Como ningún otro grupo de su generación porque de hecho fueron de los pocos que siguieron tocando con regularidad más allá de las postrimerías del Siglo XX, Babasónicos nunca llegó a hacer las paces del todo con la decisión de negar el underground de su génesis y abrazar un pop lavado para alcanzar una masividad que a su vez les permitiese superar la desaparición en el nuevo milenio de la contracultura terrorista que efectivamente los vio nacer, esquema que marcó a fuego el trauma de siempre del colectivo, actualmente integrado por Adrián “Dárgelos” Rodríguez en voz, Mariano “Roger” Domínguez y Diego “Uma” Rodríguez en guitarras, Gustavo “Tuta” Torres en bajo, Diego “Uma-T” Tuñón en teclados y Diego “Panza” Castellano en batería, alineación en la que Torres reemplaza desde 2011 a Gabriel “Gabo” Manelli, el bajista original del grupo que fallecería en 2008 a la edad de 38 años por la Enfermedad de Hodgkin, un cáncer de base linfática. En este sentido al escuchar el último disco de la agrupación, Cuerpos Vol. 1 (2025), uno sinceramente ya no sabe a quién está dirigido porque el público indie original los abandonó hace muchísimo tiempo, concretamente luego del período inaugural caracterizado por la experimentación y ese eclecticismo noventoso fascinante de Pasto (1992), Trance Zomba (1994), Dopádromo (1996), Babasónica (1997) y Miami (1999), y el público mainstream inmaduro, por su parte, también en buena medida lo perdieron después de haberlo ganado bajo la novedad del sonido hiper popero/ radio friendly de Jessico (2001) y su secuela, Infame (2003), dos gremios que leyeron de distinta manera la repetición ya vergonzosa de los dos álbumes siguientes, Anoche (2005) y Mucho (2008), trabajos lamentables que terminaron de enajenar a los fanáticos del principio, asqueados por el salto hacia el comercialismo inofensivo, y a los nuevos admiradores del montón del gremio masivo, los cuales serán tontos y caprichosos aunque rápidamente identifican a una fotocopia de una fotocopia, de hecho el mantra que acompañaría de allí en más a casi toda la producción artística de los originarios de Lanús, en la Provincia de Buenos Aires, durante el apogeo de aquel Nuevo Rock Argentino de gente tan heterogénea como Los Brujos, Fun People, El Otro Yo, Massacre, Juana la Loca, Tía Newton, Los Visitantes, Peligrosos Gorriones y Carlos Hernán Carcacha alias Carca.
De modo muy tardío trataron de recuperar algo de la legitimidad de antaño con un par de trabajos que pedían a gritos en simultáneo el reconocimiento artístico de los 90 y el éxito comercial de la placa bisagra, Jessico, hablamos de A Propósito (2011) y Romantisísmico (2013), obras que fueron ninguneadas por todos al extremo de definitivamente generar un cimbronazo en el grupo que se tradujo en un lustro nada sutil de silencio discográfico. Babasónicos redefinió su sonido en ocasión de Discutible (2018) y profundizó el asunto en Trinchera (2022) y esta flamante placa que desde su título promete secuela o secuelas, Cuerpos Vol. 1, planteo que lamentablemente nos deja con la sensación de estar ante una maquinaria musical que no puede sacarse de encima su frivolidad y que en este caso se nos presenta como una amalgama entre una versión trasnochada y mediocre del art pop irónico modelo Sparks y Devo, por un lado, y una relectura asimismo banal de aquella dark wave de Depeche Mode y Soft Cell, por el otro lado. Dicho de otra manera, el reemplazo del combo kitsch alucinante de los comienzos, cuando jugaban con el rock alternativo, el stoner, la psicodelia, el funk, el grunge, el hip hop, la bossa nova, el soul, el heavy metal, el folk, el rock industrial, el trip hop y la escena madchestereana, por el pop bastante chato pero todavía imaginativo de Jessico e Infame, ahora tiene su correlato -inoportuno, como decíamos con anterioridad, cuando ya a casi nadie le importa salvo a algunos devotos del indie y el mainstream- en la metamorfosis desde los sucesivos pasos en falso posteriores, todos enmarcados en un pop grasiento baladístico con síndrome de culpa que coqueteaba con el soft rock o a lo sumo el acervo alternativo más leve, hacia el synth-pop minimalista y muy desparejo de Trinchera y Cuerpos Vol. 1, productos lustrosos y con tufillo de autoimportancia aunque esencialmente huecos u ombliguistas, casi involuntariamente autoparódicos en su pretensión de parecerse a Virus y Prince, quizás la única forma que encontraron los hoy veteranos para reinventarse luego de haber sido acusados -con razón- de haberse “vendido” a una gran industria de la música que los castró y/ o los drenó creativamente hasta condenarlos a la redundancia del cinismo baladí ad infinitum, basta con pensar en la catarata de productos intrascendentes cual merchandising que han venido acumulando desde Jessico en materia de discos de lados B, remixes, descartes y registros en vivo más soundtracks, EPs, grandes éxitos y versiones extendidas de álbumes editados hace poco.
