Parthenope

El arte de ver

Por Martín Chiavarino

Es difícil encontrar en el cine actual directores que tengan un estilo tan marcado y personal como el del realizador italiano Paolo Sorrentino, un pregonero del hedonismo, que genera amores y odios con sus películas. Cada una de sus obras es un homenaje y un intento de emular el cine maravilloso y voluptuoso de Federico Fellini, por lo que ya sea que logre su objetivo o se aleje de él siempre muere con las botas puestas, orgulloso de su obra.

 

Al igual que su film anterior, La Mano de Dios (È Stata la Mano di Dio, 2021), una obra autobiográfica, en Parthenope (2024) Paolo Sorrentino vuelve a ambientar su relato en Nápoles, y ahora también en Capri, para narrar la historia de una bella y presuntuosa joven napolitana de clase alta de nombre mitológico que en la década del sesenta es deseada por todos los hombres, ninfa apasionada de la antropología capaz de disfrutar de todo con la alegría y la melancolía que caracterizan a los napolitanos.

 

Parthenope (Celeste Dalla Porta) ha nacido en una próspera familia con negocios portuarios en Nápoles, su cama es un lujoso carruaje, disfruta de las exclusivas playas de Capri junto a su hermano, Raimondo (Daniele Rienzo), obsesionado con ella, siempre abierta a todos los estímulos hedonistas al igual que su mejor amigo, Sandrino (Dario Aita), va a fiestas exclusivas, se convierte en la estudiante más destacada del profesor Devoto Marotta (Silvio Orlando) y luego en su ayudante y en docente, conoce los barrios populares de Nápoles junto a un pretendiente pero especialmente elige su propio camino, siempre arraigada a la tierra y el agua que la vio nacer.

 

Sorrentino toma el nombre de su protagonista de una sirena de la mitología griega que luego iría a parar al primer asentamiento de la zona, la futura Nápoles. La joven Parthenope se asemeja a una sirena esquiva que busca su camino en una ciudad que ama, de la que no puede ni quiere irse, con la que tiene una relación que recorre todo el camino entre el júbilo y la tristeza más absoluta cuando la tragedia golpea a su familia.

 

La libertad de la juventud, el misterio del erotismo, la vida llena de posibilidades que se abren para luego cerrarse a través de los remordimientos y la imposibilidad de comprender al otro son algunos de los temas que trabaja Sorrentino en Parthenope, un film repleto de citas y reflexiones sobre el deseo, el sexo y la esencia napolitana que sigue a la protagonista desde su entrada a la madurez a los dieciocho años, cuando decide estudiar antropología, hasta su jubilación mucho tiempo después, con una destacada carrera a cuestas.

 

Durante toda la película hay discursos que asemejan la personalidad de Parthenope a Nápoles, destacando su curiosidad y su orgullo, que contrastan con su carácter melancólico y solitario, generando a través de su belleza una sensación de misterio que induce a todos los hombres a preguntarse qué estará pensando esta joven que parece cavilar sobre los estímulos que recibe del mundo, atrapada entre las posibilidades que ofrece la juventud y su encadenamiento a Nápoles. Por momentos reflexiva y por instantes frívola, siempre vestida con prendas exclusivas de Yves Saint Laurent que destacan su escote y sus curvas mediterráneas mientras suenan temas populares italianos de raigambre napolitana, Parthenope vive su vida con pasión y libertad para descubrir que el mundo está lleno de remordimientos que van cerrando los caminos que antes parecían infinitos, a veces sorprendiéndonos y a veces decepcionándonos.

 

Desgraciadamente aquí el director de La Gran Belleza (La Grande Bellezza, 2013) crea una película completamente caótica. Parthenope parece deambular sin sentido por Nápoles y Capri para encontrarse por casualidad al escritor estadounidense John Cheever (Gary Oldman), quien busca inspiración, para recibir al mismo tiempo la invitación de un potentado empresario a un picnic, para irse de fiesta en fiesta conociendo a hombres que la llevan a recorrer las calles de Nápoles, para intentar ser actriz e incluso ser seducida por el sacerdote encargado de la licuefacción de la sangre de San Genaro, un milagro que según la tradición popular napolitana ocurre alrededor de tres veces al año en la Catedral de Nápoles, episodios que parecen desconectados de la realidad en un mundo fantástico hedonista que solo habita la protagonista.

 

Si hay una gran desconexión entre la alumna que lee y estudia todo el tiempo y la joven sirena con la que todos quieren estar, también hay una disociación entre la realidad y lo fantástico, entre los personajes y las historias, todo bajo la idea de presentarnos a una mujer que tampoco se sabe si se arrepiente o no de las decisiones que la llevan a convertirse en una académica. Tampoco hay un desarrollo del tema social ni de las contradicciones que surgen cuando Parthenope descubre la pobreza de Nápoles, elementos que al igual que todos los personajes y situaciones parecen erráticos y efímeros.

 

Aunque el trabajo de los rubros técnicos, especialmente de la fotografía de Daria D’Antonio, es excelente y las actuaciones son buenas, falta una verdadera construcción narrativa que una todo, que realmente indague en la pregunta por la antropología que se hace la protagonista, que relacione la mitología de Nápoles con la historia de la joven napolitana y con el desenlace, que parece más una continuación de La Mano de Dios que la conclusión del relato de Parthenope, un film sobre una mujer con el mundo a su disposición que va construyendo su vida mientras Nápoles se rinde a los pies de su diosa.

 

Parthenope (Italia/ Francia, 2024)

Dirección y Guión: Paolo Sorrentino. Elenco: Celeste Dalla Porta, Stefania Sandrelli, Gary Oldman, Silvio Orlando, Luisa Ranieri, Peppe Lanzetta, Isabella Ferrari, Dario Aita, Lorenzo Gleijeses, Daniele Rienzo. Producción: Paolo Sorrentino, Ardavan Safaee, Lorenzo Mieli y Anthony Vaccarello. Duración: 137 minutos.

Puntaje: 5