El Buen Mal, de Samanta Schweblin

Reconstruyendo una herida

Por Felipe Molinari

El último libro de cuentos de Samanta Schweblin, El Buen Mal (2025), está compuesto por seis relatos que comparten un eje común: personajes atravesados por el dolor o la culpa o, en algunos casos, atormentados por el dolor que genera la culpa.

 

El Buen Mal comienza con el cuento Bienvenida a la Comunidad, donde una mujer acaba de intentar suicidarse pero misteriosamente fracasa. Desde el inicio, la culpa se instala como el motor de casi todos los relatos. La narradora de este cuento, tras intentar sin éxito encontrar una explicación a qué salió mal en su plan suicida, conoce a un vecino que le dará un consejo clave para seguir: debe provocar dolor en sus seres queridos, en este caso en sus hijas, ya que “eso la llenará de culpa, y si la culpa es lo suficientemente fuerte, necesitará quedarse para cuidarlas” (p.26). Esta última frase es quizás la clave para entender a los personajes de estas historias y también la lógica que plantea el oxímoron del título: ¿es la culpa el mal necesario para seguir adelante? El “buen mal” es aquello que agobia y atormenta, incluso paraliza. Pero también da una razón para seguir en el mundo, como si el dolor fuera lo único que los vuelve humanos. Los personajes de estos cuentos sufren heridas profundas, pero es en ese sufrimiento en el que se reconocen como personas.

 

Otro elemento recurrente en estos cuentos es el uso simbólico de los animales. En el primer relato mencionado, los conejos, mascotas de las hijas de la mujer suicida, serían posibles víctimas para generar dolor. En el siguiente cuento, Un Animal Fabuloso, se relaciona y confunde a un caballo con un niño llamado Peta. Esta relación se va tensando hasta explotar a partir de la narración de Leila, una amiga de la familia del niño. Ella fue testigo y promotora accidental de la tragedia que destrozó a la familia. En esa visita, Peta, un niño “demasiado precioso” y casi irreal según la narradora, cae de una cornisa y muere.

 

En el cuento William en la Ventana, una escritora viaja a una residencia en Shanghái, y si bien está realizando un sueño para avanzar con su carrera, siente culpa ya que debe dejar solo a su marido, quien recientemente fue diagnosticado con cáncer. Esa culpa viene acompañada con el tormento de que en caso de morir “yo podía morirme con él” y está estrechamente ligada a la novela que está escribiendo: una madre vuelve a su trabajo después de dos años de estar criando a su hija, ésta comienza a mostrar señales de rechazo hacia su progenitora por el “abandono” producto de continuar con su labor profesional. Se ve así una notoria relación entre cuento y relato enmarcado, el cual funcionará como una “puesta en abismo” sobre los temas de la culpa interna ligada a tener que elegir entre la familia o la carrera profesional.

 

En varios pasajes los cuentos adoptan una lógica cercana al policial: el lector avanza reconstruyendo un enigma, esto es, en lugar de resolver un crimen se va descifrando el origen del dolor o aquello que generó esta pena.

 

En El Buen Mal, Samanta Schweblin vuelve a demostrar que tiene un control preciso de su escritura y principalmente una capacidad excepcional para crear atmósferas que envuelven al lector en un clima opresivo, similar a las angustias internas que atraviesan sus personajes. También hay que reconocer que algunos de estos cuentos quedan solo en una atmósfera bien construida y no mucho más, pero otros como El Ojo en la Garganta (por lejos el mejor cuento de este libro), condensan las virtudes de un gran relato: misteriosas llamadas por teléfono, un accidente que arruina a una familia, un niño olvidado en una estación de servicio y el misterio sobre qué pasó con el susodicho durante ese tiempo. Pero lo más importante no son los hechos en sí, sino la escritura fina y precisa para narrar el sufrimiento inefable de culpa y desapego, para mostrar el momento justo en que una familia se destruye para siempre.

 

En El Buen Mal el título funciona como una clave de lectura: en estos cuentos la culpa no solo impulsa la acción, sino que organiza los vínculos. Como en un policial invertido, el lector no reconstruye un crimen, sino una herida.

 

El Buen Mal, de Samanta Schweblin, Penguin Random House, 2025.