Los queridos muchachos de Megadeth fundaron el thrash o speed metal en la década del 80 junto con Metallica, Slayer y Anthrax, género que por un lado tomó la forma de una reacción contra esa banalidad del glam metal de la época que terminaría en gran medida fagocitada por el inconformismo del grunge de los 90, asimismo provocando el declive comercial de un trash desarrollado en paralelo con respecto al power metal, el grindcore y el black metal, y por el otro lado funcionó como una mixtura de rubros previos que van desde el rock progresivo, el metal clásico y el hard rock hasta el punk, el pub rock y la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, esta última quizás la pata más prominente por la influencia crucial de bandas como Iron Maiden, Motörhead y Judas Priest, amén de chispazos de ese doom metal que iría a parar al stoner rock. El grupo estadounidense, responsable de una mascota símil Eddie, de Iron Maiden, llamada Vic Rattlehead, figura cadavérica con una visera remachada, la boca cerrada con ganchos de metal y unos oídos cubiertos con tapones de los que cuelgan cadenas, hoy por hoy está conformado por Dave Mustaine en voz y guitarra, James LoMenzo en bajo, Dirk Verbeuren en batería y el finlandés Teemu Mäntysaari en segunda guitarra. Pivote fundamental en la construcción posterior del groove metal, el rock alternativo, el funk metal y el death metal, artífices a su vez del metal industrial, el deathcore, el nü-metal y el metalcore, Megadeth ha sobrevivido a un sinfín de cambios de miembros, productores y compañías discográficas, adicciones de nunca acabar, líos de faldas, egos hercúleos, prohibiciones/ persecuciones gubernamentales, fallecimientos de integrantes, tours interminables o raudamente cancelados, controversias con el mainstream musical, disputas internas por royalties y problemas imprevistos de salud que casi siempre derivaron en rehabilitaciones largas y dolorosas.
La banda, mal que le pese a quien le pese, está construida alrededor de dos frustraciones o más bien traumas de larga data del líder, Mustaine, único miembro constante del colectivo a lo largo de toda su historia, primero el hecho de haber sido expulsado en 1983 luego de dos años trabajando con Metallica, en esencia por su alcoholismo, drogadicción, problemas de ira y batallas con el baterista Lars Ulrich y el guitarrista y cantante James Hetfield, siendo reemplazado por Kirk Hammett y llegando a aparecer como cocompositor en algunas canciones de Kill ‘Em All (1983) y Ride the Lightning (1984), y segundo la sombra que dejaría en su carrera la producción discográfica de Megadeth correspondiente al primer lustro de la década del 90, una andanada de logros comerciales y artísticos que marcarían a fuego todo lo realizado a posteriori en términos de intentos cíclicos de recuperar la gloria de antaño. El derrotero comienza con tres discos clásicos del thrash primigenio, Killing Is My Business… and Business Is Good! (1985), Peace Sells… but Who’s Buying? (1986) y So Far, So Good… So What! (1988), prólogo para el período de gracia aludido, aquel de Rust in Peace (1990), Countdown to Extinction (1992) e Youthanasia (1994), ubicado entre el virtuosismo, el discurso contracultural y una madurez paradójicamente volcada a la accesibilidad musical mainstream, todo gracias a un afiladísimo Mustaine y a la alineación histórica de Marty Friedman en guitarra, David Ellefson en bajo y Nick Menza en batería. Lamentablemente no tardarían en llegar Cryptic Writings (1997), Risk (1999) y The World Needs a Hero (2001), sin olvidarnos de The Craving (1996), el único y flojo álbum de MD.45, efímero proyecto paralelo de Mustaine y lo más cerca que estuvo de encarar una carrera solista, en suma una etapa de decadencia homologada a pocas ideas nuevas y una profundización extrema hacia lo radio friendly de simplezas, marco acústico, melodías edulcoradas e higiene sonora, mucho más cerca del rock alternativo, el power pop y el rock pesado tradicional que del viejo e inoxidable speed. La fase del clasicismo thrash escalonado y bastante digno, orientado a duplicar el esquema de los comienzos pero también la meticulosidad de Rust in Peace y Countdown to Extinction, abarca The System Has Failed (2004), United Abominations (2007), Endgame (2009) y Thirteen (2011). Luego de un flamante regreso a la faceta comercial desvergonzada de Cryptic Writings y Risk, Super Collider (2013), nos topamos con el extreme metal de siempre para resetear la legitimidad en la comunidad de fans y dejar atrás los intentos desesperados por colar un hit en el Siglo XXI, hablamos de Dystopia (2016) y The Sick, the Dying… and the Dead! (2022).
