En su flamante película, Warfare: Tiempo de Guerra (Warfare, 2025), el extraordinario Alex Garland deja de lado la fantasía y la ciencia ficción existencialista de su serie para FX on Hulu, Devs (2020), y los films Ex Machina (2014), Aniquilación (Annihilation, 2018) y Hombres (Men, 2022) y retoma los enfrentamientos caóticos de su faena inmediatamente previa, Guerra Civil (Civil War, 2024), y dos de sus guiones para terceros, Exterminio (28 Days Later, 2002), de Danny Boyle, y Dredd (2012), opus de Pete Travis, aquí en suma reemplazando aquel contexto fratricida hipotético de Guerra Civil con un mínimo aunque muy representativo episodio de la Segunda Batalla de Ramadi, ocurrida entre los meses de marzo y noviembre del año 2006, correspondiente a la Guerra de Irak o Segunda Guerra del Golfo (2003-2011), precisamente un muestrario del desastre que dejaron los yanquis en Medio Oriente y del atolladero en el que se metieron luego de incursionar en Afganistán a partir de 2001 y de inventar aquella hilarante excusa para la invasión a Irak de 2003, la supuesta existencia de unas armas de destrucción masiva a cargo de Sadam Huseín que nadie encontró. Sin el sarcasmo de Tres Reyes (Three Kings, 1999), de David O. Russell, ni la virulencia discursiva de Samarra (Redacted, 2007), de Brian De Palma, ni el patriotismo bien caricaturesco de El Sobreviviente (Lone Survivor, 2013), de Peter Berg, Francotirador (American Sniper, 2014), de Clint Eastwood, 13 Horas: Los Soldados Secretos de Bengasi (13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi, 2016), de Michael Bay, y Tropa de Héroes (12 Strong, 2018), de Nicolai Fuglsig, esta joya que nos ocupa, codirigida y coescrita por el debutante Ray Mendoza y basada en sus memorias de combate, a quien Garland conoció cuando lo contrató como asesor militar para Guerra Civil, retoma muchísimo de ese asedio claustrofóbico del western, el thriller y el cine de acción que nace con Río Bravo (1959), de Howard Hawks, Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), obra maestra de Sam Peckinpah, y Asalto al Precinto 13 (Assault on Precinct 13, 1976), de John Carpenter, y llega a regiones más vastas de la mano de Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), de Robert Rodríguez, Conjuros del Más Allá (The Void, 2016), de Steven Kostanski y Jeremy Gillespie, y Kill: Masacre en el Tren (Kill, 2023), de Nikhil Nagesh Bhat, entre otros films.
No existe una trama propiamente dicha como tampoco desarrollo de personajes o diálogos profusos porque lo que tenemos frente a nosotros es un retrato desnudo de una operación militar de la que ni siquiera conocemos los pormenores, así las cosas un pelotón de Navy SEALs, la fuerza de operaciones especiales de la Armada de los Estados Unidos y una de las unidades anfibias más reputadas del globo, ingresa de noche en 2006 a una vivienda de Ramadi, metrópoli del centro de Irak ubicada a unos cien kilómetros de Bagdad, y toma de prisioneros a los integrantes de dos familias que viven en la planta baja y el primer piso, con los gringos necios derribando a golpes la pared que divide las dos partes del domicilio. El objetivo, en apariencia relacionado con la vigilancia mediante un francotirador de un mercado popular de la vereda de enfrente, eventualmente deriva en debacle cuando cae una granada por un agujero en el muro exterior y de inmediato los militares, comandados por Erik (Will Poulter) y de hecho contando entre sus filas con el propio Mendoza (D’Pharaoh Woon-A-Tai), un oficial de comunicaciones, solicitan una evacuación que también termina frustrada cuando los iraquíes repelen a los extranjeros arrojándole una bomba de cloro al Bradley o enorme tanque/ vehículo de infantería de los estadounidenses. Con un muerto, cuyo cuerpo resulta destrozado, y dos heridos en sus piernas y brazos que gritan y ruegan por más morfina para detener el dolor, Elliott (Cosmo Jarvis) y Sam (Joseph Quinn), el pelotón vuelve a pedir un rescate en pleno día que llega bajo la forma de unos marines con otro muchacho a la cabeza, Jake (Charles Melton), quien se hace cargo del repliegue porque Erik no puede afrontar la desoladora situación y en función de ello le ordena al oficial de comunicaciones de los marines, John (Finn Bennett), que simule ser el comandante porque los burócratas de la autoridad con los que hablan por radio no desean responsabilizarse por el poco feliz episodio ante los altos mandos. En medio de una balacera cruzada terrible y la llegada de dos nuevos tanques, a los cuales se les ordena disparar contra el primer piso de la vivienda en cuestión y de moradas vecinas para eliminar a los combatientes asentados en las terrazas, los gringos finalmente logran escapar con sus heridos dejando atrás escombros, humo y gran polvareda, desde la cual surgen los iraquíes que expulsaron a los usurpadores.
