Superman (2025), de James Gunn, cae infinitamente por debajo de Superman (1978), de Richard Donner, y Superman II (1981), de Donner más Richard Lester, también está muy lejos de Superman III (1983), de Lester, Superman Regresa (Superman Returns, 2006), de Bryan Singer, y El Hombre de Acero (Man of Steel, 2013), de Zack Snyder, y sinceramente bordea el nivel de bodrios de antaño en línea con Supergirl (1984), de Jeannot Szwarc, y Superman IV: En Busca de la Paz (Superman IV: The Quest for Peace, 1987), de Sidney J. Furie, más mamarrachos recientes como Batman v Superman: El Origen de la Justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, 2016) y Liga de la Justicia (Justice League, 2017), ambas asimismo de un Snyder que en 2021 entregó un “director’s cut” de esta última faena equivalente a un somnífero de cuatro horas. Ya nada queda del Gunn que dirigió Slither (2006) y que escribió Tromeo y Julieta (Tromeo and Juliet, 1996), de Lloyd Kaufman, y la sobrevalorada El Amanecer de los Muertos (Dawn of the Dead, 2004), del primer Snyder, porque la obsesión con las franquicias de superhéroes domina su agenda, vertiente que abrazó en ocasión de las mediocres Los Especiales (The Specials, 2000), de Craig Mazin, y Súper (2010), a cargo del propio Gunn, y llevó al extremo del excremento hollywoodense para analfabetos culturales o votantes de Donald Trump y Javier Milei en Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014), Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (Guardians of the Galaxy Vol. 2, 2017), El Escuadrón Suicida (The Suicide Squad, 2021), Guardianes de la Galaxia Vol. 3 (Guardians of the Galaxy Vol. 3, 2023) y esta Superman. Precisamente, obras accesorias que supo escribir y/ o producir para terceros resultan más disfrutables que sus proyectos de cabecera, pensemos en El Experimento Belko (The Belko Experiment, 2016), de Greg McLean, y Brightburn: Hijo de la Oscuridad (Brightburn, 2019), opus de David Yarovesky que incluso ofrecía una lectura desde el terror -despareja aunque afable- del huérfano que llegó de Krypton cual exiliado que improvisa de a poco su idiosincrasia.
Resulta atractivo que todo empiece en una falsa situación de “in medias res” pero pronto queda claro que el asunto se reducirá a la fórmula de siempre de Gunn para oligofrénicos, nos referimos a comicidad bien idiota, nostalgia, pavadas sentimentaloides, cinismo, poses soberbias, instantes cíclicos sin sentido y una catarata de CGI grasiento para las batallas, los monstruos y los compinches del héroe como su perro Krypto y los androides de su hogar en la Antártida, la Fortaleza de la Soledad, amén de un protagonista en la piel del insustancial David Corenswet que nuevamente termina opacado por el villano más utilizado, ese Lex Luthor del inglés Nicholas Hoult, mientras una multitud de personajes secundarios sabotean un relato demasiado torpe cuya única función es abrir una flamante saga que nadie pidió, el Universo DC (DC Universe), y que resulta hiper redundante con respecto a las acepciones anteriores de historietas de la misma compañía más la chatarra de una Marvel que ahora se pretende en gran medida emular en su bobería ad infinitum. El caótico guión del realizador nos propone un regreso a los estereotipos del cine posmoderno de superhéroes, como la inmigración, la memoria comunal, los conflictos diplomáticos, el humanismo de cotillón, la percepción caprichosa popular, un liderazgo de índole castrense y una vulnerabilidad aquí fetichizada en exceso, y da por sentado que todos saben que Kal-El, el nombre de cuna del amante de las calzas y las capas, fue enviado a la Tierra antes de la destrucción de Krypton por sus padres, Jor-El (Bradley Cooper) y Lara Lor-Van (Angela Sarafyan), para garantizar su supervivencia como uno de los diversos metahumanos con superpoderes, así se convirtió en Superman y comenzó a trabajar de reportero en el periódico Daily Planet de Metrópolis bajo la máscara de Clark Kent y junto a su amigo fotógrafo Jimmy Olsen (Skyler Gisondo) y su novia cronista Luisa Lane (Rachel Brosnahan), esta última conociendo su “identidad secreta” al igual que los miembros de la Pandilla de la Justicia, esos metahumanos Linterna Verde (Nathan Fillion), Mister Terrific (Edi Gathegi) y la Chica Halcón (Isabela Merced).
