La Tribu (Plemya)

No te metas con los sordomudos

Por Emiliano Fernández

Parte de la nueva camada del cada vez más laxo “extremismo europeo” de las últimas dos décadas junto con Isabella Eklöf, Rose Glass, Coralie Fargeat, Maja Miloš, Ulrich Seidl, Julia Ducournau, Ali Abbasi y la dupla de Veronika Franz y Severin Fiala, entre otros, el cineasta ucraniano Myroslav Slaboshpytskyi se hizo famoso con La Tribu (Plemya, 2014), típica obra que pasó con éxito por una infinidad de festivales aunque sin poder acceder al público mainstream por su trasfondo polémico o rimbombante, en pantalla un gregarismo pesadillesco, y efectivamente el señor ya lleva más de una década sin poder redondear una segunda propuesta, coqueteos fallidos con Hollywood y guerra con Rusia de por medio. El film que nos ocupa no es la joya que creyó descubrir la prensa de manera un tanto mucho desproporcionada, como quien despierta del marasmo del acervo idiota hollywoodense globalizado gracias a un cachetazo de realidad, sino más bien un interesante ejemplo del aprovechamiento de la dimensión visual a secas del séptimo arte, lo que implica aclarar que la epopeya de 132 minutos está construida alrededor de apenas 34 tomas que además no cuentan con diálogo tradicional alguno porque los actores, casi todos amateurs, utilizan la acepción ucraniana del lenguaje de señas ya que son sordomudos, detalle curioso no por los motivos esperables, al fin y al cabo el cine nació sin sonido y con música tocada en vivo, sino por el hecho de que el director y guionista, Slaboshpytskyi, no entiende el lenguaje de señas y durante el rodaje dependió de traductores/ intérpretes para lograr que un elenco sin experiencia respetase el libreto. De hecho, la única aclaración al respecto en términos del metraje es una leyenda inicial, “Esta película está en lenguaje de señas. No hay traducción, ningún subtítulo, ninguna voz en off.”, que despeja toda duda o posibilidad de más datos.

 

Los sucesos quedan al completo discernimiento de cada espectador, una verdad eterna del séptimo arte aquí llevada hasta la hipérbole, no obstante el derrotero narrativo casi siempre se entretiene con Sergei (Hryhoriy Fesenko), adolescente adusto que arriba en soledad a un internado de estructura mafiosa en el que la enorme mayoría de los alumnos veteranos se dedica al robo en calles y trenes, al contrabando, a la extorsión de los más jóvenes y al proxenetismo en materia de dos chicas, Anya (Yana Novikova) y Svetka (Rosa Babiy), que acceden campantes a venderse en una parada de camioneros porque se quedan con parte del dinero y porque el chofer del vehículo que las lleva hacia el lugar, un docente de carpintería sin nombre conocido (Oleksandr Panivan), les está “tramitando” unos pasaportes italianos mediante un burócrata/ chupasangre legal ucraniano o quizás un funcionario corrupto de la embajada de turno. Después de demostrar que no es heroinómano y de hacerse valer en una pelea pactada de iniciación con tres de los matones del grupo, Sergei entra en una dinámica que incluye asaltos contra compradores nocturnos de alcohol, algo de sexo adolescente, palizas contra deudores varios entre el alumnado y la tarea de acompañar a las ninfas en su trabajo porque el custodio previo fue atropellado accidentalmente por un camión. Nuestro protagonista inicia un semi romance con Anya y la deja embarazada, así pronto le paga un aborto clandestino robando dinero de un bolso en un tren de larga distancia, sin embargo el asunto va de mal en peor cuando es marginado dentro de tamaña estructura jerárquica por mostrarse celoso de la meretriz durante una noche, por ello termina compartiendo cuarto con un muchacho con Síndrome de Down, otro paria, y destrozándole el pasaporte a Anya cuando finalmente se lo entregan, prólogo para un cruel castigo de parte de otros mocosos.

 

Slaboshpytskyi se las arregla de maravillas para generar claustrofobia y extrañamiento en el espectador porque la sensación de distancia es constante al igual que la necesidad de forzar la vista para dilucidar gestos y marco corporal, como si hablásemos de un microecosistema en un laboratorio, ya que el idioma está anulado y el conflicto, el ventajismo y la soberbia sobrevuelan prácticamente todas las secuencias para mantener alta la tensión, planteo al que se suma una desromantización antihollywoodense del discapacitado debido a que aquí los sordomudos son capaces de la misma exacta furia y las mismas exactas aberraciones que los bípedos normales, sin sensibilidad, aura o característica particular que los transformen en un grupito endiosado o moralmente superior con respecto al resto más allá del detalle de color, intrascendente a nivel de este relato, de no poder hablar y/ o escuchar, sin olvidarnos del hecho de que incluso el chico con Síndrome de Down resulta odioso porque le roba a Sergei el almuerzo apenas llega al colegio, por ello otro joven lo castiga escupiéndole la comida, el “espónsor” del protagonista (Kyrylo Koshek). Apuntalada en los graffitis del lánguido diseño de producción de Vladlen Odudenko y la excelente fotografía del también productor y editor Valentyn Vasyanovych, construida con planos fijos, tomas secuencia y muchos travellings floridos vía la steadicam creada por Garrett Brown, La Tribu combina el seudo documental observacional, el cine contemplativo/ slow cinema, el realismo sucio y sádico, la epopeya carcelaria tácita, el film noir de mafiosos, la faena experimental, aquel extremismo europeo, el bildungsroman o fábula de aprendizaje, la semblanza sobre guetos urbanos y el homenaje al cine mudo, en este último caso desde el formalismo autolimitante ya que carecemos de cualquier intertítulo y de esa música que contextualizaba las acciones.