Apuntalada en un buen trabajo en gore, sin CGI o mariconada digital alguna de cotillón, y una excelente y gélida fotografía -a cargo de David J. Thompson- que sigue la estela muy minuciosa de Stanley Kubrick, la película maneja a la perfección el suspenso y la ansiedad detrás de los tiempos muertos antes del agite asesino caótico, éste asimismo condimentado con el uso ocasional de la vorágine de voces radiofónicas para acrecentar el nerviosismo de la epopeya. La burocratización de las operaciones, la vigilancia y las masacres de impronta bélica se unifica en pantalla con el sustrato infantiloide de la camaradería en la falange yanqui, dimensión que “alivia” o niega la faceta robótica y ciega estándar de lo castrense, por ello mismo el film se obsesiona hasta la hipérbole del detalle con poner de manifiesto la devastación que provocan los invasores en una zona urbana, por cierto repleta de inocentes/ civiles del montón, y la ridiculez del equipamiento pesado en un contexto más macro de índole desértica y por demás austera/ pauperizada. El relato coral pasa al primer plano en una época hiper individualista como el Siglo XXI y en un mainstream siempre apegado a la pantomima burguesa soberbia y los paladines solitarios de la justicia que se cargan con poca o nula ayuda a ejércitos enteros, además la faena por momentos simula estar narrada en tiempo real, desde la paciencia, el esmero y un realismo seco maravilloso, y enfatiza que la paranoia humana en muchas oportunidades resulta más importante o decisiva que las tácticas supuestamente cerebrales y reguladas de la avanzada marcial. Warfare: Tiempo de Guerra, sin lugar a dudas, va más allá de la propuesta antibélica promedio del séptimo arte contemporáneo porque denuncia el rol de invasores hostiles de los estadounidenses y cómo aterrorizan a dos parentelas a lo largo del tiempo, cuyos miembros mutan en rehenes de la locura genocida en consonancia con tropas imperialistas de ocupación que de héroes no tienen nada porque la guerra de base es una farsa, con las mentadas armas de destrucción masiva brillando por su ausencia, y porque una vez más los llamados “bárbaros” ponen en vergüenza al emporio más rico del planeta en sus cruzadas en pos de petróleo y jugosos contratos de reconstrucción nacional gracias al clima de autovictimización occidental ultra hipócrita posterior a los lindos atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.
En sintonía con el peligro constante de La Caída del Halcón Negro (Black Hawk Down, 2001), de Ridley Scott, El Pacto (The Covenant, 2023), de Guy Ritchie, y por supuesto la segunda mitad de Nacido para Matar (Full Metal Jacket, 1987), del querido Kubrick, y cerca de aquella Kathryn Bigelow de pulso quirúrgico y gustosa de trabajar con guiones de Mark Boal de Vivir al Límite (The Hurt Locker, 2008), La Noche más Oscura (Zero Dark Thirty, 2012) y Detroit (2017), desde ya más en línea con la perspectiva de izquierda de esta última o en todo caso el tono neutro de Vivir al Límite que del discurso fascistoide de La Noche más Oscura, especie de panfleto autocelebratorio sobre la ejecución en 2011 de Osama bin Laden, la odisea demuestra -vaya uno a saber si de manera intencional o sin proponérselo, casi como un acto fallido freudiano- la generosa imbecilidad de los yanquis en el campo de batalla y en sus jugarretas bélicas payasescas, pensemos para el caso que rompen una pared con una maza evidenciando su posición, luego pretenden marcharse del lugar a plena luz del día en un esperpéntico tanque, cuando terminan heridos se la pasan gritando y nuevamente alertando al enemigo sobre su ubicación exacta en el inmueble, uno de los miembros del pelotón por agarrar al revés la morfina se la inyecta a sí mismo en vez de suministrársela al colega agonizante de turno, los marines que vienen a socorrer a los SEALs se tropiezan sin cesar con las piernas malogradas de los heridos, toda la disciplina entre la fauna castrense deja bastante que desear, cualquiera de estos bobos intercambiables puede hacerse pasar por el bobo del comandante -valga la redundancia- para autorizar de inmediato el rescate y por supuesto tanto las “demostraciones de fuerza”, léase el vuelo al ras del suelo de los aviones de combate para levantar polvo y supuestamente asustar a los iraquíes, como la misión en su conjunto, como decíamos con anterioridad apoyando a una ignota operación de los marines que correría en paralelo, no sirven para absolutamente nada y ridiculizan todavía más a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, amén del hecho de subrayar primero las paradojas de una guerra asimétrica con la resistencia autóctona, esa que casi siempre derrapa en un conflicto de desgaste, y segundo la vigencia de la guerra de guerrillas guevariana, en la que el foquismo y una organización aceitada resultan cruciales.
