Marty Supremo (Marty Supreme, 2025), primer trabajo en solitario de Josh Safdie luego de dirigir junto a su hermano menor, Benny, dos neoclásicos, Good Time: Viviendo al Límite (Good Time, 2017) y Diamantes en Bruto (Uncut Gems, 2019), y tres films más que dignos, Daddy Longlegs (2009), Lenny Cooke (2013) y Heaven Knows What (2014), precisamente se ubica apenas por encima de la gesta inmediatamente previa de un Benny independizado, La Máquina (The Smashing Machine, 2025), biopic correcta y poco más sobre Mark Kerr (Dwayne Johnson), uno de los pioneros del ámbito estadounidense de las artes marciales mixtas. Las diferencias entre ambas realizaciones están a la orden del día porque así como La Máquina nos presentaba a un protagonista anodino moviéndose en un mundillo de por sí interesante que se homologaba a la visceralidad del boxeo, la flamante Marty Supremo invierte el asunto porque ahora el ecosistema o telón de fondo resulta soporífero, ese tenis de mesa o ping-pong que tiene mucho de disciplina para burgueses idiotas o directamente infantilizados, mientras que el adalid de la resistencia sí logra llamar la atención en tanto personaje bien construido, Marty Mauser (Timothée Chalamet), protagonista inspirado en Marty Reisman (1930-2012), un judío neoyorquino de ascendencia asquenazí que de hecho fue campeón en distintos torneos de ping-pong aunque se caracterizó mucho más por sus piruetas al momento de jugar, por sus rutinas cómicas, por su vestimenta extravagante y por montar un espectáculo estandarizado a partir de ello, casi siempre apostando ante ingenuos y sumándose a exhibiciones itinerantes de los Harlem Globetrotters. Se podría decir que el armazón narrativo también es distinto porque Benny en La Máquina optaba por un enfoque indie meditabundo muy deudor de El Luchador (The Wrestler, 2008), la obra maestra de Darren Aronofsky, y su hermano se decide por una semi remake espiritual de Diamantes en Bruto en materia de una épica de adversidades tragicómicas en secuencia para el antihéroe.
Desde ya que Marty Supremo es una propuesta bienvenida en el contexto cinematográfico paupérrimo de hoy en día, uno que privilegia el comercialismo más imbécil por sobre la integridad artística o un mensaje honesto, no obstante la decepción vuelve a colarse en la coctelera porque la sombra de la faena de 2019 con Adam Sandler es demasiado grande, al extremo de que los personajes ofuscados centrales resultan en gran medida intercambiables sobre un fondo que sustituye la obsesión con las joyas y las apuestas por la obsesión con el tenis de mesa, esquema que a su vez abarca un “no relato” donde el protagonista se tropieza sistemáticamente con las piedras de su entorno cercano como también ocurría en los dos trabajos previos de los hermanos Safdie, Good Time: Viviendo al Límite y Heaven Knows What, algo así como ensayos para un engranaje retórico que alcanzó su cúspide/ súmmum en Diamantes en Bruto para eventualmente entrar en crisis -atenuada pero crisis al fin, por la reiteración y la visibilidad de los hilos o la fórmula en primer plano- en nuestra Marty Supremo. Como decíamos antes, la trama es casi inexistente y se concentra en un Mauser que en 1952 se gana la vida en la zapatería de Nueva York de su tío, Murray (Larry “Ratso” Sloman), a quien le roba 700 dólares para participar de un torneo en Londres donde pierde ante un japonés sordo, Koto Endo (Koto Kawaguchi), y se acuesta con una actriz retirada, Kay Stone (Gwyneth Paltrow), para después rechazar la oferta del marido rico de la mujer para un match de exhibición con Endo, Milton Rockwell (Kevin O’Leary). Marty viaja por el mundo con los Harlem Globetrotters pero al regresar a yanquilandia su tío le “confisca” el dinero que planeaba usar para la revancha contra el nipón en un futuro torneo en Tokio, por ello se une a un amigo taxista y jugador como él, Wally (Tyler Okonma), para estafar a unos bobos del ping-pong mientras se reencuentra con una amiga de la niñez que también es su amante embarazada, Rachel Mizler (Odessa A’zion), casada con Ira (Emory Cohen).
