Fantozzi (1975), gran joya de la commedia all’italiana dirigida por Luciano Salce sobre la apatía cobarde y acomodaticia de la clase media, puede ser leída de tres maneras distintas y sin duda la primera tiene que ver con su condición de radiografia de la cultura empresarial durante el pleno empleo de aquel Estado de Bienestar que a partir de esta misma década del 70 comienza a ser desmantelado bajo los designios del neoliberalismo, el cual de hecho sustituye al trabajo como fuente de riqueza por la especulación al punto de abrir un proceso de precarización laboral que se extiende hasta nuestro apocalíptico Siglo XXI, donde los trabajadores autónomos sin ningún derecho, aliciente o beneficio constituyen la mayoría. En segunda instancia el film de Salce, un “hombre orquesta” que ofició de actor, escritor y/ o director en rubros como el teatro, la radio, la televisión, el cine e incluso la ópera, puede interpretarse como un análisis muy meticuloso de los coletazos menos felices del Milagro Económico Italiano (1958-1963) y de algunas de las tensiones detrás de los Años de Plomo en Italia (1968-1988), dos desarrollos históricos en esencia vinculados a la lucha de clases, la corrupción del partido dominante hasta 1994, la Democracia Cristiana, y el hedonismo consumista de los sectores urbanos por la bonanza posterior a la Segunda Guerra Mundial motivada por el apuntalamiento de la infraestructura local, el Plan Marshall de los Estados Unidos para la reconstrucción de Europa, la emigración desde el sur agrícola hacia el norte industrializado de Italia y el surgimiento de una burguesía asalariada, precisamente, con algo de capacidad de ahorro. Y en tercer lugar viene la lectura relacionada a la complicidad para con el orden capitalista de exclusión mediante la sumisión pasiva o activa, en pantalla representada en el personaje del título en la piel de Paolo Villaggio, ese legendario Ugo Fantozzi, un empleado contable siempre inerte y mediocre que trabaja en un consorcio de compañías dentro de los gremios petrolero, textil, farmacéutico, metalúrgico, químico y del cemento, ejemplo de la concentración psicopática de las oligarquías en la posmodernidad.
La película está basada en dos antologías de relatos cortos satíricos muy exitosos del propio Villaggio, Fantozzi (1971) y El Segundo Trágico Libro de Fantozzi (Il Secondo Tragico Libro di Fantozzi, 1974), este último a su vez funcionando de inspiración para la secuela cinematográfica, El Segundo Trágico Fantozzi (Il Secondo Tragico Fantozzi, 1976), opus también de Salce que constituye junto al convite inaugural las cúspides de una saga que se extendió a lo largo de ocho películas más, todas dirigidas por Neri Parenti con la excepción del eslabón final, Fantozzi 2000: La Clonación (Fantozzi 2000: La Clonazione, 1999), de Domenico Saverni. Salce había conocido a Villaggio en ocasión de A mi Querida Madre en su Cumpleaños (Alla mia Cara Mamma nel Giorno del suo Compleanno, 1974) y por cierto volvería a reunirse con nuestro capocómico por fuera de la franquicia en El Hermoso País (Il Belpaese, 1977), Profesor Kranz, Alemán de Alemania (Professor Kranz, Tedesco di Germania, 1978) y Contador Arturo De Fanti, Banquero Interino (Rag. Arturo De Fanti, Bancario-Precario, 1980), todas aventuras inferiores y hoy olvidadas porque la carrera de ambos quedó homologada en la memoria cinéfila a aquellos dos trabajos iniciales alrededor del patético Fantozzi, amén del hecho de que el realizador entregó alguna que otra faena interesante en soledad como Pato a la Naranja (L’Anatra all’Arancia, 1975), con Monica Vitti y Ugo Tognazzi, y Vamos, Idiota (Vieni Avanti, Cretino, 1982), la recordada epopeya estelarizada por Lino Banfi. La obra maestra de 1975 patenta el andamiaje retórico de la saga porque ofrece una retahíla de sketchs caricaturescos que se mueven entre el slapstick del cine mudo, los dibujos animados caóticos a lo Looney Tunes (1930-1969) y Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies, 1931-1969), el surrealismo de principios del Siglo XX y por supuesto el grotesco, la algarabía y la sátira social que uno podría esperar de la commedia all’italiana, siempre con criaturas memorables, una inteligencia sardónica todo terreno y un ritmo narrativo veloz que retoma la energía de algunos productos de TV.
