Un signo del tiempo que nos toca vivir y de su enorme mediocridad es la tendencia de la industria cultural contemporánea a promediar hacia abajo -en calidad y edad intelectual- géneros y productos otrora dirigidos a gente mayorcita, así la franquicia que empezase con Depredador (Predator, 1987), aquella joya insuperable de John McTiernan, hoy termina de disneyficarse en Depredador: Tierras Salvajes (Predator: Badlands, 2025), film de un Dan Trachtenberg que ya había anticipado la movida corporativa -el emporio de Mickey Mouse compró la 20th Century Fox entre 2017 y 2019- en los dos eslabones previos de la saga, Depredador: La Presa (Prey, 2022) y Depredador: Cazador de Asesinos (Predator: Killer of Killers, 2025), ambas también bajo el control del mismo realizador aunque sin que la infantilización y las estrategias bobaliconas de marketing pasasen tan al primer plano como ocurre en esta Depredador: Tierras Salvajes, trabajo protagonizado por nada menos que el villano histórico de la franquicia pero ahora transformado en representante insignia del bando de los buenos, precisamente un depredador adolescente y enclenque con problemas de autoestima llamado Dek (el neozelandés Dimitrius Schuster-Koloamatangi), a quien acompaña un dúo que asimismo sigue los lineamientos históricos de Disney, una criatura adorable que busca a su mami, está destinada al merchandising y sin duda alguna se parece mucho a Stitch de Lilo & Stitch (2002), de Chris Sanders y Dean DeBlois, Bud (Rohinal Nayaran), y un ginoide o fembot que pretende atraer al público femenino hacia la saga y en pantalla hace de comic relief y hasta le da consejos existenciales a nuestro cazador estelar, Thia (Elle Fanning), especie de versión caricaturizada e hiperbólica de la protagonista de Depredador: La Presa, aquella Naru (Amber Midthunder) que sí tenía personalidad propia.
Por supuesto que todo este pastiche del mainstream reproduce lo sucedido con las otras dos franquicias de larga data que quedaron en manos de The Walt Disney Company, esas que empezaron con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), epopeya de George Lucas, y Alien (1979), de Ridley Scott, la primera a partir de Star Wars: El Ascenso de Skywalker (Star Wars: The Rise of Skywalker, 2019), un film de J.J. Abrams, y El Mandaloriano (The Mandalorian, 2019-2023), serie de Jon Favreau para Disney+ cuyo Grogu/ Bebé Yoda también inspiró a Bud, y la segunda a partir de Alien: Romulus (2024), película de Fede Álvarez, y Alien: Planeta Tierra (Alien: Earth, 2025), la serie de Noah Hawley para FX y Disney+ que siguió al pie de la letra esta filosofía de conservadurismo narrativo extremo, fan service a montones y baja grosera de la edad de los protagonistas para atraer al sector infantil/ púber, lo que desde ya destruye la esencia de la obra en cuestión porque Star Wars quedó atrapada en su propia nostalgia petrificada y tanto Alien como Depredador supieron apuntar a un público adulto adepto a emociones fuertes, no a las “familias menudas” que Disney tanto fetichiza o adora lobotomizar mediante su imperialismo edulcorado y simplón. La historia es casi inexistente, aquí apenas el viaje de Dek desde su hogar, Yautja Prime, hacia el planeta Genna, donde se topa con sus dos compinches circunstanciales y pretende dar caza a un monstruo enorme que se regenera, Kalisk, como paso previo a la venganza contra su padre, el cacique o algo así Njohrr (Dimitrius de nuevo), por haber matado a su hermano mayor, Kwei (Michael Homik), otro muchacho sensible fanático de las rastas o dreadlocks que lo defendió cuando el impiadoso progenitor ordenó asesinarlo por debilucho y fuente de vergüenza para su clan de cazadores todopoderosos o más bien poco tolerantes.
