El cine latinoamericano de terror del Siglo XXI y especialmente ese de sus dos industrias nacionales más prolíficas, las de Argentina y México, resulta francamente lamentable por lo conservador, léase la ausencia de ideas novedosas, y por el nulo talento a la hora de copiar lo que tanto anhelan copiar desde una postura trasnochada, de hecho todavía con directores y guionistas fascinados con rubros que estuvieron de moda a principios del nuevo milenio como los fantasmas vengadores del J-Horror o el found footage/ metraje encontrado o el terror feminista, sobre la maternidad y las hembras aguerridas. Dicho de otra manera, en una época en la que el grueso de los esfuerzos del género se dividen en dos grupos que más o menos satisfacen las necesidades culturales y expresivas del momento, el horror elevado, ese de mensaje social e inclinaciones arty, y el intento de vuelta simulada a la Clase B más demente de las décadas del 60, 70 y 80, “simulada” porque el cine industrial actual todo lo encara desde la artificialidad marketinera sin margen para la sinceridad, el terror latino -se podría incluir también al español- continúa con la cantinela demodé de lugares comunes asépticos -sin sangre ni sexo- del pasado reciente, digna de los vagos y de los pusilánimes.
Un buen ejemplo de este estado de cosas, del que sólo logra escapar aquel Demián Rugna de Aterrados (2017) y Cuando Acecha la Maldad (2023), es El Susurro (2025), film del uruguayo Gustavo Hernández que en un mismo combo se las ingenia para incluir todos los clichés de las propuestas de comienzos del Siglo XXI, así tenemos a una ninfa volcada a la resiliencia, un nene que parece inofensivo pero oculta sus secretos, una figura paterna que resulta amenazante, una cofradía de lunáticos que anda dando vueltas por ahí sin mayor explicación, un contexto de drama aburridísimo de familia en crisis, algo de clasicismo para el público veterano -vampirismo y un monstruo que se asemeja a un zombie modelo Lucio Fulci- y por supuesto un latiguillo sobrenatural que en un primer momento parece estar vinculado a los fetiches de siempre del J-Horror, como las casas embrujadas o los espectros resentidos en general, aunque luego el asunto desemboca en chupasangres reconvertidos en superhéroes o algo así, en concreto a raíz de la capacidad de “susurrar” a los enemigos para asesinarlos o controlarlos a la distancia símil telepatía, sin olvidarnos del hecho de que el mejor segmento de la epopeya apunta al found footage por una cámara colocada a un gatito.
Como muchas de estas películas de revoltijo/ pastiche/ coctelera posmoderna que simulan profundidad pero cansan por su lentitud, vueltas innecesarias, solemnidad, estereotipos o torpeza narrativa, la trama de El Susurro es hiper sencilla por más que los guionistas, el realizador y Juma Fodde Roma, se obsesionen con maquillarlo todo: una joven del montón, Lucía (Ana Clara Guanco, siempre con cara de angustia), y su hermano mudito y menor de edad, Adrián (Marcelo Michinaux), escapan de su padre, Víctor (Luciano Cáceres), porque este último es un vampiro que utiliza la habilidad del título para matar a burgueses en sus hogares, beber su sangre y robar sus posesiones para venderlas, no obstante el verdadero catalizador tiene que ver con el componente hereditario masculino del arte de susurrar y el interés del padre de que el mocoso desarrolle el superpoder vampírico cuanto antes, por ello la muchacha se niega y los hermanos terminan en una casona bucólica de la ignota madre muerta de ambos, donde encuentran un felino llamado Jackson -collar identificatorio de por medio- y una insólita pandilla de secuestradores que se dedican a rodar videos snuff, lo que generó una colección de señoritas que fueron degolladas por un verdugo de look BDSM.
Que semejante bodrio haya sido firmado por Hernández es particularmente doloroso porque el susodicho fue responsable de una propuesta mainstream atendible, No Dormirás (2018), y un puñado de opus del segmento indie que estaban mucho mejor que la basura que suelen estrenar los hermanos Luciano y Nicolás Onetti, por ejemplo, nos referimos a las amenas La Casa Muda (2010), Dios Local (2014), Virus-32 (2022) y Lobo Feroz (2023). De sus 100 minutos totales El Susurro, una coproducción con Argentina, dedica la primera hora a alargar el relato desde lo fantasmagórico en potencia, la invasión de hogar, los flashbacks de índole traumática familiar e incluso cierto giallo en modalidad detectivesca, esquema en el que sólo llama la atención el found footage de la camarita que Lucía le pone a Jackson en su collar y que sirve para presentar a los loquitos del snuff, quienes operan en una fábrica abandonada. El resto de la faena apenas si levanta la puntería gracias a la esperable batalla campal y el recurso de la criatura que el niño crea al beber la sangre de una de sus víctimas sin matarla, un “aberrante”, sin embargo la mediocridad, la redundancia y el lirismo berreta de la película son su perdición y un claro signo del anacronismo del terror en castellano…
El Susurro (Argentina/ Uruguay, 2025)
Dirección: Gustavo Hernández. Guión: Gustavo Hernández y Juma Fodde Roma. Elenco: Ana Clara Guanco, Luciano Cáceres, Marcelo Michinaux, Darío Lima, Horacio Camandulle, Rasjid César, Joro Gorfain, Machu Gutiérrez, Eytan Lasca, Soledad Lacassy. Producción: Ignacio García Cucucovich, Fernando Díaz, Roxana Ramos, Patricio Rabuffetti, Gastón Gualco y Marina Sconocchini. Duración: 100 minutos.