No hay Otra Opción (Eojjeolsuga Eobsda)

Competencia y apocalipsis laboral

Por Emiliano Fernández

La Corporación (Le Couperet, 2005), comedia negra anticapitalista del legendario Costa-Gavras basada en la novela El Hacha (The Ax, 1997), de Donald E. Westlake, uno de los autores más famosos del policial estadounidense y uno de los más adaptados por el séptimo arte desde las lejanas Made in USA (1966), de Jean-Luc Godard, y A Quemarropa (Point Blank, 1967), de John Boorman, giraba alrededor de Bruno Davert (gran desempeño de José García), un ingeniero químico especializado en papel que luego de 15 años de trabajar en la misma empresa del rubro, Papeles Kamer, terminaba despedido junto con otros 600 empleados más, todo en medio de una estrategia de reducción de personal y traslado de operaciones a Rumania para aumentar en un 16% las utilidades de los accionistas. Los 15 meses de sueldo de indemnización no le duran mucho porque dos años y medio después sigue desempleado y con deudas acumuladas de todo tipo, desde el auto nuevo y la hipoteca de la casa hasta los gastos familiares en función de sus hijos adolescentes, Maxime (Geordy Couturiau) y la menor Betty (Christa Théret), y su esposa, Marlène (Karin Viard), quien eventualmente se veía obligada a conseguir dos empleos con salarios muy magros, como recepcionista en un consultorio y empleada de boletería en un cine. Cansado de repartir su curriculum vitae, su carta de presentación y una fotito acorde, Davert identifica a la mejor empresa del gremio, Arcadia, y al colega que tiene el puesto de “jefe de proyecto” que tanto desea, Raymond Machefer (Olivier Gourmet), por ello se propone matarlo para dejar el lugar vacante aunque no sin antes reventar a su competencia a lo largo y ancho de Francia, en esencia cinco desocupados como él a los que encuentra mediante un aviso solicitando candidatos para un trabajo inexistente. Utilizando una vieja pistola Parabellum o Luger que perteneció a su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que ya pasó a mejor vida y la obtuvo de las SS, el protagonista mataba uno a uno a los posibles candidatos siguiendo la lógica del ascenso social británico símil Corazones Bondadosos y Coronas (Kind Hearts and Coronets, 1949), de Robert Hamer, y su relectura no reconocida, Saltburn (2023), opus de Emerald Fennell que hizo por la clase alta lo que la odisea de Hamer para Ealing Studios llevó a cabo en relación a aquella aristocracia hiper parasitaria, destruirla discursivamente.

 

El maravilloso trabajo de Costa-Gavras, encarado justo luego de la recordada Amén (2002), sobre la complicidad del Vaticano en el Holocausto, y El Cuarto Poder (Mad City, 1997), faena acerca del periodismo chupasangre que sería la última aventura hollywoodense del director, oficiaba de retrato no sólo del desempleo o la inestabilidad laboral en el nuevo capitalismo de la desregulación, la precarización y la miseria planificada que reemplaza al trabajo con la especulación como fuente de riqueza, sino también de la competencia caníbal o absurda, la estupidez individualista de la pequeña burguesía, la mediocridad del plantel gerencial de los grandes grupos económicos y en especial la cultura del conformismo y del simulacro permanente de una perfección modelo publicitaria, como si la crisis y el cambio no existiesen en el mundo y la sociedad prosaica. En aquella fábula paródica, quizás un tanto mucho extensa y con demasiadas subtramas para su propio bien, la codicia y el mega egoísmo se mezclaban con el traslado de casi todas las industrias del planeta a China, India y los países esclavistas del sudeste asiático para abaratar costos y continuar fetichizando la curva ascendente utópica de las ganancias, desvarío que ha ido profundizándose a niveles alarmantes en las últimas dos décadas desde el estreno de la película como bien entendió el realizador surcoreano Park Chan-wook, hoy ofreciéndonos una remake que se presenta como una segunda adaptación del libro de Westlake, No hay Otra Opción (Eojjeolsuga Eobsda, 2025). El film que nos ocupa reproduce en líneas generales la historia de antaño a través de Yoo Man-su (Lee Byung-hun, estrella regional y actor célebre en Occidente por sus colaboraciones con Kim Jee-woon), cabeza de familia y gerente hace poco despedido de Solar Paper -luego de 25 años de trabajo- y por ello obsesionado con tener el puesto en Moon Paper de Choi Seon-chul (Park Hee-soon), un influencer y borracho al que pretende matar luego de eliminar a su competencia, aquí únicamente Goo Beom-mo (Lee Sung-min) y Ko Si-jo (Cha Seung-won), el primero un alcohólico con una esposa actriz e infiel que lo termina asesinando a tiros, Lee A-ra (Yeom Hye-ran), y el segundo un vendedor de zapatos al que dispara de noche en una ruta con una pistola que fue de su padre, un veterano de la Guerra de Vietnam, para a posteriori enterrar el cadáver en el jardín del propio Man-su.

 

Park tiene muy presente la película del cineasta griego al extremo de que reproduce todos sus puntos a favor, léase la mordacidad ampulosa del planteo y los toques de melodrama, y en contra, nuevamente una duración excesiva y una pluralidad de subtramas que a veces enriquecen la historia y en otras ocasiones la empantanan un poco al enfocarse por demás en la familia del protagonista, aquí de todos modos mejor aprovechada que en el opus de 2005 porque la esposa, Lee Mi-ri (Son Ye-jin), se ve obligada a desempolvar su título de asistente dental trabajando para Oh Jin-ho (Yoo Yeon-seok), convirtiéndose en el sostén de la familia, mientras que el hijo mayor, Si-one, es un producto de una relación previa y se dedica a robar teléfonos celulares y la pequeña Ri-one es una autista que se destaca en el violonchelo, repite frases específicas de su entorno y adora a los perros del clan, Si-two y Ri-two, todos a su vez viviendo en una lujosa casa que Man-su compró y acondicionó porque fue la de su infancia. No hay Otra Opción, un título sarcástico derivado del elegido para el mercado anglosajón, No Other Choice, en consonancia con un eslogan de los grupos lelos de apoyo/ autoayuda para desempleados del Primer Mundo, magnifica las pequeñas debacles hogareñas porque los padecimientos burgueses del film de Costa-Gavras, como cancelar el videocable e Internet o la necesidad de que la mujer busque trabajo, hoy mutan en la venta de pertenencias de los miembros de la parentela, el cambio del auto por uno más chico, la puesta en venta de la morada y la condena al olvido en lo que atañe al tenis de la esposa, las lecciones de baile de la pareja, la revista de bonsái del marido y la suscripción a Netflix que exprime el púber, Si-one, caída de gastos o consumo que también abarca a la mocosa, Ri-one, quien se queda sin sus queridos perros porque van a parar por decisión de la madre al hogar de los abuelos. La propuesta narrativa está más vigente ahora que dos décadas atrás tanto por el avance de la pauperización/ exclusión en general, emblema de una acumulación capitalista cada vez más concentrada, como debido al fuerte achicamiento del rubro elegido por Westlake, una industria del papel hoy en profunda crisis porque la digitalización del arte, los datos y la información está mucho más extendida siguiendo esta lógica de abaratamiento corporativo y menos dinero disponible entre las clases populares.

 

