Belén

El aborto como derecho

Por Emiliano Fernández

Belén (2025), segunda película como directora y guionista de la actriz argentina Dolores Fonzi luego de una comedia dramática anodina, Blondi (2023), explora el caso de una joven humilde ignota de 25 años, conocida bajo el seudónimo de Belén para esquivar represalias por parte de los energúmenos de siempre, que en 2014 ingresó al Hospital Avellaneda de San Miguel de Tucumán, capital de la provincia argentina homónima, con un dolor en el abdomen que derivó en un aborto espontáneo sin que la muchacha se haya enterado del embarazo en el período previo. El personal del hospital, en complicidad con la policía, le plantó en un baño del lugar un feto de otra mujer para acusarla de filicidio en tiempos de prohibición del aborto, así recibió una condena de cárcel de ocho años de los que cumplió casi tres hasta que Soledad Deza, abogada militante en la organización Mujeres x Mujeres y reemplazo de la impresentable defensora de oficio, logró la anulación de la sentencia y la absolución de Belén en 2017 a través de marchas proaborto y la difusión de las múltiples irregularidades del caso. El apenas correcto film funciona como un análisis implícito del preámbulo a la legalización del aborto en Argentina en el año 2020, prácticamente la única medida encomiable tomada por la administración del patético Alberto Fernández ya que habilitó no sólo la supresión de los embarazos no deseados sino también la posibilidad de ponerle un freno a la criminalización de las emergencias obstétricas en el contexto de los centros de salud tanto públicos como privados del campo, los suburbios y las metrópolis. Fonzi, una actriz limitada que suele sentirse cómoda en personajes enojados o insensibles, se reserva el rol de Deza y la estupenda Camila Pláate compone a nuestra Belén, en pantalla bautizada como Julieta en lo referido a su nombre real, mujer que de hecho termina presa y padeciendo la negligencia de su primera abogada, Beatriz Camaño (Julieta Cardinali), a su vez sustituida después de la condena de la muchacha por una Deza a la que la pandilla legal le impide el acceso al expediente para que no tome conocimiento de las tantas barbaridades cometidas por policías, enfermeras, médicos, burócratas y funcionarios del poder judicial.

 

Entre un intento de homicidio contra Julieta, a través de un incendio en su pabellón en el presidio, y una serie de amenazas contra Soledad, desde ladrillazos en su casa y pintadas en su auto hasta marginación social y mensajitos en papel, el periplo de las dos mujeres sería el eje de Somos Belén (2019), libro de no ficción de Ana Correa que se basó en charlas de primera mano con Belén, que inspiró la película que nos ocupa y que incluyó un prólogo de nada menos que Margaret Atwood, la canadiense responsable de la novela El Cuento de la Criada (The Handmaid’s Tale, 1985). Como La Mujer de la Fila (2025), aquel trabajo de Benjamín Ávila con la misma conciencia militante rosa, Belén es en esencia una película bastante previsible, consagrada a un “salvador burgués” de un menesteroso, que podría leerse como mediocre en otra época, sobre todo en aquellas décadas del 80 y 90 cuando estaba de moda esta cruza de faena testimonial, courtroom drama y odisea carcelaria, pero hoy se abre camino como una propuesta valiosa gracias al lamentable entorno audiovisual, saturado de chatarra en las comarcas hermanadas del cine, la televisión y los servicios de streaming. Todos los personajes son odiosos debido a su idiotez, egolatría, abulia o un fascismo nauseabundo más o menos tácito, lo que incluye a una Deza que tiene de socia a su colega Bárbara (la coguionista Laura Paredes), está casada con Diego (Sergio Prina) y oficia de madre de la adolescente Flora (Gaia Garibaldi) y el purrete Manuel (Patricio Pérez Piñero). Si bien el personaje de Fonzi exuda eficacia en materia de representar el latiguillo hollywoodense del “outsider” de clase media/ alta, ese que le presenta al público burgués el sufrimiento de los sectores populares, la estrategia de desromantizar el recurso -síndrome de culpa de parte de la realizadora de por medio, por el clasismo etnocentrista de fondo- no está del todo bien desarrollada porque sinceramente resulta un tanto hiperbólica su criatura en pantalla, una abogada pudiente y cristiana que manda a sus críos a un colegio católico bilingüe de la oligarquía tucumana y tiene de hobby salvar a mujeres pobres o sin recursos que terminan en esta extensa red de demonización gubernamental/ institucional/ comunal.