El grueso del relato se concentra en los esfuerzos un tanto fanáticos o quizás homoeróticos de Luthor, en pantalla un oligarca de la tecnología símil Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Elon Musk, Jeff Bezos, Sundar Pichai, Tim Cook o Shou Zi Chew, en pos de matar a Superman mediante su arsenal de fake news, trolls de redes sociales y un tal Martillo de Boravia, el cual en realidad es Ultraman disfrazado (Corenswet), un clon del protagonista creado por el tremendo Lex para eliminarlo por envidia y sobre todo porque nuestro alienígena pretende impedir la invasión por parte de Boravia, un aliado ficticio de Estados Unidos que se parece a Israel, sobre una nación paupérrima y vecina bautizada Jarhanpur, territorio precisamente poblado por menesterosos y hambrientos en línea con los palestinos de la Franja de Gaza y en la trama una zona destinada a ser repartida entre el dictador/ presidente de Boravia, Vasil Ghurkos (Zlatko Burić), y el propio Luthor, planes que salen a la luz porque la ex novia de Olsen y actual pareja de Lex, Eva Teschmacher (Sara Sampaio), le envía a Jimmy una serie de selfies con pruebas al respecto. Mientras el villano logra el apoyo del gobierno yanqui y domina a Superman gracias a Metamorfo (Anthony Carrigan), engendro que se convierte en kriptonita, suerte de veneno para los kriptonianos, el extraterrestre de traje celeste debe hacer frente al desprestigio popular una vez que Luthor hace público un video de despedida de sus padres en el que instan a su vástago a conquistar la Tierra y tomar todas las esposas que sean necesarias para restaurar el pueblo de Krypton, sin olvidarnos de otra compinche de los malos, una metahumana experta en nanotecnología y conocida como La Ingeniera (María Gabriela de Faría), y de un “universo de bolsillo” en el que Lex tiene encarcelados a sus enemigos y desde el cual genera un agujero negro que desgarra la ciudad de Metrópolis en simultáneo a la mentada invasión de Boravia sobre Jarhanpur. Desde el vamos provoca vergüenza ajena la decisión de Gunn de recuperar los motivos musicales de John Williams para el opus original de 1978, como si su trabajo estuviese a la altura de la cita en cuestión.
Sin duda el film se percibe totalmente anárquico y estéril a escala narrativa, saltando de una subtrama irrelevante a la siguiente sin paciencia alguna y sin molestarse en construir un marco unificador sensato, una mínima naturalidad o algo de desarrollo de personajes que no implique un nuevo caudal de clichés y frasecitas hechas, incluso se podría aseverar que por momentos Superman termina perdido en su propia película debido al enorme volumen de criaturas, relatos paralelos y escenas delirantes acumuladas, todo un combo que para colmo se mueve en un live action de por sí mentiroso porque está lleno de animación infantiloide para palurdos inmaduros del montón, esos que son legión entre el público del Siglo XXI orgulloso de su ignorancia o antiintelectualismo. El diseño general de colores histéricos, la edición casi siempre frenética y el perfil autoparódico del mismo protagonista no ayudan a la legitimación artística, al igual que la sobreutilización dramática de los superpoderes (el protagonista ya no es especial ni tampoco semi divino) y el nulo aprovechamiento de las alegorías bélicas y políticas (la invasión del relato puede remitir a Gaza o quizás a la Guerra entre Ucrania y Rusia pero la propuesta en su conjunto lo deja todo en el tintero por carecer de la valentía y la sabiduría para profundizar en algún discurso adulto). Se agradece cierta idea esquemática de pegarle a los trolls de extrema derecha del nuevo milenio, retrasados mentales que no saben mear y cagar sin ensuciarse las dos manos con una colección de sus propios fluidos y en pantalla apareciendo a través del ejército de esos monos lobotomizados del universo de bolsillo de Luthor que manifiestan su hilarante “indignación” on line las 24 horas del día y los siete días de la semana, sin embargo la odisea está repleta de secuencias, personajes y diálogos forzados que encima han sido extraídos de El Escuadrón Suicida y los tres desastres embadurnados con el rótulo de Guardianes de la Galaxia, panorama que genera la permanente sensación de que este tanque se desespera por sonar gracioso y pícaro desde el fariseísmo, la majadería y la arrogancia hollywoodense más impresentable o necia.
