Los Hilos del Crimen (Sew Torn)

Opciones, opciones, opciones

Por Emiliano Fernández

Los Hilos del Crimen (Sew Torn, 2024) constituye el debut en el terreno del largometraje del estadounidense/ suizo Freddy Macdonald, aquí adaptando su corto del mismo título del año 2019 y logrando un opus indie digno dentro del vendaval de productos descartables de la industria cultural del Siglo XXI. Con pocos o nulos diálogos en términos generales y una preocupación por analizar las consecuencias de la aleatoriedad, el destino más irónico y por supuesto las decisiones individuales o nuestras acciones, el film sigue la estela de trabajos recientes que han retomado aquellas perspectivas u ópticas complementarias/ sucesivas del relato en mosaico modelo Rashômon (1950), obra maestra de Akira Kurosawa, pensemos sobre todo en Influencers (2025), de Kurtis David Harder, Una Casa de Dinamita (A House of Dynamite, 2025), de Kathryn Bigelow, Twinless (2025), de James Sweeney, La Hora de la Desaparición (Weapons, 2025), de Zach Cregger, y Acaba con Ellos (Bring Them Down, 2024), de Chris Andrews, entre otras tantas faenas que continúan fetichizando la estructura patentada por el japonés. La propuesta se mueve entre el neo noir, la comedia negra, el thriller bucólico, el cuento de hadas, el slapstick y la especulación fantástica existencialista símil La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), mítica serie de Rod Serling para la cadena CBS. Ahora bien, lo que realmente destaca a Los Hilos del Crimen de otras gestas parecidas es esa destreza sobrehumana para las manualidades -la costura, en este caso- de la protagonista que reenvía a MacGyver (1985-1992), serie protagonizada por Richard Dean Anderson y creada por Lee David Zlotoff para la ABC que también hizo un uso tan excesivo como hilarante de las “máquinas de Rube Goldberg”, léase las argucias o aparatejos ultra complicados que ejecutan tareas sencillas a través de la reacción en cadena.

 

La que detenta una habilidad surrealista con los hilos y las agujas es Bárbara Duggen (Eve Connolly), quien en algún pueblito aburrido de Suiza está despidiéndose de la mercería que administraba junto a su madre hoy fallecida (Petra Wright), Duggen’s, negocio que ofrecía el servicio de costura a domicilio y vendía unos ridículos retratos bordados y parlantes, todo mediante un cordón que al tirarlo reproduce una grabación con la voz de la persona en cuestión. Una de sus últimas clientas, justo antes de bajar las persianas definitivamente y dejar de recorrer las rutas, es Grace Vessler (Caroline Goodall), una burguesa insoportable que en el día de su casamiento con Melvin Richards (Werner Biermeier) denigra a Bárbara y con ello provoca que la muchacha arroje por la rejilla del aire acondicionado de la casona de la veterana un botón del vestido de novia, el trasero superior correspondiente al cuello, detalle que a su vez obliga a Duggen a regresar a la mercería por otro igual. En el periplo de vuelta se topa con dos motociclistas al costado del camino después de una confrontación narco que derivó en choque, en esencia porque Joshua Armitage (Calum Worthy) llevaba un maletín lleno de dinero para comprarle unos kilos de droga a Beck (Thomas Douglas), el cual optó por perseguir al joven cuando cambió de parecer y quiso huir con los billetitos sin el polvo blanco. Aquí el relato se divide en las tres alternativas que tiene Bárbara frente al dinero al alcance de la mano y los dos facinerosos ya heridos y desarmados, llevarse el maletín, denunciar lo ocurrido a la policía local, una viejita simpática bautizada Señora Engel (Katherine Callan), o seguir de largo con su coche como si nada hubiese ocurrido, tituladas Crimen Perfecto (Perfect Crime), Llamar a la Policía (Call Police) y Marcharse (Drive Away), episodios autónomos que desfilan uno tras otro cual bucle espacio-temporal.

