El Sonido de la Muerte (Whistle)

El fin inevitable

Por Emiliano Fernández

Corin Hardy, realizador inglés que comenzó su carrera dirigiendo videoclips para gente variopinta como Keane, The Prodigy, John Newman, Paolo Nutini, Olly Murs, Biffy Clyro y James Devlin, con su más reciente propuesta, El Sonido de la Muerte (Whistle, 2025), termina de confirmar que se transformó en otra decepción más del ecosistema del horror porque no queda nada de la relativa promesa o el signo de interrogación que abrió su ópera prima de una década atrás, Los Hijos del Diablo (The Hallow, 2015), aquel trabajo errático aunque disfrutable, basado en el folklore mitológico irlandés, que retomaba ingredientes de Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, Pumpkinhead (1988), de Stan Winston, y El Laberinto del Fauno (2006), de Guillermo del Toro, entre otras epopeyas que cayeron en la coctelera. La Monja (The Nun, 2018), parte de la franquicia iniciada con El Conjuro (The Conjuring, 2013), de James Wan, ya indicaba que Hardy había abandonado cualquier pretensión autoral en pos de sumarse al mainstream más genérico y mecánico, algo que en el caso de El Sonido de la Muerte para colmo está condimentado con el lamentable guión de Owen Egerton, conocido por escribir bodrios como Dos Pavos en Apuros (Free Birds, 2013), de Jimmy Hayward, y La Casa de las Masacres (The Axe Murders of Villisca, 2016), de Tony E. Valenzuela, y por probar suerte como director en Follow (2015), Festival Sangriento (Blood Fest, 2018) y La Posesión de Mercy Black (Mercy Black, 2019), una trilogía de desastres sin anestesia.

 

Chrys Willet (Dafne Keen), una drogadicta en recuperación que provocó indirectamente el óbito de su padre, se muda con la familia de su primo, Rel Taylor (Sky Yang), y a pesar de su aversión al contacto con otros púberes inicia una relación romántica con una compañera de colegio, Ellie Gains (Sophie Nélisse). El catalizador de la debacle es un silbato de la muerte azteca que se parece a Karina, la tétrica hermana del presidente de Argentina, Javier “Pañales Cagados” Milei, y que Willet encuentra en su casillero escolar porque perteneció a Mason “Horse” Raymore (Stephen Kalyn), basquetbolista que en el prólogo muere por combustión espontánea en las duchas de la institución educativa. El segundo en fallecer es el Señor Craven (Nick Frost), un preceptor/ maestro que sopla el artefacto sin saber que su peculiar sonido implica que todos los que lo oyen se toparán en lo pronto con su futura muerte, de hecho envejeciendo rápidamente y pasando a mejor vida a posteriori del acecho reglamentario de un doppelgänger macabro. Si bien el villano humano es Noah Haggerty (Percy Hynes White), dealer y pastor lunático local, la que sopla el silbato en una fiesta es Grace Browning (Ali Skovbye), generando que los jóvenes deban enfrentarse a la condena de turno en un grupete que incluye a la platinada Grace, su noviecito afroamericano, Dean Jackson (Jhaleil Swaby), y el trío de ovejas negras de Chrys, Ellie y Rel, todo parte de una mixtura de slasher sobrenatural, relato de aprendizaje/ bildungsroman/ coming of age de influjo adolescente y película de maldiciones centradas en objetos, su uso y raudos efectos.

 

Este trabajo del cineasta británico se acerca bastante en términos espirituales y mundanos, bien concretos, a la saga comenzada con Destino Final (Final Destination, 2000), de James Wong, en un momento en el que dicha franquicia revivió gracias al último y muy simpático eslabón del lote, Destino Final: Lazos de Sangre (Final Destination: Bloodlines, 2025), de Zach Lipovsky y Adam B. Stein, situando por elevación a El Sonido de la Muerte en una posición desfavorable desde la clara e inexorable analogía entre ambas, desde ya ganando Destino Final: Lazos de Sangre por su imaginación para las truculencias y por personajes muchísimo mejor delineados. Se podría decir que la puesta en escena de las muertes no es mala pero la odisea en general resulta demasiado redundante o previsible porque sigue a rajatabla el ABC del horror más tarado de los años 80 y 90 sin los condimentos cruciales de la época, léase la ironía hiriente, el gore profuso y una buena colección de tetas y culos, comodines que en tantas ocasiones ayudaban a hacernos olvidar las deficiencias formales y narrativas. Así las cosas, aquí nos topamos con deportistas con la capacidad intelectual de una ameba, una hembra introvertida que decanta en tortillera, otra muchacha linda y fría, el pariente bufonesco/ cargoso que no sabe cómo dejar de molestar al resto de los mortales y por supuesto una protagonista símil antihéroe banal del Siglo XXI, en pantalla la lesbiana y ex drogona cuyo carisma es inversamente proporcional a su paranoia, e incluso una “agente del saber” agonizante, Ivy Raymore (Michelle Fairley), la abuela del basquetbolista muerto.

 

Por momentos la faena lamentablemente resulta muy lenta o aburrida por no saber qué demonios hacer con la fórmula de la maldición de larga data que carcome los cimientos de vínculos en apariencia sólidos, a la postre eligiendo un conservadurismo doloroso que se homologa a las resoluciones profesionales del propio director, otro que perdió su alma -o futuro- por malas decisiones. Moviéndose entre referencias explícitas o implícitas a El Cuervo (The Crow, 1994), de Alex Proyas, Nick Cave and the Bad Seeds, Cyndi Lauper y Barrio Chino (Chinatown, 1974), la obra maestra de Roman Polanski, las actuaciones no son precisamente las mejores con la salvedad del veterano Frost, socio recurrente de Simon Pegg, los diálogos resultan muy precarios, el diseño de los CGIs no pasa de lo remanido, los clichés en el desarrollo todo lo cubren y sinceramente la única escena memorable del film es la del negro “atropellado” en la habitación de su hogar, todo con lujo de detalles en materia del cuerpo destruyéndose por el impacto inmaterial en cuestión. El discurso sobre la inevitabilidad o insistencia del acecho de la parca está reproducido de una infinidad de propuestas semejantes y superiores, y en lo que atañe a la agenda woke vía el personaje de Keen, un marimacho de corazón herido o algo así, el asunto sabe a rancio porque una parte del mainstream anglosajón todavía parece no entender que por movidas de trazo grueso como la que nos ocupa ha perdido buena parte de su influencia en el público internacional, ya asqueado de gestas de minorías y deseoso de una vuelta al film de mayorías populares…

 

El Sonido de la Muerte (Whistle, Estados Unidos/ Irlanda/ Reino Unido/ Canadá, 2025)

Dirección: Corin Hardy. Guión: Owen Egerton. Elenco: Dafne Keen, Sophie Nélisse, Nick Frost, Sky Yang, Percy Hynes White, Jhaleil Swaby, Ali Skovbye, Michelle Fairley, Stephen Kalyn, Lanette Ware. Producción: Whitney Brown, David Gross y Macdara Kelleher. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 3