 

Homologada a un ataque contra la lacra médica, policial y jurídica y a una denuncia del conservadurismo católico excrementicio, la burocracia estatal estándar, todos los prejuicios medievales del interior bucólico, la vigilancia/ los buchones civiles omnipresentes y esa indiferencia popular que convalida atrocidades del montón, la propuesta asimismo puede interpretarse como un retrato de la progresiva metamorfosis cultural en América Latina desde el endiosamiento de la maternidad y los mocosos insoportables hacia la toma de conciencia sobre la irresponsabilidad de seguir trayendo chicos a este mundo, donde la mafia capitalista y reaccionaria destruye el planeta con basura, sobrepoblación y miseria a raudales. Este tipo de películas militantes por un lado sitúan al mensaje por sobre la forma, lo que no está nada mal por más que llore cierta crítica ortodoxa que le chupa la verga al clasicismo hollywoodense, y por el otro lado también ponen de manifiesto la mediocridad de buena parte del público y la misma prensa cinematográfica, dos grupetes siempre en pos del tono neutro estéril del mainstream y no sabiendo bien qué hacer ante el compromiso de los realizadores, en este sentido basta con leer las banalidades que escriben en calidad de “reacciones” ante el film, pavadas inofensivas, sin cojones ideológicos o dignas de idiotas que se lavan las manos de todo y en especial del debate por el aborto, paradoja mediante precisamente porque el asunto gira alrededor de ello. Quizás el mayor punto a favor de esta película pase por el choque constante entre oscurantismo religioso, sostenido por la legión de beatos payasescos de todos los estratos sociales, y el feminismo de centro izquierda del relato, muy preocupado por avanzar en el lerdo ecosistema legal mediante la repercusión mediática del caso, lo que implica utilizar a -e impedir ser utilizado por- la TV oligofrénica de hoy en día, llena de programas basura en línea con los magazines, los concursos, los reality shows y los engendros híbridos con panelistas. No son particularmente memorables ni imaginativas las pesadillas símil terror de las dos protagonistas apuntaladas en duchas de sangre, un estereotipo de primer grado en lo que atañe a la educación cinéfila más básica.

 

Algunos detalles humorísticos simpáticos y un buen uso del “villano” central que impide el acceso al expediente cual cofre de los secretitos sucios, el mandamás en el proceso judicial fraudulento, el Juez Fariña (Luis Machín), por suerte se unifican con un afiche al paso de la inconmensurable Mercedes Sosa y la presencia en sí durante los créditos finales de Cuando Tenga la Tierra, una canción extraordinaria que abre el álbum Traigo un Pueblo en mi Voz (1973). El opus de Fonzi, en última instancia, sirve para enfrentarse al gobierno de mierda de nuestro presente de Javier Milei y Victoria Villarruel, efectivamente una conjunción de infradotados neoliberales y ortodoxos cristianos/ antiaborto/ negacionistas del genocidio argentino que desean convertir al país en una sociedad repugnante como esa chilena o esa española que jamás juzgaron los crímenes de lesa humanidad de sus respectivas dictaduras y que para colmo continúan con el linaje de la lacra torturadora y asesina dentro del enclave estatal, hilarantemente autoasignándose el rótulo de naciones “civilizadas” a puro delirio e hipocresía, sombra del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) que en pantalla toma la forma de la fuerte custodia policial en tribunales y hospitales de esta Tucumán del nuevo milenio. Belén evita el feminismo misándrico burgués sin conciencia social, el cual ayudó al ascenso al poder del estafador, nazi, coimero y narco de Milei con su estupidez de lloriqueo sectorial/ de minoría, mediante la misma idiosincrasia del caso de turno, el de una mujer pobre que no sabe ni puede defenderse por cuenta propia, reclamando esa solidaridad fundamental para reconstruir los lazos que el individualismo del nuevo capitalismo salvaje fue destruyendo para eliminar conquistas sociales de antaño como los derechos laborales, ciudadanos, democráticos, culturales y del ámbito de la privacidad en sintonía con el propio aborto, hoy una necesidad primordial a todas luces. Aquí la justicia se nos aparece como una farsa, el aparato de protección como un sinónimo de represión y la piedad que debería enarbolar el Estado, para contrarrestar las injusticias demenciales del mercado, como un martirio en el que por cada “final feliz” existen miles de casos que derivan en catástrofe…

 

Belén (Argentina, 2025)

Dirección: Dolores Fonzi. Guión: Dolores Fonzi, Laura Paredes, Agustina San Martín y Nicolás Britos. Elenco: Dolores Fonzi, Camila Pláate, Laura Paredes, Julieta Cardinali, Sergio Prina, Luis Machín, Gaia Garibaldi, Patricio Pérez Piñero, César Troncoso, Liliana Juárez. Producción: Hugo Sigman, Leticia Cristi y Matías Mosteirín. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 6