Un gran punto a favor es la banda sonora ya que por un lado tenemos el soundtrack de Daniel Lopatin alias Oneohtrix Point Never, apuntalado en sintetizadores, detalles corales y cierto aire carpenteriano, y por el otro lado está la selección musical profusa típica de las epopeyas metropolitanas histéricas de los Safdie, aquí enmarcada en afamadas canciones como Forever Young (1984), de Alphaville, I Have the Touch (1982), de Peter Gabriel, The Order of Death (1984), de Public Image Ltd., y Everybody Wants to Rule the World (1985), de Tears for Fears. El sello naturalista setentoso de la fotografía del iraní Darius Khondji no fetichiza floreo alguno para registrar algo tan pedestre o aburrido como el tenis de mesa, lo que hubiese caído en la autoparodia hollywoodense, y por cierto se acopla de maravilla con la adrenalina y la exasperación de los años 80 que exuda el montaje del director y su socio de siempre, Ronald Bronstein, el mismo equipo que produce, estuvo a cargo del guión y termina engendrando un corte por momentos dinámico y por momentos demasiado extenso en sus 150 minutos de duración, lo que certifica que quedaron muchas escenas en la sala de edición. La intrascendencia del ping-pong parece incluso confirmada por la propia película ya que con la excepción del prólogo y el último acto en Tokio, segmentos abiertamente vinculados a los resortes de aquella fábula deportiva construida alrededor de la voluntad de autolegitimación del protagonista, el grueso del metraje responde a la espiral mencionada de infortunios semejante a las tres películas previas de Josh y su hermano, hoy para colmo exacerbando el judaísmo del joyero y ludópata de Sandler en Diamantes en Bruto, Howard Ratner, al extremo de la caricatura del clásico bípedo allenesco, léase narcisista, nervioso, irónico, soberbio, masoquista y obcecado en lo suyo de manera maniática/ fundamentalista/ ortodoxa, de allí se explica también el peso que tiene el desarrollo de personajes por sobre la caótica historia que se pretende transmitir, una quijotesca y scorsesiana en su magnitud.
Definitivamente lo mejor de la película no es la relación del veinteañero con la noviecita casada a la que dejó embarazada ni el affaire con la actriz famosa en plan de regreso a los escenarios ni la pérdida de dignidad al “venderse” a su marido empresario, un magnate del negocio de las lapiceras y la tinta, ni tampoco la presencia de la bizarra madre de Mauser, Rebecca (Fran Drescher), o el proyecto de fabricar pelotas naranjas de ping-pong del joven con un amigo gordo, Dion Galanis (Luke Manley), para lo cual deben convencer a su padre, Christopher (John Catsimatidis), sino la subtrama que involucra la insólita intervención de Abel Ferrara, legendario cineasta neoyorquino que en pantalla compone a Ezra Mishkin, un mafioso enigmático que termina con una fractura expuesta en su brazo izquierdo cuando en un hotel se le cae encima la bañera de Marty de la habitación del piso de arriba, esa que Mauser compartía con el taxista luego de su fuga del departamento familiar para evitar a su tío y la cárcel, en este sentido Ferrara opaca a Chalamet y desencadena los problemas que surgen alrededor de la mascota de Mishkin, un perro llamado Moisés que Mauser debería llevar al veterinario porque para ello le paga el mafioso con el brazo destruido, planteo que deriva en más estafas, la pérdida del animal y un enfrentamiento con un granjero armado que se queda con el cuadrúpedo, Hoff (Penn Jillette). De todos modos el enorme volumen de personajes y el carácter hiper repetitivo de las debacles que padece el jugador de tenis de mesa, algunas de su cosecha y otras producto del azar o de la coyuntura de turno, nunca terminan de hacer mella en el desempeño de un Timothée que produce y se muestra muy preocupado por copiarle todos los tics a esa estirpe casi extinta de actores de raza -los más intensos o comprometidos- que va desde Marlon Brando y James Dean a Robert De Niro, Dustin Hoffman y Al Pacino, por ello lo de Chalamet es eficaz ya que más que interpretar al personaje lo habita en su desesperación por reunir el dinero necesario para viajar a Japón.
