El debate por la lucha armada en la primera mitad de la década del 70 en Argentina tuvo distintos momentos álgidos y ha producido una historiografía lo suficientemente extensa y rica para los que quieran adentrarse en la oscuridad de esos años, que va desde el Nunca Más, informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), hasta la publicación de la revista Lucha Armada en la Argentina, que analizó desde un punto de vista académico el surgimiento, apogeo y ocaso de las organizaciones armadas en la Argentina, además de La Voluntad: Una Historia de los Movimientos Revolucionarios en la Argentina (1998), de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, entre los trabajos más destacados. Si durante el gobierno de Mauricio Macri se avanzó hacia posiciones cercanas a la “teoría de los dos demonios” como respuesta de centro derecha a las políticas de los gobiernos peronistas surgidos de las protestas del 2001, con el triunfo del gobierno de ultraderecha conservador presidido por Javier Milei el Estado se convirtió en una maquinaria de propaganda de una supuesta “memoria completa” que más bien parece la negación de la represión y el genocidio planificado por parte del Estado, no completamente juzgado, y la amplificación de los crímenes de las organizaciones armadas, devastadas antes del Golpe Cívico Militar del 24 de marzo de 1976, ya juzgadas y condenadas, en un intento de manipulación histórica muy ridículo que no resiste ningún tipo de careo historiográfico, como si esos intentos de resistencia hubieran tenido algo que ver con las políticas de disciplinamiento económico y social orquestadas por los militares y sus socios, cómplices e instigadores civiles.
Intentando realizar un aporte a este debate, el realizador argentino Juan Villegas, responsable de Las Vegas (2018) y Adán Buenosayres: La Película (2016), estrenó en la 27 edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente (BAFICI) No Matar (2026), un documental sobre dos discursos muy específicos alrededor del tema, el de los militantes arrepentidos y el de las víctimas de los atentados terroristas perpetrados por las organizaciones armadas, dos lugares incómodos que escarban sobre una vieja herida que para sus protagonistas parece no poder sanar.
Inmediatamente, sino incluso antes con su programación en el BAFICI, No Matar generó una pequeña polémica en el círculo cinematográfico vernáculo alrededor de distintas cuestiones, como el contexto, las elecciones estéticas y formales, la arbitrariedad de la selección de los entrevistados y la cita a un libro de la vicepresidenta Victoria Villarruel sobre la temática, en la que intervinieron además del propio Villegas, Albertina Carri, Oscar Cuervo, Nicolás Prividera, Quintín, Mariano Llinás, Sergio Bufano y Sergio Wolf, entre otros.
Por supuesto que llama mucho la atención el momento elegido para realizar y presentar el documental, una época en la que una minoría de ultraderecha intenta instalar un discurso siniestro que equipara una carnicería orquestada por bandas fascistas enquistadas en el Estado en un plan internacional para endeudar al país y someterlo políticamente y económicamente, con unos cientos de crímenes y asesinatos perpetrados por una minoría descarriada que tomó las armas y tuvo más espectacularidad que incidencia real, pero también es verdad que no existe el momento perfecto. Hay un intento de ofrecer un relato, tanto para el espectador con pocos conocimientos históricos como para el que tiene más bagaje, pero falta mucho rigor periodístico e histórico, especialmente debido a la falta de voces. Se ha dicho que Villegas no es periodista ni historiador, que hay una demostración de una lectura clara sobre el tema y que su intención no es mostrar todas las voces, sino exponer testimonios muy específicos que aporten al debate, y es verdad, pero también es cierto que la ausencia de voces genera falta de puntos de vista.
