Pegarle a Netflix, servicio de streaming sinónimo de basura maniquea para tontitos al igual que Disney y Marvel, es una obligación dentro del periodismo cultural contemporáneo al igual que abrir el cráneo de los libertos/ mileistas con un martillo neumático para introducir una granada en el espacio vacío y disfrutar del espectáculo de turno. Chascarrillos aparte, es momento de burlarse de Estado Eléctrico (The Electric State, 2025), el último excremento cinematográfico de los hermanos Anthony y Joe Russo para el gigante de la N roja y una de las películas más caras de la historia del cine gracias a su incomprensible presupuesto de 320 millones de dólares, algo que sin duda puede ser producto del lavado de dinero, la típica “contabilidad creativa” de los estudios de Los Ángeles o simplemente la estupidez del ser humano promedio. Escrita por el equipo de imbéciles de siempre al servicio de los Russo, Christopher Markus y Stephen McFeely, a partir de la novela gráfica de 2018 del sueco Simon Stålenhag, de la cual por cierto no conservaron prácticamente nada más allá de detalles contextuales y algunos pivotes de la premisa, la película es un desastre artístico y discursivo que ejemplifica a todas luces la hipocresía, el oportunismo y la mediocridad intelectual de la prensa cinematográfica de hoy en día, esa chupaculos del mainstream que de repente “descubre” que los hermanos Russo son una mierda gracias a su período post Marvel o previo al regreso al mundo de los superhéroes, ya con nuevos proyectos en puerta para la fauna oligofrénica planetaria que todavía sigue consumiendo franquicias y cosas así.
Los directores, responsables de chatarra como el “ciclo Marvel” de Captain America: The Winter Soldier (2014), Captain America: Civil War (2016), Avengers: Infinity War (2018) y Avengers: Endgame (2019) y de trabajos recientes también insoportables como Cherry (2021) y The Gray Man (2022), la primera para Apple TV+ y la segunda para Netflix, sin olvidarnos de su génesis en el humor de la mano de las lelas You, Me and Dupree (2006) y Welcome to Collinwood (2002), esta última una remake de Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), joya de Mario Monicelli, aquí nos proponen unos años 90 ucrónicos/ alternativos en los que se produjo un conflicto armado entre las personas y unos robots cuya inteligencia artificial con el tiempo los llevó a reclamar su libertad y a dejar de realizar tareas del montón para sus amos, guerra que fue ganada por los humanos mediante el uso de avatares de la compañía de Ethan Skate (Stanley Tucci), Sentre, luego de una etapa inicial en la que los seres vivientes no podían combatir de igual a igual con los autómatas. Cuatro años después de la refriega, en 1994, la adolescente Michelle Greene (Millie Bobby Brown), huérfana a raíz de un accidente automovilístico, se une a un robot que dice estar controlado por su hermano menor, Christopher (Woody Norman), niño prodigio que Skate utiliza de puente de índole cibernética para los neuroenlaces entre los usuarios de Sentre y esos androides que ganaron la guerra, ahora de hecho avatares que se mueven en el mundo mientras los humanos permanecen en estado vegetativo en sus hogares símil virtualidad.
El relato en sí nos ofrece el viaje de Michelle, el avatar de su hermano y un ex soldado y hoy traficante de objetos/ productos varios, John D. Keats (Chris Pratt), más el robot que siempre lo acompaña, Herman (Anthony Mackie), en pos de rescatar a Christopher de las garras de Skate, a su vez ayudado por el mercenario Bradbury (Giancarlo Esposito), pero como el secuestrado no sabe exactamente dónde está confinado la misión los lleva hacia la “zona de exclusión” en la que el gobierno de Bill Clinton encerró a los robots y se supone que habita el doctor que entregó el muchacho al villano, Clark Amherst (Ke Huy Quan), de hecho el matasanos que le mintió a la púber diciéndole que Christopher falleció junto a sus progenitores en aquel choque. Con el gigantismo descerebrado marca registrada de los hermanos Russo y un tono cercano a la versión ochentosa de Steven Spielberg, Joe Dante, Robert Zemeckis, George Lucas y Terry Gilliam, la duración total resulta excesiva en sus eternos 128 minutos, los diálogos se debaten entre lo naif, lo sermoneador y lo cursi y el guión resulta idiota, a veces absurdo y en general demasiado complicado para la pavada que se pretende narrar desde un humanismo de cartón pintado en el que el bando analógico le gana a lo digital y los robots están homologados a los inmigrantes o -desde la perspectiva chauvinista y xenófoba yanqui- a los habitantes de todas las otras naciones, en suma una colección de lugares comunes bienintencionados pero harto trabajados en el pasado sobre el libre albedrío, los prejuicios y la construcción de un grupete que oficia de familia sustituta.
