En términos generales se suele decir que David Cronenberg, sin duda alguna el padre del “body horror”, el mejor cineasta canadiense de la historia y uno de los mejores del séptimo arte a secas, se retiró entre Polvo de Estrellas (Maps to the Stars, 2014), esa parodia del ecosistema hollywoodense y sus múltiples miserias y absurdos, y Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 2022), aquella vuelta propiamente dicha al terror y la ciencia ficción de eXistenZ (1999) hacia atrás de la mano de una sátira de una civilización occidental muy decadente que por mutaciones biológicas se alimentaba de sus propios desperdicios, debido tanto al cansancio del señor para con el negocio/ circo del cine como a las dificultades para financiar sus nuevos proyectos en una industria cultural como la del Siglo XXI, saturada de productos para retrasados mentales y castrados del montón que pretenden escapismo y sólo se sienten felices cuando sus naricitas comienzan a chorrear materia gris, lobotomía frontal de por medio cortesía de las redes sociales, los medios masivos de comunicación y este mismo emporio audiovisual más volcado al “contenido” para plataformas de streaming que a obras valiosas, osadas o simplemente eficaces bajo sus propios términos, ni hablar de las odiseas para adultos cultos e inconformistas del amigo David que buscan desde la revulsión poner en entredicho el marasmo y el neomedievalismo. Si bien echarle la culpa del silencio de Cronenberg a la coyuntura lamentable del nuevo milenio no está nada mal, un sustrato apocalíptico que se lo merece por condenar al ostracismo a genios como el canadiense o el ya fallecido David Lynch, lo cierto es que también intervinieron otros dos factores que muy pocos conocen y hacen a la vida e intereses profesionales del director y guionista, primero el fallecimiento de su esposa Carolyn Zeifman en 2017, su compañera romántica desde que se casasen en 1979 después de conocerse en el set de Rabia (Rabid, 1977), donde la mujer se desempeñó como asistente de producción, y segundo la publicación de su primera novela con claras influencias de ídolos de larga data como William S. Burroughs y J.G. Ballard, Consumido (Consumed, 2014), en paralelo al estreno de Polvo de Estrellas, lo que generó un cortometraje que ofició de curioso “tráiler” del libro, el homónimo del mismo año, y una andanada de intentos desde entonces en pos de adaptar esas páginas a la gran pantalla, cuyo fracaso nuevamente muta en un símbolo de la necedad del mainstream infantilizado actual.
Así como a la fragilidad de la niñez con el tiempo le sucede la fragilidad de la vejez, dos extremos que se tocan y cierran el círculo de la vida luego de un sinfín de frustraciones y diversos chispazos de felicidad que en su momento casi nunca son reconocidos como tales, el realizador de 82 años hoy por hoy atraviesa una fase creativa semejante a aquella del David Bowie otoñal de sus dos últimos álbumes, los magistrales The Next Day (2013) y Blackstar (2016), un señor que también se retiró durante muchos años -esa década entre Reality (2003) y The Next Day, precisamente- y que se consagró primero a recuperar su energía y después a explorar su propia mortalidad/ trascendencia durante la etapa terminal de un cáncer de hígado, en este sentido el canadiense sin proponérselo siguió este mismo camino y luego de regresar al terror con Crímenes del Futuro como Bowie recuperó el rock más directo con motivo de The Next Day, en su nuevo opus cinematográfico, Las Mortajas (The Shrouds, 2024), joya asimismo conocida en castellano como Los Sudarios, se mete sin eufemismos con la parca como el querido músico británico lo hiciese en Blackstar, su canto de cisne. La movida en general, desde ya de carácter autobiográfico por la edad avanzada del cineasta y el óbito de su esposa, Carolyn, tiene su origen en un proyecto de serie para Netflix que -oh, sorpresa- fue cancelado por el gigante para oligofrénicos de la N roja luego de la escritura de dos episodios, así las cosas el maestro eventualmente sería socorrido por la SBS Productions del tunecino Saïd Ben Saïd, con quien ya había colaborado en Polvo de Estrellas y en sí un productor que también supo trabajar con Roman Polanski, Brian De Palma, Catherine Breillat, Paul Verhoeven, Walter Hill, Philippe Garrel, Alain Corneau y Kleber Mendonça Filho, entre otros. El planteo macabro reciente resulta inseparable de la obsesión de Cronenberg de toda la vida, hablamos de la dimensión política, económica, tecnológica, filosófica y social de ese cuerpo hiper literal de carne y hueso, esquema que lo acompañó de modo sostenido desde su “período serio” después del body horror explícito de los inicios en las décadas del 60, 70 y 80, una metamorfosis que se da en ocasión de Pacto de Amor (Dead Ringers, 1988) y Almuerzo Desnudo (Naked Lunch, 1991), sin embargo la profundización de los últimos años se hace muy evidente en este salto entre las truculencias irónicas de Crímenes del Futuro y la necrofilia de Las Mortajas y su laberinto sin certezas.
