Las Cosas que Matas (Öldürdüğün Şeyler)

El odio supera al miedo

Por Emiliano Fernández

Si bien nace como un movimiento vanguardista a principios del Siglo XX que pretendía tomar por asalto todas las previsibilidades de la sociedad burguesa y su apego a la razón instrumental más decadente, el surrealismo y sus fetiches conceptuales freudianos terminan completamente incorporados al mainstream del séptimo arte a mediados de dicha centuria y reducidos a un recurso narrativo más del montón, casi siempre vinculado a la dinámica de los sueños y prueba de ello es la recordada secuencia onírica concebida por Salvador Dalí y Alfred Hitchcock para Cuéntame tu Vida (Spellbound, 1945), un ingrediente decorativo e inofensivo incrustado en un tanque hollywoodense a toda pompa que con su sola presencia trazaba distancia en relación a aquella algarabía inconformista de films pioneros de la talla de Entreacto (Entr’acte, 1924), de René Clair, La Caracola y el Clérigo (La Coquille et le Clergyman, 1928), obra de Germaine Dulac, La Estrella de Mar (L’Étoile de Mer, 1928), de Man Ray, La Sangre de un Poeta (Le Sang d’un Poète, 1930), de Jean Cocteau, y por supuesto el díptico tácito de Luis Buñuel y Dalí, Un Perro Andaluz (Un Chien Andalou, 1929) y La Edad de Oro (L’âge d’or, 1930). Como suele suceder con cualquier creación emergente de impronta ultra rupturista, el capitalismo se “comió” a buena parte del arsenal surrealista ya que la pata cinematográfica del movimiento ayudó a la industria cultural, precisamente, a homologar a las pesadillas o el fluir nocturno con los traumas, el absurdo socarrón y unos misterios que en tantas ocasiones resultan más elementales que crípticos.

 

Uno de los motivos favoritos del ecosistema artístico que echa mano del surrealismo es el doppelgänger o doble malvado/ fantasmal/ enigmático, pivote que ha sido fundamental en un ciclo histórico que va desde El Otro (The Other, 1972), de Robert Mulligan, Hermanas Diabólicas (Sisters, 1972), opus de Brian De Palma, Imágenes (Images, 1972), de Robert Altman, y Pacto de Amor (Dead Ringers, 1988), de David Cronenberg, hasta las recientes El Gran Truco (The Prestige, 2006), de Christopher Nolan, El Doble (The Double, 2013), de Richard Ayoade, El Hombre Duplicado (Enemy, 2013), de Denis Villeneuve, y Nosotros (Us, 2019), de Jordan Peele, entre muchas otras. El último agregado a la lista, Las Cosas que Matas (Öldürdüğün Şeyler, 2025), de Alireza Khatami, retoma nuestro motivo retórico y si bien en su segunda mitad parece recuperar la guerra entre original y copia de William Wilson, segmento de Louis Malle basado en el cuento homónimo de 1839 de Edgar Allan Poe e incluido en la antología Historias Extraordinarias (Histoires Extraordinaires, 1968), codirigida junto a Roger Vadim y Federico Fellini, a decir verdad la gesta de Khatami, un iraní filmando en Turquía, está abiertamente inspirada en la transfiguración identitaria de Carretera Perdida (Lost Highway, 1997), joya de David Lynch que domina ese segundo capítulo porque lo que parece ser un crimen social símil Claude Chabrol o Asghar Farhadi deriva primero en un aparente robo de identidad a lo Tom Ripley, gran fetiche de Patricia Highsmith, y luego en la pirotecnia surrealista esperable de un acólito ferviente de Lynch.

 

Las Cosas que Matas, tercer largometraje del realizador después de Los Versos del Olvido (2017), odisea muy poco vista que rodó en Chile, y Versos Terrestres (Ayeh Haye Zamini, 2023), propuesta episódica correcta que codirigió con Ali Asgari y apuntaba a pegarle sin anestesia al gobierno y la sociedad de Irán, comienza narrando el “punto muerto” en el que se encuentra Ali Ozluk (Ekin Koç), un profesor de literatura de Ankara que pasó 14 años en Estados Unidos especializándose para en su regreso al país conseguir un trabajo en una universidad enseñando traducción del inglés al turco, ocupación temporaria porque después del semestre cerrarán su curso. Casado con Hazar (Hazar Ergüçlü), una veterinaria que le insiste con tener hijos y con solucionar un problema ignoto de fertilidad, el cual termina siendo producto del bajo nivel de espermatozoides en el semen, el protagonista para colmo no logra que crezcan los árboles frutales que plantó en un campo de su propiedad, ya que los vecinos consumen toda el agua disponible, y se lleva muy mal con su padre, Hamit (Ercan Kesal), hombre violento que solía pegarle a su madre hoy semi paralítica, Melahat (Aysen Sümercan), y que de hecho motivó su traslado de Turquía a yanquilandia. Cuando la progenitora de repente aparece muerta, Ali no tarda mucho en responsabilizar a su padre y desearle un fin semejante, sin embargo como no tiene el valor suficiente para ajusticiarlo le pide asistencia a un sujeto que contrató para trabajar en sus terrenos, Reza (Erkan Kolçak Köstendil), así rápidamente ambos secuestran, ejecutan y entierran a Hamit en el desierto.