El propósito del documental es presentar el análisis de esos años y las consecuencias del accionar de la guerrilla a partir de la reflexión de dos de sus protagonistas, Aldo Duzdevich y Sergio Bufano, de un referente de la cultura rápidamente desencantado con la espiral de violencia, Emilio Del Guercio, y una serie de testimonios variopintos de familiares de las víctimas civiles de los operativos de las organizaciones armadas. Villegas entrevista a los protagonistas de su documental en distintos capítulos, que en total tienen unas casi cuatro horas de duración, dejándolos hablar sentados detrás de una mesa con un vaso de agua en una situación declarativa que les da un rango similar a todos los testimonios. La película comienza con una serie de intertítulos a modo de citas de distintos exponentes de la política argentina e intelectuales, algunos ya fallecidos que apoyaron la lucha armada o las ideas revolucionarias y luego se arrepintieron o criticaron ese accionar extremo, como Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Beatriz Sarlo, Pilar Calveiro, Hugo Vezzetti, Claudia Hilb y Pablo Giussani, quienes debatieron largamente a lo largo de años sobre el tema. Sus contundentes frases resuenan con Percusión, de Domingo Cura, de fondo, como un recordatorio de que el documental político no puede ser pensado sin aludir, aunque sea a través del sonido, a La Hora de los Hornos (1968), gran clásico del rubro de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino. El título de la película hace alusión directa a la carta pública del mencionado Oscar del Barco, director de las revistas Pasado y Presente y Confines, No Matarás, donde el intelectual de izquierda y ex militante del Partido Comunista realizó una autocrítica sobre su apoyo a la lucha armada durante la década del 70, considerándose también responsable en algún grado de la espiral de violencia que sacudió a la Argentina.
Durante gran parte de la película un escritor peronista e integrante de la organización armada Montoneros, Aldo Duzdevich, autor de La Lealtad: Los Montoneros que se Quedaron con Perón (2015) en colaboración con Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, traza un recorrido histórico cronológico desde el Golpe de Estado de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón hasta la asunción de Héctor Cámpora en 1973, el regreso de Perón y la desarticulación de Montoneros y del resto de las distintas organizaciones guerrilleras, llegando al exilio de gran parte de los militantes en el extranjero, en una especie de clase magistral. Su monólogo es intercalado con el relato de Sergio Bufano, el escritor, cofundador de las revistas Controversia y Lucha Armada en la Argentina y militante de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), cuyo hermano, Miguel Ángel, militante de Política Obrera y activista fabril, fue asesinado por la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, una organización parapolicial dirigida por José López Rega, secretario personal de Perón, junto a Jorge Fisher, caso por cierto brillantemente reconstruido por Ernesto Gut y Dionisio Cardozo en el documental Cuarenta Balas: El Caso Fischer-Bufano (2015). Un poco romantizando su rebeldía juvenil y un poco arrepentido, Bufano hace un recorrido personal en lo que parece una confesión de sus pecados de juventud. Entre ellos, se intercala el relato breve de Emilio Del Guercio, bajista y compositor de dos de los grupos fundamentales del rock argentino, Almendra y Aquelarre, como un contrapunto de un militante juvenil que rápidamente se sintió amedrentado y desencantado por la belicosa orientación de las organizaciones revolucionarias de la época, que reclutaban jóvenes para la guerrilla. Debido a la alineación de la Juventud Peronista con esas ideas, Del Guercio narra cómo se decantó hacia posiciones de no violencia incompatibles con la lucha armada, al igual que su amigo y colega, Luis Alberto Spinetta.
A medida que llega la mitad de la propuesta las argumentaciones de Bufano y Duzdevich le van abriendo intersticios a los testimonios de los familiares de las víctimas de la guerrilla urbana, principalmente hijos pero también hermanos, que exponen su calvario narrado desde un lugar un poco inocente, frágil, de víctimas, personas corrientes que contrastan con el discurso de Bufano y Duzdevich, intelectuales formados que han dedicado su vida a reflexionar sobre las causas y las consecuencias de la lucha armada. Entre capítulo y capítulo Villegas ofrece imágenes de la época representativas de las temáticas, musicalizadas con canciones como Ayer Nomás, de Maurico Birabent alias Moris, y Maribel se Durmió, uno de los emblemas de Spinetta Jade. También suena en un momento Violencia en el Parque, de Aquelarre, tema compuesto por Del Guercio.
