Exterminio: El Templo de Huesos (28 Years Later: The Bone Temple)

Un lugar en el osario

Por Emiliano Fernández

Exterminio: El Templo de Huesos (28 Years Later: The Bone Temple, 2026) es una joya nuevamente escrita por Alex Garland y controlada detrás de cámaras por el guionista y Danny Boyle -ambos productores- a través de un testaferro, Nia DaCosta, directora yanqui extremadamente mediocre que no había conseguido hacer pie ni en el indie, donde rodó Little Woods (2018) y Hedda (2025), ni en el mainstream, usina de Candyman (2021) y The Marvels (2023). Hablamos de una secuela directa de Exterminio: La Evolución (28 Years Later, 2025) y del cuarto eslabón general dentro de la saga que comenzase con las lejanas Exterminio (28 Days Later, 2002) y Exterminio 2 (28 Weeks Later, 2007), esta última obra dirigida por el español Juan Carlos Fresnadillo y las otras dos por el inglés, Boyle, esquema que enfatiza la mala decisión de partir lo que hubiese sido un gran film en dos, algo desde ya atribuible a Sony Pictures y su objetivo de duplicar la taquilla haciendo de Exterminio: La Evolución un largo prefacio para la superadora Exterminio: El Templo de Huesos. Entre canciones de Iron Maiden, Massive Attack y sobre todo Duran Duran, un desparpajo en crueldad pocas veces visto en el acervo industrial reciente y la excelente idea de mantener a los infectados/ zombies de fondo y no llevarlos al primer plano porque honestamente están muy quemados a escala discursiva y en todo el bendito séptimo arte, ya sea de presupuestos inflados a lo Hollywood o mucho más modestos, la propuesta que nos ocupa por un lado se ubica en el mismo nivel de calidad del opus original de 2002, una proeza que no puede soslayarse, y por el otro lado funciona como un blockbuster de autor como los de antes para gente pensante que no cae en el conformismo lobotomizado del nuevo milenio, ese que se la pasa entregando unas redundancia y mediocridad a su vez ensalzadas por buena parte del público y la crítica imbéciles/ tilingos/ lameculos de hoy en día, una caterva de ignorantes que promedian hacia abajo el espectro cultural al reducirlo al entretenimiento más palurdo.

 

La trama comienza donde finiquitó Exterminio: La Evolución, con Spike (Alfie Williams) debiendo unirse por obligación a la pandilla/ secta liderada por Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell), un loquito con siete acólitos/ “dedos” que se autodefine como satanista porque escucha en su cabeza la voz de Belcebú, su supuesto padre, el cual le confirma que debe rapiñar, torturar y matar a los pocos sobrevivientes ya que la Tierra -en realidad el Reino Unido, en cuarentena por el virus de la ira- hoy es el Infierno y los infectados unos demonios que sirven al maléfico pero en una posición inferior con respecto a la humanidad de idiosincrasia satánica, devotos por motu proprio. Así las cosas, Spike sobrevive en una lucha a muerte con uno de los dedos, Jimmy Shite (Connor Newall), y es obligado a ocupar su lugar cuando visitan una granja con sobrevivientes, a los que despellejan vivos en plan de sacrificio/ “caridad” en nombre de Mefistófeles, sin embargo una embarazada que logró escapar, Cathy (Mirren Mack), estropea el jolgorio y mata con un gancho a un exponente femenino de los dedos, Jimmima (Emma Laird), mientras su novio, Tom (Louis Ashbourne Serkis, hijo del célebre Andy Serkis), consigue generar un incendio que hiere al colectivo nómada. La moral pronto recupera su ímpetu cuando Jimmy Ink (Erin Kellyman), especie de amiga de Spike que desconfía del narcisismo mitómano de Jimmy Crystal, les comunica a sus colegas que en un rastrillaje en pos de flamantes víctimas se topó con el mismísimo Diablo o “Viejo Nick”, nada menos que el Doctor Ian Kelson (Ralph Fiennes), a quien de hecho espió bailando al ritmo de Río (1982), de Duran Duran, con Sansón (Chi Lewis-Parry), enorme infectado alfa al que convirtió involuntariamente en adicto a la morfina de tanto clavarle dardos con su cerbatana, zombie conceptual al que le escucha decir la palabra “Luna” justo cuando se proponía terminar con su sufrimiento y asignarle a su cráneo un lugar en el osario que construyó a lo largo de años y años, ese Templo de Huesos del título.

