The Mountain, de Gorillaz

La licuadora cultural

Por Marcos Arenas

Gorillaz es una banda virtual creada en 1998 por Damon Albarn, junto al dibujante Jamie Hewlett, centrada en delirios varios y mashups multigenéricos que suelen escaparle al formato tradicional de canción para acercarse al art rock de pretensiones avant-garde, sin embargo en muchas ocasiones funciona apenas como una excusa para que el amigo Damon se entregue a letras meditabundas/ posmodernas, una imaginería de proporciones apocalípticas y una infinidad de colaboraciones que transforman a la mayoría de los álbumes en una experiencia caótica o estrafalaria de collage tras collage. En general combinando ingredientes de world music, rock alternativo, hip hop, dub, synth-pop infantiloide, soul, downtempo jazzero, funk, electrónica lo-fi, post punk, psicodelia, dream pop y algo de dance, la curiosa entidad puede definirse como uno de los mayores malentendidos del rock deforme reciente porque el grupo es otro ejemplo de esa vertiente autoindulgente y lúdica de la carrera de Albarn que no está diseñada para el consumo masivo, en este sentido resulta hasta paradójico que su fama planetaria esté vinculada en el Siglo XXI más a Gorillaz que a su mejor agrupación, Blur, o a sus otros proyectos que sí arrastraron algún dejo de seriedad, sobre todo los discos de The Good, the Bad & the Queen y Rocket Juice & the Moon más sus dos opus solistas a la fecha, Everyday Robots (2014) y The Nearer the Fountain, More Pure the Stream Flows (2021), todos muy lejos de las cúspides britpop de Blur, léase Modern Life Is Rubbish (1993), Parklife (1994) y The Great Escape (1995), sin olvidarnos del excelente nivel de la lectura de los ingleses del rock alternativo estadounidense noventoso, Blur (1997). El músico británico siempre queda muy expuesto a ser acusado de apropiación cultural por el trasfondo inherentemente turístico de las canciones de Gorillaz, no obstante una y otra vez se las ingenia para introducir en el ADN de cada composición una esencia lo suficientemente Albarn para que los tracks no lleguen a pasar vergüenza o justifiquen su existencia en la amalgama entre la delicadeza marca registrada del inglés en modalidad experimental, por un lado, y los ropajes sonoros que toma prestados de manera maniática a lo largo y ancho del globo, por el otro lado, planteo que por cierto tampoco debe hacernos esquivar el hecho de que en Gorillaz no aparecen en toda su plenitud los dos “puntos fuertes” de Damon como artista, las melodías y las letras irónicas de evisceración nacional/ política/ económica/ social, por lo menos no a escala de la efervescencia de Blur y sus otras máscaras musicales.

 

Después de un debut mediocre con algunos chispazos de genialidad, Gorillaz (2001), el asunto comienza a levantar la puntería a partir de Demon Days (2005), un trabajo mejor producido y con un mayor nivel de detalle y entusiasmo al igual que Plastic Beach (2010). The Fall (2010) fue una anomalía minimalista dentro de los discos atribuidos a la agrupación virtual porque se parece a los trabajos solistas de Albarn, quien de hecho grabó la placa mayormente en soledad en un iPad durante la gira norteamericana de presentación del álbum previo. El ameno Humanz (2017) se vuelca mayormente hacia el hip hop y el rhythm and blues, del mismo modo que The Now Now (2018) juega sin culpa con una insólita new wave ochentosa que poco y nada tiene que ver con la catarata de incoherencia sonora estándar de los trabajos anteriores de Damon bajo el mote de Gorillaz, en cierta medida emparentándose con la simpleza de The Fall. Song Machine, Season One: Strange Timez (2020) constituyó un más que disfrutable soundtrack para esa serie web del mismo título para YouTube que en esencia continuó el leitmotiv de siempre del grupo, los invitados esperpénticos en secuencia, rodando videoclips para cada colaboración y editándolas como singles. Ya dejando atrás aquel electropop de Cracker Island (2023), un opus bastante más amigable para con el mainstream musical que lo que uno podría esperar de la banda, The Mountain (2026) nos devuelve a la anarquía compositiva de Gorillaz aunque hoy haciendo un esfuerzo un poco más marcado en materia de unificar las nuevas composiciones alrededor de un ecosistema musical hindú y de Medio Oriente, con una extensa colaboración de músicos del rubro, y en términos letrísticos apostando al duelo y unos pormenores macabros o de ultratumba que no siempre derivan en dolor, aquí más bien en un renacimiento espiritual tan heterogéneo y sorprendente como suele ser este proyecto de alcance internacional de Albarn. Con producción del susodicho, Samuel Egglenton, Remi Kabaka Jr. y el muy cotizado James Ford, si lo pensamos en el universo musical reciente de Damon este nuevo álbum se ubica muy lejos de The Ballad of Darren (2023), estupendo regreso de Blur que incluso superaba al de por sí disfrutable The Magic Whip (2015), pero a decir verdad resulta tan entretenido como Cracker Island, por más que no quede nada de aquel synth-pop de tres años atrás y toda la pirotecnia sonora esté volcada al exotismo worldbeat que adoran algunos británicos, suerte de residuo de un pasado de corte imperialista que entronizaba la licuadora cultural.