La retahíla de situaciones patéticas que en la mentalidad de Josh, asimismo responsable de la hoy olvidada y fofa The Pleasure of Being Robbed (2008), quieren pasar por grotescas e hilarantes se sostiene en muchos travellings y en unos primeros planos constantes de rostros orientados a la creación de neurosis e intimidad, bolsa en la que cae eso de timar a ilusos en una bolera, escapar de los damnificados, pedirle alojamiento a Dion, robarle un collar de bisutería a Stone, enfrascarse en un tenebroso enfrentamiento con el granjero, solicitar un rescate a Mishkin símil secuestro por un perro que no tiene, utilizar un collar realmente valioso para sobornar a policías que descubrieron a Marty y Kay teniendo sexo en Central Park y finalmente dejarse golpear el trasero con una raqueta por el cerdo capitalista de las lapiceras en una fiesta, todo para conseguir una “segunda oportunidad” en lo que atañe a la exhibición promocional con Endo. A pesar de que esta estructura efectivamente se siente redundante por partida doble, a escala del relato en cuestión y por la ejecución devaluada si la comparamos con sus homólogas de Diamantes en Bruto, Good Time: Viviendo al Límite y Heaven Knows What, Marty Supremo sabe desparramar ambición discursiva y se propone pensar el mecenazgo capitalista, la asimetría de poder, las limitaciones del deporte amateur y sobre todo los anhelos deshechos que vuelven a renacer como ave fénix desde la vocación ad infinitum, las compulsiones y en especial la improvisación cotidiana del pícaro, sujeto que hace de los pormenores de la calle su principal fuerza. La impulsividad y el egoísmo del marginado se combinan sutilmente con el sadismo de la alta burguesía, por supuesto aquí simbolizado en el personaje de O’Leary y en el episodio del culo a la intemperie de Mauser cual eco del trance semejante aunque más doloroso de El Brutalista (The Brutalist, 2024), film de Brady Corbet en el que el oligarca Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce) de hecho violaba al arquitecto húngaro y judío László Tóth (Adrien Brody), un ejemplo de esa hegemonía parasitaria/ maquiavélica que abarca cosas y seres humanos. Entre cameos a lo Terrence Malick de Sandra Bernhard, Géza Röhrig, Pico Iyer, Fred Hechinger, Philippe Petit y David Mamet, entre muchas otras figuras heterogéneas, las criaturas del relato están muy bien craneadas pero la película no tanto porque le falta imaginación y auténtica osadía, compensándolo en parte con el realismo sucio de varias escenas, el diseño de producción del mítico Jack Fisk y el aprovechamiento durante el desenlace de la Ocupación de Japón por parte de Estados Unidos luego del fiasco en la Segunda Guerra Mundial (1945-1952), marco del combate entre el estadounidense y el nipón bajo el halo de una tensión cultural que también es un resabio político y bélico porque el trauma nacional está muy presente…
Marty Supremo (Marty Supreme, Estados Unidos/ Finlandia, 2025)
Dirección: Josh Safdie. Guión: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Elenco: Timothée Chalamet, Abel Ferrara, Gwyneth Paltrow, Fran Drescher, Odessa A’zion, Koto Kawaguchi, Tyler Okonma, Luke Manley, Kevin O’Leary, Emory Cohen. Producción: Josh Safdie, Ronald Bronstein, Timothée Chalamet, Eli Bush y Anthony Katagas. Duración: 150 minutos.