Para entender la repercusión de Destino Final (Final Destination, 2000), de James Wong, hay que situarse en la época, fines de los años 90 y comienzos del nuevo milenio, cuando Hollywood no sabía bien qué hacer con unos CGIs que ya estaban totalmente incorporados dentro de la maquinaría mainstream aunque cayendo en redundancias de todo tipo porque las criaturas, fondos, adornos y personajes en general que se construían con la animación digital se basaban en el fotorrealismo, región estilística que cansa al espectador casi de inmediato, o en los diseños grotescos e imaginativos del período de gloria inmediatamente previo de los practical effects, las décadas del 70 y 80. Lejos de la novedad de principios de los 90, sobre todo tracción a Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), de James Cameron, y Jurassic Park (1993), de Steven Spielberg, la rutinización en materia de los CGIs que padecemos en el Siglo XXI nació, precisamente, en la etapa del estreno de Destino Final, por ello el ridículo pero disfrutable film sorprendió doblemente al aprovechar desde lo macabro la “nueva” tecnología, muy en sintonía con esas truculencias ultra artísticas de Freddy Krueger, y al aportar una mínima novedad al terror posmoderno y autoconsciente modelo Scream (1996), de Wes Craven, hablamos de esencializar/ abstraer al psicópata del slasher, aquí la misma parca porque a todos nos llega el momento de morir.
El tiempo pasó y como toda fórmula simpática que rinde sus frutos en taquilla, Hollywood de a poco agotó esta gallina de los huevos de oro mediante una retahíla de secuelas que se movieron entre lo correcto y lo anodino, pelotón que incluye dos obras amenas, Destino Final 2 (Final Destination 2, 2003), de David R. Ellis, y Destino Final 3 (Final Destination 3, 2006), de Wong, una bastante floja, El Destino Final (The Final Destination, 2009), de Ellis, y finalmente un corolario que volvió a levantar la puntería, Destino Final 5 (Final Destination 5, 2011), de Steven Quale, las últimas dos en 3D, el infaltable “plus” de un emporio en crisis. Enterrada bajo la competencia del porno de torturas, el extremismo europeo, el found footage, el terror elevado y las sagas sobrenaturales -entre lo ochentoso y el exploitation del J-Horror- de La Noche del Demonio (Insidious, 2010) y El Conjuro (The Conjuring, 2013), ambas de James Wan, nuestra franquicia creada por el guionista Jeffrey Reddick cayó en el olvido aunque retuvo una base leal de fanáticos por lo singular de su premisa, léase una masacre inicial a toda pompa anticipada mediante una premonición del protagonista y por ello evitada que deriva en una situación dantesca porque la muerte no se da por vencida y a posteriori regresa para cobrarse sistemáticamente las vidas de todos los sobrevivientes de la calamidad de turno, siempre respetando el orden del óbito que no fue.
New Line Cinema, la propietaria de la marca, eventualmente decidió que era el momento de arriesgarse con un flamante eslabón para confirmar el alcance concreto contemporáneo de la saga y así hoy nos topamos con Destino Final: Lazos de Sangre (Final Destination: Bloodlines, 2025), un producto afable y cariñoso para con el pasado que quedó en manos de Zach Lipovsky y Adam Stein, dúo conocido por la interesante Fenómenos (Freaks, 2018), aquella suerte de relectura para adultos de los X-Men. Por supuesto que la dinámica vuelve a ser digna de un tren fantasma, de neto corte formalista/ técnico, y la llegada al eventual público dependerá de que se acepte y se disfrute el recorrido prefijado desde el opus del año 2000, en esencia la hecatombe inaugural y la seguidilla de muertes encadenadas: en esta oportunidad es Iris Campbell (Brec Bassinger en su versión joven, Gabrielle Rose como veterana) quien tiene la premonición en 1968 acerca del mega colapso de la Torre Skyview durante su ceremonia de apertura, un restaurant con mirador cuyo piso se parte para luego dejar paso a una explosión y al derrumbe progresivo de toda la construcción, así la mujer embarazada avisa a la concurrencia mientras su novio, Paul (Max Lloyd-Jones), pretendía pedirle casamiento, un planteo que genera que la parca se cargue por décadas y décadas a todos los involucrados e incluso a sus herederos, quienes nunca deberían haber existido.
Lipovsky y Stein, trabajando con un guión sencillo de Guy Busick y Lori Evans Taylor, le dan una vuelta de tuerca al esquema estándar vinculado a la amalgama del cine catástrofe, la comedia negra, el slasher, el horror sobrenatural, los thrillers y el acervo conspiranoico en general, ahora introduciendo ese melodrama familiar semi surrealista que gira alrededor de los esfuerzos para detener tamaña matanza en diferido de parte de la nieta de Iris, Stefani Reyes (una eficaz Kaitlyn Santa Juana), estudiante universitaria que sufre pesadillas sobre la carnicería de la Torre Skyview y por ello termina descubriendo la maldición y el típico ostracismo al que fue sometida la hoy abuelita dentro de la parentela. Si bien la secuencia gore inicial es retro y nos presenta una protagonista falsa, Iris, que pronto es sustituida por la verdadera, Stefani, el resto de la película respeta los carriles esotéricos habituales ya que los directores evitan la tentación del Hollywood actual en lo que atañe a construir un reboot o quizás una remake espiritual del film original y optan, en cambio, por mantenerse firmes en la senda de todas las otras continuaciones, en este sentido se administra con inteligencia el suspenso y el humor negro, se incluye un cameo de Tony Todd -fallecido en 2024 por un cáncer de estómago- como William Bludworth, el “agente del saber”, y se ofrecen buenas muertes como la del jardín familiar, la del camión de basura y aquellas dos del hospital…
Destino Final: Lazos de Sangre (Final Destination: Bloodlines, Estados Unidos/ Canadá, 2025)
Dirección: Zach Lipovsky y Adam Stein. Guión: Guy Busick y Lori Evans Taylor. Elenco: Kaitlyn Santa Juana, Brec Bassinger, Gabrielle Rose, Tony Todd, Max Lloyd-Jones, Richard Harmon, Owen Patrick Joyner, Rya Kihlstedt, Anna Lore, Teo Briones. Producción: Craig Perry, Jon Watts, Dianne McGunigle, Toby Emmerich y Sheila Hanahan Taylor. Duración: 110 minutos.