Richard Fleischer (1916-2006) fue uno de esos artesanos del séptimo arte de antaño que merece un monumento porque nos legó una verdadera catarata de películas maravillosas en los más diversos géneros, de hecho constituyendo un nexo fundamental entre el Hollywood Clásico de la primera mitad del Siglo XX, el Nuevo Hollywood de las décadas del 60 y 70 y el Hollywood Posmoderno correspondiente a los años 80 en adelante, tres períodos muy distintos a los que supo adaptarse hasta su retiro en las postrimerías de la década del 80, sin jamás desarrollar características de autor propiamente dichas aunque siempre ofreciendo una imaginación inigualable y todo terreno. El señor, precisamente, nunca se preocupó por enfatizar algún rasgo estilístico de film en film y optó por privilegiar las necesidades de la propuesta de turno, logrando un promedio de un cincuenta por ciento de realizaciones estupendas que por cierto supera a la media de su tiempo y muchísimo más a los mejores esfuerzos de sus colegas del nuevo milenio, la enorme mayoría unos esclavos sin talento ni inventiva que para colmo cuentan con recursos más frondosos que aquellos con los que disponía el amigo Richard, hijo del pionero de la animación estadounidense Max Fleischer. Quizás lo más parecido a una característica constante en su trayectoria es su fascinación con el crimen, fetiche que nace de sus primeros trabajos en el film noir en el período que lo conduce hacia su primera obra maestra, Testigo Accidental (The Narrow Margin, 1952), joya asimismo del cine centrado en trenes que tendría una remake inferior pero digna en 1990 a cargo de Peter Hyams, con Gene Hackman y Anne Archer en los papeles estelares. Para entender el opus que nos ocupa primero hay que sopesar la capacidad de adaptación de Fleischer, el cual en el período previo a Testigo Accidental se consagró a un documental cuasi desaparecido sobre el belicismo cultural/ institucional japonés, Diseño para la Muerte (Design for Death, 1947), dos vehículos comerciales muy olvidables para la actriz infantil Sharyn Moffett, Hija del Divorcio (Child of Divorce, 1946) y Banjo (1947), y un par de comedias leves del montón, Así es Nueva York (So This Is New York, 1948) y ¡Una Risa, por Favor! (Make Mine Laughs, 1949), definitivamente la única comarca en la que nuestro cineasta no brilló por cierta torpeza -a su vez bastante hilarante- para surcar las carcajadas.
Ahora bien, lo realmente importante o crucial fue una seguidilla de policiales negros muy disfrutables que incluyó a El Guardaespaldas (Bodyguard, 1948), Alma en Sombras (The Clay Pigeon, 1949), Sígueme en Silencio (Follow Me Quietly, 1949), La Última Trampa (Trapped, 1949), Asalto al Coche Blindado (Armored Car Robbery, 1950) y Su Tipo de Mujer (His Kind of Woman, 1951), sin duda destacándose esta última, en esencia refilmada y completada por Fleischer una vez que el productor, nada menos que Howard Hughes, despidiese al director original, John Farrow, y por supuesto Asalto al Coche Blindado, obra decisiva en la creación del heist film o la caper movie como subgénero dentro del policial negro, mérito que comparte con La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), de John Huston, y un par de trabajos previos de Robert Siodmak, Los Asesinos (The Killers, 1946) y Sin Ley y sin Alma (Criss Cross, 1949). El director, aquí trabajando con su guionista de cabecera, Earl Felton, y adaptando una historia original sin publicar de Martin Goldsmith y Jack Leonard, nos presenta al Sargento Walter Brown (Charles McGraw, ya visto en Los Asesinos, Asalto al Coche Blindado y Su Tipo de Mujer), un detective que debe escoltar en un viaje en tren, desde Chicago a Los Ángeles, a la viuda sin nombre de un jerarca mafioso (Marie Windsor) para que testifique frente al jurado en un proceso legal alrededor de la corrupción en las cúspides del Estado y la sociedad civil, detalle que incluye la entrega de una lista de sobornados que supo pertenecer al finado, Frankie Neall. El compañero de Brown, el Sargento Gus Forbes (Don Beddoe), al momento de recoger el “paquete” en un departamento de Chicago muere a manos de un sicario del crimen organizado que pretende reventar a la mujer y recuperar la lista, Densel (Peter Virgo), por ello Walter queda como el único responsable de proteger a la testigo y el único capaz de enfrentarse a los dos esbirros de la mafia que también suben a la formación, en concreto otro homicida a sueldo, Joseph Kemp (David Clarke), y un sujeto que intenta en vano sobornar al policía para que traicione a la ninfa, Vincent Yost (Peter Brocco), quien a su vez pronto es confundida con otra linda fémina con la que habla Brown, Ann Sinclair (Jacqueline White), la cual viaja junto a su vástago, Tommy (Gordon Gebert), y una niñera sosa, la Señorita Troll (Queenie Leonard).
