Hoy por hoy está lleno de películas que pretenden ser graciosas, irreverentes y profundas sin lograr ingeniárselas para por lo menos calzar los zapatos del primer adjetivo, en este sentido un triste ejemplo de las ambiciones que no llegan a buen puerto es ¡La Novia! (The Bride!, 2026), segunda y aburrida epopeya de Maggie Gyllenhaal como directora luego de La Hija Oscura (The Lost Daughter, 2021), aquella relectura muy errática de Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), la obra maestra de Luchino Visconti, que por lo menos exhibía un piso respetable de congruencia retórica. Gyllenhaal, hermana mayor del más famoso Jake Gyllenhaal y en esencia conocida por sus incursiones actorales en un rango que va desde el indie de La Secretaria (Secretary, 2002), de Steven Shainberg, hasta el mainstream de Batman: El Caballero de la Noche (The Dark Knight, 2008), tanque de Christopher Nolan, literalmente sus dos faenas más memorables delante de cámaras, hoy se propone el objetivo de obsequiarnos una remake heterodoxa de La Novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), aquella joya que seguía los acontecimientos de Frankenstein (1931), ambas de James Whale y con Boris Karloff como el Monstruo sin nombre de la novela original de Mary Shelley, Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818). La trama comienza en la Chicago de los años 30 con la muerte de Ida (Jessie Buckley, ya vista en La Hija Oscura), una prostituta al servicio del chantaje en las altas esferas del poder empresarial/ político/ institucional a instancias de un capomafia en la piel del inefable Zlatko Burić, actor fetiche de Nicolas Winding Refn, todo a posteriori de que la señorita contrariase al jefazo en una cena en un restaurant mediante un ataque de histeria fundamentalmente verbal, así la empujan por unas escaleras en una jugada a mitad de camino entre el accidente y el acto adrede. Aquí el Monstruo lleva un siglo dando vueltas y adoptó el nombre de su creador largamente fallecido, Frankenstein (Christian Bale), con el que se presenta en el hogar/ laboratorio de la Doctora Euphronious (Annette Bening), científica especializada en reanimar pequeños animales, acusando una insoportable soledad y reclamando una compañera para ampliar su horizonte de placeres.
Ambos roban el cadáver de Ida del cementerio y lo reviven aunque el resultado es un tanto bizarro porque la mujer continúa con los exabruptos floridos decimonónicos que la llevaron a la tumba, aparentemente por la influencia del espíritu de la mismísima Mary Shelley (otra vez Buckley), quien se le aparece a la reanimada en experiencias oníricas para instigarla a que salga de su zona de confort. La pareja eventualmente se enamora y termina escapando de la ley porque se ve obligada a matar cuando es molestada o perseguida por ciudadanos no muy simpáticos/ tolerantes y esbirros varios de la policía, revoltijo narrativo que incluye por un lado una rebelión popular femenina que imita a la ninfa, rebautizada Penélope alias Penny en su acepción zombie cool, y por el otro lado dos bandos en pugna en pos de hallar a los amantes, primero un sicario en la anatomía de John Magaro que pretende cumplir las órdenes del capomafia, obsesionado con cortarle la lengua a La Novia de Frankenstein para que no cuente nada a las autoridades, y segundo un par de detectives que les siguen los pasos en función del fanatismo del Monstruo por una estrella de comedias musicales de la época, Ronnie Reed (el hermanito Jake), hablamos de Myrna Mallow (Penélope Cruz) y Jake Wiles (Peter Sarsgaard, presente en La Hija Oscura y nada menos que el marido de Maggie), sin olvidarnos que este último protagonizó un affaire con la hoy amnésica Ida en calidad de informante. La propuesta, un despropósito de unos 80 millones de dólares de presupuesto, a simple vista parece una amalgama para nada coherente entre La Novia de Frankenstein y un popurrí de ingredientes de El Fantasma en el Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974), de Brian De Palma, Ciencia Loca (Weird Science, 1985), de John Hughes, y Razas de la Noche (Nightbreed, 1990), de Clive Barker. La primera mitad del metraje, precisamente, reinterpreta la odisea de 1935 de Whale desde el arsenal hoy vintage de El Joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), de Mel Brooks, Carne para Frankenstein (Flesh for Frankenstein, 1973), de Paul Morrissey, La Prometida (The Bride, 1985), de Franc Roddam, y Frankenstein (Mary Shelley’s Frankenstein, 1994), de Kenneth Branagh, todo además tapizado por el insoportable Síndrome de Tourette tácito de la protagonista.
