Fabuladores siempre hubo y siempre habrá a escala social, más en un Siglo XXI adepto al narcisismo de cadencia suicida por lo estúpido, pero el caso de Enric Marco (1921-2022) resulta en verdad sorprendente por la ambición de las mentiras del señor, un catalán que se pasó buena parte de su vida diciendo que fue anarquista y luchó junto a los antifascistas/ antifranquistas cuando en verdad hizo poco o nada al respecto, supuestamente participando en la Guerra Civil (1936-1939) dentro de las milicias de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), un sindicato ácrata español. Tan ínfimo fue su aporte en el conflicto entre los republicanos y los sublevados que estos últimos, después de vencer, le permitieron beneficiarse de un acuerdo bélico entre la España franquista y la Alemania de Adolf Hitler para viajar al bastión nazi en calidad de mecánico naval, movida que le sirvió para escapar tanto del servicio militar como de su esposa. Asentado en Kiel, metrópoli portuaria, sería arrestado por criticar al gobierno germano en público y por ello pasó un tiempo en la cárcel aunque para 1943 ya había vuelto a la ciudad que lo vio nacer, Barcelona, donde cambiaría una y otra vez de nombre y abandonaría ya definitivamente a su mujer y vástagos en 1949. Durante la Dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y sobre todo en la Transición a la Democracia (1975-1982) afirmó, de hecho, militar de manera clandestina contra el régimen pero lo único que hizo fue sumarse de nuevo a la CNT a fines de la década del 70 y trepar rápidamente hacia cargos directivos, lo que quedó en la nada cuando el sindicato se divide y surge la Confederación General del Trabajo (CGT), a raíz de disputas internas en cuanto a ideología y estructura. Luego de su paso por algún que otro grupete de padres de alumnos gracias a una flamante familia, donde una vez más llega a la cúspide corporativa casi de inmediato por un entusiasmo y una verborragia que le abrían todas las puertas, Marco a continuación construiría su obra maestra del embuste cuando comenzó a aseverar que había sido prisionero en el Campo de Concentración de Flossenbürg frente a un nuevo auditorio, la alta burguesía universitaria de izquierda que buscaba algún ídolo de corte antifranquista.
Se supone que durante la lejana Transición nuestro fabulador tomó contacto con un dato histórico muy poco conocido entre los españoles, una fauna bastante patética que permitió la completa impunidad en democracia de todos los asesinos y torturadores del franquismo, hablamos de la existencia de los llamados “deportados” e “internados”, en suma militantes republicanos que a posteriori de la derrota en la Guerra Civil se exiliaron en Francia y que terminaron presos durante la ocupación nazi del país, los primeros enviados a campos de exterminio y los segundos confinados a cárceles de pesadilla con la abierta complicidad de una dictadura nacionalista y católica que todo lo convalidó. Marco a fines de los años 90 aprovechó una visita a Kiel para conocer Flossenbürg, ubicado en el sur de Alemania, y empezar a empaparse de la historia en general de los deportados con el objetivo de hacerse pasar por uno de ellos y sumarse a Amicale de Mauthausen, una asociación francesa con sedes en distintas naciones que recuerdan el horror de los campos de concentración y sobre todo del centro titular, Mauthausen-Gusen, emplazado en Austria y destino de la enorme mayoría de los prisioneros españoles antifascistas. El mitómano se hizo pasar no sólo por exiliado republicano en Francia, léase un maquis que combatió al franquismo, sino también por miembro de la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), por ello decía que la Gestapo lo detuvo en Marsella y lo trasladó a Flossenbürg, un relato que -de nuevo- le permitió transformarse en presidente de la filial española de Amicale de Mauthausen y dar muchas charlas en colegios, TV y entidades varias como sobreviviente del Holocausto, llegando incluso a recibir la principal distinción del gobierno catalán, la Cruz de San Jorge. Fue el historiador Benito Bermejo quien en 2005 descubriría la mentira y pondría en vergüenza a Marco difundiendo un informe en el que quedaba claro que el señor no fue un exiliado republicano y llegó a Alemania en el marco del “esfuerzo bélico” o solidaridad entre Hitler y Franco, como un mero trabajador voluntario, así las cosas jamás pidió perdón por toda su colección de patrañas y fue expulsado de Amicale de Mauthausen.
