Con el indie cinematográfico ocurre algo parecido a lo que padece el indie musical porque se transformó en un consumo digno de un nicho que se empequeñece cada día un poco más, pensemos que la primera vertiente en el Siglo XXI depende casi de manera exclusiva de los festivales internacionales, algún servicio específico de streaming -sobre todo Mubi- y las ventanas de distribución que se abren sólo durante la temporada de premios del séptimo arte en yanquilandia, léase las primeras semanas de cada año. Este panorama apocalíptico que está atravesando una industria que hasta la primera década del nuevo milenio contaba con una salida comercial muy profusa, incluso llegando a rivalizar con el mainstream en materia de algunas películas y autores, se explica primero por la concentración psicopática que promueve el capitalismo salvaje contemporáneo en todos los rubros de la economía, creando oligopolios que destruyen la competencia con el beneplácito de todos los Estados, y segundo por la mediocridad de gran parte del espectro cultural de nuestro planeta, con los productos del mainstream llevándose todos los galardones a la chatarra pero sin que el indie salga indemne, un gremio concreto que tampoco encuentra en líneas generales un público fiel en una época de saturación sensorial, déficit de atención, antiintelectualismo, lobotomía masiva y preeminencia del marketing y la publicidad para descerebrados de redes sociales y plataformas, donde los algoritmos condicionan la conducta de unas mayorías populares con poco o nulo tiempo para informarse, razonar, comunicarse o siquiera sentir como es debido.
Un típico producto del indie lamentable del Siglo XXI es Sirât (2025), bodrio del cineasta francés/ español Oliver Laxe que propone un subtítulo tan redundante como la película en su conjunto, Trance en el Desierto, que está financiado por una catarata de compañías privadas y entidades públicas, precariedad del segmento productivo indie de por medio, y que gira alrededor de Luis (Sergi López), ciudadano español que junto a su hijo pequeño, Esteban (Bruno Núñez Arjona), y la mascota de la parentela, la perra Pipa, viaja a una zona desértica de Marruecos para asistir a una rave porque le han dicho que podría encontrar allí a su hija desaparecida, Mar, de la que la familia nada sabe desde hace cinco meses. El telón de fondo es un conflicto bélico distópico que se parece a la Tercera Guerra Mundial y que se desencadena por escaramuzas previas semejantes a cualquier guerra bipolar del nuevo milenio, por ello de repente llega el ejército para evacuar/ rescatar a la lacra europea y de la caravana de camionetas se fugan dos más el vehículo de Luis y los suyos, lo que nos deja con un grupito adicional de cinco ravers caucásicos que se dirigen hacia otra fiesta cerca de Mauritania, Jade (Jade Oukid), Stef (Stefania Gadda) y Josh (Joshua Liam Henderson) más un par de tullidos, Tonin (Tonin Janvier), sin parte de su pierna izquierda, y Bigui (Richard Bellamy), sin su mano derecha. El film no se decide entre lo experimental de vieja escuela, muy cercano al acervo contemplativo, y este indie estándar actual homologado al cine de género con alguna pretensión reflexiva o de ribetes alegóricos, sumamente light por cierto.
Con muchas tomas soporíferas de los burgueses bailando o de la vastedad del desierto y con episodios que van desde lo idiota, como cuando el cuadrúpedo se enferma por comer la mierda con LSD de estos hippies trasnochados, a lo melodramático pomposo, en este caso la caída por un precipicio de la minivan de Luis con su vástago y la perra en su interior, de hecho muriendo ambos, la propuesta arrastra las mismas pretensiones hipnóticas fallidas del film anterior de Laxe, Lo que Arde (O que Arde, 2019), y reincide en Marruecos luego de visitar el país en ocasión de Todos Vosotros Sois Capitanes (Todos Vós Sodes Capitáns, 2010) y Mimosas (2016). Sirât refrita de manera burda los parlantes en el páramo de Pink Floyd: Live at Pompeii (1972), de Adrian Maben, las caravanas de Mad Max: Furia en el Camino (Mad Max: Fury Road, 2015), de George Miller, aquel desierto fetichizado de Fata Morgana (1971), de Werner Herzog, los ecos de la contracultura de Zabriskie Point (1970), de Michelangelo Antonioni, esos monolitos de 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, los protagonistas de Fenómenos (Freaks, 1932), opus de Tod Browning que también aparece en una remera de Bigui, y el riesgo a estallar por los aires de El Salario del Miedo (Le Salaire de la Peur, 1953), de Henri-Georges Clouzot, y su remake estadounidense, Sorcerer (1977), de William Friedkin, un díptico retomado en el último acto cuando nuestra colección de tarados insólitamente termina en un campo minado para fallecer uno a uno, con los vehículos asimismo llevándose su parte en las explosiones.
Laxe por momentos parece estar interesado en pensar el hedonismo banal en tiempos de guerra, el desamparo masculino por la ausencia femenina o tal vez la sombra castradora de una catástrofe social vista desde la burbuja individual, amén de resonancias ecológicas y de cierta defensa de esas parentelas compuestas de hoy en día que vendrían a superar al clan tradicional y al egoísmo de base capitalista, sin embargo estas posibles interpretaciones no se profundizan en pantalla en lo más mínimo debido a que todo conspira para que así sea, basta con tener presente que los diálogos son malísimos, la música mediocre, los personajes anodinos y la película en sí lenta, hueca y demasiado larga, sin olvidarnos de actuaciones muy flojas con la salvedad de López, el único actor profesional del elenco. El director y guionista, en este último rubro repartiendo responsabilidad con su socio habitual Santiago Fillol, en los últimos minutos coquetea con la sequedad expresiva de Gerry (2002), de Gus Van Sant, pero tampoco se decide por esa alternativa porque lo suyo es tirar un montón de cosas contra la pared a la espera de que alguna pegue en serio, entregándonos una fábula involuntariamente graciosa a raíz de sus planteos vetustos sobre las raves y los drogones modelo Madchester de fines de los 80 e inicios de los 90, sobre los purgatorios que unen el cielo y el infierno, de allí el título extraído del Islam, y sobre el hippismo comprometido sesentoso mutando en el narcisismo recreativo y nihilista de los años 70 en adelante, todos pivotes conceptuales desaprovechados que aquí acumulan capas, capas y capas de polvo…
Sirât (España/ Francia/ Marruecos, 2025)
Dirección: Oliver Laxe. Guión: Oliver Laxe y Santiago Fillol. Elenco: Sergi López, Joshua Liam Henderson, Stefania Gadda, Bruno Núñez Arjona, Richard Bellamy, Tonin Janvier, Jade Oukid, Abdellilah Madrari, Mohamed Madrari, Ahmed Abbou. Producción: Oliver Laxe, Pedro Almodóvar, Agustín Almodóvar, Domingo Corral, Xavi Font, Oriol Maymó, Mani Mortazavi, César Pardiñas, Esther García y Andrea Queralt. Duración: 110 minutos.