Megadeth (2026), nuevo álbum que por décima vez se anuncia como el último o como excusa para una gira global que será el tour de despedida, ratifica el hecho de que el fuerte del grupo siempre fue la precisión, los floreos instrumentales y la velocidad y no los estereotipos del metal de los años 70 y buena parte de la década siguiente, léase el volumen elevado o la intensidad de idiosincrasia gritona y riffera, apostando además por popularizar dentro del género la conciencia social/ política, las confesiones desgarradoras y la denuncia de las injusticas del capitalismo y la locura del belicismo jingoísta yanqui por sobre tópicos estandarizados vinculados al ocultismo, los demonios, lo bucólico esotérico, la brujería, lo macabro y/ o el pesimismo apocalíptico marca registrada, temáticas que de todos modos Mustaine ha trabajado con entusiasmo durante la primera fase ochentosa, antes de un “renacimiento cristiano” que lo condujo a rechazar el asunto a partir de las postrimerías de la centuria pasada y más aun durante el nuevo milenio. Con producción del frontman y Chris Rakestraw, el mismo de los dos álbumes anteriores, Dystopia y The Sick, the Dying… and the Dead!, esta placa número 17 refuerza la eficacia trash en la vejez, algo ya demostrado ampliamente desde Endgame, y la idea de que el grueso de la producción discográfica reciente de la agrupación supera por mucho a la de sus rivales reglamentarios, Metallica, quienes no han dejado de editar basura insoportable en el Siglo XXI como St. Anger (2003), Death Magnetic (2008), Hardwired… to Self-Destruct (2016), 72 Seasons (2023) y aquella vergonzosa colaboración con Lou Reed, Lulu (2011), trabajos que hasta transforman en simpáticas las “desviaciones” hacia el rock pesado más inofensivo de Load (1996) y Reload (1997), típicos manotazos de ahogado frente a la indecisión que sobrevino al gigantesco éxito internacional de Metallica (1991).
El álbum comienza con una de las mejores canciones del lote, Tipping Point, un nuevo himno speed dividido en capítulos que superponen guitarras, cambian el riff, nos martillan el cerebro con la base rítmica, desparraman solos varios y le dejan todo servido a Mustaine para que cante o recite con voz normal o gutural a discreción, según la conveniencia de un tema perfecto cuya letra promete la muerte a un tercero que ha mentido y traicionado y por ello se merece intermitentemente una bala o la locura que lleva al suicidio, todo por supuesto sin demasiadas precisiones sobre el destinatario y por ello pudiendo ser tanto un ex compañero de Megadeth o Metallica como algún ejecutivo discográfico o quizás una figura de poder como el excrementicio Donald Trump, parte del club de los millonarios pedófilos de Jeffrey Epstein. Enmarcada en un estupendo trabajo de guitarras de Mäntysaari y Mustaine, con una catarata de floreos y solos que enfatizan la excelente química entre ambos, I Don’t Care ocupa el lugar de la prototípica interpretación del punk de parte de Megadeth, colectivo que en So Far, So Good… So What! encaró un cover de un mega clásico de Sex Pistols, Anarchy in the U.K., correspondiente a Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols (1977), el único disco de los ingleses, en este sentido la canción exuda nihilismo setentoso y logra destacarse sobre todo en un estribillo que tranquilamente podría estar dirigido al presidente de yanquilandia en funciones, “es un odiador y un ladrón, un gusano en carne muerta/ un traidor y un pervertido, un imbécil y una oveja/ sabes que una rata nunca aprende, recibes lo que mereces/ tienes que saber que simplemente no me importa”. Hey, God?! retoma el rock pesado de la década del 70, tanto la tradición bluesera de Led Zeppelin y Deep Purple como la más pirotécnica de AC/DC, Aerosmith y Kiss, para un intento de conversación de parte de Dave con Dios que por supuesto deriva en monólogo, uno particularmente interesante en el que desfilan estados, preocupaciones y pareceres del cantante en sintonía con su mortalidad, su laconismo, su autopercibida soledad, su filosofía workaholic, su egoísmo, su sensación de inseguridad y finalmente la mismísima duda en relación a la existencia del Todopoderoso, algo que no queda muy tácito que digamos cuando en un verso le pide alguna confirmación de que está velando por él, lo que pone de manifiesto que la fe de Mustaine se vende como férrea pero en realidad es bastante endeble o por lo menos heterodoxa.
