Los Cuatro Días de Nápoles (Le Quattro Giornate di Napoli)

Fuego a los fascistas

Por Emiliano Fernández

El fascismo, una ideología muy difusa que refrita elementos de la derecha y la izquierda previas para volcarlos al autoritarismo, el nacionalismo, el corporativismo y un discurso que parece populista pero se mueve como una especie de dictadura de la burguesía porque está orientado a eliminar la competencia política del liberalismo, los monopolios y el capital concentrado como por ejemplo la izquierda y los sindicatos, llegó al poder en Italia de la mano de la Marcha sobre Roma de 1922, cuando el rey Víctor Manuel III transformó al muy payasesco Benito Mussolini en primer ministro, en esencia debido a tres razones interconectadas, en primera instancia por el miedo del empresariado y los terratenientes a que se reprodujese en Italia la Revolución Rusa de 1917, en este sentido los fascistas se la pasaban peleándose con los socialistas, los comunistas y los militantes de los sindicatos y haciendo escalar las trifulcas con más y más violencia mediante su aparato parapolicial, la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional o “camisas negras”, en segundo lugar viene el desprestigio constitucional/ parlamentario y la noción social de estafa a raíz del Tratado de Versalles de 1919, a través del cual Francia y el Reino Unido faltaron a su palabra de la preguerra en materia de otorgarle al Reino de Italia compensaciones territoriales -zonas varias del Imperio Austrohúngaro en las que se hablaba italiano, en términos generales- por haber luchado precisamente contra los Imperios Centrales, y en última instancia tenemos la aventura del célebre Gabriele d’Annunzio en el campo del irredentismo o la consecuencia explícita del punto anterior en lo referido a la obsesión de algunos sectores de extrema derecha en pos de “recuperar” tierras que se consideraban italianas y que estaban en manos de otras naciones, así el novelista, poeta y dramaturgo le ofreció a Mussolini un modelo a seguir cuando invadió con 2.600 milicianos una ciudad de Hungría, Fiume/ Rijeka, para fundar la Regencia Italiana de Carnaro (1919-1920), aquel Estado efímero y proto fascista que a través de su constitución, la Carta de Carnaro, inspiraría el corporativismo venidero.

 

Como ya se sabe de sobra, el gobierno en sí de Mussolini fue una serie de pasos en falso a lo largo de dos décadas que abarcaron constantes crisis económicas, delirios de autarquía, luchas contra la oposición política dentro del mismo espectro de la derecha y relaciones bastante ambivalentes con la Iglesia Católica, a la que se le otorgó independencia política a regañadientes mediante los Pactos de Letrán de 1929 para finiquitar el extenso feudo con la Santa Sede y de paso ganarse a las masas de devotos incondicionales, todas idas y vueltas que se pretendieron compensar a nivel simbólico con una fuerte estructura propagandística, la represión salvaje contra los sindicalistas, la izquierda y cualquier protesta comunal, la implementación del paradigmático andamiaje estatal corporativista y especialmente una política exterior agresiva/ jingoísta basada en el desvarío de anexarse territorios vecinos y grandes porciones de África. Estallada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Mussolini una vez más saca a relucir su oportunismo y piensa que puede subirse al tren de “victorias fáciles” del Tercer Reich, de hecho creyendo que el Reino Unido se rendiría después de la invasión de Francia, pero pronto se da cuenta de que sus tropas están mal equipadas y mal entrenadas por la desastrosa campaña bélica africana en pos de arrebatarle a los ingleses sus posesiones coloniales, logrando que Italia y los fascistas se transformen en el hazmerreír del globo porque para reprimir al propio pueblo demostraron la eficacia del cobarde aunque al momento de enfrentarse a ejércitos verdaderos dejaron entrever su soberbia y gigantesca idiotez. Mussolini es destituido en 1943 en un auto Golpe de Estado de Víctor Manuel III y reemplazado por el general Pietro Badoglio, quien empieza los contactos con los Aliados para negociar lo que sería el Armisticio de Cassibile de ese año, lo que a su vez provoca la disolución automática del Ejército Real de Italia, harto del fascismo y las masacres. Adolf Hitler invade el país desde el norte sin oposición alguna y crea la República Social Italiana o República de Saló, Estado títere nazi con el Duce como elemento decorativo ultra risible.

 