 

Pronto queda en primer plano que las opciones una y otra vez derivan en la muerte de la protagonista, casi siempre a manos del padre psicópata de Joshua, Hudson Armitage (John Lynch), por más que ella deje explícito su talento innato para utilizar los hilos y las agujas para mover o disparar armas, trasladar heridos o hacerse de las llaves de las esposas que la retienen en la comisaría de Engel, entre otros menesteres. La odisea puede leerse como una defensa de lo artesanal bizarro, simbolizado en los retratos cosidos parlantes de Duggen’s, ya ni siquiera frente a una industria textil que en Occidente tiende a desaparecer por la competencia china sino ante lo sintético desabrido como las fotos de los teléfonos celulares o los productos fabricados con las impresoras 3D cutres de hoy en día, cosas que sustituyen desde los retratos floridos de antaño hasta los marcos de turno para colgar en la pared o poner arriba de alguna mesa o estantería del hogar. El film asimismo se hace un festín con el patetismo del pueblo pequeño vía los personajes de la oligarca dictatorial cuya manía con la perfección la lleva a toquetear el alfiler de gancho que reemplaza de manera provisoria al botón faltante al extremo de lastimarse la espalda, Grace, la representante institucional multifunción porque además de policía es juez de paz y de hecho casa a la anterior, Engel, el vecino hiper metiche que nunca deja de importunar, un tal Oskar (Ron Cook) que está aprendiendo a coser con Bárbara para hacerle un edredón a su esposa en plan de regalo por un aniversario de casamiento, e incluso una camarera un tanto tarada que no intuye peligro alguno ni hace algo al respecto, Rosie (Veronika Herren-Wenger), quien en aquel capítulo final atiende la mesa del hotel/ restaurant en la que coinciden nuestra costurera, Joshua, su progenitor e incluso el mencionado Oskar, siempre acarreando sus tristes creaciones con él.

 

La picardía, la improvisación y las lealtades efímeras son las reglas del ecosistema social contemporáneo, donde la avaricia lo es todo para los burgueses y los sindicatos criminales a lo largo y ancho de todo el planeta. Ya sea que pensemos en la música de Jacob Tardien, la fotografía de Sebastian Klinger o la edición del propio cineasta, el veinteañero Macdonald, la película exuda un minimalismo ochentoso poco memorable pero bien entendido gracias al aprovechamiento de las bellas locaciones en Suiza, sede también del rodaje del corto de 2019, y la meta de redondear un relato dinámico, poderoso y con un humor negro astuto, más allá del hecho de que Connolly todavía está muy verde como actriz y le falta crecer porque no exhibe el histrionismo que su Bárbara podría haber ofrecido, hoy entregando su primer protagónico luego de films extremadamente mediocres bajo las órdenes de Jaume Balagueró, Malgorzata Szumowska y Ben Ketai, concretamente Las Musas del Diablo (Muse, 2017), El Otro Cordero (The Other Lamb, 2019) y Río Salvaje (River Wild, 2023). Bárbara y Joshua, clásicos ejemplos del terror a -o la fijación malsana con- las sombras inalcanzables de la madre o el padre, precisamente en pantalla se la pasan obsesionados con la idea de no poder llenar los zapatos de sus progenitores o quizás no mostrar el suficiente apego a la profesión familiar, la costura y el narcotráfico según la hembra y el macho, por ello a ojos del director y su padre, Fred Macdonald, ambos paradójicamente autores del guión, el amor no correspondido o ambivalente dentro de la familia es tan caprichoso como la supervivencia en el ámbito cotidiano, encontremos o no una valija con muchos billetes en su interior que nos obligue a tomar una decisión tendiente a oficiar de mochila cada vez más y más pesada, de esas que terminan arrastrando hacia el vacío a todos a su alrededor…

 

Los Hilos del Crimen (Sew Torn, Estados Unidos/ Suiza, 2024)

Dirección: Freddy Macdonald. Guión: Freddy Macdonald y Fred Macdonald. Elenco: Eve Connolly, Calum Worthy, John Lynch, Katherine Callan, Ron Cook, Thomas Douglas, Caroline Goodall, Werner Biermeier, Petra Wright, Veronika Herren-Wenger. Producción: Fred Macdonald, Socratis Zavitsanos, Barry Navidi, Diamantis Zavitsanos y Sebastian Klinger. Duración: 96 minutos.

Puntaje: 6