Melania

La impostación y la vacuidad al poder

Por Emiliano Fernández

Sin lugar a dudas una de las películas más aburridas e involuntariamente hilarantes del Siglo XXI es Melania (2026), retrato de la insípida Melanija Knavs alias Melania Trump, exmodelo eslovena y “esposa trofeo” del multimillonario neofascista, pedófilo y mitómano serial Donald Trump, recientemente responsable del asesinato de 165 niñas de una escuela bombardeada en Irán y protagonista de una infinidad de documentos y fotos que lo vinculan a la red de esclavitud sexual infantil comandada por el magnate financiero Jeffrey Epstein, amiguito también del director de esta película propagandística extremadamente mediocre y torpe disfrazada de documental, Brett Ratner, quien se fugó desde Estados Unidos al Estado de Israel controlado por su compinche personal Benjamín Netanyahu, un sionista neonazi y genocida, después de que en 2017 se acumulasen denuncias de mujeres contra Ratner por acoso sexual y violación, entre las que se encuentran las actrices Olivia Munn, Natasha Henstridge y Ellen Page, noticia que generó el alejamiento de parte de Warner Bros. de la productora del realizador, RatPac Entertainment, con la que había entablado un acuerdo de coproducción por 75 films y una inversión inicial de 450 millones de dólares. El pretendido documental no agrega información nueva ni ofrece contexto alguno en materia del trayecto de la protagonista hacia la aristocracia de cotillón del capitalismo salvaje del nuevo milenio vía el psicópata payasesco de Trump, por cierto con un prontuario repleto de juicios por fraude, difamación, acoso sexual, incumplimiento de contrato, múltiple evasión impositiva, violaciones, deudas impagas, sobornos y esa retención de documentos clasificados más la falsificación de balances contables, dejándonos apenas en pantalla con un retrato de lo más frívolo de los preparativos por parte de ella para las ceremonias de “toma de posesión” del 20 de enero de 2025 en ocasión del segundo mandato como presidente de su marido, sin olvidarnos de una de las introducciones en off más lelas de la historia, “todos quieren saber así que aquí lo tienen, veinte días de mi vida: familia, negocios, filantropía y convertirme de nuevo en la Primera Dama de los Estados Unidos”. Hoy el gremio femenino es rebajado a unas bobas que se encargan de la casa, la decoración, las fiestas y la parentela, este último un rubro desde ya volcado al quinto hijo de Donald y único con Melania, Barron Trump.

 

El inicio subraya el delirio por venir con Gimme Shelter (1969), de The Rolling Stones, y Billie Jean (1982), de Michael Jackson, sonando de fondo sin que nadie del equipo creativo le haya prestado atención a las letras de ambas canciones, la primera acerca de masacres y violaciones bélicas y la segunda sobre una falsa acusación de paternidad, todo mientras desfilan planos publicitarios/ videocliperos estereotipados de Melania y una infinidad de drones y tomas cenitales para presentarnos la flota de aviones del clan Trump y su mansión en Florida, Mar-a-Lago, adquirida en 1985 con la fortuna heredada, mucha especulación inmobiliaria, una incursión en la industria del juego y aquella táctica de comprar y vaciar empresas como bien lo ilustra El Aprendiz (The Apprentice, 2024), la joya de Ali Abbasi en torno a la relación durante los años 70 y 80 entre Trump (Sebastian Stan) y su mentor, Roy Cohn (Jeremy Strong), un abogado plutócrata y muy agresivo que fue la mano derecha de Joseph McCarthy en su caza de brujas anticomunista, que posibilitó la ejecución en 1953 de los supuestos espías soviéticos Julius y Ethel Rosenberg, un matrimonio estadounidense, y que ofició de asesor de diversas figuras de la mafia neoyorquina y de los nefastos gobiernos de Richard Nixon y Ronald Reagan. A lo largo de la faena, como decíamos antes un trabajo guionado sin acreditar por Ratner en complicidad con la también productora Melania cual infomercial de posicionamiento de marca vinculado al fingido carácter de humanitaria de la fémina, la música intrusiva permanente reenvía al costado más imbécil del Hollywood Clásico, siempre en pose para agradar al público más conservador en función de una banda sonora que incluye desde composiciones originales olvidables de un tal Tony Neiman hasta lugares comunes de la música clásica y neoclásica, firmados por Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart, Gioachino Rossini y Maurice Ravel, y canciones varias hiper utilizadas en el pasado como Then He Kissed Me (1963), de The Crystals, It’s a Man’s Man’s Man’s World (1966), de James Brown, Amazing Grace (1972), de Aretha Franklin, An American Trilogy (1972), del gran Elvis Presley, Y.M.C.A. (1978), de Village People, y Everybody Wants to Rule the World (1985), de Tears for Fears, más las nombradas Gimme Shelter y Billie Jean y cosillas de Giorgio Moroder, Ennio Morricone y Jonny Greenwood.

