¡Salvemos el Planeta Verde! (Jigureul Jikyeora!, 2003), debut de Jang Joon-hwan que en el mercado internacional es conocido por su título en inglés, Save the Green Planet!, es una de las “vacas sagradas” del período de oro de la cinematografía surcoreana, precisamente la primera década del Siglo XXI, y uno de los trabajos más desquiciados y sorprendentes que haya surgido de Asia, lo que es mucho decir por el generoso volumen de locuras que nos han regalado los asiáticos. El film de Jang, quien luego entregó dos opus más tradicionales, los thrillers Hwayi: El Niño Monstruo (Hwai: Goimooleul Samkin ai, 2013) y 1987 (2017), fue una sátira tragicómica sobre las teorías conspirativas posmodernas, la impunidad de la alta burguesía capitalista, el sustrato estrafalario de la policía, la obsesión noventosa con los OVNIs, el menosprecio que padece el proletariado o los empleados en general y sobre todo los abusos de diversa índole que se dan sistemáticamente en la sociedad en nombre de la autoridad, el poder y el dinero, siempre justificando a la plutocracia mediante la violencia y la exclusión. Entre referencias a La Strada (1954), de Federico Fellini, 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, y El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), de Franklin J. Schaffner, la historia pasaba por el secuestro de Kang Man-shik (Baek Yoon-sik), un oligarca farmacéutico, por parte de Lee Byeong-gu (Shin Ha-kyun), un fanático de las conspiraciones que recibía ayuda de su novia, una equilibrista circense infantilizada llamada Su-ni (Hwang Jeong-min), y que en esencia creía que el ejecutivo era un jerarca alienígena de la galaxia Andrómeda que podía ponerlo en contacto con el “príncipe” de los extraterrestres durante un próximo eclipse lunar, misión que desde ya involucraba salvar a nuestro planeta de su destrucción. La graciosa utilización de covers de Bésame Mucho (1940), de Consuelo Velázquez, y Over the Rainbow (1939), de Harold Arlen y Yip Harburg, se daba las manos con la premisa lunática de fondo, una edición en ocasiones videoclipera, actuaciones muy estrambóticas y la efervescencia gore de un porno de torturas que pronto se pondría de moda gracias a El Juego del Miedo (Saw, 2004), de James Wan, y Hostel (2005), de Eli Roth, en pantalla diciendo presente a través de los interrogatorios y las sucesivas pruebas de Byeong-gu sobre el excrementicio Kang.
La remake hollywoodense innecesaria iba a ser dirigida por Jang aunque eventualmente el proyecto quedó en manos de un Yorgos Lanthimos que viene de capa caída debido a las correctas y poco más Pobres Criaturas (Poor Things, 2023), una acepción ultra previsible del motivo frankensteineano, y Tipos de Gentileza (Kinds of Kindness, 2024), una antología sobre el control y el coito que tampoco remontaba vuelo, así las cosas la película resultante, Bugonia (2025), continúa la estela de aquellas dos y transforma el núcleo de la propuesta surcoreana, léase la conjunción entre la seriedad y lo caricaturesco, en una comedia negra estándar de influjo occidental en la que el realizador griego por un lado se da el gusto -sin demasiado sentido a escala del minimalismo narrativo, por cierto- de filmar en VistaVision, un formato en 35 milímetros que volvió al candelero gracias a El Brutalista (The Brutalist, 2024), de Brady Corbet, y Una Batalla tras Otra (One Battle After Another, 2025), de Paul Thomas Anderson, y por el otro lado recupera su misantropía aburguesada/ un tanto mucho insípida reciente, bastante lejos de las cúspides cualitativas de las otras faenas de esta etapa anglosajona, Langosta (The Lobster, 2015), El Sacrificio del Ciervo Sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017) y La Favorita (The Favourite, 2018), films más en sintonía con las propuestas con las que se hizo conocido en el ámbito internacional, Canino (Kynodontas, 2009) y Alpes (Alpeis, 2011), después de un comienzo profesional definitivamente fallido, ese de Mi Mejor Amigo (O Kalyteros mou Filos, 2001) y Kinetta (2005). La adaptación a cargo del guionista Will Tracy, estadounidense célebre por la también despareja El Menú (The Menu, 2022), de Mark Mylod, elimina la pirotecnia sensorial del opus del año 2003 y retiene en términos generales al protagonista, en esta oportunidad bautizado Teddy Gatz (Jesse Plemons), pero cambia el género sexual tanto del cómplice, ahora un varón que es el primo retrasado mental del anterior, Don (Aidan Delbis), como del secuestrado, hoy una fémina que encabeza el emporio farmacéutico Auxolith, Michelle Fuller (Emma Stone), reclusión que una vez más está homologada a una resistencia humana que pretende mediar diplomáticamente ante el ahora “emperador” de los andromedanos para evitar un genocidio durante un futuro eclipse lunar, en cuatro días y no en aquellos siete de la epopeya previa.
