Rush: Un Viaje al Infierno (Rush)

Los trabajos limpios no existen

Por Emiliano Fernández

Hoy pocos recuerdan que la obra pionera de ese cine stoner adepto a la marihuana y los estupefacientes en general, Locura por el Porro (Reefer Madness, 1936), delirio dirigido por Louis J. Gasnier y financiado por un grupo de cristianos payasescos que pretendían alertar a la juventud sobre el cannabis, antes de caer en la autoparodia involuntaria durante la década del 70, cortesía de una reedición del productor y distribuidor Dwain Esper para adaptarla al circuito exploitation, fue una de las primeras películas de “advertencia moral” de la historia del séptimo arte con eje en la promiscuidad, la delincuencia y especialmente las drogas y el alcohol, rubro que Hollywood popularizaría a posteriori a través de dos fases, aquella primera conformada por Días sin Huella (The Lost Weekend, 1945), de Billy Wilder, El Hombre del Brazo de Oro (The Man with the Golden Arm, 1955), opus de Otto Preminger, y Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962), de Blake Edwards, y una segunda compuesta por El Valle de las Muñecas (Valley of the Dolls, 1967), de Mark Robson, More (1969), de Barbet Schroeder, Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), de Jerry Schatzberg, El Ocaso de una Estrella (Lady Sings the Blues, 1972), de Sidney J. Furie, Pregúntale a Alicia (Go Ask Alice, 1973), telefilm muy osado de John Korty, y La Rosa (The Rose, 1979), de Mark Rydell, entre otras propuestas semejantes que antecedieron al verdadero boom del rubro correspondiente a los años 80 y 90, cuando en Estados Unidos el conservadurismo repugnante de Ronald Reagan ensayó aquella Guerra contra las Drogas (War on Drugs), un embate represivo sobre todo contra los adictos sin modificar en nada la corrupción institucional que posibilita el narcotráfico, y una enorme campaña publicitaria centrada en el eslogan “Sólo di no” (Just Say No), responsabilidad de la esposa del presidente en funciones, Nancy Reagan, para intentar en vano contrarrestar el auge de los cárteles colombianos y mexicanos y las epidemias de heroína y de cocaína más crack después, todo un flagelo en los centros urbanos a lo largo y ancho de yanquilandia hasta que las metanfetaminas reemplazaron en el nuevo milenio a las sustancias del pasado.

 

Es precisamente durante las postrimerías del Siglo XX cuando el rubro de las fábulas de pánico colectivo llega a nuevos extremos de la mano de dos nuevas fases que ampliaron el arsenal de recursos del espanto, primero el ciclo ochentoso caracterizado por la rusticidad de convites como Christiane F. (Christiane F.: Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), de Uli Edel, Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984), de John Huston, Sid & Nancy (1986), de Alex Cox, Menos que Cero (Less Than Zero, 1987), de Marek Kanievska, La Tensión (The Boost, 1988), de Harold Becker, Bird (1988), del gran Clint Eastwood, El Coraje de Volver (Clean and Sober, 1988), de Glenn Gordon Caron, y Drogas, Amor y Muerte (Drugstore Cowboy, 1989), de Gus Van Sant, y luego aquella vertiente más pasteurizada, meditabunda o videoclipera que llegaría a su cenit en los 90 vía Rush: Un Viaje al Infierno (Rush, 1991), de Lili Fini Zanuck, Cuando un Hombre Ama a una Mujer (When a Man Loves a Woman, 1994), de Luis Mandoki, Adiós a Las Vegas (Leaving Las Vegas, 1995), de Mike Figgis, Diario de un Rebelde (The Basketball Diaries, 1995), film de Scott Kalvert, Trainspotting (1996), de Danny Boyle, Gia (1998), opus para HBO de Michael Cristofer, y Réquiem para un Sueño (Requiem for a Dream, 2000), de Darren Aronofsky, amén de sátiras del asuntillo -u odiseas en favor de las drogas- como las queridas El Gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998), de los hermanos Joel y Ethan Coen, y Pánico y Locura en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998), de Terry Gilliam, a su vez deudoras a la distancia de Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), joya de Dennis Hopper, Más allá del Valle de las Muñecas (Beyond the Valley of the Dolls, 1970), de Russ Meyer, y Fritz, el Gato (Fritz, the Cat, 1972), convite animado contracultural de Ralph Bakshi. Rush: Un Viaje al Infierno, como otros neoclásicos que se mueven entre lo visceral y la impostación estilizada de su época en línea con Menos que Cero, La Tensión y Drogas, Amor y Muerte, indaga en la soledad, la angustia y la desesperación del drogadicto aunque dándole un marco englobador difuso que califica al problema como parte del engranaje más grande de la autodestrucción comunal.