La cámara florida o siempre dinámica de Park y su director de fotografía, Kim Woo-hyung, está al servicio de la sátira social/ económica/ laboral, el surrealismo esporádico marca registrada del realizador y desde ya una comedia negra sobre el olvido estatal, las fusiones empresariales psicopáticas -el despido aquí tiene que ver con la compra de Solar Paper por parte de un conglomerado estadounidense- y el edadismo en el mercado del trabajo, con las corporaciones no queriendo pagar antigüedad a los empleados veteranos y prefiriendo en cambio sustituirlos por jovencitos inexpertos o sin conciencia de clase, panorama al que se agrega un apocalipsis a la vuelta de la esquina vinculado a la progresiva eliminación de la fuerza laboral humana en los segmentos administrativo, fabril y de servicios mediante bots, algoritmos e inteligencia artificial. El alcoholismo sin fin aparece en pantalla homologado al despido y la depresión, pensemos en Beom-mo y Seon-chul, al que Man-su entierra y sofoca para luego simular que se ahogó en su domicilio de puro ebrio, pero también en el propio protagonista, ex alcohólico que llevaba nueve años de sobriedad y llegó a golpear a Si-one cuando era un infante, todos pilares de una estructura cercana al slasher de impronta farsesca y volcada al desarrollo de los personajes y sus fantasmas, desde la reducción de la vida en su conjunto al trabajo hasta los celos de base romántica, la torpeza, las frustraciones personales y familiares, la ausencia de confianza y la tendencia a dejarse esclavizar por el capitalismo vía comisiones de hambre, sueldos igualmente lamentables, derechos nulos y la contratación de gente sobrecalificada para cualquier puesto sin que intervenga el sindicato, como le sucede a un Man-su que termina en el sector de papelería de un hipermercado mayorista a partir de los tres meses de haber sido despedido. Hoy se repiten el vástago ladrón, la esposa que puede estar protagonizando o no un affaire con su jefe y la policía que interviene por partida doble, a raíz del robo de celulares -antes programas de computación- y este sospechoso fallecimiento de colegas del patriarca, sin embargo hay novedades como por ejemplo los canes, el menor número de homicidios y la presencia del autismo en la hija, parte del fetiche de Park para con los sujetos alienados o con problemas cognitivos, y del latiguillo de la muela careada del padre de familia, diente que se saca de repente con una pinza durante la borrachera con la última víctima, Seon-chul, otro ingrediente del arsenal retórico del cineasta aunque relacionado con el masoquismo de sus criaturas, además el narrador en off de Costa-Gavras está reemplazo simbólicamente por la costumbre de Man-su de anotar con un marcador en la palma de su mano izquierda lo que debería decir en situaciones de estrés y/ o contacto con figuras de autoridad. Otra diferencia fundamental con respecto al film del griego se da en el trasfondo delictivo de la familia ya que aquí el hijastro lo ve tratando de descuartizar con una motosierra el cadáver de Si-jo en el lindo invernadero de la casa y la madre se entera porque el adolescente no tarda en contárselo, situación que deriva en una alegoría a lo Claude Chabrol e incluso Luis Buñuel en materia de la hipocresía y los chanchullos de las clases media y alta para mantener sus privilegios e impunidad porque en No hay Otra Opción la esposa descubre el cadáver enterrado, calla el asunto y le dice al joven que su padre mató un cerdo, no un ser humano. Park, ni lento ni perezoso, aggiorna/ actualiza el desenlace haciendo que el ciclo antropófago laboral de La Corporación, mediante Davert volviéndose el objetivo de una ninfa que desea su flamante puesto, se transforme en el trabajo que tanto anhelaba nuestro adalid del oportunismo, la perfidia obrera y la sumisión, Man-su, gerente aunque de la nada misma porque todos los empleados ya fueron echados y la planta de Moon Paper está desierta y completamente automatizada, algo que también abarca la deforestación -en este sentido la secuencia final de créditos es magistral- y tiene mucho de victoria pírrica, porque eventualmente lo llevará de nuevo a quedarse sin trabajo ya que debe supervisar de modo temporal las máquinas y los robots hasta que ya ni siquiera sea necesaria la inspección por parte de los bípedos…

 

No hay Otra Opción (Eojjeolsuga Eobsda, Corea del Sur, 2025)

Dirección: Park Chan-wook. Guión: Park Chan-wook, Lee Kyoung-mi, Don McKellar y Lee Ja-hye. Elenco: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Park Hee-soon, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran, Cha Seung-won, Yoo Yeon-seok, Oh Dal-su, Lee Seok-hyeong, Choi Min-sik. Producción: Park Chan-wook. Duración: 139 minutos.

Puntaje: 9