Cuerpos Vol. 1 abre con Tiempo Off, una acepción a media máquina de aquel sophisti-pop de Roxy Music y The Blue Nile con algo del Prince circa Parade (1986), Sign o’ the Times (1987) y Lovesexy (1988), una canción interesante en la que los coros, el buen trabajo de guitarra y algunas excentricidades rítmicas del último tramo compensan la mediocridad absoluta del beat y otra de esas letras de pura oquedad de Dárgelos, en esta oportunidad indagando superficialmente en la saturación sensorial, la angustia y el déficit de atención del nuevo milenio mientras tira incoherencias que riman símil aquel Andrés Calamaro posterior a Alta Suciedad (1997) y Honestidad Brutal (1999). Revelaciones Aparte es otra relectura bastante tibia, en este caso del rock industrial noventoso con pinceladas de dream pop, que corrige el sustrato rockero inofensivo de fondo con una letra que le pega de frente a la mafia del payaso y psicópata de mierda de Javier Milei, pasando de señalar el carácter suicida de los votantes de la derecha a poner en el tapete las humillaciones futuras por obra y gracia de los desalmados que gobiernan para las oligarquías de las finanzas, el campo y la minería, dejando a su suerte al comercio, la industria, la construcción y el trabajo en general, reemplazado por la especulación como matriz de riqueza desde la década del 70 y hoy más que nunca. Maracuyá juega con una new wave deforme, entre el art pop y el post punk, que incluye un falsete a lo Prince, arreglos amenos dignos de Depeche Mode y una cita explícita en música y letra a Pecados para dos, clásico de Locura (1985), una de las obras maestras de Virus, todo en el contexto de versos orientados a explorar tópicos candentes como el hedonismo, el ensimismamiento maniático en uno mismo, la demonización del otro, la falta de comunicación a escala de toda la sociedad y por supuesto el empobrecimiento intelectual de las mayorías populares aunque dentro de las elites también, estratos que comparten la divinización del placer irresponsable e infantilizado, ese que pretende desconocer el dolor como parte constituyente de la vida o por el contrario, lo fetichiza a puro masoquismo patológico.
Cocos, un tema hiper triphopero que está más cerca del primer Massive Attack de Blue Lines (1991) y Protection (1994) que del ecosistema mucho más áspero de Tricky y Portishead, funciona como una secuela espiritual del track previo porque la letra profundiza en la obsesión posmoderna con las burbujas, aquí tratadas en una doble lectura de sustraerse de la realidad de manera nociva, negando nuevamente la existencia del prójimo real para cosificarlo en el mundillo virtual egoísta, y positiva, precisamente en plan de desintoxicarse de la idiotez sin fin de las redes sociales, las plataformas y los algoritmos para recuperar algo de cordura e independencia en nuestro pequeño espacio personal, sea de la naturaleza que sea. Entre el funk y la música disco, Advertencia es otro tema con un beat de lo más mediocre, mucho eco y buenos arreglos de coros que le vuelve a pegar a la lacra represora neoliberal en el poder en Argentina, en esta ocasión tachándola de descabellada, mitómana, burda y sobre todo manipuladora de la conciencia local en lo que atañe a la utilización del trauma inflacionario que generó la administración anterior de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, esquema que vuelve a responder a la levedad discursiva de siempre de Dárgelos, quien como letrista suele confundir profundidad con mensajes pobremente encriptados aunque por lo menos se molesta en aclarar que la presente aventura neonazi de Milei y compañía debería oficiar de advertencia final a ojos de los tarados de las clases media y baja que siguen apoyando un proyecto financiero/ extractivista de esta envergadura. Miau se mueve en el terreno de un hipotético pastiche synth-pop con más bases rítmicas lo-fi que pretenden contrastar con la pirotecnia artpopera ochentosa, aquí optando por una repetición de impronta circular y unos versos fatalistas y poco rigurosos que indagan en el nulo compromiso de las relaciones románticas actuales y en la necesidad de sobreponerse al trasfondo deprimente de Argentina, una vez más subrayando la pauperización cognitiva de buena parte de la población y específicamente su incapacidad a la hora de mantener una mínima conversación o siquiera resolver un problema de lo más mundano con sus manos, por cierto signo de una época en la que el futuro es sinónimo de desastre autoconstruido.