El rostro y sobre todo los ojos de Dek están muy bien diseñados para transmitir emociones, no obstante los CGIs del convite en general vuelven a ser bastante flojos por más que las buenas escenas de acción y cierto ADN aventurero potable compensen el asunto, al igual que algunos detalles interesantes de la flora y la fauna de Genna. Si dejamos de lado el oportunismo comercial símil lavada de cara a lo Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), de James Cameron, a decir verdad no está tan mal encarada la idea de metamorfosear al villano en héroe, algo que como decíamos con anterioridad ya estaba insinuado en el relativismo moral de los depredadores de las dos odiseas anteriores de Trachtenberg, sin embargo la introducción de Fanning y para colmo en dos personajes, como la mencionada Thia y su “hermana” sintética malvada, Tessa, nuevo engendro del conglomerado capitalista chupasangre/ inescrupuloso por antonomasia de Alien, Weyland-Yutani Corporation, suena a intento desesperado de Disney de llevar a las mujeres a las salas con el paradójico precio de enajenarse a los hombres que han constituido el sostén de la franquicia desde sus inicios, cuando esta saga era sinónimo de cine de acción + ciencia ficción + terror + aventuras en la selva y a posteriori en la ciudad, en este sentido Tessa está muy poco desarrollada y Thia es un personaje lelo e innecesario que verbaliza todo lo que debería deducirse de la historia para no caer en más y más redundancias para esos imbéciles incapaces de atar cabos o comprender metáforas, algo que no ocurría en Depredador: La Presa gracias al peso retórico de Naru. El espíritu por momentos recuerda a las epopeyas en stop motion de Ray Harryhausen de los años 50, 60 y 70 pero lamentablemente actualizado/ aggiornado al dejo raquítico del presente, muy ineficaz en materia narrativa e ideológica.
No sólo los diálogos son demasiado palurdos al igual que el triste intento de profundización dramática basado en la emotividad del depredador, en la vileza de la compañía que quiere experimentar con Kalisk, la madre de Bud, y en los hermanos shakespearianos en espejo de cada “especie”, los que se llevan bien, Dek y Kwei, y los que eventualmente se llevan mal debido a la confrontación reglamentaria del desenlace, esas Thia y Tessa, sino que además tampoco está bien desarrollado nuestro depredador petiso y solitario, excluido de su clan cual oveja negra, que fetichiza el honor, la fortaleza y la autojustifiación ética mediante la matanza, el liderazgo y un utilitarismo ingenuo que tiende a aplicar a su “herramienta” con tufillo de brújula o quizás radar, Thia, ginoide con el que pacta llegar hasta la morada de Kalisk para que ella recupere la mitad inferior de su cuerpo, cortada luego de un generoso encontronazo con esta criatura que también resulta ser buena, muy buena. El tono narrativo inofensivo, irrelevante y ultra previsible aniquila cualquier posibilidad de generar suspenso y la utilización de robots permite bajar la calificación por edades para el estreno en salas porque las carnicerías de androides no desparraman en pantalla gore/ sangre alguna. Si bien Trachtenberg hace un buen uso del motivo del entorno como arma improvisada, recurso de siempre de la saga, y hasta retiene -desde la hipocresía, por supuesto- a Weyland-Yutani como sinónimo de esclavitud, explotación, rapiña neocolonial, perfidia y mucha crueldad contra especímenes reducidos a muestras para investigar y/ o reconvertir en armamento, en realidad los dos fembots reenvían a androides semejantes de la colección del xenomorfo, el exoesqueleto del final es un mecha estándar modelo Aliens (1986), de Cameron, y la batalla reglamentaria con Kalisk se confunde con cualquiera de un kaiju aparatoso del Siglo XX…
Depredador: Tierras Salvajes (Predator: Badlands, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Dan Trachtenberg. Guión: Patrick Aison. Elenco: Dimitrius Schuster-Koloamatangi, Elle Fanning, Michael Homik, Rohinal Nayaran, Ross Duffer, Cameron Brown, Matt Duffer, Stefan Grube, Alison Wright. Producción: John Davis, Brent O’Connor, Marc Toberoff y Ben Rosenblatt. Duración: 107 minutos.