 

La flamante placa de estudio arranca con una bella composición casi completamente instrumental, The Mountain, derivado sesentoso de dos clásicos de George Harrison dentro de The Beatles, Love You To y Within You Without You, respectivamente de Revolver (1966) y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), que incluye un mínimo recitado del finado Dennis Hopper y el ensamble hindú del flautista Ajay Prasanna, la sitarista Anoushka Shankar y los hermanos Amaan y Ayaan Ali Bangash, ambos especialistas en el sarod, otro instrumento de cuerda de la música clásica indostaní como el sitar. The Moon Cave, ahora con Asha Puthli, Jalen Ngonda, Black Thought y los ya fallecidos David Jolicoeur/ Trugoy the Dove, vocalista de De La Soul, y Bobby Womack, líder de The Valentinos y artífice de una extensa carrera solista, posee un inicio de semi música incidental cinematográfica que eventualmente desemboca en una mixtura de electropop, soul, hip hop y pop barroco que versa sobre el óbito del ser querido y cómo procesar la pena subsiguiente, haciendo base en la necesidad de decir adiós. La gran rareza del álbum y su única obra maestra es The Happy Dictator, joya enmarcada en la presencia de los inconmensurables Sparks, el dúo de los hermanos Ron y Russell Mael, que utiliza el andamiaje del pop psicodélico y contracultural para pegarle a las mentiras, los engaños y la autodivinización de los dictadores de pacotilla de la nueva derecha del Siglo XXI símil Donald Trump y Javier Milei, excrementos con patas que venden patrañas a masas ignorantes y conservadoras que parecen sentir placer en dejarse estafar una vez más, en la letra un vulgo que cree -desde la sumisión religiosa de antaño- en paraísos supraterrenales donde todo mágicamente se arreglará de un momento al otro, justo como prometen los demagogos neonazis en boga. Entre el ambient y el pop beatlesco psicodélico, la breve The Hardest Thing incluye palabras del fallecido Tony Allen, socio nigeriano de Damon en The Good, the Bad & the Queen y Rocket Juice & the Moon, y oficia de introducción tácita para otra epopeya sobre el duelo y lo difícil de articularlo con la rutina de las giras por el mundo y la propia memoria del desaparecido en el fluir cotidiano, en concreto Orange County, como decíamos antes un apéndice indie-synth-popero del tema previo que ofrece en sus filas a Shankar, la cantante/ poetisa estadounidense Kara Jackson y el payaso mediocre argentino Gonzalo Julián Conde alias Bizarrap, otro de esos farsantes del mainstream descerebrado promedio del Siglo XXI que nadie sabe qué hace exactamente porque como productor es paupérrimo y tan carente de carisma, talento o algo valioso para decir como tantos productos huecos de hoy en día.

