La Hora de la Desaparición (Weapons)

Un pueblo catatónico

Por Emiliano Fernández

El estadounidense Zach Cregger empezó su carrera como actor y luego saltó a la dirección de la mano de dos comedias muy mediocres que se enrolan en la producción artística de aquella troupe alrededor de Los Chicos más Blancos que Conozcas (The Whitest Kids U’ Know, 2007-2011), un programa de sketchs emitido por Fuse e IFC, nos referimos a Miss Marzo (Miss March, 2009) y La Guerra Civil contra las Drogas (The Civil War on Drugs, 2011), ambas firmadas por el susodicho y Trevor Moore, este último fallecido en 2021 a sus 41 años de edad a posteriori de caerse alcoholizado accidentalmente del balcón de su hogar en Los Ángeles. Cregger en algún momento se dio cuenta -tuvo toda una década de semi desempleo para ello- de que las risas ya no tienen la masividad de antaño y por ello se pasó al género con la mejor ecuación de popularidad y presupuestos ínfimos, el terror, de allí que probase suerte con Bárbaro (Barbarian, 2022), faena relativamente independiente que sufrió distintos percances en producción y distribución y que llegaría a recaudar diez veces lo que costó, un éxito que transformó de la noche a la mañana al amigo Zach en una de las voces a tener en cuenta en el horror. En realidad el flamante poder ganado por el realizador, quien además produciría Compañera Perfecta (Companion, 2025), disfrutable ópera prima de Drew Hancock, surgió de un malentendido porque el señor jamás abandonó del todo su apego al humor y prueba de ello es la estructura esquizofrénica de Bárbaro, caracterizada por una primera mitad cercana al thriller, entre el suspenso de invasión de hogar y la paranoia posmoderna para con los servicios de alojamiento entre particulares símil Airbnb, y una segunda parte que se abría hacia la comedia negra, la sátira social y el absurdo a toda pompa, sobre todo en un final frustrante que caía en ciertas chiquilinadas adeptas a borrar con el codo lo que se había escrito con la mano de la seriedad, una jugada que resultó polémica aunque ayudó de inmediato a la difusión del film vía “boca a boca”, como ocurría con las experiencias cinematográficas de antaño sin el soporte publicitario.

 

Desde ya que las expectativas estaban muy altas por la segunda incursión de Cregger en su acepción deforme del terror y en ello siempre interviene el morbo o dilema paradójico de confirmar el talento o denunciar al cineasta como un “one-hit wonder” cuya única obra valiosa sería la anterior. La Hora de la Desaparición (Weapons, 2025), por suerte, despeja toda duda en lo que atañe a la singular destreza del director y guionista para edificar relatos ambiciosos que sorprenden al espectador por sus giros bizarros y personajes que parecen ser una cosa pero terminan siendo otra, ahora retomando muchos elementos de Bárbaro aunque puliendo el asunto para en un primer instante confundir al público con una aparente odisea de mocosos sobrenaturales basada en el tabú social del secuestro de niños, más cerca de la fantasía de El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla, que de la brutalidad de la eugenesia tácita de El Hombre de las Sombras (The Tall Man, 2012), de Pascal Laugier. Entre citas a Willow (1988), de Ron Howard, y Mad Max: Furia en el Camino (Mad Max: Fury Road, 2015), de George Miller, aquí nos topamos con una trama coral narrada por una locutora infantil ignota cual cuento de hadas (Scarlett Sher) y cargada de sucesivos capítulos titulados como sus seis protagonistas, Justine, Archer, Paul, James, Marcus y Alex: a las 2:17 de la noche 17 niños del pueblo de Maybrook se levantan de sus camas y marchan corriendo hacia un destino desconocido, con sus brazos extendidos apuntando hacia el suelo, grupo de mocosos que pertenecen al curso de Justine Gandy (la siempre eficaz Julia Garner), quien es demonizada por la comunidad y apartada de su cargo por el director de la escuela, Marcus Miller (Benedict Wong), mientras uno de los padres investiga el enigma, Archer Graff (Josh Brolin), y la docente espía a su único alumno no desaparecido, Alex Lilly (Cary Christopher), e inicia un affaire con un ex novio, el policía casado Paul Morgan (Alden Ehrenreich), a su vez obsesionado con un drogadicto y ladrón, James (Austin Abrams), desde que se pinchase con una jeringuilla en un cacheo de rutina.