Labios Apilados continúa fetichizando a Depeche Mode, hoy a mitad de camino entre el acento grunge/ alternativo de Songs of Faith and Devotion (1993) y su homólogo industrial a lo Nine Inch Nails de Ultra (1997), excusa para que el vocalista desparrame más rimas cursis calamarescas y deje alguna que otra reflexión válida o atractiva vinculada al dejo efímero de la fama/ gloria, al contagio de la necedad en términos sociales y a la paradoja de buena parte del vulgo del Siglo XXI, ese que deambula sin un plan propio, un proyecto que los represente cual conciencia de clase, y se deja someter a los planes maquiavélicos de las cúpulas capitalistas parasitarias, las cuales carecen de empatía y efectivamente transforman a sus semejantes en medios para un fin, crueldad de por medio. Mercado Blue constituye uno de los pocos experimentos sophisti-pop exitosos del álbum, quizás el track mejor desarrollado en lo referido a la decisión de privilegiar el formalismo, léase la arquitectura musical minuciosa, por sobre el contenido en sí, como casi siempre en el caso de Babasónicos aparentemente importante pero sin que resista demasiado análisis por fuera de lo obvio, ahora una bohemia anárquica mediante esa metáfora del título, homologada a la cotización ilegal del dólar en Argentina en el denominado “mercado blue”, que se utiliza para enfatizar la falta de control de distintas facetas del narrador, desde su sarcasmo y misantropía hasta su poca vergüenza, autonomía, honradez y sentido de pertenencia, amén del reconocimiento de sentirse estafado como tantos votantes que defienden intereses ajenos, de multimillonarios de la cleptocracia, como si fuesen propios símil pobre lobotomizado de derecha. La placa cierra con el peor tema del lote, Mi Propia Música, un exponente dance que recuerda a -para mal, desde ya, como una versión resumida y hueca de- la psicodelia madchestereana modelo Fools Gold (1989), aquel célebre single de The Stone Roses que iría a parar a muchas de las versiones no británicas del trabajo debut de Ian Brown, John Squire y el resto, aquí reemplazando los floreos funk por chispazos guitarreros del indie elegante de los 80 y apostando por una letra que parece hablar de la creación artística de probeta y la ausencia de solidaridad en el nuevo milenio aunque desde el individualismo burgués estándar de Dárgelos y algunas de sus clásicas bravuconadas en pos de pelea, esas que por milésima vez despiertan vergüenza ajena conociendo su corporalidad de alfeñique.
Si bien no llega a ser un mal disco, tampoco se puede aseverar que Cuerpos Vol. 1 sea un trabajo realmente bueno o siquiera valioso porque la prolijidad popera de Babasónicos desde Jessico y la brevedad del repertorio ofrecido álbum a álbum desde Mucho no alcanzan para primero salvarlos del gran problema de la música de nuestros tiempos, su intercambiabilidad en el mar de las miles de bandas prácticamente idénticas generando canciones que se parecen a muchas canciones del pasado no tan remoto, y segundo hacer olvidar el hecho de que siguen componiendo/ grabando el mismo disco -detalles más, detalles menos- desde comienzos del Siglo XXI, de hecho cuando patentaron la fórmula comercialmente ganadora en ocasión del trabajo de 2001 y su continuación de dos años después, Infame, como decíamos antes obras simpáticas pero algo insípidas que cortaron de cuajo el frenesí lunático de la andanada de los inicios, Pasto, Trance Zomba, Dopádromo, Babasónica y Miami, todos muy buenos con la excepción del errático Dopádromo. Dárgelos, seudónimo que remite a uno de los personajes cruciales de Los Niños Terribles (Les Enfants Terribles, 1929), novela de Jean Cocteau, y de la adaptación cinematográfica del libro, el recordado film de 1950 dirigido por Jean-Pierre Melville con Renée Cosima interpretando a Dárgelos, está muy lejos de sus evidentemente idolatrados Prince y Federico Moura, de Virus, y en general la banda ya no sabe qué hacer para volver a resultar relevantes más allá del nicho de incondicionales que todavía los defienden porque el nivel de detalle que enmarca las placas del colectivo ya casi no se ve en el rock y pop anglosajón, de sustrato por demás artificial e imbécil, y especialmente en el rock latino, esquema que por supuesto incluye a España y nos habla de una meseta cualitativa de nunca acabar en la que la caterva de músicos en cuestión se la pasa refritando los mismos exactos latiguillos del baúl de recursos sonoros de los años 70, 80 y 90, algo que se exacerba en el pop más accesible porque allí prima el marketing, el algoritmo, la inteligencia artificial o la música de ordenador, ya sin instrumentos ni sapiencia ni personalidad propia ni sesionistas ni estudio ni algo para decir, sea del rubro ideológico que sea. Cuerpos Vol. 1 es otro trabajo inocuo y mediocre, profundamente descartable en su nostalgia a lo hypnagogic pop, de una banda que perdió el poderío retórico hace muchos años y pretende recuperarlo -al igual que su legitimidad rockera, producto de la sinceridad sin ironía- aunque sin renunciar al grueso del público que todavía los sigue, en esencia ubicado en el indie fundamentalista y un mainstream que le pide más y más de esos boleros apenas camuflados de las dos décadas previas, lo que en suma nos ubica frente a otro caso de pretender dejar contentos a todos para en la praxis decepcionarlos nuevamente.
Cuerpos Vol. 1, de Babasónicos (2025)
Tracks:
