Todos los años durante la temporada de premios aparecen los dramas de temática negra de Hollywood que juegan en mayor o menor medida con toda esa culpa blanca por el racismo en yanquilandia y las nominaciones al Oscar ofrecen un bonito surtido de ejemplos, en este sentido en los últimos años tuvimos obras fallidas o remanidas en sintonía con Moonlight (2016), de Barry Jenkins, Fences (2016), de Denzel Washington, Hidden Figures (2016), de Theodore Melfi, Roman J. Israel, Esq. (2017), de Dan Gilroy, Mudbound (2017), de Dee Rees, Black Panther (2018), de Ryan Coogler, If Beale Street Could Talk (2018), otra de Jenkins, Harriet (2019), de Kasi Lemmons, The United States vs. Billie Holiday (2021), de Lee Daniels, y King Richard (2021), de Reinaldo Marcus Green, y cosillas muy potables como Get Out (2017), de Jordan Peele, BlacKkKlansman (2018), de Spike Lee, Green Book (2018), de Peter Farrelly, Judas and the Black Messiah (2021), de Shaka King, y American Fiction (2023), de Cord Jefferson, entre otras odiseas dentro de una tradición que va desde The Color Purple (1985), de Steven Spielberg, hasta 12 Years a Slave (2013), de Steve McQueen. El último agregado a la lista, Nickel Boys (2024), de RaMell Ross, es realmente una de las peores películas del “rubro negro”, una militancia de eje burgués casi siempre muy cómoda, porque desde el vamos pretende compensar su ausencia total de originalidad o una mínima fuerza discursiva con el artilugio prontamente cansador de la toma subjetiva o narración en primera persona, ahora desde el punto de vista de nuestros dos protagonistas.
Dicho de otro modo, la epopeya de Ross, un afroamericano que aquí debuta en el campo ficcional con los mismos latiguillos visuales seudo experimentales que ya había aplicado en el terreno documental con motivo de la también insoportable Hale County This Morning, This Evening (2018), resulta larguísima en sus casi dos horas y media de duración, bastante remilgada en cuanto a la violencia racista que pretende denunciar a topa pompa e incluso redundante a escala de la trama de marco carcelario y el período histórico de los sucesos, por milésima vez aquellos años 60 del Movimiento por los Derechos Civiles, como si fuese el único ámbito en todo el derrotero del país en el que las minorías pudieron militar en pos de un cambio hacia una sociedad muchísimo más justa o quizás menos autoritaria/ ridícula/ hambreadora/ lunática. Saturando el metraje con instantes anacrónicos y trasnochados símil videoclip u obras del videoarte de los años 80 y 90, lo que implica inserts documentales, televisivos y fotográficos más o menos intervenidos, sucesivos fragmentos de The Defiant Ones (1958), joya mil veces superior de fuga de presidio de Stanley Kramer, y un cocodrilo -más un burro efímero- que se aparece a lo largo de la trama, la propuesta nos presenta el encuentro en la Florida de 1962 en un reformatorio, la Nickel Academy que en realidad es la Dozier School for Boys, entre un joven, Turner (Brandon Wilson), y otro púber, Elwood Curtis (Ethan Herisse), quien fue criado por su abuela, Hattie (Aunjanue Ellis-Taylor), y es confundido con un ladrón cuando ingenuamente se sube a un coche robado por otro negro.