 

The God of Lying, en esta ocasión con Idles, cabezas del revival post punk del nuevo milenio, es otra de las joyas del disco porque esta colaboración entre Albarn y el cantante Joe Talbot trabaja muy bien el dub de entonación tétrica y en especial la angustia de la depresión a raíz de alguna muerte o simplemente un mundo repleto de egoístas, cínicos e imbéciles varios, aquí derivando en drogas, alcohol, sonrisas sardónicas y un nihilismo que muta en sinónimo de masoquismo existencial y la certeza de que no hay nada después de la muerte, ni limbo ni más allá ni segundas oportunidades cercanas a la redención. The Empty Dream Machine, otra vez con Shankar y Tariq Luqmaan Trotter alias Black Thought, de The Roots, más el legendario Johnny Marr, guitarrista de The Smiths, funciona como una exploración alrededor de la desesperanza, hoy vista desde el cansancio y el desamor, que permite a Damon calzarse el traje de crooner y en esencia aglutina la dark wave de Depeche Mode, el sophisti-pop de The Blue Nile y Roxy Music y el plastic soul del David Bowie modelo Young Americans (1975) y Station to Station (1976), dos de las tantas obras maestras del Duque Blanco. A continuación tenemos uno de los típicos delirios de Gorillaz que pretende ser experimental pero no va a ningún lado ni deja contento a nadie en su cruza de trap, gangsta rap, psicodelia y G-funk, The Manifesto, tema banal y demasiado largo que indaga en el mundo de los espíritus y hace uso del finado Proof, nacido DeShaun Dupree Holton y asesinado en 2006 a sus 36 años de edad, y de otro imbécil de Argentina, el trapero retrasado mental Trueno, seudónimo de Mateo Palacios Corazzina, ejemplo del analfabetismo cultural, político e histórico de la gran industria musical latinoamericana contemporánea y su público. Por suerte el nivel vuelve a subir gracias a The Plastic Guru, con los reincidentes Shankar y Marr, una canción sencilla britpopera que por un lado le restituye la responsabilidad a las masas en cuanto a su voto en las pugnas electorales, unas mayorías tantas veces tratadas en los análisis políticos como nenitos inocentes que no saben lo que hacen, y por el otro lado continúa denunciando a esos “gurúes de plástico” del título de la extrema derecha y el neoliberalismo en general, verdadero cáncer del Siglo XXI que se esparce mediante embustes, narcisismo, promesas lunáticas y un maquiavelismo cada día más cutre o chapucero.

 

Delirium es mayormente un pretexto para recuperar un aporte inédito de Mark E. Smith, frontman ya fallecido de The Fall, que va a parar a un estribillo dance que a su vez condimenta estrofas corales a lo música sacra o góspel, todo mientras la letra reincide en un apocalipsis por neofascistas mesiánicos que culpabilizan a terceros por sus acciones y que eventualmente tendrán su merecido cuando sus enemigos huelan la sangre y el pueblo los reconozca como oscurantistas. Damascus, con el sirio Omar Souleyman y Dante Terrell Smith alias Yasiin Bey, más conocido por su apodo previo, Mos Def, es otro cocoliche sin pies ni cabeza paradigmático de Gorillaz que juega con el reguetón, la electrónica y la música árabe vinculada al dabke, un baile folklórico levantino, y que oficia de homenaje bien explícito a Souleyman y a la capital de Siria del título, Damasco. La temática política/ mortuoria del álbum se retoma en la estupenda The Shadowy Light, en esta oportunidad una colaboración de pop hipnótico, barroco y/ o étnico con el galés Gruff Rhys, de Super Furry Animals, más Prasanna, los hermanos Bangash y la sublime cantante hindú Asha Bhosle, recientemente fallecida, que busca devolverle todo su poderío discursivo a la verdad, un concepto trivializado por la derecha mitómana, y que entrega algo de optimismo en materia de ver una luz al final del túnel de la vida sin que ello signifique bajar los brazos en la tierra de los que aún respiran, quienes según los versos de Albarn nunca deberían perder su voz ni permitir que sea reemplazada por “frías máquinas” o esos “sueños febriles de los locos ajenos a la verdad”.