 

Además del evidente punto de referencia, La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, el film de Slaboshpytskyi también retoma elementos de Cero en Conducta (Zéro de Conduite, 1933), de Jean Vigo, If (1968), de Lindsay Anderson, Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, Juego de Niños (Child’s Play, 1972), de Sidney Lumet, y Absolución (Absolution, 1978), de Anthony Page, y directamente se hace un festín con la tetralogía de oro del extraordinario Alan Clarke, aquella del existencialismo terrorista suburbano compuesta por Escoria (Scum, 1979), retrato de los reformatorios de menores, Hecho en Gran Bretaña (Made in Britain, 1982), análisis de los skinheads en el thatcherismo neoliberal y psicópata que tanto adora la derecha filofascista del Siglo XXI, Elefante (Elephant, 1989), mediometraje sobre una colección de asesinatos en el contexto del Conflicto Norirlandés (1968-1998), y La Firma (The Firm, 1989), legendario lienzo alrededor de los simpatizantes de fútbol en el Reino Unido, los brutales “hooligans”, por cierto cuatro trabajos que lanzaron las carreras de Ray Winstone, Tim Roth y Gary Oldman. No todas son rosas en el jardín y en este sentido queda claro que se exagera el entramado mafioso/ corporativo del colegio, hoy ultra ritualizado y sin interferencia alguna de adultos normales más allá de esa directora displicente que vemos al inicio (Tetyana Radchenko), además la propuesta resulta demasiado extensa sin necesidad, las coreografías sexuales y de peleas son precarias, los actores amateurs aportan visceralidad pero no se caracterizan por su riqueza expresiva y sin duda hubiese venido bien más información en algunas escenas porque la tendencia a dejar flotando en un limbo el significado de muchas conductas puede ser cansadora a corto plazo en un mundillo donde dominan la humillación y la prepotencia.

 

Mientras que todo es dinero y mercancía en este internado para burguesitos que hace las veces de reformatorio implícito, por ello los valores de uso y cambio se superponen ya que la cosificación/ monetización de las personas está generalizada y su apego al sistema de explotación que las contiene es en simultáneo forzada y voluntaria, casi con una sonrisa en el rostro que simboliza el conformismo cínico tan extendido en el nuevo milenio, la odisea en sí juega con lo hipnótico, lo crudo y lo misterioso que trae a colación el lenguaje de señas para ese público “no sordomudo” que puede prejuzgar como mártires a los usuarios de la ignota lengua en cuestión, aquí como decíamos desacralizados o desvictimizados como si se tratase de una hilarante secta criminal con un superpoder inútil, de hecho una sordera o mudez que viene a reemplazar a la actitud iconoclasta, la vestimenta y la juventud anarquista o hedonista a secas de Alex DeLarge (Malcolm McDowell) y sus drugos de La Naranja Mecánica. En última instancia la barrabasada de Slaboshpytskyi funciona como un retrato de la deshumanización dentro del marco de una institución que carcome el intelecto del individuo y lo “formatea” para adaptarlo a sus necesidades, sin embargo la película tampoco cae en el estereotipo del cine posmoderno en materia de idealizar al ciudadano de a pie porque éste en soledad es egoísta y también puede atesorar rasgos psicopáticos que lo llevan a la venganza del desenlace, aquí a través de Sergei violando a Anya y rompiéndoles la cabeza a sus cuatro verdugos con sus simpáticas mesitas de luz, especie de olla a presión que se siente contenida por un entorno que exige obediencia y comportamientos robóticos hasta que dicha institución fuerza el asunto y pasa a operar como un raudo catalizador para la vehemencia acumulada bajo una superficie de tranquilidad o docilidad que desaparece…

 

La Tribu (Plemya, Ucrania/ Países Bajos, 2014)

Dirección y Guión: Myroslav Slaboshpytskyi. Elenco: Hryhoriy Fesenko, Kyrylo Koshek, Yana Novikova, Rosa Babiy, Oleksandr Panivan, Tetyana Radchenko, Liudmyla Rudenko, Oleksandr Dsiadevych, Ivan Tishko, Maryna Panivan. Producción: Iya Myslytska y Valentyn Vasyanovych. Duración: 132 minutos.

Puntaje: 7