Gran blanco del escarnio mediático y eje de una novela de no ficción de Javier Cercas, El Impostor (2014), y de un documental de Santiago Fillol y Lucas Vermal que tampoco lo dejaba muy bien parado, Yo soy Enric Marco (Ich bin Enric Marco, 2009), el tremendo Enric obligó a otro par de realizadores, Jon Garaño y Aitor Arregi, a saltar del documental al docudrama y finalmente a la ficción hecha y derecha porque los otros dos proyectos se desarrollaron prácticamente en paralelo y les fueron mermando las posibilidades en cuanto al formato para no superponer retratos o repetirse, los tres basados en extensas entrevistas al propio loquito y sin saber de la existencia del otro. Marco (2024), efectivamente, es una biopic sobre el catalán que se beneficia de las conversaciones grabadas y no utilizadas de los directores con Enric antes de su fallecimiento a la edad de 101 años, material que sin duda se cuela en la honestidad, astucia y complejidad del personaje en pantalla, hoy por hoy interpretado de manera magistral por un Eduard Fernández muy bien maquillado que viene de otra aventura maravillosa basada en hechos reales, El 47 (2024), film de Marcel Barrena sobre Manolo Vital, un chofer de ómnibus que sería central en la extensión del transporte público de Barcelona hacia esa periferia marginal previa a la gentrificación. A diferencia de tanta ficción histórica que fuerza la trama o la tensión, aquí el catalizador del suspenso es verídico porque, de hecho, el engaño se descubre dos días antes de viajar a Mauthausen para un acto en el que acudiría el presidente español en funciones, José Luis Rodríguez Zapatero, que hace las veces de primer gesto del Estado Español en materia del reconocimiento de los deportados e internados, una catástrofe para un Marco cual farsante megalómano que daría el discurso de turno y que siempre estaba atravesado por la paradoja de fondo, en simultáneo deseando lucirse y difundir la causa en contra del silenciamiento y el negacionismo neofascista en Europa y más allá, tanto a nivel social como gubernamental en general. De todos modos el film cuenta con una impronta irónica y metadiscursiva como ilustran la claqueta del inicio y una leyenda autorreferencial/ reflexiva durante el desenlace.
La película por un lado vincula la mitomanía a una serie de factores, como por ejemplo la conciencia histórica, la necesidad de llamar la atención, la elocuencia, el placer que generan los relatos y en especial un carisma todo terreno que lo hacía trepar posiciones en cualquier institución, y por el otro lado asimismo construye un entorno interesante que apuntala al retratado, pensemos en el otro veterano de la seccional de Barcelona de la Asociación de Deportados del film, Pere (Fermí Reixach), un mal orador pero visceral en su compromiso y por ello una competencia tácita para el egocéntrico Enric, y en el silencio de la esposa del protagonista, Laura (Nathalie Poza), quien sabe que abandonó a una parentela previa y que falsificó un registro de detenidos de Flossenbürg, eventualmente haciéndose pasar por un tal Enric Moner, no obstante decide no decir nada para abrazar una aceptación muy humana que después se extiende a esa hija que pasa de la furia a la resignación, Aina (Júlia Molins), amén de algunas características adicionales del propio Marco como la costumbre de teñirse el bigote, símbolo del cuidado detrás de la mentira, o el hecho de viajar a Austria luego de ser despojado de la presidencia, signo de la esperanza en lo referido a retener los privilegios dentro de la comunidad de deportados a pesar de ya conocerse tamaña farsa. La propuesta de Garaño y Arregi supera por mucho a sus otras dos biopics, las sepulcrales o soporíferas La Trinchera Infinita (2019) y Handia (2017), y se mete con verdades dolorosas como la importancia de la apariencia en la sociedad cotidiana, la necesidad de no confundir a las víctimas con los héroes y la dificultad de identificar a estos últimos, los luchadores sociales con convicciones concretas, un panorama que problematiza la a priori elogiable militancia de un mitómano como Enric y subraya la memoria subjetivizada/ accesible/ masiva y la vigencia de estos “significantes vacíos” en un nuevo milenio amigo de las fabulaciones, el oscurantismo y la hipocresía. Con una genial música de sintetizadores de Aránzazu Calleja y una edición siempre dinámica de Maialen Sarasua Oliden, la epopeya le hace justicia a un periplo fascinante como muy pocas semblanzas similares de la actualidad lo han logrado…
Marco (España, 2024)
Dirección: Jon Garaño y Aitor Arregi. Guión: Jon Garaño, Aitor Arregi, Jorge Gil Munarriz y José Mari Goenaga. Elenco: Eduard Fernández, Fermí Reixach, Nathalie Poza, Júlia Molins, Chani Martín, Sonia Almarcha, Jordi Rico, Iñigo de la Iglesia, Vicente Vergara, Jochen Hägele. Producción: Xabier Berzosa, Ander Barinaga-Rementeria, Fernando Larrondo, Jaime Ortiz de Artiñano y Ander Sagardoy. Duración: 102 minutos.