Los Cuatro Días de Nápoles (Le Quattro Giornate di Napoli, 1962), claramente la mejor realización del director y guionista Nanni Loy, es un retrato del primer gran colofón de todo este proceso, la rebelión del pueblo raso contra los invasores alemanes en los momentos previos a la llegada de los Aliados desde el extremo sur continental y su cabecera militar en la Isla de Sicilia, zona desde la que avanzaron para ir conquistando en los últimos dos años de la guerra el resto del país aunque siempre un paso por detrás de las milicias antifascistas, las cuales fundaron el gobierno provisorio del sur, aquel Comité de Liberación Nacional, y efectivamente fusilaron a Mussolini, a su amante, Clara Petacci, y a otros lambiscones del montón en 1945 cuando termina de colapsar la República de Saló, contexto de la famosa Saló o los 120 Días de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), la obra póstuma antifascista y anticapitalista de Pier Paolo Pasolini que adaptaba la novela inconclusa de 1785 del Marqués de Sade. El film no sólo anticipa al Gillo Pontecorvo visceral de La Batalla de Argelia (La Battaglia di Algeri, 1966) y retoma a aquel Serguéi Eisenstein de impronta colectivista de La Huelga (Stachka, 1925), El Acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925) y Octubre (Oktyabr, 1928), sino que también constituye un muy buen ejemplo de opus experimental que combina imágenes de archivo de los enfrentamientos, viñetas/ episodios símil película ómnibus del período y una amalgama naturalista y muy expresiva de actores amateurs por un lado, homenaje a los héroes que lucharon contra los herederos de los fascistas, e intérpretes profesionales por el otro lado, hoy destacándose lo hecho por Gian Maria Volonté como un ex capitán del Ejército Real que lidera la rebelión, Jean Sorel como un marinero livornés cuyo fusilamiento por parte de los nazis ayuda a desencadenar la sublevación y desde ya el recordado Frank Wolff, aquí protagonizando un triángulo pecaminoso como Salvatore con una tal María (Lea Massari), muchacha con la que tuvo una historia de amor pero ahora está casada y tiene un hijo pequeño a su cuidado.

 

Siempre con la idea de dedicarle todo el fuego posible a los fascistas vernáculos y foráneos, los nazis, y de unificar los intereses de los sectores populares famélicos, los “arrepentidos” o desmovilizados del ecosistema castrense -luego del Armisticio de Cassibile de 1943- y los reprimidos durante toda la dictadura, léase los partisanos o militantes antifascistas de izquierda, la propuesta combina una multitud de voces populares poniendo el acento en uno de los mártires de la causa, Gennaro Capuozzo (Domenico Formato), niño de apenas once años que falleció lanzándole una granada de mano a un tanque de los germanos durante los hechos acaecidos entre el 27 y el 30 de septiembre de 1943. Loy, un director de comedias con Alberto Sordi y Nino Manfredi y asimismo conocido por un par de secuelas de alto perfil, Audaz Golpe de los Desconocidos de Siempre (Audace Colpo dei Soliti Ignoti, 1959) y Amigos Míos: Acto III (Amici Miei: Atto III, 1985), y un par de sátiras sociales muy interesantes, Detenido en Espera de Juicio (Detenuto in Attesa di Giudizio, 1971) y Café Express (1980), en Los Cuatro Días de Nápoles, de hecho su retrato más distinguido de la Resistencia Italiana porque Una Jornada de Leones (Un Giorno da Leoni, 1961) cayó en el olvido, sistematiza los padecimientos del pueblo como el hambre, la desinformación, el desalojo, la necesidad de ocultarse, la desesperación, el desamparo institucional, la miseria, los castigos constantes, la confusión, las marchas de la muerte, la ausencia de atención médica y en general el sometimiento de lo civil indefenso ante lo marcial -o más bien frente a un régimen de terror y amedrentamiento eternos- hasta que se cansa y responde en la misma exacta tesitura amparándose en el caos y unos esfuerzos guerrilleros temerarios, por ello gran parte del metraje está consagrado a la reconversión de la apatía, la pusilanimidad y la naturalización del óbito propio en un combate contra los opresores desde la picardía e improvisación de los sobrevivientes latinos que se enfrentan a un poder feroz que no llegan a comprender del todo. Entre episodios de solidaridad, sobre todo aquel de la niña perdida entre la muchedumbre, la rebelión contra la deportación masiva masculina para trabajo esclavo en Alemania y todas las escenas centradas en los dos jerarcas del reformatorio de menores de la metrópoli, el director (Georges Wilson) y el líder de los mocosos, Giovanni Ajello (Raffaele Barbato), y algunas pinceladas humorísticas típicas de la época, como la viñeta del hombre con el diente inflamado, la mujer cargoseando a su marido partisano en una trinchera o el doloroso traslado por las calles de un cañón que la Resistencia roba a los nacionalsocialistas, sin olvidarnos del triángulo del corazón que mencionábamos más arriba, el film indaga en uno de esos casos en los que los estratos populares dicen basta y evitan la destrucción de su ciudad a manos de la fauna lunática y maquiavélica en el poder, algo en esta oportunidad vinculado a una interpretación literal ya que las órdenes de Hitler a sus esbirros eran arrasar con Nápoles antes de la retirada por el avance de los Aliados, así las cosas las mujeres se debaten entre ser estorbos o apoyos y los varones padecen la guerra en primera persona en tanto picadora de carne al servicio de este imperialismo capitalista…

 

Los Cuatro Días de Nápoles (Le Quattro Giornate di Napoli, Italia, 1962)

Dirección: Nanni Loy. Guión: Nanni Loy, Carlo Bernari, Massimo Franciosa y Pasquale Festa Campanile. Elenco: Domenico Formato, Frank Wolff, Gian Maria Volonté, Jean Sorel, Raffaele Barbato, Lea Massari, Georges Wilson, Franco Sportelli, Alba Maiolini, Pupella Maggio. Producción: Goffredo Lombardo. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 10