Apenas unas semanas después del estreno mundial de la estupenda Presencia (Presence, 2024), aquel experimento en el terror fantasmal de parte de Steven Soderbergh rodado enteramente desde el punto de vista del espectro en función de su ir y venir a lo largo de la casa embrujada de turno, una entidad que por cierto no generaba ni remotamente el miedo provocado por los bípedos vivos, hoy el gran director estadounidense nos regala una nueva propuesta que incluso supera en términos cualitativos a la anterior, Código Negro (Black Bag, 2025), thriller de espionaje elegante y cerebral, definitivamente más cercano a David John Moore Cornwell alias John le Carré que al James Bond/ 007 de Ian Fleming o toda la parafernalia hollywoodense para el consumo masivo, detalle que enfatiza la capacidad de Soderbergh de por un lado amalgamar los géneros clásicos con el inconformismo de la izquierda y el avant-garde, a contrapelo del conservadurismo rancio y marketinero de la industria cultural globalizada, y por el otro lado seguir construyendo joyas para el público adulto pensante que por suerte dejan afuera a los oligofrénicos del grueso del público y la crítica de cine de la contemporaneidad, dos gremios con una nula formación académica humanista y una cobardía política que da asco y promedia hacia abajo, no sólo limitando la circulación comunal del conocimiento sino oficiando de cómplices, desde el silencio o la estupidez, del poder fascista y la nueva derecha en general. Código Negro, en este sentido, retoma tres de los fetiches conceptuales del amigo Steven desde que entregase su bautismo de fuego en el ecosistema independiente, Sexo, Mentiras y Video (Sex, Lies and Videotape, 1989), hablamos de las nociones de control, traición y mentira, la primera vinculada a la capacidad de entorpecer la autonomía del prójimo sistematizando sus arcanos, los “códigos negros” del título, la segunda empardada a la decadencia moral de un pragmatismo de base pancista casi omnipresente y la tercera, los embustes, homologada a la naturalización en el Siglo XXI de las falacias al equiparar el saber racional o científico con el oscurantismo y la ignorancia de los neonazis de hoy en día, así la agenda de los bobos desalmados se cuela en la arena pública entre las payasadas de toda la información apócrifa destinada a confundir.
Para encuadrar la flamante realización de Soderbergh dentro de una trayectoria laberíntica, esa que contiene diferentes corrientes que a su vez se cruzan o se superponen, debemos recordar que la carrera en cuestión se divide entre comedias cínicas e iconoclastas, faenas fundamentalmente experimentales, dramas melancólicos, propuestas de corte testimonial y finalmente thrillers criminales y/ o de misterio, esta última la vertiente que nos interesa en serio porque puede subdividirse entre la seriedad de Kafka (1991), Pasiones Latentes (The Underneath, 1995), Vengar la Sangre (The Limey, 1999), Traffic (2000), Bubble (2005), Intriga en Berlín (The Good German, 2006), Contagio (Contagion, 2011), La Traición (Haywire, 2011), Efectos Colaterales (Side Effects, 2013), Perturbada (Unsane, 2018), Ni un Paso en Falso (No Sudden Move, 2021) y Kimi (2022) y aquel trasfondo mayormente cómico de Un Romance Peligroso (Out of Sight, 1998), El Desinformante (The Informant!, 2009), La Estafa de los Logan (Logan Lucky, 2017) y desde ya La Gran Estafa (Ocean’s Eleven, 2001), más sus continuaciones de 2004 y 2007. En gran medida oficiando de prima hermana de otros convites agitados de impronta posmoderna o marco formal compuesto, en simultáneo convulsionados por su riqueza discursiva y coherentes en cuanto al desarrollo narrativo en sí y sus resonancias corales, como Contagio, La Traición, Efectos Colaterales y Ni un Paso en Falso, en contraposición con respecto a la perspectiva más individual de Perturbada y Kimi, Código Negro se apropia de un motivo paradigmático del espionaje de la Guerra Fría, el “topo” o infiltrado, para desnudar no sólo la falibilidad de las estructuras estatales actuales, muy amigas de la autoparodia sin mediaciones, sino también las luchas de poder dentro de cada una de ellas, las movidas maquiavélicas que desfilan por detrás y especialmente las diferencias ideológicas o procedimentales que motivan estas disputas, de allí que las lagunas éticas en el nuevo capitalismo se transformen en acuciantes ya que en nombre de reventar de manera tajante al adversario político o bélico todo se considera posible, masacres y estratagemas cada vez más burdas y psicopáticas de por medio dentro de una sarta de recursos que suelen abarcar evidencia plantada y muchas cortinas de humo.