La nueva versión de Superman/ Clark Kent se la pasa lloriqueando, lastimado, deprimido, superado por las circunstancias o solicitando a los gritos la ayuda de otros, desde el perrito Krypton, los androides de la Fortaleza de la Soledad y sus amigos humanos Olsen y Lane hasta el colega eventual Metamorfo y sus compinches de la Pandilla de la Justicia símil prólogo de la futura -y más famosa- Liga de la Justicia, en este sentido no sólo se llega de manera muy trasnochada a la “humanización” de los superhéroes, cuando ya llevamos tres largas décadas de eso mismo, sino que además se abusa de un Kal-El que no logra valerse por sí mismo sin ponerse en ridículo frente a sus otrora fieles, los mortales de la Tierra, y mejor ni hablar de la patética introducción en las postrimerías del metraje de la prima de Kent, Kara Zor-El alias Supergirl (Milly Alcock), una borracha fatua que pasa a recoger al cuadrúpedo superpoderoso, aparentemente su mascota, y que a su vez será el eje de una próxima epopeya a cargo de Craig Gillespie con un estreno pautado para el año siguiente, Supergirl (2026). Los únicos factores potables radican en el cameo del grotesco y querido Burić, actor célebre por El Triángulo de la Tristeza (Triangle of Sadness, 2022), de Ruben Östlund, y por sus colaboraciones con Nicolas Winding Refn en Bleeder (1999), la serie Copenhagen Cowboy (2023) y la trilogía cinematográfica que comenzó con Pusher (1996), y en la utilización durante la escena de créditos finales de Punkrocker, himno de la banda sueca Teddybears que cuenta con la voz de Iggy Pop y fue a parar al álbum Soft Machine (2006) en su condición de autocover. La pompa visual símil videojuego -demasiadas tomas con la cámara girando en 360 grados a lo Michael Ballhaus- y la basura tecnófila en general de la historia que se nos pretende vender no compensan, al contrario de los anhelos de este blockbuster de Warner Bros., el tono narrativo subnormal, la indiferencia que despierta la faena, su falta de empatía hacia todos los personajes y especialmente tanta incapacidad a la hora de crear un relato popular ameno, algo común y corriente sin las decenas de subtramas atolondradas que aquí saturan de modo constante a los espectadores. Esta relectura modelo 2025 de Superman resulta una experiencia de lo más absurda e inoperante y nos acerca a la peor película del año, al extremo de que honestamente parece llevar consigo la radiación mortal de la kriptonita más verdosa y cristalina en lo que respecta al espíritu del personaje concebido en 1938 por Jerry Siegel y Joe Shuster, quienes muy lejos estaban de la montaña de cinismo pasatista/ descartable del director y sus secuaces de este mainstream de nuestro tiempo, amante de la artificialidad de segunda, tercera, cuarta, quinta o sexagésima mano…
Superman (Estados Unidos/ Canadá/ Australia/ Nueva Zelanda, 2025)
Dirección y Guión: James Gunn. Elenco: David Corenswet, Nicholas Hoult, Rachel Brosnahan, Edi Gathegi, Anthony Carrigan, Nathan Fillion, Isabela Merced, Skyler Gisondo, Zlatko Burić, Sara Sampaio. Producción: James Gunn y Peter Safran. Duración: 129 minutos.