She Rides Shotgun

Paternidad en fuga

Por Emiliano Fernández

La carrera del actor galés Taron Egerton es tan corta como vertiginosa ya que en apenas una década se las arregló para experimentar todos los ascensos y descensos típicos del ambiente audiovisual hiper inestable del Siglo XXI, en el que nadie tiene la bola de cristal para presagiar el éxito y sinceramente los encargos atractivos no abundan ni mucho menos. El susodicho se hizo conocido con un par de bodrios, Testament of Youth (2014), de James Kent, y Kingsman: The Secret Service (2014), tanque de Matthew Vaughn, y luego amplió su registro con una seguidilla de trabajos desparejos, sobre todo Legend (2015), de Brian Helgeland, Watership Down (2018), miniserie animada de Tom Bidwell y Noam Murro para Netflix, y sus dos colaboraciones con el realizador Dexter Fletcher, Eddie the Eagle (2015) y Rocketman (2019), esta última una biopic acerca de Elton John, sin embargo a posteriori entró en una evidente decadencia de la mano de desastres como Kingsman: The Golden Circle (2017), otra vez de Vaughn, Billionaire Boys Club (2018), de James Cox, y Robin Hood (2018), de Otto Bathurst, amén de su aporte secundario para un díptico del mainstream más intrascendente de Garth Jennings y Christophe Lourdelet, Sing (2016) y Sing 2 (2021). Cuando todo parecía perdido, en parte debido a malas decisiones y en parte por la mediocridad de la industria cultural de hoy en día, el muchacho empezó a levantar cabeza de nuevo gracias a un par de series creadas por Dennis Lehane para Apple TV+, Black Bird (2022) y Smoke (2025), por cierto la primera, de índole carcelaria, mucho mejor que la segunda, sobre un par de pirómanos y los esbirros de la ley que desean capturarlos.

 

Ahora bien, la ambición de Egerton está en gran medida volcada a la pata cinematográfica de su trayectoria y por ello mismo en paralelo a las propuestas televisivas recientemente se ha consagrado a una ristra de películas que asimismo demostraron su influjo camaleónico, Tetris (2023), joya de Jon S. Baird alrededor de las batallas legales por el juego de 1985 de Alexey Pajitnov, Carry-On (2024), thriller de acción tontuelo aunque simpático del catalán Jaume Collet-Serra, y She Rides Shotgun (2025), obra minúscula y muy interesante de Nick Rowland que en esencia funciona como un bildungsroman o epopeya de aprendizaje por partida doble, centrada en un padre y su hija, más una retahíla de pinceladas de neo film noir, cine de acción ochentoso e incluso drama indie de supervivencia símil road movie de la década del 70, siempre coqueteando con el acervo artístico de Michael Mann, Tony Scott y sobre todo Clint Eastwood. El film puede estar basado en la novela homónima de 2017 de Jordan Harper pero en términos estrictamente cinematográficos reenvía a otros neoclásicos de la maternidad/ paternidad delictiva como Gloria (1980), de John Cassavetes, A Perfect World (1993), precisamente del tremendo Eastwood, y Léon (1994), de Luc Besson, un planteo que incluye chispazos del Síndrome de Estocolmo, otro tópico muy explorado por el séptimo arte en una gama que va desde Dog Day Afternoon (1975), de Sidney Lumet, y Patty Hearst (1988), de Paul Schrader, hasta Berlin Syndrome (2017), de Cate Shortland, Stockholm (2018), de Robert Budreau, y The Passenger (2023), de Carter Smith, entre otros films sobre el vínculo entre secuestrador y secuestrado y el posible “cariño” freak del caso.

 

El guión del director, Harper y el dúo de Ben Collins y Luke Piotrowski, aquellos de Super Dark Times (2017), de Kevin Phillips, y un par de trabajos de David Bruckner, The Night House (2020) y Hellraiser (2022), comienza con el secuestro de la pequeña Polly (Ana Sophia Heger, toda una revelación) por parte de su progenitor, Nate McClusky (Egerton), el cual no conoce a la mocosa, acaba de salir de prisión y arrastra una sentencia de muerte por pretender abandonar un sindicato estadounidense del narcotráfico encabezado por un sheriff con desvaríos de autodivinización y credo de supremacista blanco, Houser (John Carroll Lynch), quien para colmo ordena matar a toda la familia de McClusky y por ello la policía corrupta de siempre le endilga al ex reo el asesinato de la madre de la nena y de su actual pareja. En un primer momento terminan en un hotel pero la chica denuncia a su padre por teléfono cuando se entera por la televisión del doble homicidio, no obstante Nate logra convencerla de su inocencia y marchan hacia el hogar de una tal Charlotte (Odessa A’zion), enclave del cual también deben fugarse porque aparece un matón que es neutralizado por el protagonista, Félix (Travis Hammer). Después de un asalto a una estación de servicio que deriva en un tiroteo y una persecución policial por el yanqui fascista infaltable con armas, McClusky revienta a un uniformado que pretendía asesinar a su vástago y eventualmente opta por hacer un trato con un detective de origen asiático que está obsesionado con aguarle la fiesta a Houser, John Park (Rob Yang), el cual a su vez se enfrenta a un compañero que se encuentra en la nómina de sobornos del mandamás de las drogas, Jimmy (David Lyons).

 

Rowland en She Rides Shotgun, su segundo largometraje después de cortos y encargos para TV, expande y pule el núcleo temático de su ópera prima, Calm with Horses (2019), trabajo también muy áspero sobre un ex boxeador, Douglas “Arm” Armstrong (Cosmo Jarvis), que trabajaba de gorila/ guardaespaldas de una familia de narcotraficantes en Irlanda, tenía un hijo autista de corta edad, Jack (Kiljan Tyr Moroney), y se le asignaba la tarea de asesinar a un violador dentro del mismo clan, en este sentido ahora regresa aquella intersección entre crimen, trauma y una paternidad bajo el estigma de la marginalidad de nunca acabar, algo que abarca tanto la sociedad en su conjunto como el círculo íntimo claustrofóbico, léase la parentela, el vecindario y el mundillo “laboral” más próximo. A pesar de las generosas dos horas de metraje y el evidente catálogo de lugares comunes del policial negro y las faenas de acción de las décadas del 80 y 90, el realizador garantiza un ritmo narrativo paciente que no aburre en ningún momento por lo meticuloso del desarrollo, los personajes interesantes, la perspectiva tácita humanista y en especial las excelentes actuaciones de todo el elenco, desde el tenebroso Lynch y un flemático Yang hasta esa dupla de Heger y Egerton, cuya química sorprende y además sirve para presentar a la nena, aquí entregando su segundo trabajo luego de Things Heard & Seen (2021), de Robert Pulcini y Shari Springer Berman. Si bien a veces peca de sentimentaloide y/ o demasiado minimalista, la película ofrece una experiencia sensata que no romantiza a la niñez y retrata al capitalismo como un entramado mafioso que adora la servidumbre, las venganzas, la corrupción y las mentiras delirantes…

 

She Rides Shotgun (Estados Unidos, 2025)

Dirección: Nick Rowland. Guión: Nick Rowland, Jordan Harper, Ben Collins y Luke Piotrowski. Elenco: Taron Egerton, Ana Sophia Heger, Rob Yang, John Carroll Lynch, Odessa A’zion, David Lyons, Travis Hammer, Rebecca Hill Casey, Matt Roszak, Keith Jardine. Producción: Brad Weston, Hiro Murai, Nate Matteson y Collin Creighton. Duración: 120 minutos.

Puntaje: 7