Pixar está teniendo unos problemas acuciantes para escapar de su sarta de continuaciones aburridas y volver a ofrecer algo de contenido original valioso o mínimamente emparentado con aquel período de gloria de Monsters, Inc. (2001), Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003), Los Increíbles (The Incredibles, 2004), Ratatouille (2007), WALL-E (2008) y Up (2009), en este sentido basta con recordar productos recientes lastimosos que pretendieron recuperar la magia de antaño, Valiente (Brave, 2012), Un Gran Dinosaurio (The Good Dinosaur, 2015), Onward (2020), Luca (2021), Red (Turning Red, 2022), esa Elementos (Elemental, 2023), Elio (2025) y la flamante Hoppers: Operación Castor (Hoppers, 2026), odisea del chino estadounidense Daniel Chong que poco y nada puede hacer frente a los mejores exponentes de los últimos años del estudio controlado por Disney, Intensamente (Inside Out, 2015), Buscando a Dory (Finding Dory, 2016), Coco (2017) y Soul (2020). La protagonista femenina y asiática enfatiza el público a captar, las niñas, y cierto trasfondo autobiográfico por parte del realizador, aquí utilizando a la militancia ambientalista de la ninfa como una metáfora de la etnia porque ambos factores derivan en discriminación y/ o permanente sensación de minoría no tenida en cuenta por el colectivo social. Mabel Tanaka (Piper Curda) es una chica de 19 años que heredó el cariño por la naturaleza de su abuela (Karen Huie) y así se propone defender con ahínco un sector sin árboles de un bosque que será copado por una autopista, todo cortesía de Jerry Generazzo (Jon Hamm), el alcalde de Beaverton que puede destruir legalmente lo que guste mientras no exista fauna en la zona.
Sin conseguir apoyo de una población vernácula apática, la joven eventualmente descubre que una de sus profesoras de la universidad, la Doctora Samantha Fairfax (Kathy Najimy), creó una tecnología que permite el traslado de la conciencia humana hacia un “hopper” o avatar robótico con forma de animal que sirve para investigación. Mabel se conecta en el laboratorio y roba un hopper con look de castor para infiltrarse entre los animales, donde conoce al Rey de los Mamíferos, de hecho otro castor llamado George (Bobby Moynihan) que construyó una sociedad de cuadrúpedos exiliados del paraíso en cuestión. Luego de descubrir la estrategia de Generazzo para ahuyentar a los animales, en esencia un árbol artificial que emite ondas sonoras que sólo la fauna puede escuchar, Mabel derriba el poste pero la alegría dura poco ya que el alcalde regresa con más torres de sonido y dinamita para volar cualquier represa de los castores y demás cuadrúpedos. George y nuestra protagonista piden ayuda en el Consejo Animal no obstante la muchacha sin querer desencadena un plan para asesinar a Generazzo y además aplasta a la Reina de los Insectos (Meryl Streep), cuyo vástago y heredero, Titus (Dave Franco), profundiza la arremetida contra los bípedos. La película no oculta una autoconciencia bastante descarada en materia de copiar a la saga que comenzó con Avatar (2009), del canadiense James Cameron, e incluir una secuencia idiota que busca aludir al mismo tiempo a Los Pájaros (The Birds, 1963), de Alfred Hitchcock, y Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, desde la literalidad y toda esa simpleza insípida estándar del mainstream de pocas luces del nuevo milenio, incapaz de originalidad alguna.