Haciendo gala de una música bastante spielbergiana símil John Williams de parte de Alan Silvestri y elementos extraídos sin sutileza alguna de The Wizard of Oz (1939), de Victor Fleming, Star Wars (1977), de Lucas, Raiders of the Lost Ark (1981), de Spielberg, The Terminator (1984), de James Cameron, RoboCop (1987) y Total Recall (1990), ambas de Paul Verhoeven, The Iron Giant (1999), de Brad Bird, The Matrix (1999), de los otrora Larry y Andy Wachowski, Avatar (2009), también de Cameron, y por supuesto la saga que comenzó con Mad Max (1979), de George Miller, amén de una cita dolorosa e innecesaria durante la batalla del desenlace a Apocalypse Now (1979), gesta acerca de la Guerra de Vietnam de Francis Ford Coppola, la obra es incoherente y derivativa hasta la hipérbole de la torpeza, además no hay química entre los protagonistas en cuestión, faltan villanos de temer y ni siquiera se aclaran las motivaciones de cada personaje más allá de lo anecdótico o estereotipado, criaturas que en pantalla parecen tan caprichosas como bobalicones son los constantes chistes del film. Si bien la denuncia de la explotación de los diversos androides proletarios está bastante bien, el diseño caricaturesco de los robots no pasa vergüenza, en contraposición a la frialdad quirúrgica de tanta ciencia ficción belicista, y se agradece el uso durante los créditos finales de Yoshimi Battles the Pink Robots, Pt. 1 (2002), uno de los grandes clásicos de The Flaming Lips, por un lado las “estrellas” no brillan para nada, en este sentido pensemos que Brown es mala actriz y no posee carisma alguno -sin mencionar lo molesto que resulta a la vista el bótox en sus labios con apenas 21 años de edad- y Pratt a esta altura es un manojo de clichés en torno al aventurero soberbio y baladí modelo odisea hollywoodense, y por el otro lado casi no hay desarrollo en lo que atañe a la crítica por lo bajo a las redes sociales, los mass media y el mainstream cultural globalizado a través de esos neuroenlaces con los robots y el escapismo de fondo que conlleva el hecho de vivir en un marco virtual con leyes creadas por el poder capitalista más concentrado y dictatorial, en la epopeya Sentre y en la praxis cotidiana Meta, Google, Amazon, Microsoft, Apple, Tesla y otros gigantes de una oligarquía tecnológica que crea adictos y estúpidos conformistas a montones, casi todos adeptos a esta chatarra y a la nueva derecha mendaz del Siglo XXI…
Estado Eléctrico (The Electric State, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Anthony Russo y Joe Russo. Guión: Christopher Markus y Stephen McFeely. Elenco: Millie Bobby Brown, Chris Pratt, Stanley Tucci, Woody Norman, Giancarlo Esposito, Ke Huy Quan, Anthony Mackie, Colman Domingo, Brian Cox, Woody Harrelson. Producción: Anthony Russo, Joe Russo, Chris Castaldi, Mike Larocca, Patrick Newall, Benoît Jaubert, Georgina Pope, Thiago Da Costa y Angela Russo-Otstot. Duración: 128 minutos.