El documental de Villegas llega demasiado tarde a un tema que no es de actualidad, con gran parte de sus protagonistas fallecidos o fuera de la política, en un país en que la única violencia política viene de la mano de las provocaciones de un gobierno de ultraderecha cuya misión es destruir el tejido social del país. Los testimonios de Bufano y Duzdevich, y especialmente el de este último, parecen una clase de historia enfocada en el accionar de las organizaciones guerrilleras, que no es contrastado con otros discursos, ya sea de otros militantes de la época o de otros historiadores, algo que coloca a Villegas en una posición muy poco imparcial, recuperando solo un puñado de testimonios de arrepentidos y familiares de víctimas sin justificar muy bien el por qué esos ni el para qué solo esos, en una síntesis que pone de un lado a dos ex guerrilleros con un discurso que viene circulando desde hace mucho años con el de unos familiares cuyas palabras también han circulado por los medios de comunicación sobre cómo sus vidas fueron destruidas por las acciones irresponsables y criminales de estas minorías armadas totalmente infiltradas por los servicios de inteligencia del Estado. En favor de Villegas, es verdad que estos discursos han circulado poco y nada en el ámbito cinematográfico.
Bufano y Duzdevich se explayan largamente sobre un tema del que saben y del que les gusta hablar, durante horas, exponiendo teorías diversas sobre el fracaso de las organizaciones revolucionarias, que, en resumen, para ellos tuvo que ver con la estrategia misma de estos grupos minoritarios de pasar a la clandestinidad en democracia, desatando una serie de contradicciones, pérdida de aquiescencia social y sangría de militantes que decantó en la desintegración de la capacidad operativa de las organizaciones, que a la fecha del Golpe Militar del 24 de marzo de 1976 estaban prácticamente desarticuladas. Desgraciadamente, la falta de voces, los relatos fragmentarios y todo lo que Villegas elude genera más confusión que respuestas alrededor de las causas del surgimiento de las organizaciones armadas y su posterior colapso, tan solo ofreciendo las teorías de los dos involucrados, que son tan válidas como las de muchos historiadores que aquí no aparecen. Duzdevich explica muy bien su ruptura con Montoneros en favor de las posturas de Juan Domingo Perón y Bufano su salida del OCPO, pero ambas no son precisamente expresiones mayoritarias en su momento dentro de esas organizaciones. ¿Por qué entrevistar a dos individuos cuyos discursos vienen circulando desde hace más de veinte, treinta e incluso cuarenta años, sin nada nuevo para aportar? De la minoría de militantes de izquierda y peronistas que tomaron las armas, salvo algún trasnochado, casi todos ya manifestaron su arrepentimiento o al menos ensayaron algún tipo de mea culpa.
Villegas les da una voz a los familiares de las víctimas, no demasiada, y para ellos poder hablar sobre esto parece resultar sanador e importante, y es válido. Delia Lozano, hija de un gerente de una empresa multinacional asesinado por el OCPO, tiene un discurso más coherente y conmovedor, que contrasta con los testimonios de Bufano y Duzdevich, más intelectuales, históricos y académicos. La recuperación de escenas de una emisión de Hora Clave a mediados de los noventa, programa conducido por Mariano Grondona en el que discuten Jorge Reyna y Delia Lozano, ya había puesto de manifiesto la necesidad de arrepentimiento de los integrantes de las organizaciones armadas. Los testimonios de los familiares de las víctimas de la guerrilla funcionan como una compilación de los relatos previos más relevantes, resaltando la crítica de los familiares de las víctimas a las empresas en las que sus padres trabajaban, que prefieren olvidar a recordar que sus empleados fueron asesinados por ser empleados de sus empresas, y que eran precisamente empleados orgullosos de pertenecer a esas compañías, como si las firmas buscaran hoy que los empleados no se encariñen demasiado y recuerden que son engranajes descartables de una maquinaria que pueden ser fácilmente reemplazados, dándole un mensaje muy claro a sus trabajadores y especialmente a sus gerentes, al mismo tiempo que los estimulan a “ponerse la camiseta” de la empresa. Sobre la complicidad de las compañías en la represión y de muchos gerentes de militancia en la extrema derecha, algo de lo que Sergio Bufano podría hablar mucho porque su hermano fue asesinado por ser dirigente sindical, no se menciona absolutamente nada.