Ahora bien, es en la segunda parte cuando todo termina de colapsar porque allí el asunto se transforma en una remake lastimosa de Bonnie & Clyde (1967), clásico de Arthur Penn con Warren Beatty y Faye Dunaway que Gyllenhaal reflota desde payasadas videocliperas y un diseño de producción inspirado en parte en el underground de culto modelo Zona Prohibida (Forbidden Zone, 1980), de Richard Elfman, y Cielo Líquido (Liquid Sky, 1982), de Slava Tsukerman, amén de algunas pinceladas del robot de Brigitte Helm de Metrópolis (1927), de Fritz Lang, y aquel glorioso Guasón/ Joker de Heath Ledger de Batman: El Caballero de la Noche. Lamentablemente el trazo grueso discursivo desparrama paradojas ideológicas, por ejemplo al convertir al Euphronious de Whale, llamado Pretorius (Ernest Thesiger), en una mujer para que nadie acuse a la realizadora de misándrica, hipotéticamente asignando la resurrección a un fetiche macabro masculino en el caso de que todavía fuese hombre, y al introducir en el relato a la detective anacrónica de Cruz, contradiciendo el planteo previo al situarla como una hembra empoderada que lucha contra el ninguneo patriarcal cual adalid del feminazismo del Siglo XXI, en crisis por sus pavadas y el ascenso de la nueva derecha lunática. Efectivamente en ¡La Novia! estamos frente al típico nihilismo negativo del nuevo milenio, tan contradictorio como infantiloide, en eso de destruirlo todo aunque sin ofrecer nada en reemplazo, así las cosas ella en última instancia reniega de la Ida esclavizada, de la Penny revolucionaria y enamorada y de La Novia de Frankenstein de los mandatos sociales de sumisión al varón, optando por autodenominarse simplemente La Novia, un “coso” o adefesio conceptual que jamás se aclara qué sería porque incluso se rechaza la posibilidad de incluir algo de las tres alternativas/ opciones anteriores, por más que la ratificación del amor durante los segundos finales parece acercarla a Penny. Por milésima vez en el cine estadounidense del Siglo XXI los arrebatos de violencia compensan el puritanismo, léase la falta de verdadera algarabía sexual picaresca, en un producto que se vende como disruptivo pero es conservador como casi cualquier convite del mainstream de poses huecas de hoy en día, incapaz de ahorrarnos los diálogos sobreexplicativos y esos giros previsibles del relato.
El desarrollo por momentos juega con la incomodidad o vergüenza comunal, poniendo de relieve sin sutileza el componente marginal de nuestros engendros, y en otras ocasiones le embadurna en la cara al espectador el concepto de contagio, aquí aplicado a la revuelta social rosa que ella desencadena sobre todo luego de una escena musical en Nueva York con Reed más el jet set y la alta burguesía vernácula, momento en el que todos comienzan a danzar desde una infección etérea monstruosa que empieza con los amantes, sin embargo ninguna de las dos nociones arroja resultados positivos porque quedan incompletas o en la nada misma, esbozos de quien no tiene la madurez suficiente -o el background teórico y cultural- para redondear las ideas planteadas a toda pompa, sin lograr unificar el sarcasmo de El Joven Frankenstein y el sustrato del cariño eterno y maldito de El Ansia (The Hunger, 1983), joya de Tony Scott del cine ochentoso ultra videoclipero/ publicitario/ videoartístico. Asimismo llama poderosamente la atención la torpeza o contradicción interna del guión en materia de la lógica narrativa, hablamos en términos concretos de todo lo que sigue a la secuencia aludida con el actor personificado por Jake, cuando Frankenstein descubre que el susodicho es un idiota petulante y banal pero aún así continúa arriesgándose en su fuga cíclica para concurrir a toda proyección de sus films que pueda, como si fingiese demencia ante la decepción por pura conveniencia de la directora y guionista ya que ello permite que los personajes de Sarsgaard y Cruz rastreen a la pareja a lo largo y ancho de yanquilandia. Buckley, vista hace poco en Hamnet (2025), de Chloé Zhao, y Bale, señor que no entrega nada bueno desde las lejanas El Vicepresidente: Más allá del Poder (Vice, 2018), de Adam McKay, y Contra lo Imposible (Ford v Ferrari, 2019), de James Mangold, están muy bien aunque duele verlos tan desperdiciados en un film que sólo reclama de ellos una constante histeria expresiva símil histrionismo versión boba hollywoodense, sin nunca entregar la profundidad del grotesco de otras épocas o siquiera de la Clase B y el cine exploitation que Gyllenhaal pareciera admirar a lo lejos, carente de valentía y lucidez ideológica para que el cariño se traduzca en algo valioso. Como en el caso de Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 2026), de Emerald Fennell, ¡La Novia! desea sintonizar desde la heterodoxia con la esencia del corpus original, tanto Whale como Shelley, para faltarle el respeto y hacer otra cosa, no obstante esa otredad es más de lo mismo o un envase reluciente con poco y nada en su interior, de allí se entiende la ridícula idea de los sueños/ visiones con la Mary de ultratumba o quizás atrapada en un limbo difuso después de sucumbir en 1851 a los 53 años de edad a raíz de un tumor cerebral, como pretendiendo colonizar la idiosincrasia de la protagonista, Ida/ Penny, en plan de reafirmación identitaria o revancha contra los hombres o revolución anarquista o vaya uno a saber qué misión de fondo. Se podría decir que por lo menos el personaje del Monstruo, como decíamos anteriormente homologado a su creador, aquí está construido con respeto porque no cae en la autoindulgencia y tampoco es una caricatura polleruda ni un demonio misógino, apenas un hombre que se siente solo y anhela una compañera bajo su mismo martirio, gran dilema moral de la mitología frankensteineana al momento de la creación de la ninfa que la película pasa por alto para, en cambio, optar por el lloriqueo estándar hollywoodense por las muertes de supuestos inocentes y sobre todo de representantes del sacrosanto aparato de represión yanqui, en pantalla los policías, unos idiotas fascistoides que pretenden linchar a la pareja protagónica como el resto del vulgo que los señala debido a su fealdad kitsch, de hecho más preciosista autoconsciente que realmente espantosa o fruto de la crueldad, el narcisismo y los delirios megalómanos de algunos psicópatas con poder, dinero o esta capacidad científica de destrucción/ creación…
¡La Novia! (The Bride!, Estados Unidos, 2026)
Dirección y Guión: Maggie Gyllenhaal. Elenco: Jessie Buckley, Christian Bale, Peter Sarsgaard, Annette Bening, Jake Gyllenhaal, Penélope Cruz, Zlatko Burić, John Magaro, Louis Cancelmi, Jeannie Berlin. Producción: Maggie Gyllenhaal, Talia Kleinhendler, Emma Tillinger Koskoff y Osnat Handelsman-Keren. Duración: 126 minutos.