Tres de los grandes flagelos de la industria cultural contemporánea son primero el cinismo, léase la tendencia a engañar pretendiendo naturalidad o afabilidad cuando el dejo autoral, minimalista y sincero -incluso en el campo de los géneros clásicos- desapareció gracias a la autoconciencia posmoderna, segundo la nostalgia, hablamos de la obsesión con un pasado que se idealiza y que por supuesto jamás existió en los términos reduccionistas de estas movidas comerciales/ maketineras/ publicitarias del montón, y finalmente esa cadena de montaje infinita en materia de la producción que aplana la faceta discursiva de las películas, las series, los libros, las propuestas teatrales y la música hasta hacerlos indistintos entre sí, completamente intercambiables, en suma formateando cada obra de arte para transformarla en el nefasto “contenido” del que viven todos los servicios de streaming y gran parte de los complejos multisalas de nuestro Siglo XXI, si nos concentramos en el terreno específico del séptimo arte y sus regiones aledañas (la TV de hoy en día es un espejo deformado del cine porque reproduce sus criterios de pulcritud y resonancia retórica con vistas a diferenciarse de aquella “caja boba” de antaño, paradójicamente más valiosa que la versión del presente).
Hace rato que no nos topábamos con un despropósito de la magnitud de Playa de Lobos (2025), bodrio que aglutina los rasgos más odiosos de la industria cultural actual, pensemos que es un producto mainstream, anodino y bien mentiroso que anhela pasar por “honesto” mientras roba descaradamente aquella premisa del intercambio de asesinatos de una de las columnas vertebrales del suspenso, Extraños en un Tren (Strangers on a Train, 1951), obra maestra de Alfred Hitchcock que en el mercado hispanoparlante también es conocida como Pacto Siniestro. El director y guionista de turno, Javier Veiga, ese español de la asimismo inmunda y descerebrada Amigos hasta la Muerte (2023), ofrece una relectura humorística de la odisea del inglés desconociendo que ya existe una acepción en ese tono, Tira a Mamá del Tren (Throw Momma from the Train, 1987), la recordada ópera prima como director de Danny DeVito, sin olvidarnos de cierta estructura de confrontación masculina de Juego Mortal (Sleuth, 1972), de Joseph L. Mankiewicz, y Trampa Mortal (Deathtrap, 1982), de Sidney Lumet, dos lugares comunes de la manipulación de impronta teatral que contaron en sus elencos con luminarias como Laurence Olivier, Michael Caine y Christopher Reeve.
La falta de química entre los dos protagonistas excluyentes tampoco ayuda al convite en general, nos referimos a Dani Rovira, andaluz que se hiciese conocido con su debut en el ambiente cinematográfico, Ocho Apellidos Vascos (2014), película tan idiota como exitosa de Emilio Martínez Lázaro, y el argentino Guillermo Francella, algo así como el “actor oficial” del mileismo en su país, gran núcleo de hambre y represión, luego de declaraciones elogiosas sucesivas y de participar en Homo Argentum (2025), opus tedioso, oscurantista, reaccionario y fascistoide de los otrora valiosos Mariano Cohn y Gastón Duprat. Manu (Rovira) es el encargado de un chiringuito, bar con terraza en una playa española, y Klaus (Francella) es un turista argentino radicado en Suecia que termina en el establecimiento del primero, encuentro que parece casual aunque no lo es porque con la excusa de hacerse de una reposera para observar la Luna el extranjero se acerca a Manu, un empleado más, para proponerle un homicidio cruzado, en esencia que este último mate al amante de la esposa de Klaus para que el argentino se cargue al hermano del único trabajador del chiringuito, Florentino (el propio Veiga), un mafioso muy estrafalario por el que Manu fue a la cárcel.
Playa de Lobos todo lo hace mal porque de los 101 minutos de metraje la primera hora y pico está consagrada a una torpe e interminable introducción en la que los hipotéticos “juegos psicológicos” entre ambos personajes resultan repetitivos, huecos y francamente insoportables, siempre girando alrededor de las caricaturas del caso sin nada que agregar, así Klaus es un burgués soberbio y egoísta y Manu un proletario de la atención al cliente que no puede prescindir de su necedad. El realizador no sólo aburre en su “no desarrollo” dramático sino que tampoco sabe qué demonios quiere filmar, si una comedia negra, una buddy movie, un thriller hitchcockiano, una película fantástica de Navidad, una parodia acerca del turismo o quizás un musical, en este último caso por una retahíla de escenas cantadas por la criatura de Rovira que tienden a empantanar todavía más un relato que se pretende claustrofóbico porque los dos fetichizan al chiringuito en cuestión, sede de esta dinámica teatral a cielo abierto. Rovira compone a un cuasi retrasado mental lastimoso y Francella, en su infinita mediocridad, refrita a Eliseo Omar Basurto de la serie de Disney+, El Encargado (2022-2026), un psicópata hoy tan soporífero y lelo como Playa de Lobos…
Playa de Lobos (España/ Argentina, 2025)
Dirección y Guión: Javier Veiga. Elenco: Guillermo Francella, Dani Rovira, Javier Veiga, Antonia San Juan, Marta Hazas, Denisse Peña, Alfred Tapscott, Javier Alozén, Rafael Calderón, Yeray Hernández. Producción: Javier Veiga, Marta Hazas y José Velasco. Duración: 101 minutos.