Como decíamos antes, la película, basada en la novela de 2019 de Colson Whitehead, no se decide entre el blaxploitation de presidio, la tragedia testimonial clasicista y la semblanza sensible/ delicada sobre el sadismo institucional y colectivo estadounidense en general, por supuesto bien hipócrita porque todo el tiempo la catarata de abusos viene santificada por el cristianismo y el todopoderoso poder del dinero de impronta capitalista, burguesa y estatal, así nos topamos con representaciones entre light y fuera de campo del padecimiento de los negros en el sur segregado de entonces vinculadas a insultos y dibujos denigrantes en libros escolares, algún que otro carcamal ultra fascista que con su bastón pincha a jóvenes de piel oscura ante la mirada cómplice de la policía, las infaltables palizas en el reformatorio, esas peleas de boxeo arregladas por parte del blanquito psicópata a cargo de la Nickel Academy, Spencer (Hamish Linklater), y desde ya asesinatos para silenciar las prácticas corruptas del lugar en materia de un trabajo esclavo que continúa la tradición de los campos de algodón previos y posteriores -el asunto no cambió por muchos años- a la Guerra de Secesión, en este último caso cortesía del aparente brazo derecho de Spencer, Harper (Fred Hechinger), el encargado de que no existan “filtraciones” hacia el exterior acerca de lo que ocurre en el reformatorio de menores. Mientras que Elwood apuesta por efectivamente denunciar a los opresores según los ideales de resistencia no violenta de Martin Luther King, Turner ventila su resignación y cinismo y prefiere bajar la cabeza ante un poder que sólo ofrece crueldad.
Nickel Boys, intento de exploración sobre la amistad, la identidad individual y la lucha por la supervivencia en un contexto represivo, arranca con montajes arty desde el punto de vista de un Elwood en versión infantil (Ethan Cole Sharp), cuyo rostro a lo largo del film puede verse en espejos, cristales o fotografías de cabina de fotos, y después salta al punto de vista complementario de Turner, asimismo a través de tomas subjetivas con arnés que en la edición reproducen la dinámica estándar de plano y contraplano, planteo al que se suma la utilización de tomas desde la nuca para una acepción adulta de Elwood (Daveed Diggs) correspondiente a una serie de flashforwards en los que el otrora mocoso y hoy veterano traumado contempla con expectación el descubrimiento de fosas comunes en la Nickel Academy, prácticamente un campo de concentración modelo yanquilandia. El recurso, sin duda, se agota rápido y empieza a molestar o entorpecer el relato porque nos priva de los rostros de los personajes, fuente crucial para transmitir estados de ánimo, y porque pone de manifiesto problemas varios de la película como su lentitud, unos diálogos y personajes demasiado anodinos y sus escasas o nulas ideas en lo que atañe a una puesta en escena cuyas limitaciones expresivas autoimpuestas resultan innecesarias y caprichosas porque no conducen a cenit o descubrimiento alguno, del tipo que sea. Entre el dejo etéreo baladí de Moonlight, cierta idea de entregar una relectura masculina de aquella pesadilla de encierro de The Magdalene Sisters (2002), maravilla de Peter Mullan, y este fetiche con la cámara en primera persona que va desde Lady in the Lake (1947), de Robert Montgomery, hasta Hardcore Henry (2015), de Ilya Naishuller, el trabajo de Ross en última instancia se abre camino como la típica película woke/ progre/ agendista que nos miente diciendo ser de izquierda sin saber casi nada de marxismo o conciencia social, como la enorme mayoría de estos productos del mainstream globalizado que buscan “mascotas” entre las minorías o siguen con la misma cantinela inofensiva para cosechar nominaciones en la temporada de premios. Quizás lo más patético de todo es el hecho de que Hollywood jamás aprende y continúa reproduciendo lo que la brillante American Fiction definió como el negro artificial y marginalizado que hace mucho no se condice con la realidad, hoy por hoy con los latinos siendo perseguidos en Estados Unidos en lugar de los descendientes de africanos, panorama que a su vez nos habla de la desconexión de la industria cultural con respecto a la praxis social cotidiana y la consiguiente pérdida de influencia en la plebe del arte de pretensiones masivas, tantas veces transformado en “contenido” lelo intercambiable para el streaming…
Nickel Boys (Estados Unidos, 2024)
Dirección: RaMell Ross. Guión: RaMell Ross y Joslyn Barnes. Elenco: Ethan Herisse, Brandon Wilson, Hamish Linklater, Fred Hechinger, Aunjanue Ellis-Taylor, Daveed Diggs, Ethan Cole Sharp, Billy Slaughter, Jimmie Fails, Lucy Faust. Producción: David Levine, Jeremy Kleiner, Dede Gardner y Joslyn Barnes. Duración: 140 minutos.