George Woodhouse (el inmaculado Michael Fassbender en modo “galán del neo noir”) es un oficial de inteligencia del MI5 o Servicio de Seguridad del Reino Unido que recibe una misión de su superior directo, Philip Meacham (Gustaf Skarsgård), vinculada a encontrar a un espía entre sus filas que pretende utilizar un software creado por la agencia para generar una explosión en cualquier reactor nuclear, Severus. Con una lista de cinco nombres y entre ellos el de su esposa, la también agente secreta Kathryn St. Jean (Cate Blanchett), George organiza una cena en su morada londinense protagonizada por los sospechosos, fauna que incluye dos parejas más, esa de Freddie Smalls (Tom Burke) y Clarissa Dubose (Marisa Abela), respectivamente un oficial y una técnica especializada en seguimiento satelital, y aquella del Coronel James Stokes (Regé-Jean Page) y la Doctora Zoe Vaughan (Naomie Harris), un militar/ cuasi sicario institucional y la psiquiatra del MI5. Durante la velada Woodhouse droga a sus cuatro invitados con un equivalente al suero de la verdad y todo el asuntillo deriva en un cuchillo clavado en la mano izquierda de Freddie cuando George le confirma a Clarissa que su novio la engaña con otra mujer, quien más adelante descubrimos que es Zoe, por ello esta última eventualmente finiquita su vínculo romántico con James. Es precisamente Stokes quien conduce la atención de Woodhouse hacia su esposa asesinando a Meacham, plantando una entrada de cine entre la basura de su hogar y comunicándole que Kathryn tiene una cuenta bancaria en Zúrich con siete millones de libras a nombre de una tal Margaret Langford, por ello la observa en un viaje a Suiza con los satélites de Dubose y descubre que se reunió con Andrei Kulikov (Orli Shuka), un teniente ruso que resulta ser el “número dos” de Vadim Pavlichuk (Daniel Dow), un general disidente del gobierno de Vladímir Putin que estaba en arresto domiciliario en Liechtenstein y recientemente escapó durante un relevo de satélites de tres minutos y veinte segundos. El jefazo turbio del MI5, Arthur Stieglitz (Pierce Brosnan), le comunica al staff que Pavlichuk, en desacuerdo por el manejo de la Guerra en Ucrania, tiene a Severus en su poder y pretende utilizarlo en una planta nuclear rusa para generar una crisis política después del estallido y derrocar a Putin.
El extraordinario guión de David Koepp, socio de Soderbergh en Kimi y Presencia, en primer lugar se entretiene con el latiguillo hitchcockiano del falso culpable, aquí la esposa de Woodhouse, en segunda instancia aprovecha la frialdad y el misterio alrededor de este último en sintonía con aquel George Smiley de Le Carré, efectivamente transformándolo en una leyenda entre sus colegas por su odio hacia la mentira y los mentirosos, por su talento para desentrañar falsedades y por la denuncia de su propio padre a raíz de la infidelidad a su progenitora, y en tercer lugar explora sin sutilezas el “sueño húmedo” de yanquilandia y la lacra europea en lo que atañe a reemplazar a Putin con otro dictador aunque amigable con Occidente, jugada muy valiente tratándose de una película de capitales estadounidenses que para colmo se abre camino como una de las primeras obras del mainstream anglosajón en trabajar la Guerra en Ucrania, un claro déjà vu de la Guerra Fría -estas potencias del Primer Mundo financian el gobierno ridículo y también autoritario de Volodímir Zelenski- que es analizado por el opus de Soderbergh mediante la dialéctica del traidor, las pruebas inventadas, las operaciones execrables en las cúpulas y el sabotaje desesperado y genocida en pos de forzar un Golpe de Estado o el raudo desgaste de la administración en Moscú, amén del magnífico doble complot del desenlace vía bandos opuestos que se complementan desde la manipulación recíproca. Con arneses, travellings, tomas fijas despojadas, diversos contrapicados y algo de cámara lenta para el homicidio con un drone del general ruso por parte de la CIA, por un lado, y con un desempeño sublime en diálogos, fotografía, música, montaje, actuaciones y puesta en escena en general, por el otro lado, Soderbergh construye una odisea sorprendente y siempre sugestiva que echa mano del humor negro, el sadismo, la dinámica conyugal irónica y los ejes testimoniales para pensar el atolladero geopolítico de nuestros días y la estrategia favorita de los esperpentos fascistoides del nuevo milenio, la mendacidad, cruza espiritual entre el engaño, la negación, los delirios, la ansiedad, el poder, la identidad, la paranoia, el fraude, la vigilancia, la codicia, la hostilidad, el cortoplacismo y la pérdida de certeza entre tramposos cuyo régimen está a un centímetro de derrumbarse…
Código Negro (Black Bag, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Steven Soderbergh. Guión: David Koepp. Elenco: Michael Fassbender, Cate Blanchett, Pierce Brosnan, Tom Burke, Marisa Abela, Regé-Jean Page, Naomie Harris, Gustaf Skarsgård, Daniel Dow, Orli Shuka. Producción: Gregory Jacobs y Casey Silver. Duración: 93 minutos.