Desde este punto de vista, No Matar busca exponer la demencia de una minoría no representativa de ninguna de las variantes actuales de la izquierda ni el peronismo, que planificó asesinatos innecesarios y estúpidos de gerentes de filiales argentinas de empresas multinacionales como represalia al incumplimiento de sus demandas, ya sea de aportes en dinero, donaciones o anulación de despidos, demostrando que la violencia solo genera un frenesí desquiciado que atrae a todo tipo de psicópatas con intenciones homicidas que se escudan bajo diversas ideas. Hay un grado de razón en que hubo una minimización de las víctimas de la guerrilla por parte de las políticas oficiales por diversas razones, pero también es verdad que el Estado no es el representante de la guerrilla, sí de los crímenes de lesa humanidad cometidos por los militares. Además, gran parte de los responsables de los delitos que las víctimas mencionan fueron juzgados, declarados culpables y encarcelados, cuando no asesinados por la última dictadura.
La contextualización de Villegas de la realidad argentina de esa época es muy esquemática y principalmente muy poco cinematográfica, tan solo a partir de testimonios. Para colmo, el de Emilio Del Guercio no es precisamente relevante, o al menos necesita un contraste con otros para serlo. Entrevistar forma parte de construir un documental, pero tiene que haber algo más, algún dispositivo cinematográfico de alguna índole, sino el espectador está ante un programa televisivo de entrevistas, en una época en la cual el cine y la televisión ya no son medios mayoritarios de comunicación, desplazados de su rol central por las redes sociales y las plataformas. Sí se ponen en relieve algunas aristas importantes del por qué los militantes políticos tomaron las armas en Argentina, de la represión constante luego de la caída de Juan Domingo Perón en 1955 y de los distintos Golpes militares que derrocaron a Arturo Frondizi y Arturo Illia, pero del Plan Condor, de las dictaduras latinoamericanas y de las consecuencias de la Doctrina Monroe, nada. De la historia anterior de Golpes de Estado, fraude electoral, proscripciones, represión, asesinato y persecución de militantes sindicales y políticos de izquierda, menos. Tampoco hay un análisis de la situación mundial de entonces, volcada a la radicalización de la juventud y su militancia. En favor de Villegas, probablemente contextualizar bien con mejor material, más testimonios y más imágenes de archivo, hubiera transformado la película en inmanejable, pero al menos debería haberse esforzado más en el contrapunto de voces, en poner en contexto todos los relatos, de los militantes y de las víctimas, para darles un estatuto. De esta manera, No Matar no logra siquiera aproximarse a la punta del iceberg sobre el asunto, tan solo ofreciendo una visión sesgada de algunos protagonistas que hablan de su vida, de la cual, por supuesto, como nos pasa a todos, cuesta reflexionar objetivamente, aunque los relatos de los protagonistas siempre tengan un valor. El documental realiza un aporte al debate sin demasiada novedad, limitándose a compilar discursos ya conocidos. Si al menos hubiera ofrecido la visión de un par de historiadores apartidarios, con formación académica, hubiera logrado un poco de credibilidad. Desgraciadamente, la grieta que impide que superemos nuestras diferencias para partir de ciertas certezas sigue sin permitirnos ver que lo que la Argentina necesita es el juzgamiento según las leyes de nuestro país de los individuos que participaron de la represión ilegal de la dictadura. Esa sí hubiera sido una forma válida de alzar la voz para declarar “no matar”.
No Matar (Argentina, 2026)
Dirección y Guión: Juan Villegas. Elenco: Sergio Bufano, Aldo Duzdevich, Delia Lozano, Emilio Del Guercio, Esteban Giovanelli, Claudia Muscat, Ariel Lombardero, David Barrios, Cristina Muscat. Producción: Juan Villegas y Mariana Erijimovich. Duración: 225 minutos.