Pareciera que Lanthimos nuevamente encaró el asunto como una excusa para garantizar el lucimiento de la también productora Stone, intérprete algo anodina ya vista en La Favorita, Pobres Criaturas y Tipos de Gentileza, no obstante la movida vuelve a hacer agua porque siempre termina opacada por otro actor, en este caso Plemons, coprotagonista en Tipos de Gentileza y verdadero eje central de Bugonia, cuyo título alude a un antiguo ritual griego que prometía generar abejas a partir del cadáver de un buey sacrificado sin derramamiento de sangre, básicamente a golpes, detalle que apunta a la condición de apicultor de Gatz y a la masacre “limpia” de un desenlace que a nivel espiritual retoma la hecatombe sarcástica y de regeneración planetaria sin la humanidad -aunque obviando las bombas nucleares- de Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), de Stanley Kubrick. El director deja de lado su formalismo marca registrada, precisamente de base kubrickeana, y apuesta a la tensión entre la simpatía que despierta el dúo de chiflados vengadores de las clases populares, Teddy y Don, y el desprecio contra nuestra oligarca capitalista adicta a la manipulación y la egolatría, Fuller, a la que le afeitan la cabeza como ocurría con Kang porque Gatz considera que el cabello es utilizado por los alienígenas para transmitir señales telepáticas, a lo que se suma una crema antihistamínica. Aquí se dejan de lado el perro que degustaba los cadáveres acumulados por Byeong-gu y la investigación de los inspectores Choo (Lee Jae-yong) y Kim (Lee Ju-hyeon), para privilegiar la claustrofobia vía esa casita suburbana en la que la dupla retiene a la CEO de Auxolith, pero el guión de Tracy conserva aquella visita policial que en este caso queda en manos de Casey Boyd (Stavros Halkias), oficial que trae a colación el fetiche de Lanthimos con la sexualidad perversa/ desviada porque el susodicho abusó de Teddy años atrás, cuando lo cuidó siendo un niño. Por suerte el cambio de sexo en materia del jefazo farmacéutico no suprime las escenas de tortura, cruciales para situar en primer plano la paradoja en torno a un proceso de deshumanización que se propone salvar a la humanidad desencadenando la cooperación del secuestrado, un “espécimen” de lo más tenaz que hace un culto de su aporofobia como tantos burguesitos.
Si antes se sabía en el desenlace que el cautivo era de linaje extraterrestre monárquico, en esta oportunidad lo descubrimos a la mitad de un metraje a su vez volcado al choque entre el cinismo/ soberbia/ individualismo del explotador, por un lado, y el fundamentalismo del militante contracultural que persigue tanto el bienestar colectivo como la revancha, por el otro lado, en este último apartado debido al hecho de que la madre de Gatz, Sandy (una irreconocible Alicia Silverstone), participó de un ensayo clínico experimental de Auxolith que la dejó en coma. Entre el blanco y negro para los flashbacks surrealistas acerca del padecimiento de la progenitora y un buen uso retórico de Basket Case (1994), himno del pop punk de Green Day que aparece durante la escena de la picana, y Where Have All the Flowers Gone? (1962), cover del clásico de Pete Seeger con la voz de Marlene Dietrich que se da cita en las postrimerías apocalípticas del relato, en pantalla las mentiras corporativas que envenenan a los ciudadanos se unifican con los delirios del populacho -que esconden la verdad, únicamente por conveniencia dramática- en lo que respecta a las conspiraciones menos probables en las altas cúpulas de las elites estatales y empresariales de hoy en día. En este sentido la secuencia de la confesión del parásito social, Fuller, no está ilustrada con la animación, los collages documentales y la imaginería de 2001: Odisea del Espacio y El Planeta de los Simios de ¡Salvemos el Planeta Verde!, en sí apenas nos topamos con un soliloquio de base teatral que sigue el enfoque ascético y no muy inspirado de Bugonia en su conjunto, un convite demasiado ortodoxo en la literalidad de su planteo discursivo sin pinceladas novedosas o auténticamente atractivas más allá del abuso sexual de antaño, el genocidio humano impoluto del final -antes explotaba el Planeta Tierra en su totalidad- y la idea de hacer más explícito el óbito de la madre del protagonista por la intervención de su vástago, un Teddy que se deja llevar por Michelle cuando lo engaña diciéndole que su progenitora puede salir del coma con anticongelante. Sin profundizar demasiado en los engranajes de la hegemonía, la desinformación y la autovictimización cruzada, la película en última instancia es una relectura mediocre que occidentaliza desde el conservadurismo y el humor seco burgués aquel frenesí anímico y conceptual del querido trabajo surcoreano…
Bugonia (Estados Unidos/ Corea del Sur/ Canadá/ Reino Unido/ Irlanda, 2025)
Dirección: Yorgos Lanthimos. Guión: Will Tracy. Elenco: Jesse Plemons, Emma Stone, Aidan Delbis, Stavros Halkias, Alicia Silverstone, Marc T. Lewis, Vanessa Eng, Cedric Dumornay, Momma Cherri, Fredricka Whitfield. Producción: Yorgos Lanthimos, Emma Stone, Ari Aster, Lars Knudsen, Ed Guiney, Jerry Kyoungboum Ko, Miky Lee y Andrew Lowe. Duración: 118 minutos.