The Surfer

Humillaciones bajo el sol

Por Emiliano Fernández

Definitivamente lo más cerca que estuvo el cineasta irlandés Lorcan Finnegan de redondear una película verdaderamente brillante fue en ocasión de Vivarium (2019), aquella fábula kafkiana con Jesse Eisenberg e Imogen Poots sobre la vacuidad de la vida burguesa en el Siglo XXI y específicamente sobre el “parasitismo de puesta” del cuco común, simpático pajarillo que suele poner sus huevos en nidos ajenos, este último un tópico que luego iría a parar a films como Hatching (Pahanhautoja, 2022), de Hanna Bergholm, y Cuckoo (2024), de Tilman Singer, no obstante las otras dos partes de la trilogía tácita de Finnegan con el guionista Garret Shanley, léase Without Name (2016) y Nocebo (2022), también resultaron interesantes aunque no estaban tan bien redondeadas/ ejecutadas, la primera otra alegoría asfixiante pero de contexto bucólico en vez de suburbano y la segunda una crítica virulenta contra la industria de la moda y su costumbre de utilizar la mano de obra semi esclava del sudeste asiático. Incluso si pensamos en algún que otro cortometraje en línea con Foxes (2011), esa otra colaboración con Shanley que por cierto más adelante sería incorporada en la antología Nightmare Radio: The Night Stalker (2023), una secuela de A Night of Horror: Nightmare Radio (2019), la carrera en general del director está vinculada abiertamente a la iconografía surrealista y la enajenación de sus antihéroes y su primer trabajo sin el socio de siempre no es la excepción ni mucho menos, The Surfer (2024), film escrito por Thomas Martin que respeta este mismo exacto camino aunque tratando de apelar a un público más mainstream o conservador que jamás escuchó nombrar todas las realizaciones anteriores.

 

Es precisamente The Surfer, en simultáneo disfrutable y problemática al igual que toda la producción artística de Finnegan, su intento más concienzudo de thriller tradicional en función de la presencia del también productor Nicolas Cage, un señor que le permite un margen de locura pero siempre dentro de un marco estable y con la promesa de reencauzar el asunto hacia los carriles del desarrollo estandarizado de personajes o algo así (Cage, en el fondo y en la superficie, es otro “loco lindo” como el irlandés). Martin, cuya única otra obra cinematográfica es la mediocre White Widow (2023), aquí se mueve en el terreno de las abstracciones, el absurdo y las parábolas bien tragicómicas que tanto le gustan al amigo Lorcan porque nuestro surfista yanqui sin nombre del título (Cage) está obsesionado con comprar una casa en Australia en la que vivió durante su juventud y que da a una playa paradisíaca controlada por la pandilla símil Lunada Bay Boys de Scally (Julian McMahon), psicópata con aires de gurú pederasta y una disciplina machista y cuasi militar que ordena el hostigamiento más violento posible contra todos los forasteros/ turistas/ advenedizos que pretenden surfear en la zona en cuestión, incluido por supuesto el personaje de Cage y su hijo adolescente (Finn Little). Después de dejar al púber en su hogar, el surfista regresa a la playa y desde ese momento no puede marcharse -ni tampoco quiere- ya que sufrirá una retahíla de dolorosas humillaciones por parte de Scally y sus cómplices que lo dejarán sin calzado, sin saco, sin coche, sin teléfono, sin el reloj de su padre, sin agua, sin comida, sin dignidad y sobre todo sin su tabla de surf, símbolo de una fraternidad cercana a las sectas.

 

Con apenas una fotógrafa que muestra simpatía al paso (Miranda Tapsell), un vagabundo que oficia de “agente del saber” mayormente inconformista (Nicholas Cassim) y una serie de secuaces en lo que atañe al martirio de fondo, como un policía abúlico (Justin Rosniak), el encargado pancista de un puesto de comida (Adam Sollis) y ese agente inmobiliario que lo ningunea de diferentes maneras (Rahel Romahn), la película retrata la metamorfosis del protagonista desde un diletante de un pasado pequeñoburgués idealizado, empardado a su padre, el surf y la belleza de la playa, hasta un vagabundo que efectivamente se confunde a escala identitaria con la criatura de Cassim por su pragmatismo orientado a la supervivencia y al odio contra Scally, quien mató a su hijo y a su perro y lo llevó a malvivir dentro de un automóvil destartalado, donde comienza a residir el surfista cuando su Lexus desaparece. Más cerca de esas “meadas territoriales” de Eden Lake (2008), de James Watkins, que del sadismo ecológico de Deliverance (1972), de John Boorman, y sus diversos exploitations símil God’s Bloody Acre (1975), de Harry Kerwin, Rituals (1977), de Peter Carter, Savage Weekend (1979), de David Paulsen, Just Before Dawn (1981), de Jeff Lieberman, Southern Comfort (1981), de Walter Hill, Trapped (1982), de William Fruet, Courage (1984), odisea de Robert L. Rosen, Hunter’s Blood (1986), de Robert Hughes, y Survival Quest (1989), de Don Coscarelli, el opus de Finnegan enarbola una ridiculez competitiva autolegitimante que más que hablar de la masculinidad tóxica le pega a la violencia latente y absurda de nuestra sociedad, adicta a vencer al otro humillándolo para suprimir toda rebeldía o domesticarlo.

 

El irlandés, a partir de un guión muy simple que como decíamos con anterioridad permitía maleabilidad conceptual, mete en la licuadora al anacoreta de Simón del Desierto (1965), de Luis Buñuel, la paranoia comunal de Wake in Fright (1971), de Ted Kotcheff, aquella naturaleza expectante y burlona de Long Weekend (1978), de Colin Eggleston, la coyuntura soleada omnipresente de Point Break (1991), de Kathryn Bigelow, el colapso anímico de Falling Down (1993), de Joel Schumacher, el homoerotismo de dejo masón de Manodrome (2023), de John Trengove, y el humor negro o satírico de Larry Cohen y los hermanos Joel y Ethan Coen en términos macros. El encanto grotesco de la epopeya se condice no sólo con la actuación hiper masoquista de Cage, todo un género en sí mismo porque es uno de los poquísimos actores actuales con la capacidad de reinventarse y someterse a experiencias cuanto menos “curiosas”, sino también con la música socarrona de François Tétaz, digna de un producto bobo de Disney o un bodrio naif hollywoodense de los 40 o 50, y la fotografía acuosa y psicodélica de Radek Ładczuk, pletórica de momentos alucinados sesentosos que incomodan al espectador y refuerzan la enajenación del surfista, amén de zooms furiosos y una edición algo críptica que nos reenvían a la Clase B de los 70 y 80. Durante el previsible último acto, cuando descubrimos que el calvario constituye el “derecho de piso” que Scally le hace pagar al surfista para demostrar su valía como futuro vecino, termina de aparecer el latiguillo del film, nos referimos a la vulgaridad de todo turista y su contraparte, la defensa derechosa de lo vernáculo/ local ante una sociedad global apestosa, hoy en evidente crisis…

 

The Surfer (Irlanda/ Australia/ Estados Unidos/ Reino Unido, 2024)

Dirección: Lorcan Finnegan. Guión: Thomas Martin. Elenco: Nicolas Cage, Julian McMahon, Nicholas Cassim, Finn Little, Rahel Romahn, Adam Sollis, Justin Rosniak, Miranda Tapsell, Alexander Bertrand, Rory O’Keeffe. Producción: Nicolas Cage, Brunella Cocchiglia, Nathan Klingher, James Harris, Leonora Darby, Robert Connolly y James Grandison. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 7