Continúa el buen nivel de la placa en Let There Be Shred, gran regreso al trash que por un lado permite un puente a medio tiempo, excusa para un solo maravilloso del finlandés, y por el otro lado entrega una letra muy nostálgica de autoafirmación metalera, aquí con el líder fetichizando su guitarra mientras recuerda sus primeros pasos y se prepara para un show donde desenmascarará a los tiranos e hipócritas de ayer, hoy y mañana, “el escenario se ha iluminado, pónganse de pie/ los corazones empiezan a latir con fuerza, levántense todos de sus asientos/ mis dedos arden espontáneamente en llamas/ destruyendo a los impostores, sólo quedan cenizas/ el día que nací, una guitarra en mis manos/ la tierra empezó a retumbar, una orden atronadora/ para golpear y azotar, para detonar mi cabeza/ para aniquilar mi guitarra, que haya destrucción/ los amplificadores empiezan a rugir, un tsunami de sonido/ controlando el aire, sacudiendo el suelo/ todas las guitarras gritan, chillan de alegría/ arañando diapasones a la velocidad de la luz”. Puppet Parade, una vez más, ejemplifica el enfoque concienzudo y detallista de Megadeth al componer y la influencia del rock progresivo en general, en materia de las sucesivas partes cuasi autónomas en la estructura, y particularmente del doom metal de Black Sabbath, siempre manteniendo la esencia aunque acelerándola en consonancia con el speed, planteo en esta oportunidad volcado a retratar la alienación en la multitud capitalista y la necesidad de tantas veces claudicar para acomodarse a las patrañas colectivas de determinado momento histórico y ser aceptado como individuo, “sin voz, sin elección: debes obedecer/ cuando la sangre se hiela en los planes que hemos hecho/ donde se mueven los hilos y se preparan las trampas/ donde las mentiras son verdad y nuestras vidas son comercio/ mientras marchamos en fila en un desfile de marionetas/ me muevo por el borde, tuerzo la cuchilla, sólo intento encender una llama/ pero todos los colores empiezan a desvanecerse y se difuminan en lo mismo/ dicen que lo tengo todo, sí claro: un rey sin corona/ pero cuando me estrello contra el suelo apenas si hago un sonido”.
Another Bad Day es un tema olvidable, a mitad de camino entre el primer glam setentoso y las acepciones más simples de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, en el que Mustaine parece experimentar un déjà vu de sus días de reviente drogón y alcohólico porque se sitúa como un narrador atrapado en una adicción que permanece implícita en la letra y lo conduce a la esquizofrenia y un popurrí existencial poco simpático, sobre todo amnesia, desempleo, incomunicación, desalojo, cicatrices, sueños deshechos, desesperación y la hilarante pérdida de un diente. Otro de los mejores capítulos de la placa es Made to Kill, una epopeya trash muy ambiciosa que acelera o ralentiza la furia de fondo para denunciar las masacres perpetradas por Estados Unidos e Israel en Medio Oriente sirviéndose de embustes, imperialismo, delirios maquiavélicos, especulación plutocrática y esa industria bélica volcada a saquear los recursos de otras naciones como Palestina e Irán bajo el mando de psicópatas payasescos símil Trump o Benjamín Netanyahu, “ondea la bandera, después incendia la ciudad/ llega en paz, luego quémala/ humo y fuego ahogan el amanecer/ todo rastro de vida desapareció/ sol ardiente, la guerra del desierto/ sangre por oro y las armas rugirán/ cielos rojos, bombas caen/ peste negra, una nación se arrastra/ luchas por los yacimientos de petróleo crudo/ los poderosos caen y el pueblo se arrodilla/ drones sobrevolando los cielos del desierto/ la verdad se vende en mentiras por streaming/ las ganancias crecen mientras los niños mueren/ el pueblo sabe que no sobrevivirá/ mapas en llamas, tierras foráneas/ todos los reyes beben la arena empapada de sangre/ los votos se emiten en humo y acero/ dices: ‘¿nosotros, el pueblo…?’ ¿Cuál es el pacto?”. Obey the Call puede leerse como una secuela menos interesante del track previo en la que sobresalen el último minuto de éxtasis instrumental, con una sublime intervención de Verbeuren en batería, y una letra de un Dave que hizo los deberes y le puso mucha sabiduría de veterano al promedio de los versos del álbum, aquí haciendo hincapié en la sumisión no sólo de las tropas sino también de tantos ciudadanos que se tragan los engaños de las elites dirigentes del Primer Mundo, “un horizonte agrietado y alaridos silenciosos/ hay ciudades quemadas que acechan mis sueños/ y hay fantasmas en los engranajes de la maquinaria de guerra/ se alimenta de fe pero sangra gasolina/ y los peones se alzarán y los imperios caerán/ con el paso de los días, obedece la llamada/ falsos cruzados vestidos de rojo/ escriben sus leyes con plomo fundido/ oraciones congeladas y mentiras en clave/ mientras marchamos por el camino donde muere toda razón”.