 

Más allá del hecho de que Khatami aquí por supuesto juega irónicamente con el trasfondo autobiográfico de los padecimientos de sus dos alter egos, esos Ali y Reza que no se andan con sutilezas al momento de reproducir el nombre de pila del director, Alireza, la película exprime con astucia la transición apuntada desde un típico homicidio hitchcockiano, con sospechas de parte de la amante del finado, Pervin (Ipek Türktan), y sobre todo de la linda hermana menor de Ali, Nesrin (Selen Kurtaran), hacia la parafernalia surrealista que desata la toma de posesión de la vida de Ozluk por parte de Reza, el cual se indigna por el colapso nervioso que padece el profesor a posteriori del asesinato y por ello lo deja encadenado en el campo y específicamente en la cucha del perro, incluidos recipientes para el agua y la comida. El extrañamiento -para los espectadores, no para los personajes que se toman el asunto con la mayor naturalidad- se produce cuando Reza se infiltra en la existencia de Ali, nadie parece notar la diferencia física y de a poco el doppelgänger le resuelve cada uno de los problemas al docente, desde un soborno para cavar un pozo de agua más profundo, pasando por desviar la atención de la policía arrojando el coche de Hamit a un lago, hasta comprarle un hilarante cachorro a su esposa para que no moleste más con un posible crío. Khatami respeta a sus criaturas construyendo un marco psicológico rico en texturas porque así como Ali necesitaba del desdoblamiento mental que le posibilita su otro yo, Reza, para llevar adelante la venganza contra Hamit, quien por cierto puede o no haber sido el gran responsable de la muerte de Melahat mediante un golpe fulminante que la llevó al piso y a su tumba, al mismo tiempo esta jugada de envalentonamiento idiosincrásico no le ahorra el sentimiento de culpa del último acto, cuando la versión zombificada de su padre lo visita de noche a pesar de ya haber alcanzado todo lo que anhelaba en la vida símil paz personal y en su entorno, incluso pudiendo liberarse al estrangular a Reza con la cadena porque ya no lo necesita más y se siente capaz de retomar las riendas de su destino. Las Cosas que Matas, asimismo, subraya que todo forma parte de un ciclo de brutalidad ya que el abuelo del protagonista golpeaba con un palo a su hijo, a Hamit, éste a su vez fue una fuente de terror para su familia durante años y años sin percatarse que el odio acumulado en Ali le jugaría en contra el día de la revancha, el de la adultez plena. Si bien no abre terreno nuevo y el entramado discursivo depende de su equivalente en Carretera Perdida, bastante más enrevesado o menos lineal, la obra que nos ocupa, conocida en el mercado internacional por su título en inglés, The Things You Kill, resulta toda una curiosidad gracias a su condición de lectura iraní/ turca del acervo alienígena lynchiano, hoy de la mano de un Khatami que nos bombardea con sueños, espejos, fuera de foco, planteos freudianos refritados, demonios del hogar, una estructura fragmentada, algo de realismo mágico y el mentado duplicado en la anatomía de Köstendil, más audaz o experimentado que el personaje en crisis de Koç…

 

Las Cosas que Matas (Öldürdüğün Şeyler, Turquía/ Francia/ Canadá/ Polonia, 2025)

Dirección y Guión: Alireza Khatami. Elenco: Ekin Koç, Hazar Ergüçlü, Ercan Kesal, Selen Kurtaran, Erkan Kolçak Köstendil, Aysen Sümercan, Ipek Türktan, Sertan Müsellim, Onur Tanyeri, Serhat Nalbantoglu. Producción: Alireza Khatami, Mariusz Wlodarski, Elisa Sepulveda Ruddoff, Michael Solomon y Cyriac Auriol. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 8