Aquí se pretende coquetear con el ecologismo de dejo radical a partir de distintas nociones que incluyen la lucha contra la mafia destructora y extractivista del capitalismo, la denuncia de la complicidad silente de las mayorías ante el saqueo, la necesidad de comprender a la naturaleza bajo sus propios términos y finalmente la urgencia de combinar entusiasmo y sabiduría en lo que atañe a cualquier militancia, sea ambiental u otra, sin embargo tanta antropomorfización burda de los animales no ayuda a la causa verde debido al infantilismo de los personajes y la precariedad dramática/ discursiva de Hollywood en general, siempre preocupado por promediar hacia abajo para ganarse a los segmentos menos brillantes del público y la crítica de hoy en día, por supuesto el grueso de cada rubro. Hoy nos topamos con un buen trabajo en materia de los rostros de las criaturas, sin duda el gran latiguillo del diseño rubricado por Pixar, aunque la historia exuda previsibilidad y los chistecitos son bastantes flojos o ya han sido reciclados por milésima vez de otras películas del estudio o comedias de los años 80 y 90, amén del eco del intercambio de cuerpos o body swap a lo Vice Versa (1948), de Peter Ustinov, y Un Viernes Alocado (Freaky Friday, 1976), de Gary Nelson. Uno de los ejes cruciales, más allá del combate entre proteccionismo y psicópatas de la avaricia, es el enfrentamiento entre optimismo ingenuo y pesimismo pragmático, George y Mabel, lo que simboliza la pugna entre ignorancia popular y vanguardia política, esta última claramente vinculada a defender un espacio natural pero también la capacidad de sus habitantes de decidir sobre sí mismos y sobre su ecosistema, en suma su soberanía.
Los humanos en pantalla constituyen parásitos del Planeta Tierra que no se detienen en su codicia y egoísmo, agigantando ciudades sin respetar la vida alrededor, tanto la fauna como la flora, por ello la construcción de la autopista no hace más que funcionar como una señal de alerta porque el transporte y la comunicación son sinónimos de un pulpo metropolitano que se extiende fagocitando todo a su paso, sin miramiento alguno. A esta altura del partido resulta increíble que el mainstream estadounidense continúe apelando a semejante histeria expresiva/ narrativa, a unos diálogos ramplones aunque pretendidamente cancheros y a esa estructura comunal de anclaje anacrónico aristocrático/ monárquico para los personajes, sin olvidarnos del sentimentalismo barato marca registrada y de escenas de acción larguísimas en línea con un parque de diversiones para inmaduros o bobalicones del montón del Siglo XXI. Nuestra epopeya carece de un villano verdadero porque el personaje del alcalde de Beaverton está excesivamente caricaturizado o más bien relativizado en su afán destructor para erigir la autopista y eternizarse en el poder, y por cierto el intento de archienemigo dentro del gremio natural según el relato, Titus, la oruga/ mariposa que en el último acto muta precisamente en un falso Generazzo mediante la tecnología de Fairfax, es demasiado tosco para tomarlo en serio, como si se tratase de una relectura fugaz de La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel, aunque cercana espiritualmente a la lacra payasesca negadora de la contaminación y el cambio climático modelo Donald Trump, Jair Bolsonaro o Javier Milei. Si bien está perfecto lo de subrayar que somos parte de algo mucho más grande, una madre naturaleza que reclama solidaridad por sobre el individualismo símil entendimiento de una dependencia mutua, y lo de señalar a la humanidad como ladrona, mentirosa y siempre tendiente a utilizar a los animales para sus caprichos narcisistas o como “medios para un fin”, la película en general se mueve en piloto automático en todo momento y particularmente el último acto no ayuda a levantar la puntería, pensemos que desparrama referencias a Terminator (The Terminator, 1984) y Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), ambas con la firma de Cameron, y entrega otra resolución maniquea y perezosa a lo feel-good movie…
Hoppers: Operación Castor (Hoppers, Estados Unidos, 2026)
Dirección: Daniel Chong. Guión: Jesse Andrews. Elenco: Piper Curda, Bobby Moynihan, Jon Hamm, Kathy Najimy, Dave Franco, Meryl Streep, Karen Huie, Eduardo Franco, Aparna Nancherla, Melissa Villaseñor. Producción: Nicole Paradis Grindle. Duración: 104 minutos.