Como ocurriese en dos cortos previos que hacían del duelo y el voyeurismo macabro sus grandes fetiches, léase La Muerte de David Cronenberg (The Death of David Cronenberg, 2021) y Cuatro Mujeres no Amadas, a la Deriva en un Mar sin Propósito, Experimentan el Éxtasis de la Disección (Four Unloved Women, Adrift on a Purposeless Sea, Experience the Ecstasy of Dissection, 2023), ahora el canadiense nos sumerge en el dolor de Karsh Relikh (Vincent Cassel), un empresario de Toronto que cuatro años atrás perdió a su esposa por cáncer óseo, Becca (la estupenda actriz alemana Diane Kruger), y comenzó un negocio global de cementerios con restaurants y otro insólito “suplemento”, la posibilidad de ver una imagen en 3D del cuerpo en descomposición del ser querido gracias a una mortaja que envía la información a una aplicación en el teléfono de los clientes y en esencia funciona como una cruza entre un escáner de rayos X y un resonador magnético. El protagonista tiene una muy buena relación con la hermana gemela de Becca, Terry (segundo de los tres roles de Kruger), vínculo que se vuelve sexual cuando el hombre le comenta que empezó a intimar con una tal Soo-min Szabo (la canadiense Sandrine Holt), linda coreana/ francesa no vidente cuyo marido, el húngaro Karoly Szabo (Vieslav Krystyan), está agonizando y se propone abrir en Budapest una filial de la compañía de Karsh, GraveTech, la cual por cierto fue financiada en parte con capitales asiáticos mediante otra empresa que fabrica todas las mortajas, Shining Clos Technologies, que a su vez responde a la República Popular China y podría entrar en guerra tecnológica con el gobierno de Vladímir Putin ya que el matrimonio Szabo debería utilizar infraestructura rusa para operar en Hungría y controlar la red europea de GraveTech, susceptible a ser reconvertida en nodos de espionaje en caso de hackeo. La debacle, precisamente, se produce cuando aparecen protuberancias extrañas en el cadáver de Becca y alguien vandaliza las tumbas del cementerio de Toronto y controla la red que transmite los datos de las mortajas para construir las imágenes de los difuntos, especie de estrategia masoquista del duelo, lo que genera la aparición del ex esposo de Terry, Maury (el australiano Guy Pearce), un esquizofrénico que codificó la seguridad de GraveTech y programó la inteligencia artificial que oficia de asistente de Karsh, Hunny (voz de Kruger a puro sarcasmo porque sus frasecitas arrogantes apuntan a burlarse de los estadounidenses).
La astucia suprema de los diálogos y las escenas de Cronenberg, al igual que la fotografía de Douglas Koch y la música de Howard Shore, está puesta al servicio de una arquitectura de film noir elegante, existencial y tan enrevesado a nivel narrativo como en Crímenes del Futuro, aquí en todo caso permitiendo que el desarrollo paciente de personajes esté apenas por encima de la visceralidad del organismo, claramente las dos dimensiones del acervo artístico cerebral cronenbergiano cual amalgama del espionaje biopolítico por un lado, hoy la contingencia de que el vandalismo y el hackeo sean producto de los gobiernos ruso o chino, algún contrincante en el gremio de los cementerios, el celoso y demencial Maury o quizás una logia médica secreta encabezada por el ex amante de juventud de Becca y luego encargado de tratar su cáncer, el Doctor Jerry Eckler (Steve Switzman), y las truculencias corporales marca registrada por el otro lado, en pantalla limitadas a los fascinantes sueños/ pesadillas de Relikh, como ese lírico del inicio en la tumba de su amada o los posteriores cuando se la imagina desde el lecho conyugal partiendo a ver a Eckler o regresando del hospital, ya sea con su seno y su brazo izquierdos amputados o con los huesos de su cadera y de su brazo derecho reemplazados por placas y tornillos de acero a raíz de un intento de cópula que salió mal en función de la fragilidad que impone la enfermedad, una metáfora de la vejez. Todo el elenco está perfecto y el francés Cassel oficia de alter ego del propio director por un peinado y una configuración física muy semejantes, a lo que se suma la vuelta de viejos latiguillos temáticos como las conspiraciones, el dominio, la memoria, el cariño maltrecho de pareja, la paranoia, el corporativismo caníbal capitalista, los hermanos idénticos, el voyeurismo, las mutilaciones, la confusión entre realidad y fantasía, el coito, la vigilancia como infección, las patrañas y los delirios en la alta burguesía, la manipulación política, la infaltable biotecnología e incluso el medio ambiente porque existe la posibilidad de que las mortajas, además de fugar datos de los clientes, sean contaminantes como afirma un militante ecológico radicalizado de Islandia, Elvar (Ingvar Sigurdsson), nación en la que Eckler desapareció misteriosamente. De una riqueza emocional e intelectual extraordinaria, la película piensa al duelo desde el divorcio, la enfermedad y el fallecimiento para tratar de encontrarle sentido al suplicio natural o autoinfligido del ser humano en su devenir diario…
Las Mortajas (The Shrouds, Canadá/ Francia, 2024)
Dirección y Guión: David Cronenberg. Elenco: Vincent Cassel, Diane Kruger, Guy Pearce, Sandrine Holt, Vieslav Krystyan, Steve Switzman, Ingvar Sigurdsson, Jeff Yung, Elizabeth Saunders, Jennifer Dale. Producción: Saïd Ben Saïd, Martin Katz y Anthony Vaccarello. Duración: 120 minutos.