Melvin y Howard (Melvin and Howard)

Los sueños frustrados y sus deudas

Por Emiliano Fernández

Para el cinéfilo en general la figura del realizador estadounidense Jonathan Demme (1944-2017) siempre estará asociada a El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), obra central en el cine mainstream posmoderno alrededor de -y en el fetiche global para con- los asesinos en serie, en esencia expandiendo significativamente lo hecho por Michael Mann en la poco recordada Cazador de Hombres (Manhunter, 1986), primera aparición cinematográfica de la creación de Thomas Harris, el Doctor Hannibal Lecter, no obstante la carrera del señor tuvo diversas etapas que saltaron entre la efervescencia de las comedias de Preston Sturges, la claustrofobia del acervo de Alfred Hitchcock y aquellos primeros planos hiper dramáticos de rostros de Stanley Kubrick, siendo lo más cerca a un sello autoral sus propuestas de fines de los años 70 y la década del 80 orientadas a las risas amargas, la parodia social y los estudios de personajes un tanto prosaicos, de una trivialidad cuasi lírica. Demme, quien con los años cosecharía admiradores de renombre como Luca Guadagnino, Alexander Payne, Brady Corbet, Wes Anderson y Paul Thomas Anderson, este último alabándolo incluso más que a su otra influencia crucial, Robert Altman, empezó su viaje en el séptimo arte con una etapa semi trash bajo el halo de Roger Corman, primero escribiendo y produciendo Ángeles de la Violencia (Angels Hard as They Come, 1971) y La Caja Caliente (The Hot Box, 1972), únicos dos trabajos del ignoto Joe Viola, la primera de motociclistas forajidos y la segunda de señoritas en un presidio de pesadilla, y después ya dirigiendo algunas secuencias de Vuélame (Fly Me, 1973) y Esposas Traviesas (Naughty Wives, 1973), un par de sexploitations acreditados respectivamente a Cirio H. Santiago y Wolf Rilla, combo que efectivamente lo llevaría a sentarse en la silla del realizador para una trilogía Clase B compuesta por la epopeya de ninfas en prisión Jaula Caliente (Caged Heat, 1974), la comedia criminal Tres Mujeres Peligrosas (Crazy Mama, 1975) y la odisea de acción Por mi Derecho (Fighting Mad, 1976), ahora con dinero de la 20th Century Fox.

 

Eventualmente a Demme le crece el ansia de independencia y por ello le suelta la mano a Corman y encara sus primeros intentos en el terreno de las comedias humanistas, Banda Ciudadana (Citizens Band aka Handle with Care, 1977), trabajo coral a lo Altman aunque bastante menor, y Melvin y Howard (Melvin and Howard, 1980), primer opus en verdad atractivo en el que se perciben sus rasgos futuros, dejando de lado aquel pastiche olvidable de la época homologado al suspenso hitchcockiano, El Abrazo de la Muerte (Last Embrace, 1979). Con la efusividad atolondrada del cine de los 80 aparece un ciclo de tragicomedias románticas inspiradas en la screwball comedy de la primera mitad del Siglo XX y por supuesto en el díptico previo, Banda Ciudadana y Melvin y Howard, hablamos de Chicas en Pie de Guerra (Swing Shift, 1984), Algo Salvaje (Something Wild, 1986) y Casada con la Mafia (Married to the Mob, 1988), amén de los dos mejores documentales del cineasta, Stop Making Sense (1984), célebre concert movie sobre Talking Heads, y Nadando hacia Camboya (Swimming to Cambodia, 1987), aquel registro de un monólogo de Spalding Gray centrado en el rodaje de Los Gritos del Silencio (The Killing Fields, 1984), recordado film de Roland Joffé en torno al Genocidio Camboyano perpetrado por los Jemeres Rojos entre 1975 y 1979. La fase hollywoodense pomposa o errática que vino a continuación, a raíz del generoso éxito de El Silencio de los Inocentes y Filadelfia (Philadelphia, 1993), courtroom drama hoy vetusto de derechos civiles en su versión inofensiva noventosa y gay friendly, con foco en la discriminación comunal por el VIH/ SIDA, abarcó Amada Hija (Beloved, 1998), bodrio que no se decidía entre el film de época, el terror sobrenatural y el melodrama más ramplón, y los desastrosos thrillers La Verdad sobre Charlie (The Truth About Charlie, 2002) y El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 2004), sendas remakes muy innecesarias de Charada (Charade, 1963), de Stanley Donen, y El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), joya de John Frankenheimer.

 

Sin duda el período menos interesante del director es el final, correspondiente a un intento fallido de regreso al buen nivel del indie humanista y tragicómico de los lejanos años 70 y 80, pensemos en sus opus ficcionales, El Casamiento de Raquel (Rachel Getting Married, 2008), Un Maestro Constructor (A Master Builder, 2013) y Ricki and the Flash: Entre la Fama y la Familia (Ricki and the Flash, 2015), la segunda basada en una de las últimas obras del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, El Maestro Constructor (Bygmester Solness, 1892), o en la nueva tanda de documentales -en esta ocasión, casi siempre intrascendentes- alrededor de gente variopinta como su primo, el ministro episcopal Robert W. Castle, el ex presidente estadounidense Jimmy Carter, la sobreviviente del Huracán Katrina del 2005 Carolyn Parker y los músicos Robyn Hitchcock, Justin Timberlake, Enzo Avitabile, Kenny Chesney y Neil Young, este último el protagonista de Heart of Gold (2006), otra concert movie que se ubica entre lo mejorcito de las postrimerías de la carrera de Demme junto con El Agrónomo (The Agronomist, 2003), documental acerca de Jean Léopold Dominique, un periodista haitiano y militante por los derechos humanos y la democracia en su país que se transformaría en mártir al ser asesinado en el año 2000. Ahora bien, Melvin y Howard no sólo es la primera gran obra de Demme, de hecho superando por mucho a la hoy olvidada Banda Ciudadana y a los simpáticos productos para Corman, sino también su comedia más redonda y entrañable en términos narrativos e ideológicos, en esencia una fábula sobre el caso real de Melvin Dummar (Paul Le Mat), un sujeto que afirmaba primero haber salvado en 1967 a Howard Hughes (Jason Robards), magnate al que encontró abandonado en una carretera que cruza todo el desierto de Nevada, la Ruta 95, y segundo haber recibido de un hombre misterioso un testamento manuscrito del millonario después de su muerte en 1976, documento que le dejaba una dieciseisava parte de la fortuna del finado, equivalente a unos 156 millones de dólares para Melvin, proletario endeudado y con una existencia inestable.