Prácticamente sin música incidental y rodada en apenas trece días con cámaras en mano y retroproyecciones varias para simular movimiento a través de los tumbos y lo que vemos en las ventanas, la película exuda un excelente manejo de la tensión en función del peligro, la vigilancia cruzada, la profesión policial sacrificial, el ámbito claustrofóbico del relato, la confusión de identidad entre las mujeres a ojos de los facinerosos y desde ya la posibilidad de un soborno a Walter homologado a esa corrupción que “lubrica” la moralidad pública para metamorfosearla según las exigencias de los poderosos y del capitalismo chupasangre en general. Amén del detalle irónico del purrete, Tommy, que confunde al polizonte con un ladrón y pretende denunciarlo a los gritos en medio del secretismo paradójicamente a cielo abierto de la trama símil guerra estancada de trincheras, Testigo Accidental constituye un ejemplo paradigmático del film noir ya que nos bombardea con una colección de pivotes inexorables del formato como el compañero asesinado que aporta el trauma, Forbes, la presencia mefistofélica y su pacto faustiano en potencia, Yost, esa morocha empardada a una femme fatale, el personaje de la siempre elegante Windsor, un gordo misterioso que resulta ser agente del ferrocarril, Sam Jennings (Paul Maxey), la rubia familiera/ burguesa transformada en viuda real de Neall ya que la otra es un señuelo, Sinclair, ese camarero negro inocentón que nunca falta (Johnny Lee), un par de sicarios de temer, Kemp y Densel, y un guarda que representa a la burocracia del transporte (Harry Harvey), previsibilidad también simbolizada por la mojigata de turno, la Señorita Troll. El telégrafo aparece como medio fundamental de comunicación con el exterior, no obstante las criaturas en pantalla no pueden resolver sus problemas o los enigmas de fondo sólo con datos de segunda mano ya que la información valiosa siempre es la verificada por el propio interesado, sin terceros que pueden mentir, confundirse o simplemente aportar pistas fragmentarias. McGraw, todo un especialista en la rusticidad estilizada del film noir, está perfecto como un antihéroe que se debate entre el pragmatismo, léase dejarse sobornar y entregarle el dinero a la viuda de su compañero, y la ética, eso de mantenerse fiel a sus principios aunque reconociendo la tentación del “dinerillo sucio” para eventualmente rechazarla de lleno y reforzar su postura.
Si bien Fleischer regresaría al policial negro sólo en ocasión de una caper movie con Victor Mature injustamente olvidada, Sábado Violento (Violent Saturday, 1955), y de un neo noir protagonizado por George C. Scott, Los Nuevos Centuriones (The New Centurions, 1972), la verdad es que el apego del neoyorquino al crimen, como decíamos con anterioridad, se filtró hacia gran parte de todo su derrotero posterior como lo demuestran el melodrama de ribetes delictivos Una Grieta en el Espejo (Crack in the Mirror, 1960), una faena de acción asimismo con Scott, Fuga sin fin (The Last Run, 1971), el thriller psicológico Terror Ciego (See No Evil, 1971), la epopeya mafiosa El Don ha Muerto (The Don Is Dead, 1973), un clásico del cine de acción estelarizado por Charles Bronson y escrito por Elmore Leonard, Mr. Majestyk (1974), y una genial seguidilla de dramatizaciones de crímenes reales, aquella de El Escándalo del Siglo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955), Compulsión (1959), El Estrangulador de Boston (The Boston Strangler, 1968) y la exquisita 10 Rillington Place (1971), pelotón en el que podría incluirse Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), una joya de la ciencia ficción distópica con Charlton Heston y un marco de pesquisa enrevesada a lo film noir. El realizador, en mayor o menor medida también recordado por 20.000 Leguas de Viaje Submarino (20.000 Leagues Under the Sea, 1954), Los Vikingos (The Vikings, 1958), Barrabás (Barabbas, 1961), Viaje Fantástico (Fantastic Voyage, 1966), Doctor Dolittle (1967), ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora! (1970), Tres Forajidos y un Pistolero (The Spikes Gang, 1974), Mandingo (1975), Conan, el Destructor (Conan, the Destroyer, 1984) y El Guerrero Rojo (Red Sonja, 1985), estas dos últimas las secuelas con Arnold Schwarzenegger de Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), de John Milius, en Testigo Accidental retoma lo mejor de El Expreso de Shanghái (Shanghai Express, 1932), de Josef von Sternberg, y La Dama Desaparece (The Lady Vanishes, 1938), de Alfred Hitchcock, para redondear una odisea memorable sobre rieles con pinceladas magistrales como la pelea muda entre Brown y Kemp y aquel coche de los mafiosos siguiendo al tren, a la postre enfatizando que la autonomía en la vida viene tanto de no dejarse esclavizar por el dinero o jefes bobos como de renunciar a sentir miedo o aprensión frente a los enemigos…
Testigo Accidental (The Narrow Margin, Estados Unidos, 1952)
Dirección: Richard Fleischer. Guión: Earl Felton. Elenco: Charles McGraw, Marie Windsor, Jacqueline White, David Clarke, Peter Virgo, Gordon Gebert, Peter Brocco, Queenie Leonard, Don Beddoe, Paul Maxey. Producción: Stanley Rubin. Duración: 72 minutos.