Calle Málaga

Flores del cementerio

Por Martín Chiavarino

Calle Málaga (2025) marca una nueva colaboración entre la realizadora marroquí Maryam Touzani y su marido, el director marroquí nacido en Francia Nabil Ayouch, al igual que en El Caftán Azul (Le Bleu du Caftan, 2022), dirigida por Touzani, y Hacia la Libertad (Razzia, 2017) y Todos Aman a Touda (Everybody Loves Touda, 2024), dirigidas por Ayouch, películas en las que el drama personal se enmarca en un análisis de la situación social marroquí.

 

La propuesta, primera incursión de Touzani en el idioma español, trabaja sobre el fenómeno de la vitalidad en la tercera edad y los choques entre padres e hijos debido a la extensión no solo de la expectativa de vida sino de la calidad de la misma, con la contracara de la aceptación por parte de los jóvenes y los adultos de las reglas económicas y culturales impuestas por el neoliberalismo basadas en la precariedad laboral, los salarios bajos y la disolución de todos los valores solidarios que caracterizaron a la cultura de izquierda, reemplazados por una codicia individualista desmedida y un ansia consumista desenfrenada que impide disfrutar de cualquier instante de felicidad.

 

Para ello los guionistas se embarcan en la narración del drama de una mujer mayor, hija de inmigrantes españoles que huyeron a Marruecos, una colonia francesa y española hasta la independencia de 1956, luego de la derrota republicana en la Guerra Civil. La película explora así la relación entre España y Marruecos, desde la integración de ambas culturas hasta la inserción de la liga española en la vida marroquí, las afinidades gastronómicas y la convivencia entre el idioma predominante, árabe marroquí, y ese castellano que todos parecen hablar fluidamente, en un buen trabajo de contextualización de los intercambios comunales.

 

María Ángeles (Carmen Maura) es una mujer mayor de casi ochenta años que vive de la pensión de su marido en un departamento de la Calle Málaga en Tánger, en el corazón del casco histórico de la ciudad. La protagonista se entera de un día para el otro que su hija, Clara (Marta Etura), ha decidido venderlo para pagar la entrada de una hipoteca para comprar un departamento en Madrid, donde reside y trabaja. Recientemente divorciada y con una hija, la mujer tiene problemas financieros y no puede pagar los alquileres de Madrid, una ciudad cuyos arrendamientos superan ampliamente la inflación debido a la afluencia turística y los alquileres temporarios. La situación pone a la anciana, que le cuenta día por medio los pormenores de su vida a una monja de clausura con votos de silencio, Josefa (María Alfonsa Rosso), y que cada tanto visita la tumba de su marido y de su familia, ante la espada y la pared, o se va a vivir con la hija a Madrid o a un geriátrico público en Tánger. Ante la disyuntiva, María Ángeles elige la segunda opción, pero rápidamente abandona la institución descontenta con el trato paternalista e infantil que le dan y regresa a su casa, escondiéndose cuando el agente de la inmobiliaria muestra el piso, determinada a resistir y a recuperar los preciados muebles que su hija ha malvendido a un anticuario, Abslam (Ahmed Boulane), con el que la anciana luego inicia un tórrido romance.

 

Es en el drama entre la imposibilidad de la madre e hija de ponerse en el lugar del otro y conversar e intentar buscar una salida a la situación, que probablemente no la tenga de todos modos, donde se centra el quid de esta historia. La hija es incapaz de comprender los sentimientos de la madre, a la que prácticamente no ve, porque no quiere ni tiene tiempo ni dinero para viajar a Tánger, y con la que tampoco habla, porque la progenitora no tiene ni quiere tener un teléfono celular ni computadora ni ningún artefacto del Siglo XXI. La madre, por su parte, tampoco posee interés alguno en viajar a Madrid porque no le gusta, ama Tánger y su cultura, y la magra pensión de su marido tampoco le alcanza para lujos como viajar. Lo único que tiene es ese departamento y lo que allí hay, el antiguo combinado de música, su colección de figurines de búhos y sus viejos muebles. Para ella, su hija es prácticamente una extraña que se ha ido de casa muy joven, a los 17 años, para regresar intempestivamente mucho tiempo después con la intención de destruir su existencia, dado que el fallecido padre le ha dejado el inmueble a su hija y no a su esposa. La actitud de ambas configura una era en la que el capricho diseña todas las relaciones y acciones cada vez más, lo que va a la par del retroceso de las instituciones como el Estado y la familia. Para la hija, la madre es un estorbo en sus planes y las reliquias familiares tan solo cosas sin valor en lugar de objetos cargados de valiosos recuerdos, mientras que para la protagonista sus nietos son abstracciones, su hija prácticamente una desconocida y la posibilidad de viajar a Madrid a visitarlos significa una tortura para una mujer que solo disfruta de sus hábitos cotidianos que la aferran a su pasado.

 

En una época acelerada, Calle Málaga invita romántica y nostálgicamente al espectador a desacelerar y a repensar por qué la vida parece marear a las personas con una vertiginosidad que no da lugar a descanso alguno. Desde este punto de vista se explora la sexualidad en la vejez, la búsqueda de los mejores ingredientes y utensilios para cocinar y las relaciones que se entablan con los que nos rodean, como pareja, vecinos, almaceneros, verduleros y panaderos, ofreciendo otra forma de percibir y experimentar el tiempo y los vínculos sociales.

 

A contrapelo del cine actual, el guión de Touzani y Ayouch evita el tono cómico con el que podría distender ciertas situaciones dramáticas para enfatizar lo doloroso de cada escena, sin que por ello la circunstancia en la que la protagonista se encuentra no sea tragicómica. La gran actuación de Carmen Maura logra momentos muy emotivos que a su vez son enaltecidos por la cálida banda sonora de la compositora alemana Freya Arde y los primeros planos de la directora belga de fotografía Virginie Surdej, la cual capta todos los intersticios de los silencios y gestos de la icónica intérprete española, quien supo protagonizar algunos de los grandes clásicos de Pedro Almodóvar como ¿Qué he Hecho yo para Merecer Esto? (1984), La Ley del Deseo (1987) y Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios (1988).

 

Calle Málaga no se adentra demasiado ni profundiza ninguno de los tópicos que explora, dándolos por sentados en la mayoría de los casos o utilizándolos a modo de contextualización para la historia central, el drama del choque entre una hija que solo puede ver sus problemas personales y una madre que se aferra a su cotidianeidad, sin embargo los exprime muy bien, tomándose el tiempo para que queden claras las distintas posiciones de las criaturas en pantalla, sin juzgarlas, en un juego dialéctico que deja la conclusión al espectador tras presentarle los argumentos de cada uno. Esa misma virtud genera una deriva narrativa en la que los cineastas no terminan de definir un rumbo, dejando emociones contrapuestas que como la vida diaria presentan situaciones imposibles en las que ambas partes tienen una pequeña parte de razón y una porción muy grande de capricho o falta de empatía e ingenio para pensar la relación con el otro.

 

Calle Málaga (España/ Marruecos/ Francia/ Alemania/ Bélgica, 2025)

Dirección: Maryam Touzani. Guión: Maryam Touzani y Nabil Ayouch. Elenco: Carmen Maura, Ahmed Boulane, Marta Etura, María Alfonsa Rosso, Miguel Garcés, Sanae Regragui, Tarik Rmili, Ghali Errazqi, Mohamed Naimane, Hamza Guemhahi. Producción: Nabil Ayouch, Amine Benjelloun y Jean-Rémi Ducourtioux. Duración: 116 minutos.

Puntaje: 7