 

La protagonista se vende a sí misma como la personificación del “sueño americano” de influjo embustero y en una escena terceriza el asunto a través de las palabras -asimismo guionadas, por supuesto- de una diseñadora de interiores, Tham Kannalikham, inmigrante de Laos a la que Melania no mira a la cara durante su monólogo autovictimizante, para colmo asintiendo con la cabeza en pos de remarcar que está repitiendo muy bien todo lo escrito/ previamente preparado. La andanada de lujo vulgar y formulaciones maniqueas hasta la médula que propone la película, un fracaso total en su estreno en salas antes de la llegada al streaming mediante Amazon Prime Video, la acerca más a chatarra del séptimo arte propagandístico como El Judío Eterno (Der Ewige Jude, 1940), de Fritz Hippler, Raza (1942), de José Luis Sáenz de Heredia, El Judío Süß (Jud Süß, 1940), de Veit Harlan, La Fiesta de Todos (1979), de Sergio Renán, y Reagan (2024), de Sean McNamara, que a los clásicos infames de Leni Riefenstahl, léase El Triunfo de la Voluntad (Triumph des Willens, 1935) y Olympia (1938), o al film racista de cabecera de D.W. Griffith, El Nacimiento de una Nación (The Birth of a Nation, 1915), incluso pudiendo leerse al opus de Ratner -como dijo Xan Brooks en su crítica para The Guardian- como una remake mierdosa y tapizada de dorado de Zona de Interés (The Zone of Interest, 2023), la obra maestra de Jonathan Glazer, ahora con nuestra Cenicienta exhibiendo sus adornos, vestidos y asistentes/ lambiscones/ esclavos del montón mientras las atrocidades de su marido se siguen acumulando dentro y fuera de la Casa Blanca. Otros efectos indeseados del cúmulo de frivolidad en pantalla, más en un país como Estados Unidos atravesado por un volumen enorme de miseria y pobreza o por los mismos incendios forestales de California de 2025, el telón de fondo de la segunda asunción de Trump como presidente, tienen que ver primero con el hecho de que tamaña superficialidad suele costarle elecciones o estadías en el poder a los políticos de todas las geografías, ya que el pueblo es de lento discurrir aunque eventualmente toma conciencia de la burbuja en la que vive la oligarquía neofascista, y segundo con la idiosincrasia en sí de la exmodelo, un monumento viviente a la intrascendencia o la incapacidad de sabiduría en el rubro que sea, con narraciones en off que parecen craneadas por un minusválido mental.

 