 

Lo que resta del séquito de Sir Lord Jimmy marcha al encuentro del médico y el propio mandamás se reserva el derecho a conversar a solas con él, charla en la que descubre que no es Satanás y en la que le comenta lo poco que recuerda del mundo previo a la infección, precisamente el prólogo de Exterminio: La Evolución o la masacre de su progenitora, sus hermanas y en especial su padre (Sandy Batchelor), un vicario con desvaríos místicos que transmitió de modo invertido a su hijo, centrándose no en Dios sino en su rival. Amenazado de muerte si no se presta a la esperable pantomima, Kelson accede a legitimar al líder de los adolescentes homicidas ante ellos, sus fieles, aunque nada sale como se espera. La mayoría de las referencias cubre el grupete de jóvenes ya que recuerdan a aquellos de El Señor de las Moscas (Lord of the Flies, 1963), de Peter Brook, La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y Horas de Terror (Funny Games, 1997), de Michael Haneke, más un trasfondo semejante al Nunca Jamás de Peter Pan (1953), de Hamilton Luske, Clyde Geronimi y Wilfred Jackson, y una alusión igualmente sarcástica por parte de Kelson a This Is Spinal Tap (1984), opus de Rob Reiner. El ritmo resulta más sosegado si lo comparamos con la esquizofrenia narrativa de Boyle y la estructura es más episódica para combinar el devenir de los distintos personajes, además gracias a Sansón reaparece el viejo arte de comer cerebros a lo El Regreso de los Muertos Vivos (The Return of the Living Dead, 1985), de Dan O’Bannon, y puede decirse que hay un interés por el raciocinio de los infectados símil aquel George A. Romero de El Día de los Muertos Vivos (Day of the Dead, 1985), sin olvidarnos que ahora tenemos tomas desde el punto de vista del forzudo, Spike e incluso Jimmy Crystal y por su parte Sansón, aquí tratado con medicamentos psiquiátricos por el médico, atesora un flashback que explica su gustito por la Luna, algo que nos reenvía a un viaje en tren con su familia y a una revista/ fascículo con infografías varias al respecto.

 

Hoy estamos frente a una contraposición entre la violencia y la manipulación psicopática de Jimmy Crystal, por un lado, y la empatía con el prójimo y el ansia de paz de Kelson, por el otro lado, y por cierto brillan el guión de Garland, el desempeño del elenco y la curaduría de Boyle, pero no tanto la dirección de una DaCosta que para tratar de diferenciarse de su colega británico opta por un doble lugar común en estos casos, el minimalismo humanista y una tensión con abundancia de un bienvenido gore. Como decíamos antes, uno de los ejes fundamentales es el gran trabajo de los dos especialistas en villanos, Ralph Fiennes y Jack O’Connell, el primero alcanzando la fama a mediados de los 90 vía El Bebé de Mâcon (The Baby of Mâcon, 1993), de Peter Greenaway, La Lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), de Steven Spielberg, Quiz Show: El Dilema (Quiz Show, 1994), de Robert Redford, Días Extraños (Strange Days, 1995), de Kathryn Bigelow, y El Paciente Inglés (The English Patient, 1996), faena de Anthony Minghella, hace poco brillando también en El Menú (The Menu, 2022), de Mark Mylod, y Cónclave (2024), de Edward Berger, y el segundo un actor magistral que pudo lucirse en Eden Lake (2008), de James Watkins, Encarcelado (Starred Up, 2013), de David Mackenzie, 71 (2014), de Yann Demange, Inquebrantable (Unbroken, 2014), de Angelina Jolie, El Maestro del Dinero (Money Monster, 2016), de Jodie Foster, Prueba de Fuego (Trial by Fire, 2018), de Edward Zwick, Back to Black (2024), de Sam Taylor-Johnson, Pecadores (Sinners, 2025), de Ryan Coogler, y las miniseries Godless (2017), de Scott Frank, y La Sangre Helada (The North Water, 2021), de Andrew Haigh. Los protagonistas grotescos de Teletubbies (1997-2001), con televisores en sus panzas en los que se ven a sí mismos en una espiral eterna, en el relato funcionan como un ejemplo de la cultura estúpida, infantiloide y/ o autorreferencial de toda la posmodernidad debido a que la pandilla de Sir Lord Jimmy los venera y Jimmima se especializa en “bailar” como ellos.

