict como la Señorita Calligary, una misionera cristiana fundamentalista, todas subdivisiones de otro de esos “lienzos” del realizador en el que los ensayos para superar el calvario equivalen a una sanación en ciernes aunque siempre tan penosa como la raíz de todos nuestros problemas…

 

El Viaje de Felicia (Felicia’s Journey, Canadá/ Reino Unido, 1999)

Dirección y Guión: Atom Egoyan. Elenco: Bob Hoskins, Elaine Cassidy, Arsinée Khanjian, Peter McDonald, Gerard McSorley, Marie Stafford, Claire Benedict, Brid Brennan, Sheila Reid, Kriss Dosanjh. Producción: Bruce Davey. Duración: 116 minutos.

Puntaje: 9