Garland, siempre sensato y frontal en su idiosincrasia, eligió una historia no de ofensiva tradicional, a sabiendas de que el enemigo tiene toda la razón espiritual/ ideológica para expulsar a los yanquis, sino de fuga y desesperación por regresar al refugio cuanto antes, con lloriqueos incluidos de los milicos norteamericanos, en este sentido el realizador británico le escapa a los sermones y la romantización chauvinista ridícula del masoquismo modelo Rescatando al Soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), de Steven Spielberg, Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge, 2016), de Mel Gibson, o 1917 (2019), de Sam Mendes, y lentifica la acción constantemente para intensificar la angustia, ponerla bajo el microscopio de la cámara y contrarrestar la celeridad hueca e idiota del Hollywood del nuevo milenio, terreno que precisamente santifica a la velocidad narrativa al homologarla con una montaña rusa que suele terminar en saco roto debido a la falta de autenticidad de los relatos, sus personajes y nuestro trasfondo humano en concreto. El opus analiza con honestidad la incapacidad o atrofia psicológica por temor, shock y desorientación durante las conflagraciones, algo negado por el cine de acción y fetichizado por la gran industria desde el melodrama bélico palurdo consagrado al estrés postraumático en sintonía con El Mensajero (The Messenger, 2009), de Oren Moverman, La Larga Caminata de Billy Lynn (Billy Lynn’s Long Halftime Walk, 2016), de Ang Lee, y El Reencuentro (Last Flag Flying, 2017), aquel intento fallido de Richard Linklater de construir una secuela conceptual de El Último Deber (The Last Detail, 1973), clásico de Hal Ashby. Aquí nos topamos con una lluvia de balas que no le pegan a casi nadie y que desde la visceralidad cotidiana, entre el influjo kafkiano y la Ley de Murphy más tragicómica, se burlan del mainstream adepto a la perfección lustrosa, la arrogancia y esa lógica burguesa infalible, sin embargo y como podía esperarse de un film anglosajón -nadie puede dejar de ser lo que es- lamentablemente no se le presta demasiada atención a los traductores, los civiles y los mismos “insurgentes” pero ello tampoco afecta mucho a la propuesta retórica en sí porque de los protagonistas, los soldados gringos, tampoco sabemos demasiado por la ausencia de diálogos reveladores y por la abundancia/ omnipresencia de la jerga militar en todas las secuencias, un planteo anglocéntrico al que se agrega un esperable epílogo documental sobre el encuentro durante el rodaje de los milicos reales con el equipo técnico y creativo que oficia de homenaje ya explícito a los sobrevivientes y que en cierta medida equilibra a nivel discursivo los últimos y poderosos planos del film, con las parentelas recuperando su libertad y los combatientes iraquíes saliendo de sus escondites justo después de la retirada de las tropas de yanquilandia como perros asustados, con la cola oculta entre las patas. La película, en todo caso, enfatiza cuánto los habitantes vernáculos odian a los estadounidenses porque en esencia es el pueblo raso armado quien los expulsa de Ramadi con trabajo guerrillero de hormiga a pesar del aparato bélico gigantesco desplegado tanto en tierra como desde las alturas, con aviones y satélites para una vigilancia permanente que una vez más cae en la autoparodia y resume esta fase de la Nueva Guerra Fría del año 2003 en adelante en tanto conflicto posmoderno tecnófilo, hoy tracción a drones de unos imperios que ya no quieren ensuciarse las manos…
Warfare: Tiempo de Guerra (Warfare, Reino Unido/ Estados Unidos, 2025)
Dirección y Guión: Alex Garland y Ray Mendoza. Elenco: Will Poulter, Charles Melton, D’Pharaoh Woon-A-Tai, Joseph Quinn, Cosmo Jarvis, Finn Bennett, Taylor John Smith, Kit Connor, Michael Gandolfini, Noah Centineo. Producción: Andrew Macdonald, Peter Rice, Allon Reich y Matthew Penry-Davey. Duración: 95 minutos.