Si por un lado el egoísmo de la retratada y su falta de solidaridad, empatía y naturalidad se filtran en las escenas concernientes al fallecimiento del expresidente Jimmy Carter a finales de 2024, algo que le importa un comino porque inmediatamente se pone a hablar del óbito de su madre, Amalija Knavs, y al encuentro con una de las judías secuestradas por Hamás en octubre de 2023, Aviva Siegel, excusa utilizada por el jingoísta lunático de Netanyahu para asesinar a 70 mil palestinos y otro tanto que todavía está debajo de los escombros o cuyos cadáveres fueron evaporados, por el otro lado se incluye un ataque endogámico a Hollywood por parte de Ratner y los Trump, en concreto en una secuencia en la que se ningunean desde la Oficina de la Primera Dama los pedidos de información del periodismo de espectáculos empardado al mainstream local en lo que atañe al desorbitarte acuerdo de producción de 40 millones de dólares entre Melania y Amazon. Con cameos tácitos de Elon Musk, cuando todavía se mostraba cercano a Donald antes de la pelea a raíz de la Bella y Enorme Medida Legislativa (One Big Beautiful Bill Act), Barron, a quien el guionista Toby Morton -en una jugada satírica magistral- pretende reclutar en el ejército para que forme parte de la ofensiva de 2026 de Estados Unidos e Israel contra Irán, y Joe Biden, siempre con look de viejito arterioesclerótico o por lo menos bastante tarado modelo Fernando de la Rúa, el expresidente argentino, este falso documental forma parte de la catarata de patrañas de la nueva derecha esperpéntica del Siglo XXI y su tendencia a desviar la atención de la verdad para seguir robando desde el Estado transfiriendo toda la riqueza de las mayorías populares hacia la alta burguesía más concentrada, planteo que sin proponérselo termina denunciando el autismo risible de la lacra cleptocrática y especuladora del capitalismo mediante la concepción de ella y el demente megalómano de su esposo, un anciano gagá, prepotente y banal que nadie en su sano juicio podría tomar en serio y mucho menos votar, de que son amados y respetados por todos a su alrededor, absurda legión de autómatas del ceremonial y la etiqueta que se homologan a la farsa del poder institucional más pomposo. La mediocridad absoluta de Ratner, otrora conocido por Hombre de Familia (The Family Man, 2000), Dragón Rojo (Red Dragon, 2002), X-Men: La Batalla Final (X-Men: The Last Stand, 2006) y la franquicia que empezase con Una Pareja Explosiva (Rush Hour, 1998), incorpora sin ningún sentido el constante recurso de simular una fotografía en 8 milímetros, capricho que a su vez recuerda a la película de Abraham Zapruder registrando el asesinato de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963, y apela a manotazos de ahogado para crear química o algún tipo de conexión auténtica en el matrimonio Trump, siendo el más doloroso ese episodio del discurso en el que la cincuentona convence al marido de incluir la palabra “unificador” en su perorata de pavadas durante la toma de posesión. Más allá de la paradoja de que las dos principales iniciativas de esta descerebrada adepta a la impostación y la vacuidad estén dirigidas al desarrollo infantil, Be Best y Fostering the Future, un par de semi programas que no se tradujeron en acciones valiosas y que para colmo chocan con las “inclinaciones” del depredador de su marido, recordemos desde la pedofilia con Epstein hasta las matanzas de purretes iraníes del presente, a ciencia cierta el film no sistematiza opinión alguna de ella sobre las políticas públicas o lo que considera necesario para el país en términos específicos, ya dejando de lado las fórmulas retóricas generales que saturan cada segundo de la soporífera película y nada dicen sobre la ideología de la eslovena, un envase vacío que directamente pareciera no poseer personalidad alguna por su eterno dejo impasible o robotizado. Las celebraciones incesantes que desparrama Melania nos hablan de la futilidad y la demagogia mogólica de la cultura y el Estado de yanquilandia, lo que funciona en consonancia con una obra nauseabunda a nivel ético y tan de plástico como la cara de la exmodelo y los “valores” de su esposo, su hijo y toda la caterva de excrementos que componen la administración del chiflado en cuestión, cuya volatilidad y cuyo elevado nivel de agresión enfatizan que estamos frente a lo que debería ser un paciente psiquiátrico y no un representante público, reproduciendo los casos de Javier Milei y Jair Bolsonaro…

 

Melania (Estados Unidos, 2026)

Dirección: Brett Ratner. Guión: Brett Ratner y Melania Trump. Elenco: Melania Trump, Donald Trump, Tham Kannalikham, Aviva Siegel, Barron Trump, Joe Biden, Elon Musk, Brigitte Macron, Hervé Pierre, Rania de Jordania. Producción: Brett Ratner, Melania Trump, Fernando Sulichin y Marc Beckman. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 1