 

Cierto dejo bluesero sobrevuela Casablanca, odisea con Marr y el célebre Paul Simonon, bajista de The Clash, que coquetea con el góspel y aquel trip hop de Massive Attack, Tricky y Portishead con el objetivo de desparramar más imaginería surrealista del fin del mundo, en esta ocasión con las masas como reclusos cuyas puertas de celdas siempre permanecen abiertas mientras miran el abismo porque son cómplices de su propio destino mediante la apatía y el voto, eje de las democracias intrínsecamente farsescas del capitalismo salvaje del nuevo milenio. The Sweet Prince, contando con Prasanna, Marr y Shankar, hace pie en el indie y la psicodelia para utilizar una colección de referencias a El Principito (Le Petit Prince, 1943), famosa novela corta de Antoine de Saint-Exupéry, en una letra en la que el narrador se encuentra frente al lecho de muerte del ser querido y trata de hacer las paces con una cicatriz que jamás sanará, sobre todo mediante la idea pacificadora de una existencia inmaterial posterior al óbito. The Sad God, tema melancólico final que incluye a Black Thought, Shankar y Prasanna, retoma el leitmotiv de la intro instrumental hindú de la placa y dialoga con los chispazos etéreos del Blur de 13 (1999) y Think Tank (2003), como buena parte de la producción artística de Gorillaz, bajo la idea de construir otro retrato fatalista y perspicaz del mundo que reproducimos a diario y del instante en el que finalmente nos marchemos, “te di amor para llenar la vieja gloria/ te di sueños, tú escribiste la historia/ te di velas blancas para alcanzar el sol/ te di átomos, tú construiste una bomba/ ahora no queda nada y me he marchado/ no más montañas, no más canciones/ no más oraciones enviadas al espacio/ sólo pantallas para ver tu rostro/ te di cielos azules, dulce falacia/ te di amapolas para la enfermedad/ te di glóbulos blancos, los convertiste en armas/ te di guirnaldas, cerraste los ojos en el paraíso/ el Dios triste, el Dios triste”.

 

The Mountain constituye otro ejemplo de la paradoja de siempre de la carrera de Albarn, un señor que adora entregarse a lo que definitivamente considera un caos más o menos controlado sustentado en muchas colaboraciones, todo dentro de una concepción de la música homologada a un juego de resonancias imprevisibles, no obstante sus mejores faenas -mal que le pese a quien le pese- siguen estando en el extremo opuesto de la ecuación, cuando encuentra un colega de su mismo talento e inventiva precisamente como Graham Coxon, el guitarrista de Blur, que le hace sombra en el estudio y lo obliga a enfocarse en la creación coherente sin divagar tanto en consonancia con esa conjunción -a veces competencia implícita- entre artistas de la que nacen los clásicos. En este sentido resulta sintomático tanto el nivel promedio de los discos de Gorillaz, en líneas generales buenos y poco más, casi aplanados en lo que a su umbral de calidad se refiere, como la facilidad con la que se destacan los trabajos de madurez de Blur en sintonía con The Magic Whip y The Ballad of Darren, regresos de carácter aparentemente excepcional luego de la semi separación de la banda de principios del Siglo XXI, de allí que el amigo Damon en The Mountain no logre entregar más que un trío de verdaderas joyas, The Happy Dictator, The God of Lying y The Shadowy Light, que como siempre en el caso del británico dependen muchísimo de los colaboradores de turno, Sparks, Idles y Rhys/ Bhosle, gente que aporta efervescencia creativa en serio a la receta de Gorillaz y dignifica un álbum muy marcado por las muertes en las familias de Albarn y Hewlett, dupla que no suele hablar de sus vidas privadas y todo lo canaliza en el arte.

 

The Mountain, de Gorillaz (2026)

Tracks:

  1. The Mountain
  2. The Moon Cave
  3. The Happy Dictator
  4. The Hardest Thing
  5. Orange County
  6. The God of Lying
  7. The Empty Dream Machine
  8. The Manifesto
  9. The Plastic Guru
  10. Delirium
  11. Damascus
  12. The Shadowy Light
  13. Casablanca
  14. The Sweet Prince
  15. The Sad God