La redundante y descartable I Am War nos regresa al hard rock más previsible y dispara dos acepciones posibles, la primera vinculada a la guerra como metáfora de resistencia ante la adversidad, precisamente avanzando contra los enemigos cotidianos de turno, y la segunda homologada a un hipotético soliloquio de un soldado que pretende darse confianza internalizando el discurso belicista que le llega desde las cúpulas para tratar de envalentonarse y sobrevivir a la carnicería, todo amparado en ese fatalismo sincericida que uno podría esperar de Megadeth ya que se simula fortaleza desde la debilidad y las mismas refriegas son sinónimos por un lado de dolor y sufrimiento y por el otro de pérdida y tristeza, como lo asevera abiertamente el estribillo. The Last Note, con pinceladas de guitarras acústicas y unas intro y coda recitadas mediante una semi voz gutural, cierra formalmente el disco a puro trash melancólico que se sirve de la apoteosis, el desparpajo y la sutil aceptación del cansancio que trajeron el tiempo y las rutas recorridas luego del caos de la juventud y sus batallas entre la muchedumbre, pensemos en versos como “en cada kilómetro el camino me ha desgastado/ cada canción se me ha metido bajo la piel/ las cuerdas y los amplificadores siguen gritando y llorando/ y no puedo escapar de las manecillas giratorias del tiempo/ una última noche antes de que caiga el silencio/ un último acorde que resuene a través de estas paredes/ el telón final cae, un desenlace tranquilo para todo/ ahora únicamente son recuerdos en mi mente/ sólo luces y nombres que se desvanecen, si es que alguna vez vuelvo a tocar/ entonces que esta última nota no muera jamás”. Mustaine por milésima vez deja entrever que sigue obsesionado con el desaire de 1983 porque en todas las versiones de Megadeth decidió incluir como bonus track Ride the Lightning, cover de Metallica en el que aparece como cocompositor junto a Hetfield, Ulrich y Cliff Burton, el mítico primer bajista que moriría en un accidente de ómnibus en Suecia en 1986 a la edad de 24 años, siendo reemplazado por Jason Newsted, en esencia una reinterpretación tan enérgica como respetuosa del tema homónimo del álbum de 1984, ejemplo supremo de la aceleración progresiva del speed y análisis en primera persona de un condenado a morir en la silla eléctrica por un crimen que no cometió, gracias a un sistema judicial en simultáneo inepto, corrupto e indiferente.
A pesar de que este decimoséptimo trabajo de estudio de Megadeth constituye un gigantesco “más de lo mismo”, estamos ante el caso de una banda que ha entregado incontables pruebas de destreza e inventiva en su zona de confort, precisamente en la que son buenos en serio porque cuando coquetearon con el pop y regiones aledañas, como el rock alternativo y el rock clásico de riffs amigables, todo derivó en desastre y para chequearlo están Cryptic Writings, The World Needs a Hero y en especial Risk. Así como la trilogía de comienzos de los 90 continúa siendo el punto de comparación porque los mismos músicos se lo imponen de manera consciente o involuntaria, aquellos Rust in Peace, Countdown to Extinction e Youthanasia, también hay que reconocer que los opus seminales siguen marcando el horizonte por más que sea de modo complementario, nos referimos a Killing Is My Business… and Business Is Good!, Peace Sells… but Who’s Buying? y So Far, So Good… So What!, en conjunto un esquema identitario que tiene mucho de balance entre primero la rusticidad de estos últimos, suerte de ABC del trash según Mustaine y compañía, y segundo la madurez compositiva y en producción de las otras tres placas, obras que por cierto supieron invocar la vehemencia del inicio desde aquella “prolijidad” del rock más marginal entrando al mainstream durante las postrimerías del Siglo XX. Este flamante disco del cuarteto, sea el último a la fecha o realmente el que los lleve a un adiós definitivo a los escenarios y las grabaciones, asimismo respeta la fórmula señalada y ofrece eficacia gracias al profesionalismo de un Mustaine con 64 años que ha logrado envejecer con dignidad desde que patentase la receta en ocasión de The System Has Failed y Endgame, una vez más proponiendo en Megadeth un repertorio pulido y compacto que siempre incluye algo de material de relleno pero garantizando un piso de calidad que sólo se vio sacudido en las últimas dos décadas por la aparición del errático y comercialoide Super Collider. En un mundo atravesado por guerras, miseria y mentiras a instancias de la lacra neonazi en el poder de unos cuantos países, una nueva tanda de canciones de Megadeth sobre esos tópicos, más un Vic Rattlehead en la portada con traje y en llamas cual burócrata de la parca capitalista gracias a los magníficos dibujos de Blake Armstrong, no hacen más que desparramar justicia en un ambiente musical planetario volcado en términos macros al escapismo y la idiotez de las redes sociales, los medios masivos de comunicación y una industria cultural que hoy más que nunca promedia hacia abajo, hacia la abulia y una patética lobotomía masiva.
Megadeth, de Megadeth (2026)
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