 

La primera mitad, luego de un excelente prólogo musicalizado con Beware of Darkness (1970), de George Harrison, trabaja bien la tensión entre la docente alcohólica, los padres, el directivo del colegio primario y la policía inoperante de Maybrook gracias a un misterio en verdad cautivador y diversos detalles surrealistas/ oníricos a lo Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), de Wes Craven, que tienen que ver con la introducción a cuentagotas de la villana de la faena, Gladys Lilly (Amy Madigan), de hecho la tía de Alex, una enferma terminal de cáncer y una hechicera experta en magia negra que controla a sus semejantes mediante rituales sustentados en cabellos de sus víctimas, sangre, una campanita y unas ramas de un árbol tenebroso modelo bonsái. Más que un andamiaje símil Rashômon (1950), de Akira Kurosawa, a partir de diferentes personajes narrándonos los mismos hechos, lo que tenemos es una complementación en mosaico mediante ópticas que encajan entre sí como un rompecabezas destinado a armarse de a poco, marco que ya estaba presente en Bárbaro al igual que el gusto por las secuencias dialogadas largas del inicio, el salto de personaje en personaje, cierto sustrato entre grotesco, autoparódico y críptico y finalmente la sutil utilización del campo de lo “no dicho” para que el espectador saque solito sus propias conclusiones o polemice, amén de otro desenlace de gore kitsch aunque ahora mucho más coherente en función del desarrollo previo y una insólita vuelta de tuerca en materia de la condición de víctimas de los purretes, en los segundos finales volviéndose contra su titiritera a pura furia como si el film fuese un exploitation tardío de ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, la más prosaica En el Abismo (Over the Edge, 1979), de Jonathan Kaplan, o la andanada de productos derivados de las décadas posteriores como Los Niños del Maíz (Children of the Corn, 1984), de Fritz Kiersch, Ellos (Ils, 2006), de David Moreau y Xavier Palud, Eden Lake (2008), de James Watkins, o Los Inocentes (De Uskyldige, 2021), de Eskil Vogt, entre otras obras parecidas.

 

Resulta evidente que La Hora de la Desaparición pretende homologarse a una metáfora tanto de las masacres en establecimientos educativos, producto de la proliferación de armas y la violencia omnipresente en las sociedades del nuevo milenio, como de la manipulación de los adultos sobre los niños/ adolescentes y la capacidad de daño de estos últimos cuando se lo proponen, casi como una venganza contra un ecosistema adulto que en el Siglo XXI suele pasar histéricamente de fetichizarlos, en esencia sobreactuando la crianza o todos los cuidados del caso, a ningunearlos por completo, en especial a través del ardid de entregarles celulares, computadoras o televisores para que se vuelvan adictos a la banalidad de las pantallas y dejen de molestar, sin olvidarnos de ese costado esperpéntico de la infancia que aparece en el último acto y claramente responde a la tradición de El Monstruo Está Vivo (It’s Alive, 1974), de Larry Cohen, La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977), de Donald Cammell, y Cromosoma Tres (The Brood, 1979), del gran David Cronenberg, todas a su vez inspiradas en El Pueblo de los Malditos pero también en La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), de Mervyn LeRoy, Los Inocentes (The Innocents, 1961), de Jack Clayton, y El Otro (The Other, 1972), de Robert Mulligan. La propuesta, que incluye cameos de Sara Paxton, nada menos que la esposa de Zach, y Justin Long, quien encarnase al actor egoísta acusado de violación en Bárbaro, AJ, no es perfecta porque lamentablemente resulta demasiado extensa, no aprovecha del todo al parásito de la juventud de la sublime Madigan, intérprete de 74 años que tuvo su período de oro durante la década del 80, y efectivamente cuenta con un desenlace un tanto cobardón o pueril que -como en el caso del convite previo- prefiere el chiste fácil, ahora la anciana sin pelo destrozada por sus monigotes de corta edad, en lugar del gesto de profundizar en el planteo ideológico de fondo, acerca de la enorme influencia del individualismo y nuestras instituciones atrofiadas en las nuevas generaciones, o simplemente construir una secuencia pirotécnica de suspenso o acción a la altura de la angustia acumulada hasta dicho punto. El mejor segmento, curiosamente, no está protagonizado por estos burgueses intercambiables que representan la “normalidad” en yanquilandia según la mirada del mainstream sino por un heroinómano y homeless, James, el único lo suficientemente valiente -o desesperado, vale decirlo- para llevar cada una de sus decisiones hasta las últimas consecuencias, acecho insistente de la ley de por medio que se suma a la necesidad de robar para conseguir más dinerillo y más drogas. Quizás lo más interesante del lote sea el ciclo de “posesiones” de la historia digno de un pueblo catatónico de padres e hijos que son convertidos en armas ya que siguen los designios inmateriales que llegan desde las cúpulas del poder, propios de la hegemonía mediante la cultura y la comunicación, como si hablásemos de lobotomizados por el capitalismo o la nueva derecha que terminan votando a fascistas en línea con Donald Trump, Javier Milei o cualquier otro payaso del emporio neoliberal y tilingo del presente…

 

La Hora de la Desaparición (Weapons, Estados Unidos, 2025)

Dirección y Guión: Zach Cregger. Elenco: Julia Garner, Alden Ehrenreich, Cary Christopher, Josh Brolin, Austin Abrams, Benedict Wong, Amy Madigan, Scarlett Sher, Sara Paxton, Justin Long. Producción: Zach Cregger, Roy Lee, J.D. Lifshitz, Raphael Margules y Miri Yoon. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 8