 

Estamos ante la única película como realizadora de Zanuck, por un lado la esposa de un Richard D. Zanuck aquí productor que fue vástago del mandamás o magnate detrás de 20th Century Fox, Darryl F. Zanuck, y por el otro lado una profesional conocida sobre todo por su estampa de productora en Cocoon (1985), de Ron Howard, Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989), de Bruce Beresford, Salvaje Bill (Wild Bill, 1995), de Walter Hill, Abuso de Poder (Mulholland Falls, 1996), de Lee Tamahori, Crímenes Verdaderos (True Crime, 1999), otra aventura de Eastwood, y El Reinado del Fuego (Reign of Fire, 2002), de Rob Bowman. Con un guión sencillo escrito por Peter Dexter, aquel precisamente de Salvaje Bill y Abuso de Poder, a partir de la novela autobiográfica de 1990 de Kim Wozencraft, ex agente encubierta de la policía de la ciudad de Tyler, en Texas, la historia presenta la sociedad entre Kristen Cates (Jennifer Jason Leigh), una señorita recién salida de la academia de policía, y Jim Raynor (Jason Patric), un detective veterano de narcóticos que recibe de parte de su superior directo, el capitán Larry Dodd (Sam Elliott), un encargo símil misión obsesiva del jefazo de la fuerza, el cristiano fundamentalista Nettle (Tony Frank), vinculada a infiltrarse en el ecosistema drogón de Texas para derribar al dueño de un bar que se sospecha es jerarca narco, Will Gaines (Gregg Allman), operación que los lleva a volverse adictos a la cocaína y la heroína y trabar amistad con un dealer jovencito, Walker (Max Perlich), a quien manipulan para convertir en informante so pena de prisión, causándole la muerte. Al calor de la denuncia de la falacia consensuada y corporativista del aparato legal y las fuerzas de represión, dos enclaves entrelazados que optan por no mirar las cagadas propias o de colegas/ socios con el objetivo de no deslegitimarse, la experiencia comienza como un neo noir de infiltrados, sigue como drama de adictos de dejo romántico y atormentado y en última instancia desemboca en una parábola de alerta sobre los peligros de no saber controlarse en una coyuntura que parasita o carcome a todos los involucrados, tanto a escala ética como corporal vulgar al extremo de derrapar en el deterioro y la locura.

 

Abriendo con una excelente escena de créditos a lo toma secuencia homologada a aquellos Martin Scorsese y Michael Ballhaus de Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), la película nos regala el villano casi mudo de Allman, vocalista y tecladista de una legendaria banda del blues, el jazz y el rock sureño, The Allman Brothers Band, incluye de modo irónico, a modo de contraste entre la realidad aciaga y el eterno cinismo de la televisión, fragmentos de Saturday Night Live (1975-2025) y Todo en Familia (All in the Family, 1971-1979), por cierto correspondientes al presente narrativo de 1975, y entrega una simpática banda sonora bluesera de Eric Clapton que abarca el hit sobre el fallecimiento accidental de Conor, su hijo de cuatro años, Tears in Heaven (1992), y otras canciones primordiales como Knockin’ on Heaven’s Door (1973), de Bob Dylan, Love Rollercoaster (1975), de Ohio Players, All Along the Watchtower (1968), de The Jimi Hendrix Experience, y esa Free Bird (1973), de Lynyrd Skynyrd. Resulta innegable la química entre Patric, un galancito del período que se hizo conocido con Que no se Entere Mamá (The Lost Boys, 1987), de Joel Schumacher, y Leigh, una verdadera genia que había alcanzado la fama gracias a dos faenas con Rutger Hauer en el rol estelar, Conquista Sangrienta (Flesh and Blood, 1985), de Paul Verhoeven, y Carretera al Infierno (The Hitcher, 1986), de Robert Harmon, en este sentido los lugares simbólicos están segmentados de manera taxativa de acuerdo al Hollywood posmoderno y autoconsciente hasta la médula, por ello él es el veterano que eventualmente deja ventilar su sensibilidad/ vulnerabilidad y ella se debate entre el alumno que supera al maestro y la novata hiper dulce que se corrompe a medida que ingresa más y más en el mercado de la drogodependencia y su identidad falsa se confunde con la supuestamente auténtica, esta última siempre tambaleante o tendiente a desaparecer. Rush: Un Viaje al Infierno no ofrece nada nuevo porque semblanzas parecidas hay muchas, como se detalló anteriormente, pero el film se las ingenia para compensar con intensidad emocional indie lo que le falta en originalidad o verdadera variedad retórica, a lo que se suma un ritmo paciente que permite el crecimiento de los personajes y deja en claro que su decadencia esconde, además, un adagio mucho más universal vinculado al hecho de que los trabajos limpios no existen y en prácticamente todos los rubros el alma del ser humano se “manchará” de una forma u otra, esquema en el que intervienen la experiencia acumulada, los sinsabores y la sabiduría que uno pueda extraer de ello. Si por un lado se agradece que la realización deje flotando la posibilidad de que Gaines sea un mafioso estándar del empresariado y no un capo narco, del mismo modo que no se muestra el rostro de Cates durante la ejecución final con la escopeta en el automóvil, por el otro lado un gran punto a favor pasa por la presencia del cacique máximo de los esbirros de la ley, Nettle, beato inmundo e hipócrita que les pide que planten evidencia contra Gaines y los extorsiona mediante su flamante adicción para que hagan sí o sí lo que les dice. En el desenlace la parejita protagónica de detectives muta en monigotes o chivos expiatorios institucionales al igual que sus presas, los traficantes del narcomenudeo baladí, lo fueron de un sistema enviciado que se retroalimenta o regenera como el capitalista, sin que importe del todo qué se vende y qué se compra a escala diaria…

 

Rush: Un Viaje al Infierno (Rush, Estados Unidos, 1991)

Dirección: Lili Fini Zanuck. Guión: Peter Dexter. Elenco: Jason Patric, Jennifer Jason Leigh, Gregg Allman, Sam Elliott, Max Perlich, Tony Frank, William Sadler, Dennis Letts, Suzanne Savoy, Special K. McCray. Producción: Richard D. Zanuck. Duración: 120 minutos.

Puntaje: 7