Fantozzi, la cabeza de una familia compuesta por Pina (Liù Bosisio), su esposa dócil y fea, y Mariangela (Plinio Fernando), una hija adolescente que parece un simio, en su trabajo es denigrado, humillado o ninguneado por todos con la única salvedad de Filini (Gigi Reder), algo así como su “mejor amigo” porque es otro contable y se la pasa incluyéndolo en los eventos recreativos que organiza dentro del paraguas de la compañía para la que trabajan. Gran parte de las situaciones cómicas tienen que ver con una compañera putona, la Señorita Silvani (Anna Mazzamauro), y un colega mujeriego y vividor que compite con Fantozzi por el corazón de la susodicha, Luciano Calboni (Giuseppe Anatrelli), y por supuesto aparecen figuras patronales despóticas, manipuladoras o sádicas como por ejemplo Diego Catellani (Umberto D’Orsi), el Gran Maestro de la Oficina de Recomendaciones y Ascensos, y ese enigmático Mega Director Galáctico (Paolo Paoloni), quien en el maravilloso desenlace de cadencia política reinstala la abulia servil en Ugo luego de que un compañero comunista, Folagra (Ivano Gobbo), lograse despertar su conciencia de clase al extremo de hacerle comprender la explotación capitalista y toda la transferencia de riqueza desde las mayorías populares hacia las multinacionales. Enmarcada en un excelente leitmotiv de Fabio Frizzi y el glorioso desempeño de Villaggio, más allá de un elenco en general que también coquetea con la hipérbole y el absurdo, la obra explora sistemáticamente el egoísmo, la represión y la insensibilidad en la oficina, la desesperación por llegar a tiempo al trabajo, el dejo baboso masculino, el narcisismo de las mujeres, las lisonjas ridículas intra empresa, esos eventos comunitarios a los que se asiste por obligación, los problemas de salud de los cuarentones, la mediocridad vacacional/ turística promedio, el trasfondo esclavo de la familia, el sueño del ascenso anual, la competitividad en toda burocracia administrativa gris, la militancia sindical de izquierda, el ensimismamiento y la petulancia típicas de la aristocracia europea y por supuesto las muchas deudas del pueblo para con la mafia de la usura y los servicios.
Hay escenas que llaman poderosamente la atención por distintas razones en sintonía con la denuncia de la dependencia de Europa en relación a los países de Medio Oriente (aquella aparición del Ministro de Petróleo), la burla hacia Jesucristo y el catolicismo en términos macros (las alucinaciones con fondo místico de la crucifixión y de la multiplicación del pan y los peces), la parodia de la mala suerte de los asalariados (esa “nube de los empleados” que recuerda a los efectos visuales del pararrayos y de los rostros de Ugo en la comilona aristocrática de El Segundo Trágico Fantozzi), la explicitación de la crueldad y psicopatía de la alta burguesía capitalista (el episodio del vilipendio por parte de la escoria patronal contra la hija, Mariangela, instante dramático del film), el estudio de la dinámica mentirosa del mercado y la publicidad (algo presente en el sketch sobre la clínica de adelgazamiento semejante a un presidio que mantiene a los cautivos en ayuno para después venderle la comida a precios inflados, secuencia cortada originalmente y luego incluida en la versión en DVD de 2004), el retrato de la distancia cultural previa a la globalización de los años 80 y 90 en adelante (la hilarante visita al restaurant japonés con Silvani) e incluso una cita nada disimulada a La Fiesta Inolvidable (The Party, 1968), obra maestra de Blake Edwards con Peter Sellers (hablamos de la celebración de fin de año con ese camarero con apego al desastre personificado por Nani Colombaioni, lo que anticipa el homenaje bien irónico de la secuela de 1976 al cine mudo y especialmente Serguéi Eisenstein). La segunda parte se acerca a algunos gags de la saga iniciada con La Pantera Rosa (The Pink Panther, 1963), otra del dúo de Edwards y Sellers, y de hecho complementa el asunto con sus apuntes sobre el esnobismo burgués, la ludopatía y los rituales de las elites sociales, la pasión futbolera, las atrocidades de la cacería, las “minucias” de la licencia por enfermedad y la fantasía del affaire que desembaraza de la parentela, sin embargo es el opus original el que se destaca gracias a su semblanza de la falta de dignidad que reproduce el clasismo y la plutocracia…
Fantozzi (Italia, 1975)
Dirección: Luciano Salce. Guión: Luciano Salce, Paolo Villaggio, Piero De Bernardi y Leonardo Benvenuti. Elenco: Paolo Villaggio, Anna Mazzamauro, Gigi Reder, Giuseppe Anatrelli, Umberto D’Orsi, Liù Bosisio, Plinio Fernando, Paolo Paoloni, Nani Colombaioni, Ivano Gobbo. Producción: Giovanni Bertolucci. Duración: 104 minutos.