 

Exterminio: El Templo de Huesos incorpora el comentado epílogo protagonizado por Jim (Cillian Murphy), personaje decisivo de la epopeya de 2002, y no oculta su intención de oficiar de retrato del darwinismo social que aflora cuando no existe marco ético compartido o cuando predomina el individualismo mesiánico capitalista actual, por ello el film subraya que hay que desconfiar de todos los que se venden a sí mismos como profetas, en realidad seres execrables y despóticos amantes de la crueldad. Sir Lord Jimmy muta en satanista para sobrevivir abrazando la causa de la catástrofe en vez de huir de ella, como hicieron los cobardes que murieron sin luchar y por ello -desde su óptica- es necesario eliminar a los que aún quedan y sus descendientes para que sólo permanezcan en pie los más “adaptados” a este escenario pesadillesco, eugenesia filonazi de por medio. En este sentido sobrevuela la idea de la ubicuidad de una hecatombe cual signo del destino, literalmente la imposibilidad de escapar de la desgracia porque está presente en todos lados al extremo de imponer la necesidad de confrontarla con vistas a liberarse de su yugo y alcanzar cierta autonomía en el desastre, incluso a costa de otros como en el caso se la secta itinerante de la realización, además nos topamos con una muy buena utilización del arte y los monumentos funerarios desde una cosmología simbólica fascinante, vinculada a la devoción y efectivamente a las perspectivas contrapuestas de la mundanidad atea y la religión más lunática, en perpetua búsqueda de respuestas o significados. La sociedad anterior a la debacle zombie aparece homologada a conceptos como la certeza, el orden y la presencia de un sistema y unos cimientos que parecían inexpugnables, por supuesto hasta que los dramas y las revueltas de influjo cotidiano dejan paso a una calamidad a escala planetaria provocada por los mismos seres humanos y su egolatría parasitaria. La gloriosa escena, correspondiente al último acto, de Fiennes contoneándose al compás de The Number of the Beast (1982), himno de Iron Maiden con una intro recitada de Barry Clayton, toma la forma de un estupendo homenaje a la teatralidad de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico de los 70 y 80 como si se tratase de una secuencia cien por ciento de la factoría de Boyle, quizás la mejor de la propuesta por su intensidad o frenesí melómano rockero. El desenlace, con Jimmy Crystal pretendiendo divinizarse a ojos de los crédulos que lo idolatran mediante el chantaje más rudimentario sobre Kelson, puede leerse como un ataque nada disimulado a las autojustificaciones que ensaya el neofascismo contemporáneo apelando al maquiavelismo, el odio direccionado, las patrañas y el show, ese al que recurren payasos narcisistas y sádicos como Donald Trump y Javier Milei para llegar a la cúspide del poder desde la confrontación y el suplicio ajeno…

 

Exterminio: El Templo de Huesos (28 Years Later: The Bone Temple, Reino Unido/ Estados Unidos, 2026)

Dirección: Nia DaCosta. Guión: Alex Garland. Elenco: Jack O’Connell, Ralph Fiennes, Alfie Williams, Erin Kellyman, Chi Lewis-Parry, Emma Laird, Louis Ashbourne Serkis, Mirren Mack, Connor Newall, Sam Locke. Producción: Danny Boyle, Alex Garland, Bernard Bellew, Andrew Macdonald y Peter Rice. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 9