El mayor mérito de Las Vidas de Sing Sing (Sing Sing, 2023), segunda realización como director y guionista del norteamericano Greg Kwedar luego de Transpecos (2016), no pasa sólo por su autenticidad, en esencia un relato en primera persona craneado por el realizador, su mano derecha en el guión y socio desde la ópera prima, Clint Bentley, y precisamente dos ex presidiarios de Sing Sing, cárcel de máxima seguridad del Estado de Nueva York, John “Divine G” Whitfield y Clarence “Divine Eye” Maclin, sino también por la capacidad de la película en su conjunto de escaparle al drama racial estereotipado de la temporada de premios en gringolandia, un gremio que continúa generando bodrios como Rey Richard: Una Familia Ganadora (King Richard, 2021), de Reinaldo Marcus Green, y Muchachos de Nickel (Nickel Boys, 2024), de RaMell Ross, entre otros mamarrachos recientes, y que fue parodiado -y en gran medida anulado discursivamente- por Ficción Americana (American Fiction, 2023), la estupenda sátira de Cord Jefferson sobre la costumbre del mainstream cultural estadounidense de adoptar de “mascotas” a los afroamericanos y seguir explotando una marginalidad que ya no se condice con la realidad, siendo reemplazados en el escarnio yanqui por los latinos y los asiáticos, flamantes fetiches del racismo y la xenofobia locales.
La propuesta recicla a escala general las historias de vida de los dos ex reclusos, Maclin y Whitfield, el primero interpretándose a sí mismo en pantalla y encerrado por robo y el segundo en la piel de Colman Domingo, un actor profesional, y encarcelado por asesinato, cargo del que finalmente sería exonerado. Todo transcurre en Sing Sing y en la coyuntura específica de Rehabilitación a través de las Artes (Rehabilitation Through the Arts o RTA), un programa de financiación mixta -estatal y privada- que se encuentra disponible en varios presidios de media y máxima seguridad y de hecho busca la reinserción social de los presos mediante la difusión y el conocimiento de disciplinas como el teatro, la prosa, la música, las artes visuales, la poesía y la danza. Whitfield, además autor de ocho novelas, es miembro fundador de la pata teatral de RTA correspondiente a Sing Sing y forma parte de ese comité directivo que organiza una nueva obra cada seis meses y recluta nuevos talentos entre los internos violentos del lugar, en este caso Maclin, quien a su vez se debate entre volcarse a la actuación, en sí un mecanismo para escaparle a la dura realidad entre rejas, o abandonar RTA por considerarla una actividad inútil que sólo crea una ilusión transitoria de bienestar, aquí efectivamente vinculada a la creación artística de impronta entre colectiva y anárquica.
Con un elenco repleto de ex reos que hacen de sí mismos y apenas otros dos intérpretes profesionales en el elenco, hablamos de Paul Raci en el rol de Brent Buell, el director del programa teatral en Sing Sing, y Sean San José como Mike Mike, vecino de celda y amigo de Divine G y otro de los mejores actores del grupete, el interesante film de Kwedar por un lado apela a un look y un espíritu setentosos semi documentalistas, por ello la propuesta fue rodada en 16 milímetros a lo largo de 19 días en distintas instalaciones penitenciarias ya cerradas, y por el otro lado aprovecha con inteligencia una premisa muy simple construida alrededor de las crisis de identidad de los dos protagonistas principales, primero Maclin, padre de una hija y de un varón también encarcelado, y luego Whitfield, progenitor de dos hembras con las que mantiene una relación distante y de un macho que asimismo quiere ser actor e incluso sube videos a YouTube. Esta doble metamorfosis, típica de los vaivenes de la vida y una amistad que surge de la mutua comprensión y apoyo, está basada en Divine Eye saltando de la burbuja sadomasoquista de la prisión hacia el oasis de las tablas y en Divine G haciendo lo mismo pero a la inversa, a raíz de una depresión por el rechazo de su petición de libertad condicional y la muerte de Mike Mike debido a un aneurisma cerebral.
Kwedar ya había demostrado cierta perspicacia dramática en Transpecos, aquel thriller de frontera que resultaba tan correcto como olvidable, pero aquí lleva el asunto unos peldaños más arriba porque homologa la película a los melodramas relativamente “amigables” -no tan dolorosos o angustiantes, vale aclarar- del indie estadounidense de las décadas del 80 y 90, cuando el nihilismo de los 70 fue mayormente reemplazado por ese filtro de las “feel good movies” que aligera el trasfondo pesadillesco del relato, jugada que en la época era común y desembocaba en muchas faenas parecidas aunque más o menos eficaces y que en el Siglo XXI derivó en una andanada de basura maniquea, melosa y/ o exasperante por su torpeza. Este dejo de anomalía de Las Vidas de Sing Sing, sumado al excelente desempeño de todo el elenco y especialmente Domingo y Maclin, está orientado a una excusa narrativa muy divertida, los ensayos de Descifrando el Código de la Momia (Breakin’ the Mummy’s Code, 2005), una obra cómica escrita por Buell, el otro dramaturgo del equipo junto con Whitfield, que en buena medida fue improvisada por los reos y su idea de incluir el Antiguo Egipto, piratas, gladiadores romanos, Freddy Krueger, viajes en el tiempo, el Viejo Oeste y el Hamlet shakespeariano, ejes de una vulnerabilidad escénica que dignifica y reconforta…
Las Vidas de Sing Sing (Sing Sing, Estados Unidos, 2023)
Dirección: Greg Kwedar. Guión: Greg Kwedar, Clint Bentley, Clarence Maclin y John Whitfield. Elenco: Colman Domingo, Clarence Maclin, Sean San José, Paul Raci, David Giraudy, Patrick Griffin, Mosi Eagle, James Williams, Sean Johnson, Darío Peña. Producción: Greg Kwedar, Clint Bentley y Monique Walton. Duración: 107 minutos.