 

Apuntalado en un guión exquisito de Bo Goldman, un afamado libretista que por entonces estaba atravesando su etapa de oro como asimismo lo demuestran Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Milos Forman, La Rosa (The Rose, 1979), de Mark Rydell, y Donde hay Cenizas (Shoot the Moon, 1982), de Alan Parker, el curioso film es un retrato de lo ocurrido entre por un lado el encuentro del título, con Dummar deteniendo su camioneta en medio de la noche para orinar y descubriendo malherido y con mucho frío a Hughes luego de protagonizar un accidente con su motocicleta en el desierto, por ello lo lleva hacia uno de sus hoteles en Las Vegas, y por el otro lado la aparición del testamento, supuestamente escrito en 1968 y de hecho repartiendo la fortuna entre los Boy Scouts, los mormones, diversas universidades, los huérfanos de yanquilandia y un par de ex esposas que ya gozaban de una pensión alimenticia que les impedía reclamar todo patrimonio, Ella Rice y Jean Peters, planteo que nos deja con un gracioso desfile de sucesos que pintan la vida anodina de Melvin y sus problemas laborales y familiares, comenzando con su esposa, Lynda (Mary Steenburgen), quien se marcha junto a la hija de ambos, la pequeña Darcy (Elizabeth Cheshire), siguiendo a un amante desconocido que luego la abandona. La mujer pronto le devuelve la mocosa a Dummar porque no puede mantenerla y empieza a trabajar en un strip club mientras él se desempeñaba en una planta empacadora de magnesio, sin embargo descubre que está embarazada y después de divorciarse acepta casarse de nuevo con un Melvin que muta en repartidor de leche y padre de un nene, Farron. Lynda participa bailando tap en un show televisivo, Easy Street, y gana sillones, un piano y diez mil dólares que utiliza para comprar una casa en una nueva urbanización, no obstante Dummar provoca otro divorcio cuando adquiere un Cadillac y un barco sin consultarle. Casado en segundas nupcias con una empleada contable de la lechería, Bonnie (Pamela Reed), el varón se muda a una estación de servicio y allí recibe el testamento de un sujeto de negro (Charles Napier).

 

Melvin y Howard anticipó un formato narrativo que explotaría durante el Siglo XXI, el de las biopics sobre personajes colaterales/ accesorios/ secundarios dentro de una historia que a priori parece la principal o quizás simplemente más grande, en este caso el periplo del lunático de Hughes o la misma batalla legal alrededor del testamento, pedazo de papel que Dummar dejaría subrepticiamente en la sede de los mormones en Utah, léase el gigantesco edificio en Salt Lake City de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y que sería declarado una falsificación en 1978 por un jurado de Las Vegas, sentencia un tanto peculiar porque la eventual decisión de no acusar de nada a Melvin y Bonnie supone que todos le creyeron la extraña historia del encuentro con el millonario y la aparición del testamento apócrifo, lo que desde ya no anula el hecho de que el papelito era una gran farsa cortesía de un tercero que jamás fue identificado. Demme obtiene excelentes actuaciones de parte de Le Mat, Robards y una Steenburgen prodigiosa que se había casado hacía poco con Malcolm McDowell, los tres unificando en pantalla la ingenuidad popular, sus anhelos frustrados y la colección de deudas bobas de esa América Profunda que vive hipotecando su futuro, y aquí prefigura muchas de sus características por venir, en especial la presencia de personajes marginales, un tono naturalista, una narración imprevisible y veloz, esa hiper realidad grotesca y seudo documental del Nuevo Hollywood, cierto dejo caricaturesco y una estructura de viñetas centradas en las minucias del romance. Con un uso concienzudo para el striptease y el tap de (I Can’t Get No) Satisfaction (1965), de The Rolling Stones, símbolo de la angustia familiar acumulada, y un trasfondo satírico agridulce que pinta un “sueño americano” ya con pulmotor, agonizando y desesperado por subsistir, la película a lo lejos funciona como un retrato humanista y dickensiano de un país aún con industria propia y abrazado a la utopía del progreso capitalista, esquema que se derrumbaría gracias al ascenso del neoliberalismo hambreador, represivo y especulador durante estos 70 y 80…

 

Melvin y Howard (Melvin and Howard, Estados Unidos, 1980)

Dirección: Jonathan Demme. Guión: Bo Goldman. Elenco: Paul Le Mat, Jason Robards, Mary Steenburgen, Pamela Reed, Charles Napier, Elizabeth Cheshire, Michael J. Pollard, Jack Kehoe, Rick Lenz, Dabney Coleman. Producción: Art Linson y Don Phillips. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10